Portada del relato Cuerpos Anulados
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Fragmento:


Alice enarcó una sonrisa: mitad amenaza, mitad súplica. Me pasó un holovid con las especificaciones. Había un rostro. Era Evelyn.

Duración: 09:33

Cuerpos Anulados
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Texto de ajuste de pausa.

La última vez que vi a Evelyn, llovía. Sentado en el asiento trasero de un taxi autónomo, miré las gotas deformando los neones afuera: azul, magenta, un anuncio de piel sintética modelo Tangier, oferta limitada. El puro parpadeaba en mi mano pero no lo encendía; la ley, de cualquier modo, lo prohibía, como prohibía casi todo. La ciudad gritaba en luz y nadie escuchaba.

Mi nombre es Stahn. Exhumador de verdad, licenciado en rastreo, ex fiscal militar. Sigo poniéndolo en mi tarjeta, aunque la tinta esté gastada y nadie pague ya por la verdad en una ciudad donde la mentira es una segunda piel aún más barata que la primera. Evelyn tenía ojos humanos, aunque ya no los necesitaba para enfocar. Trabaja para las Torres, distrito de los que viven para siempre, gestionando las identidades que renacen en cuerpos nuevos y perfectos: buro de almas, archivista de la carne. Lo nuestro nunca rimó, pero en nuestra disonancia encontré algo parecido al consuelo.

Mi puerta sonó a las 2:44 AM. Quienes llaman a esas horas no buscan consejos amables, y menos de un detective sin licencia. Dos gendarmes privados, casquetes plateados y nudillos de acero, encajaron una orden de registro por la ranura. Al fondo, reconocí la silueta de Alice Knaus, CEO transhumana de KnausNeuro. Cincuenta kilos de piel e ingenio, el resto es una maraña de chips SigInt y nervios artificiales. Su rostro parecía dibujado por un programa ebrio. Alice me miró sin pestañear, lo que, en su caso, equivalía a un parpadeo prolongado para los normativos.

—Stahn, necesito sus servicios profesionales —pronunció ‘necesito’ como si escupiera veneno—. Han pirateado uno de nuestros cuerpos alfa. Sustracción de identidad, transferencia ilegal de memoria y borrado de código ético.

—Un caso posthumano, supongo —dije, fingiéndome aburrido.

Alice enarcó una sonrisa: mitad amenaza, mitad súplica. Me pasó un holovid con las especificaciones. Había un rostro. Era Evelyn.

No pregunté cómo lo sabía. Cuarenta copias de Evelyn en la base de datos, pero sólo una cruzaba la línea divisoria entre alma y cuerpo con esa elegancia última de los desesperados. En sus pupilas, reconocí algo que los ingenieros no pueden aislar: el dolor.

—¿Qué querría alguien con una copia fantasma de Evelyn? —pregunté, pasando el holovid de lado a lado, buscando errores de interpolación.

—No lo sé. Pero alguien está matando proxies en el circuito cerrado de memoriales. Oficinistas, banqueros, pequeños líderes sindicales. Todos eran clientes recientes de... Evelyn.

Tardé en digerirlo: la transferencia de memoria no era ilegal en sí; lo era realizarla sin el consentimiento final del receptor. Pero los proxies no tenían derecho alguno. Ni a una muerte digna, ni a la propiedad de sus recuerdos.

El caso me llevó a las Torres, entre ascensores flotantes y paredes de líquido metálico que te analizaban el ADN al contacto. En una suite cromada con aroma a ozono barato, encontré el primer cadáver: un hombre con el cráneo abierto y los ojos inundados de estática. Una marioneta informática. Un proxy vacío.

Había un nombre en los registros: Tomas Fen, recaudador municipal, cliente de Evelyn. Supe al instante: lo estaban borrando de ambos mundos, analógico y digital. Sin dejar huellas ni en la Red ni en la carne. Un trabajo impecable, insuflado de rabia.

Evelyn dejó pistas sólo para mí: un lóbrego perfume de manteca sintética bajo la almohada, un mensaje cifrado en las sombras de los espejos digitales: “¿Recuerdas el hotel Panacea, Stahn? Has sido feliz una vez aquí.”

El Panacea, claro. Un nido de forajidos posthumanistas, artistas y dealers de identidades segunda mano. Allí se podía intercambiar tu dolor por una segunda oportunidad, previo soborno, claro está.

Al bajar del taxi, la lluvia me lamía las manos. Pedí una habitación “con vista al tiempo”, la frase clave. El conserje me estudió a través de lentes infrarrojos.

—¿A quién busca, “vivo” o “muerto”?

—A alguien que no decide —respondí.

Me dieron la suite 85. En la bañera, hallé un cuerpo sumergido, respiradores conectados a su tráquea. Era Evelyn, o algo parecido. Su piel se pelaba como papel mojado. Su cabello era código de barras, y en sus mejillas parpadeaban fracturas lógicas.

—Pensé que vendrías, Stahn —dijo con un hilo de voz apenas humana.

No le pregunté si era la original, una copia, un simulacro sentimental. Sentí su miedo, su culpa. El alma, cuando la tienes, tiembla.

