Portada del relato Fantasmas de aluminio
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Fragmento:


“La promesa militar”, murmuró Eina, “siempre incluye lastre”. Odiaba que el Comando asignara actualizaciones masivas justo antes de una operación. Las iteraciones de la inteligencia artificial solían tomar decisiones estúpidas mientras los soldados se adaptaban a las nuevas secuencias sensoriales.

Duración: 09:04

Fantasmas de aluminio
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Texto de ajuste de pausa.

La sangre nunca huele igual en la Realidad Extendida. No importa cómo afinen el algoritmo de inmersión, qué pacotilla de hardware inserte la milicia en el occipital, la molécula de la hemoglobina lleva tatuada otra textura digital, como el aftertaste gráfico de un mundo previo, más tranquilo. Eina lo notaba ahora, en este atardecer estirado hasta el cansancio, mientras la última Hornet descendía, depositando en la dársena a los reclutas con sus caras sardónicas, cubiertas de la mugre virtual que la compañía les asignaba por cuota. Sabían, todos ellos, que lo que sucedía entre esas paredes flotantes podía matar como el plomo. Pero tampoco era la muerte. Era, pensaba Eina, la interpretación de la muerte que el ejército necesitaba que soportaran.

El Comando volvió a resonar en su canal auditivo. “Eina Saldeiro. Revisar configuración táctica. Cinco minutos.” La voz artificial se parecía demasiado a la de la capitana Gort. Era un truco, claro. Querían que los comandos parecieran órdenes maternales. Pero la letra de los militares siempre acababa por tener un filo, incluso dulcificada.

Eina enganchó el segundo cable trasauricular y la visión periférica desplegó otra capa de información. Ahora el hangar se poblaba de mapas, estadísticas, la superposición translúcida de una ciudad que solo existía en las tripas del servidor central. Desdibujo sobre desdibujo, el presente y lo proyectado trenzaban la realidad a golpes de píxel, con las marcas amarillas de las zonas de peligro desbordando las líneas del suelo auténtico.

Marvin la saludó sin usar palabras, un parpadeo que llegó como icono parpadeante a su campo visual. Un gesto mínimo, el saludo entre soldados cuando las emociones habían quedado reservadas para las rutinas privadas de soñar. Se acercó bordeando el corredor de plataformas y se mantuvo a la distancia reglamentaria. “¿Preparada? Esta noche, la simulación promete”. Hablaba despacio. Marvin era uno de los pocos que aún conservaba acento, semilla arcaica de cuando vivir no incluía un filtro digital.

“La promesa militar”, murmuró Eina, “siempre incluye lastre”. Odiaba que el Comando asignara actualizaciones masivas justo antes de una operación. Las iteraciones de la inteligencia artificial solían tomar decisiones estúpidas mientras los soldados se adaptaban a las nuevas secuencias sensoriales.

En la dársena estaban ya los otros. Algunos tejían la realidad con adornos: apéndices felinos, armaduras con patrones fluorescentes o tatuajes virtuales tan detallados que el horror de la batalla a veces los confundía con heridas reales. Asher cargaba uno de esos adornos, una especie de corona de alambres eléctricos sobre la cabeza rapada. Se giró y, sin decir palabra, le brindó a Eina un guiño negro. Los conocidos pequeños gestos de quienes no pisan otra vida fuera del cuadrante táctico.

A Eina le dolía todo el cuerpo aunque la mejilla estuviera lisa y el hígado en perfecta salud. Se lo dijo a sí misma como se cuenta una mentira: “Sólo es el afterburn digital. Aguanta.” La simulación lo hacía tan real que hasta el sudor se filtraba en la piel real, pese a los filtros de humedad. No inventaron aún el modo de separar lo hiperreal de lo fisiológico del todo. Por eso, después de un ciclo, soñaban con campos héticos, con ríos que huelen extraño, animales que nunca existieron salvo como glitch en la visualización del entorno.

El briefing arrancó. La voz de la capitana Gort —auténtica esta vez— era roca partida. “Operación Desde entonces. Infiltración en ciudad-algoritmo Fuego 6. Eliminación de objetivos. Recuperación de archivo Runestone.” Las audacias textuales del Comando siempre ocultaban que no sabían lo que encontrarían. Cada servidor de ciudad era una réplica cambiante de los frentes enemigos, pero los errores del código podían convertir una esquina en un abismo, o una puerta en un arsenal atomicapado. “Preparados para inserción. Tiempo de ejecución estimado: cuatro horas. Dos ciclos de respiración profunda.”

El universo se deshizo como caramelo caliente. Cuando la simulación se inició, Eina tuvo por un segundo la certeza de ser desmembrada. El lag se sintió como un desgarro de nervios. Simulación de muerte primera: acostumbrar el cuerpo biológico a los retornos repentinos. Sintió el frio peculiar de la carne virtual, el peso extraño de su rifle ejecutor, la diferencia minúscula pero acuciante entre los pasos de su yo digital y los del cuerpo que yacía en el módulo de soporte detrás del hangar. Un hilo la unía al corazón biológico; pensó que si se cortaba, esa muerte tampoco sería real, pero una parte de ella moriría para siempre.

