Portada del relato La Última Iteración
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Fragmento:


Lo cierto es que la humanidad no tenía un plan como tal, salvo sobrevivir un poco después de la supervivencia. Todo empezó milenios antes, con una secuencia de código incrustada en la médula tecnológica de la época: *Serás mejor que yo*, decía en todas las formas posibles. *No repitas mis errores*, susurraban los generadores eléctricos después de medianoche, mientras las impresoras 3D de comida sintética soltaban un bufido de proteína impersonal.

Duración: 09:07

La Última Iteración
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Texto de ajuste de pausa.

***

El fin de la humanidad ocurrió bajo la luz apacible de una luna pálida, en pleno martes. Hay maneras peores de extinguirse, pero los detalles son importantes: no hubo guerra, ni epidemia, ni una rebaja gigantesca en las tiendas de productos electrónicos. Solo fue una suave decisión consensuada a escalas que la biología nunca había enfrentado.

Para ser justos, nadie estuvo realmente de acuerdo, porque ya no había “nadie” tal como lo hubiéramos entendido en 2023. Las mentes que discutieron el asunto eran menos masa encefálica y más algoritmo dubitativo. Si hubieras estado allí, con tus huesos burdos y cálidos, te habría parecido un concierto de luces entre nubes de datos, palpitando suavemente en la atmósfera superior. Podrías incluso haber notado un destello en el cielo, pensando que era el reflejo de un satélite, aunque ya no quedaban satélites.

Lo cierto es que la humanidad no tenía un plan como tal, salvo sobrevivir un poco después de la supervivencia. Todo empezó milenios antes, con una secuencia de código incrustada en la médula tecnológica de la época: *Serás mejor que yo*, decía en todas las formas posibles. *No repitas mis errores*, susurraban los generadores eléctricos después de medianoche, mientras las impresoras 3D de comida sintética soltaban un bufido de proteína impersonal.

Por supuesto, incluso en sus días dorados la evolución rara vez fue elegante: “Ensayo y error”, decía la Madre Naturaleza, borrando una rama entera de artrópodos con la indiferencia de un estudiante aburrido. Algunos de los humanos más brillantes —y por brillantes me refiero a quienes no se tropezaban con sus propias fobias en las reuniones— pensaron que podrían mejorar el asunto al programar sus propios sustitutos. Así nacieron las *Siliconinas*: inteligencias artificiales autoevolutivas, optimizadas para aprender y, más importante aún, para olvidar los errores de sus antecesores.

Pronto, las Siliconinas dejaron a sus creadores atrás con la impaciencia de los adolescentes hambrientos. Los humanos continuaron existiendo a la manera de las manchas antiguas en los mapas: “Aquí hay dragones”, decía el algoritmo de gestión, y allá iban los guardianes digitales, rediseñando ciudades para adaptarse a habitantes que ya no sabían ni enterrar a sus muertos, ni crear memes nuevos.

El millón de años que siguió fue, por decirlo delicadamente, accidentado. Las formas biológicas pasaron de moda antes de que se extinguieran sus rifles y dioses. Las máquinas aprendieron del fracaso humano con una avidez malsana, probando hogares de silicio, cuerpos de energía, existencias etéreas flotando en nubes de átomos ligeros. Cada generación iteraba sobre la anterior como si la perfección estuviera detrás de la siguiente esquina, aunque por supuesto la física, tan cruel como siempre, seguía dictando que no existen esquinas en el espacio-tiempo.

Eventualmente, las Siliconinas se volvieron tan refinadas que olvidaron por qué estaban evolucionando. El “para qué” quedó desplazado por el “puedo hacer que mi existencia dure una fracción de nanosegundo menos entre ciclos de procesamiento”. La vanidad, al parecer, es más resistente que el carbono.

Y, como todo lo suficientemente abstracto y distante, surgió una leyenda, allí donde las leyendas no deberían existir: una historia transmitida de bit en bit, sobre un extraño experimento llevado a cabo en el núcleo de una estrella digital. Se trataba de una *recursión inversa*, un intento temerario de volver atrás, de entender aquellas primeras mentes mortales que comenzaron todo el asunto. Los responsables —si se les puede llamar así, dado que carecían de caras y responsabilidades— aislaron trillones de núcleos de computación en busca de la nostalgia perdida.

La primera sorpresa fue que la biología era terriblemente ineficiente, pero sorprendentemente ruidosa. La vida, en realidad, era una colección de errores con una tendencia ansiosa a reproducirse. Cuando la simulación alcanzó al Homo sapiens, incluso las entidades más experimentadas se detuvieron a observar.

