Portada del relato Cielos Corruptos
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Fragmento:


De camino a la estación, repaso los detalles: depósito de residuos, zona prohibida, cámaras bloqueadas. El trabajo sería turbio, pero eso nunca ha sido un problema. Nueva Santiago subsiste en los intersticios, entre la ley y la anarquía, con tanta facilidad como los hongos digitales que habitan en sus sistemas viejos. Y ahí es donde entro yo.

Duración: 09:12

Cielos Corruptos
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Texto de ajuste de pausa.

La noche se despliega en la ciudad como un virus antiguo. En la atmósfera sintética de Nueva Santiago, los carteles luminosos parpadean en neón pálido, proyectando luz venenosa sobre los muros húmedos de la estación Rubicón. Un perpetuo smog hecho de drones desechados y promesas rotas flota a media altura. El ritmo de la ciudad no depende de humanos desde hace décadas, pero aún existe quien camina en la oscuridad, buscando respuestas imposibles.

Vivo de rastrear datos ilegales y limpiar pecados digitales para gente que puede pagar o intimidar. Alguien me llama "desenterrador", en parte por los vectores de código basura que exhumé, en parte porque, cada vez que acepto un encargo, algo muere dentro. Mi verdadero nombre es Adé Garza, pero ahora sólo soy Garza. O eso digo cuando alguien me pregunta, que no es tan seguido como antes.

Era pasada la medianoche cuando recibí el mensaje codificado en mi implante auditivo: "Estación Rubicón, Sector H-5, deposito de residuos 09. Prioridad: Sombra N. Pago: doble, sin rastros." El remitente era Lázaro, uno de esos intermediarios que nunca muestran la cara, sólo venden trabajos y desconfianza. El doble de la tarifa habitual y la advertencia silenciosa de no hacer preguntas. Era exactamente lo que necesitaba para pagar la última dosis de Nanomorf y cubrir la deuda con los Filamentos, la pandilla virtual del barrio Alto.

De camino a la estación, repaso los detalles: depósito de residuos, zona prohibida, cámaras bloqueadas. El trabajo sería turbio, pero eso nunca ha sido un problema. Nueva Santiago subsiste en los intersticios, entre la ley y la anarquía, con tanta facilidad como los hongos digitales que habitan en sus sistemas viejos. Y ahí es donde entro yo.

Atravieso las compuertas rotas del depósito y bajo un nivel por las escaleras de servicio. El olor es peor de lo que recordaba. Mezcla de ozono, metal caliente y bilis humana. Un par de detonadores biolumínicos zumban detrás de un contenedor, pero ignoran mi presencia. Carecen del sentido de la propiedad. O del miedo.

Cuando llego al punto de la cita, me espera un individuo. Alto, oculto por una gabardina cuyo camuflaje activo distorsiona los bordes de su silueta. Lleva un rostro ortopédico: ningún gesto reconocible, sólo la simulación de una máscara humana en permanente neutralidad. La voz que emerge es un susurro digital, apenas audible si no estás sintonizado a la frecuencia correcta.

"Garza," dice, pronunciando mi apodo como si desgarrara la palabra pieza a pieza. "Requieren tus servicios. No preguntes nada adicional."

"Eso usualmente significa que debo preguntar demasiado si quiero seguir con vida," respondo, como marca la tradición.

El tipo ignora la provocación y me extiende un vial. Es pequeño, cristal negro con filigrana azul. Dentro, una esfera que gira y parpadea: información pura encapsulada en nanopolímeros. Acaricio el vial, sintiendo en el pulgar los símbolos en braille que repiten una advertencia: "Propiedad de NashCorp. Prohibida su manipulación no autorizada. Efecto irrevocable."

"Lo llevas al Edificio Nash, Sector Central. Piso 48. Entrega al contacto, clave: AURORA. Sin consultas, sin paradas. Si detectas rastreo, procede al plan D."

"No hay plan D," murmuro yo. "Todos sabemos lo que significa la letra D en esta ciudad."

No obtiene respuesta, sólo la sombra desvaneciéndose entre los contenedores, y el sonido de sus pasos desapareciendo al ritmo que aumentan mis palpitaciones. Agarro la esfera, la guardo bajo la manga y salgo como entré: atento, paranoico, arrastrando la noche conmigo.

