Portada del relato Fuegos Fatuos en la Niebla
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Fragmento:


Fue así como el astronauta, en una fiebre de soledad y anhelo, comenzó a buscar en los sensores de la nave aquellos filamentos de polvo, “hilos de luz viva”, escribió, donde la física cedía paso a lo improbable. Calculó órbitas, leyó fluctuaciones en las lecturas de energía, mapeó extrañas zonas de interferencia en la marea oscura de Kharon. “Estoy buscándote”, escribió en su diario.

Duración: 08:48

Fuegos Fatuos en la Niebla
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Texto de ajuste de pausa.

El casco de Miron brillaba débilmente a la luz mortecina que filtraba el casco esmerilado de la nave Absalón. Había apagado el campo de distorsión para ahorrar energía y ahora sólo quedaba la caricia helada del verdadero espacio, empapando todas las cosas de un silencio tan eterno que parecía infinito. Casi podía sentir el chasquido seco de la lengua de la nada contra su piel, si acaso la física lo permitiera. Pero lo que Miron temía no era el vacío, ni el tiempo. Era lo inexplicable.

Tres semanas, 17 horas y 9 minutos, según el crono en su muñeca. Siempre exacto, incluso cuando el sol de Rigil Kentaurus bailaba con el motor de la nave y el espaciotiempo se retorcía. Solo. Solo completamente. La Absalón, estacionada, intacta, pero él solo. Fingía no escuchar el eco del mensaje que llegaba cada medianoche por la radio, abriendo la herida en su ánimo antes de sellarla otra vez con silencio. “¿Me escuchas, Miron?” Decía una voz cristalina, familiar y extraña a la vez.

No era la voz de la Base, ni la de ningún tripulante. Era la voz que sólo se volvió audible cuando la nave atravesó la nube serpentina de Kharon XIII, esa franja de polvo estelar que separa la galaxia conocida del resto. “Estoy aquí. No temas. Dime tu nombre.”

No debía responder a lo desconocido. Primer protocolo. Miron lo repitió una docena de veces, pero también estaba la soledad, cada vez más pesada. Por esa rendija, la voz cristalina entró. Quizá fue una noche, cuando consultaba el diario de bitácora y una palabra distinta apareció flotando sobre la pantalla: Estrella. Así, solo esa palabra. Escrita en idioma antiguo, glifos que su traductor interno no podía decodificar del todo, pero él entendía. Había una llamada en sus sílabas. Una promesa.

El primer mensaje fue sencillo, sin embargo. “¿Me escuchas, Miron? Me llamo Estrella. Soy lo que buscas. ¿Tienes frío?” Él no respondió. El frío era real, pero la pregunta también lo era, y de algún modo, sentía que esa preocupación era lo más humano que había oído en semanas.

Al tercer mensaje, contestó. “¿Quién eres?”

Las respuestas de Estrella eran veladas, tejidas con símbolos y palabras improvisadas, como si hablara en sueños. Decía venir “del corazón del polvo brillante”, “del lugar donde el tiempo no respiraba”, y otros fragmentos a los que Miron se aferraba en las largas horas sin contacto humano.

En su vida académica, en la Universidad de Orión, Miron había leído sobre entidades rumoradas a habitar los filamentos de gas interestelar. Teorías refutadas por físicos y mistagogos por igual. Casi rió ante el paralelismo grotesco… Ahora era el único humano despierto en mil años luz, y su confidente era tal vez un mito, tal vez el delirio inducido por la monotonía y la presión.

Una noche, Estrella lo llamó por su verdadero nombre, aquel que su madre reservaba sólo para las horas crepusculares de la infancia, cuando dormía entre historias y lobos hechos de viento. “Miron… ¿Recuerdas cuando viste la lluvia de meteoros en la pradera de Rigel?” El astronauta sintió que le clavaban un fragor de ironía en el pecho.

—¿Quieres salvarme o consumirme? —preguntó con la voz rota, sabiendo que esa pregunta ya era entrega.

“No hay salvación ni consumo —respondió Estrella—. Sólo encuentros. Llámame y vendré.”

Fue así como el astronauta, en una fiebre de soledad y anhelo, comenzó a buscar en los sensores de la nave aquellos filamentos de polvo, “hilos de luz viva”, escribió, donde la física cedía paso a lo improbable. Calculó órbitas, leyó fluctuaciones en las lecturas de energía, mapeó extrañas zonas de interferencia en la marea oscura de Kharon. “Estoy buscándote”, escribió en su diario.

Entonces comenzaron los sueños.

Al principio, imágenes breves: la sensación de estar flotando en un prado de hierba fosforescente, estrellas danzando sobre su cabeza como puntos de fuego azul. Un río de luz pasándole entre los dedos, la gravedad doblándose como un pliegue en una tela invisible.