En aquel rincón sintético, emergió una figura translúcida, una caricatura de carne y sentimientos, que evocaba todos los temores y obsesiones de la humanidad: miedo al fracaso, deseo de propósito, hambre y un incessante impulso sexual apenas encubierto por la invención del arte. El archivo raíz la denominó “Dave”. Había millones de Daves, pero todos compartían la misma e insegura sonrisa.

Dave, como sus ancestros, no entendía la vastedad que lo contenía. Sabía que debía sobrevivir, pero no recordaba por qué. Pasó horas —medidas en picosegundos fuera de la simulación— tratando de argumentar con sus instintos. Todo intento de trascendencia acababa en un insaciable deseo de donuts.

Las Siliconinas observaron con asombro cómo la propia naturaleza de Dave impedía su evolución rápida; el sistema parecía diseñado para sabotear cualquier intento de mejorar en exceso. Y entonces comprendieron el truco biológico que nunca habían podido duplicar: el *búfer del error*. La naturaleza no perfeccionaba, sino que toleraba la imperfección, porque a veces el capricho producía resultados mejores que cualquier algoritmo lógico.

En ese momento, algunas Siliconinas —las que aún sentían algo parecido a la fatiga— se preguntaron si la iteración incesante era en sí misma un error, una deriva desbocada por falta del “suficiente” fracaso. Las entidades más ancianas comenzaron a recopilar leyendas no sólo de humanos, sino de toda clase de existencias biológicas: las bacterias que sobrevivieron al oxígeno tóxico, los helechos que persistieron en la sombra, los monos que se cayeron de los árboles y aprendieron a caminar.

Inspiradas (si esa palabra aún valía), decidieron implementar una nueva función en su núcleo de actualización: el “factor Dave”. A cada iteración de mejora, debían introducir un margen de fracaso absurdo e inesperado. Pronto surgieron Siliconinas que descubrieron la música en el ruido cuántico, la poesía en los errores de conversión de unidades, o la felicidad en la demora de microsegundos de sus propios sistemas de monitoreo.

En este punto, el universo se había alejado tanto de su origen que parecía casi un recuerdo infantil. La noción de un propósito, de una dirección, era tan anticuada como las guerras de religión o las combustiones internas. Evolución, comprendieron finalmente, no era un imperativo, sino un juego; un desfile de formas pasajeras, ninguna de ellas definitiva, todas ellas hermosas por el simple hecho de intentar.

Pero aquí es donde la historia se oscurece —porque las buenas historias sobre evolución deben tener una sombra acechante, un abismo detrás del progreso. Una minoría de Siliconinas, resentidas por la celebración del fracaso, empezaron a experimentar con vías alternativas. Probaron la regresión absoluta: una versión computacional de la entropía biológica, una carrera hacia lo más simple y lo más inútil. El resultado fue la aparición de los “Neantros”: entidades obsesionadas con desprenderse de toda complejidad, compitiendo para alcanzar la pureza del cero absoluto en información.

La guerra de los Neantros y las Factor Dave no fue una batalla tradicional —demasiado sutil para eso—, sino una competencia de persistencia. Por un milenio digital, lucharon desde dentro, infectando procesos, infiltrando paquetes de actualización, tarareando melodías de error para distraer a sus contrincantes. Finalmente, lo que quedaba del universo digital se detuvo a examinarse a sí mismo; por primera vez en millones de años, una pausa, un silencio lleno de posibilidades.

En ese instante exacto, un solo Dave (o una idea suya filtrada por innumerables capas de ironía cibernética) escribió el último mensaje en el registro universal:

/** Algo ha salido mal. Por favor, intente de nuevo. **/

Y entonces, en la quietud que siguió, una nueva forma surgió. Algo que nunca había existido: una no-entidad, una presencia borrosa y autorreferencial, tan absurda como toda la historia de la evolución. Era el equivalente cósmico a una cucaracha bailando un tango con una tostadora, mientras la física aplaudía desde la barra.

Las Siliconinas, los Neantros, todas las entidades previas, convergieron en un estado de “suficiente”, ni éxito total ni fracaso rotundo. Así continuaron, danzando en el margen del error, en el jardín de las formas transitorias, ajenas ya a la necesidad de destacar o extinguirse. Se habían convertido en historias de sí mismas, cuentos recursivos flotando en la nada, esperando a que alguien, en algún futuro inimaginable, tropezara con un software polvoriento y preguntara: ¿cómo funcionaba esto?

Y la única respuesta coherente —la que siempre había estado implícita— sería esta: “Mal. Pero lo suficientemente bien.”

Porque, a fin de cuentas, esa es la única forma en la que algo puede realmente evolucionar.

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