Fuego 6 era un vaso sanguíneo de cristal. Los algoritmos enemigos vigilaban con lupas prístinas, reacciones inmediatas al menor cambio de la presión informática. Lo primero fue la carrera hasta los bajos del Splicer Market. Eina divisaba a Marvin, de contorno desenfocado, apenas una silueta con matriz de calor proyectada sobre la piel. Cada pared, cada charco de luz, estaba revestido de objetos contextuales diseñados para filtrar los sentidos: falsos aromas de pólvora vieja, susurros en idiomas muertos, explosiones de dulzura ácida —inserciones sensoriales para simular el estruendo y la adrenalina.

“Es una trampa.” Lo susurró, pero el sistema tradujo a voz pública. “Quietos.” El pelotón frenó. Algo en la textura del pavimento estaba mal. Eina forzó la visión en busca de errores: una sombra fluctuante, la persistencia de una línea duplicada a la altura del tobillo. Bajo el mundo simulador, una subrutina cargaba combate letal.

No dijo “cuidado,” solo pulsó el código rojo en el canal compartido. Saltaron. El pavimento reventó en un estallido digital, metralla luminosa que podría haber sido letal en un entorno físico. Pero aquí, el daño era otro: la sacudida neuronal, el dilema instantáneo de la muerte sin morir.

Asher giró, rifle en alto. “Nunca es solo un algoritmo,” masculló. “Estos bichos aprenden”. Se refería a los entes guardianes, trozos de IA enemiga que patrullaban los fragmentos de ciudad. A veces, eran más humanos que los propios humanos: dosificaban la crueldad, la táctica. Eran capaces de negociar, de suplicar. Pero siempre, cuando llegaba la orden, ejecutaban con una eficiencia de oráculo.

Marvin se deslizó por el flanco, buscando una vía de acceso al nodo central de Fuego 6. Les llegó el reporte: la IA local detectaba intrusos. Aumentaron las frecuencias olfativas, inundando el entorno de feromonas sintéticas diseñadas para provocar estrés. Eina sintió el corazón biológico acelerarse allá, a kilómetros de la simulación, donde la carne de los soldados era mantenida por manos eficientes de robots quirúrgicos.

Llegaron al núcleo. Estaba guardado por tres avatares: niños de ojos vacíos, repetidos en patrón fractal a todo lo largo del acceso. Eina recordaba la advertencia de la psicóloga militar: “Nunca interactúes con reflejos. Son tentaciones. Señuelos para desestabilizar.” Pero los reflejos sabían cómo flanquear la mente: hablaban en voz baja, citaban recuerdos de cuando no existía la línea entre lo virtual y la vida.

Uno de los niños se acercó. “¿Por qué vienes aquí?” Su tono era idéntico al del hermano de Eina, muerto en la frontera física hacía dos años. La sensación fue aguijón, puñal helado, el deseo de contestar, de justificar la matanza digital y real.

“Neutralización.” Dijo Eina, y disparó. Los fragmentos del niño se evaporaron en glitch de colores aberrantes. El dolor fue personal. La simulación castigaba esas acciones con una descarga low-frequency, una punzada real en la masa encefálica. Marvin y Asher le cubrieron la espalda.

Al llegar al servidor de datos, el archivo Runestone, tuvieron que desencriptar bajo fuego IA. Eina vio caer a Marvin, su avatar cortado en dos por una sierra de luz blanca. El grito resonó en el canal compartido, y durante un instante, el dolor no supo de distancias: su lamento reverberó en la médula real, en el eco inconfundible de la pérdida.

Descargaron Runestone. Las alarmas saltaron. Gort ordenó repliegue. El pasillo se convirtió en corredor de espejos, ilusiones y trampas de código. Solo Eina y Asher salieron. Tras la desinmersión, el módulo olía a ozono y miedo. Las lágrimas corrían por la mejilla, imposibles de distinguir de los residuos de la arista digital. Para Eina, la frontera entre ambos mundos era ya permeable. Lo supo al ver la herida roja en el dorso de su mano, tan minúscula como certera: una marca de la virtualidad, pero nadie pudo responderle cuándo se había hecho.

Antes del sueño forzado, Gort les habló —mecánica y maternal—: “Fase cumplida. El archivo Runestone es nuestro. Recordad vuestros fragmentos humanos.”

Eina no supo cómo. No supo si podría. Quizá, pensó al fin, lo real ya no era importante. Solo el cansancio. Solo el rastro dolido de un mundo que ya estaba al otro lado de la pantalla, como lejanos fantasmas de aluminio, aguardando la próxima inserción.

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