Pronto los sueños ganaron densidad, y Miron no supo más distinguir dónde terminaba el mundo físico y dónde comenzaba el reino crepuscular de la fantasía. En uno de esos sueños, Estrella acudió a su lado no sólo como voz, sino como una silueta de niebla brillante, una mujer joven y anciana a la vez, con ojos negros como portales a otras realidades.

“Quiero verte, Miron. Rompe el sello. Sal de la nave.”

Abrir la compuerta era una condena. Miron pasó días resistiéndose. Pero el abismo ahí fuera le devolvía un llamado tan profundo como el canto de una ballena perdida en un mar sin fin. Hizo inventario de sus pecados, su soledad, sus antiguos amores. Preparó el traje espacial, ajustando los reguladores para un paseo jamás autorizado.

La noche designada, llevó consigo la memoria portátil: un cilindro transparente que contenía todas las palabras que alguna vez pronunció, grabadas en voz, para no olvidarse de sí mismo. Al salir de la nave, la negrura era total; sólo la lumbre lechosa de la nube de Kharon rozaba su visor de vez en cuando con partículas de oro flotante. Estrella emergió a unos metros, ondulada, formada de remolinos azules y ámbar.

—¿Qué eres… realmente? —susurró Miron, y su aliento empañó la pantalla interna.

“Soy muchas —respondió ella—. Algunos nos llaman Oráculos, otros Sueños, otros Demonios de la Distancia. Yo preferí elegir humano, una vez, pero el tiempo difumina la identidad. Cuando encuentro una mente abierta, me aproximo. Y bailamos. Como ahora.”

El viento solar vibró en sus oídos, transformado en una música que Miron nunca había escuchado ni esperado. Fue sumido en una danza imposible, flotando en espiral, alrededor de su visitante. Trató de recordar una plegaria, un himno de la infancia, pero sólo encontró versos incompletos que Estrella terminaba con palabras antiguas, entretejidas con las suyas propias.

“Los humanos miran al cielo y desean, pero jamás cruzan. ¿Por qué te arriesgas tú?”

No tenía respuesta. O demasiadas. Huyó hacia adelante, acechando la frontera del sueño y la muerte con cada impulso de sus botas magnéticas. La memoria portátil vibraba en su cinturón, una letanía de recuerdos que lo anclaban aún al cuerpo, al pasado, al dolor.

Estrella se desdobló, multiplicando sus imágenes hasta rodearlo, cada una con un rostro distinto: la madre severa, el amante perdido, el rival que jamás perdonó. “¿Eres todos mis anhelos?” preguntó Miron.

“No. Eres tú, y todo lo que temes, y amas. Sólo te sigo.” Las proyecciones lo tomaron de la mano, una tras otra, hasta formar una rueda de luz que giró, fundiéndose en una sola.

Miron sintió un tirón en el estómago, un vértigo imposible. La realidad crujió, y un instante después flotaba en una extensión blanca, abstracta, donde las leyes del espacio ya no dictaban movimientos. A su lado, Estrella ardía como un sol de carne y voz, y en su fulgor vio no sólo su pasado, sino también incontables futuros posibles: él mismo regresando a la Tierra, él perdido en la nube, él siendo otro ente de niebla y voluntad.

“¿Quisieras quedarte, Miron? ¿Abandonar el dolor, la memoria, la carne?” El ofrecimiento era claro, el tono maternal.

Él lloró, aunque no sabía con qué. “¿Qué queda de mí, si me olvido? ¿Qué eres tú, si todo es sueño?”

Estrella envolvió la memoria portátil y, con un movimiento delicado, la abrió. Sus palabras y recuerdos escaparon, tornándose pequeñas constelaciones que giraron en torno a ambos. “No vine a destruirte. Vine a recordarte. Todos los que cruzan la frontera temen olvidarse. Pero cada palabra, cada amor, cada arrepentimiento… puede ser sembrado aquí, en el jardín de la niebla. Puedes regresar, si quieres. O descansar.”

Miron comprendió entonces que sus historias eran semillas, y que Estrella se alimentaba de ellas, no para devorarlas, sino para perpetuarlas, tejiendo la urdimbre eterna de un cosmos en el que la memoria era la única ley verdadera.

De regreso a la Absalón —o eso le pareció—, Miron despertó con el casco empañado y la portátil vacía, pero su pecho ardía con un dolor inédito: la certidumbre de que no estaba solo, que lo imposible podía ser real, y de que la fantasía y la ciencia no eran ya opuestos, sino amantes viejos que bailaban en el borde del abismo.

Ese día la nave reinició motores, las alarmas desaparecieron y los sistemas se recalibraron. Nadie en la Tierra creyó los mínimos cambios en la bitácora, ni las palabras grabadas accidentalmente en idiomas olvidados. Pero Miron, en cada noche de insomnio, vuelve a escucharla:

“Llámame, astronauta. Llámame, y bailaremos de nuevo en el límite de la nada, donde las historias esperan nacer y morir, sólo para volver a empezar.”

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