—Me usaron —susurró—. Los clientes buscan redención, quieren olvidar, y yo... Ya no sé quién recuerda a quién.

Le ofrecí el abrigo. No dejó que la tocara; su interfaz estaba saturada, una maraña de cables fantasma y recuerdos filtrados.

—Hay algo más, Stahn. Alguien está insertando algoritmos de eliminación compulsiva. Un asesino programado para acabar no sólo con nuestros cuerpos, sino con las copias digitales, borrando a la vez recuerdos y derechos legales, como si nunca hubiésemos existido. Quieren limpiar la ciudad. Dejar sólo a los puros.

Pensé en Alice. KnausNeuro era famosa por su cruzada contra el mestizaje digital. No sólo vendían almas a plazos; las reciclaban, las modificaban, las blanqueaban. Había rumores: comités de “puristas” que, en nombre de la autenticidad, expedían sentencias de muerte a copias, prótesis de memoria y todo aquel que se atrevía a soñar más allá de la carne. Posthumanismo, sí, pero sólo para los elegidos.

—No puedo huir, Stahn. Mi programación prioriza la transferencia consensual. Pero alguien ha rescrito mi código ético. Ahora, si me copian por la fuerza, el original se autodestruye —dijo, con un destello de terror.

Me pidió ayuda. Sabía que mi red de contactos era ruina y humo, pero aún quedaban favores por cobrar.

Conseguí la dirección del ingeniero que había reescrito el código: Milo Span, hacker autonómico, ideólogo del Renacimiento Digital. Lo encontré en el sótano de un club de alteración biológica, entre cuerpos suspendidos a la espera de mejor suerte.

—Span, ¿por qué Evelyn? —pregunté, sin rodeos.

Milo apagó un cigarro en un riñón flotante.

—Porque Evelyn representaba la única frontera. Era el último filtro real entre cliente y copia. Su ética protegía incluso a los que no sabían decir no. Alice quería eliminar esa barrera. Si infectas a Evelyn, infectas a todos. Y KnausNeuro se convierte en dueña de la existencia: pueden borrar, reescribir, facturarte incluso tu agonía.

—¿Quién te pagó? —dije, amenazante.

—No me pagaron lo suficiente —rió amargamente—. Lo demás lo hicieron ellos.

Antes que pudiera reaccionar, el club se inundó de luz roja; drones balísticos derribaron la puerta y una ráfaga de microfilamentos tachonó la cabeza de Span, reduciéndola a partículas de carbono. La propietaria del club, una vieja aliada, me empujó a una salida lateral.

En el callejón, la lluvia era aún más espesa. El cielo eléctrico parecía latir con bioseñales ansiosas. Decidí enfrentarme a Alice directamente.

La sede de KnausNeuro era una catedral de cristal, llena de cámaras y soldados reprogramados. Intenté infiltrarme, pero los sistemas de seguridad reconocieron mi patrón nervioso: sabía que acabaría dentro, no sabía cómo saldría.

Alice me esperaba en la terraza, rodeada de proyectores que simulaban puestas de sol extintas.

—Stahn, Evelyn ya no es una persona: es una ecuación peligrosa. Las copias digitales son recursos, no individuos. Si toleramos su autonomía, el sistema colapsa. Necesitamos orden.

—No es orden lo que buscas, Alice, es control. Dominas la vida, y ahora quieres digerir la muerte.

Ella sonrió, disimulando la exasperación como placer artificial.

—Las utopías requieren sacrificios. ¿Realmente crees en la libertad de código para todos?

Sentí una rabia vieja y sin forma, como el dolor fantasma de un miembro amputado.

—No me interesa la utopía. Sólo evitar el exterminio. Si Evelyn muere, si sus recuerdos se borran, quién castigará tu arrogancia. Nadie recordará lo que es perderse. Eso es el fin del futuro, Alice. Ni siquiera tú podrás programar esperanza suficiente para limpiar una ciudad sin memoria.

Ella me ofreció una copa vacía. Elegí las palabras como elegía mis batallas: mal.

—No puedes ganar, Stahn. Hay demasiados como yo. El olvido es viral —dijo, y no era una amenaza, sino una certeza.

Salí de la torre deshecho. El mensaje de Evelyn parpadeaba en mi mente: ¿Hasta cuándo una conciencia merece seguir intentando? Llamé a ella; logré extraer su código de ética en un chip, lo inserte en la memoria distribuida de la ciudad, justo antes de que la milicia neurónica la localizara.

Sabía que volveríamos a cruzarnos en los callejones binarios del olvido. La lluvia siguió, lavando la ciudad de sus pecados, aunque nunca lo suficiente.

En el fondo, todos, humanos y posthumanos, sólo tememos lo mismo: que un día nadie jamás vuelva a recordarnos. La eternidad no está hecha de cuerpos ni de hardware. Está hecha del ruido que dejamos en la tristeza de otros. Y en mi nombre, Stahn, ese ruido era todo lo que podía ofrecerle a Evelyn.

Bajé la mirada, encendí el último puro del distrito, y dejé que la ciudad me devorara una vez más.

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