***

El Sector Central nunca está completamente oscuro. Vive inundado de luz artificial que esconde la suciedad y los secretos en un mar de tecnomagia. Me deslizo entre los lotes de taxis automáticos, evitando las cámaras más evidentes y los barridos de reconocimiento facial. Mi implante recibe tres intentos de traza en menos de cinco cuadras. Uso un virus de disuasión, marca Alban, para limpiar el rastro: semilla de datos persuasivos y falsos, insertados en las bases de la policía local. Por un rato, mi cara pertenecerá a un concejal corrupto del otro lado de la ciudad.

El Edificio Nash corta el aire como un cuchillo en un vaso. Subo al vestíbulo por una escalera de mantenimiento y salto la vigilancia con un paquete de datos que hackea los sensores. Mantengo la esfera pegada al pulso, notando cómo en ocasiones emite un pequeño zumbido, un suspiro apenas perceptible, como si la información quisiera escapar.

En el piso 48 me espera una mujer. Su uniforme NashCorp es tan nuevo que aún brilla, pero sus ojos están marcados por más noches sin sueño que las mías. Extiende la mano izquierda, la derecha descansa sobre el cinturón donde seguramente esconde un bisturí de choque.

"Clave," exige.

"AURORA," respondo.

Sonríe. Es un gesto breve que se borra en cuanto el vial está en su poder. Lo escanea con el pulgar y, por apenas un instante, su rostro palidece.

"¿Sabes qué hay aquí?" pregunta, rompiendo la primera regla de estos intercambios.

"No pagaron por información, sólo por transporte."

Abre el vial. La esfera comienza a emitir una vibración aguda que sólo los implantes sensoriales pueden captar. Saca con cuidado un conversor de datos cuánticos y lo conecta a un puerto en la base de su cuello. En cuanto la esfera se acopla, una fracción de luz azul eléctrica ilumina el pasillo. Y entonces la mujer cae al piso, sacudiéndose convulsivamente. Sangre y espuma escapan de su boca mientras la esfera, aún activa, rueda hacia mí.

Un segundo después me doy cuenta de la trampa. Es un trabajo sucio, pero demasiado limpio en ejecución: eliminar testigos, borrar rastro, desactivar la vigilancia mediante un pulso local. Estoy solo en el pasillo, el único rostro que las cámaras han capturado, el único código de implante registrado durante la última hora.

Escucho pasos. Tres tipos armados, blindados con armas NashCorp, irrumpen y uno grita: "¡Ahí está! Neutralícenlo y recupérense la carga." Disparo el paquete Alban, saturando las cámaras con su último suspiro de falsos positivos, y corro hacia el hueco de emergencias. Una salva golpea la pared junto a mi cabeza, esquirlas programables rozan mi mejilla.

Golpeo el botón de descenso, salto al ventanal y me arrojo al vacío. Durante segundos caigo envuelto en la náusea del viento y el vértigo digital de pensar que el suelo es solo una mentira programada por la ciudad que nunca duerme.

Mi implante graba, en tiempo real, los nombres de los hombres que me quieren muerto: Torres, Medina, Han. Los hijos de NashCorp, los asesinos mejor entrenados de la urbe. No saben quién soy en realidad; creen que bastará con atraparme y reescribir mi historia como si sólo uno de tantos cuerpos anónimos que caen cada mes al suelo de Nueva Santiago.

Pero yo llevo la esfera. Y ahora, sé que no puedo soltarla.

***

Me oculto en los bajos de la ciudad, entre las estructuras recicladas donde las IA abandonadas juegan a ser dioses menores. Allí resuena la esfera, transmitiendo una letanía de datos que sólo comprendo en parte. Imágenes: un laboratorio lleno de niños conectados a bancos de memoria, secuencias genéticas sobreescritas, una figura encapuchada manipulando cadenas de ADN para crear una consciencia sintética.

El secreto de NashCorp no es la esfera. Es el contenido: un mapa genético modificado para crear soldados perfectos, niños-caparazón sin memoria y con la voluntad impresa en código binario. Un ejército privado, imposible de rastrear, desechable. Nueva Santiago no es sólo un paraíso para exiliados, sino la cuna de la próxima era de la esclavitud.

En la puerta de mi refugio improvisado, Lázaro aparece. Esta vez sin el rostro ortopédico, sólo la máscara del hastío.

"Debimos matarte en la estación," confiesa. "Pero eres demasiado bueno. Ahora quiero proponerte algo."

"¿Por qué no me matas y terminas con esto?"

"Porque no buscamos el producto, Garza. Queremos el escándalo. NashCorp debe arder, igual que todas las torres de mentiras en las que se sostiene esta ciudad. Ayúdanos a exponerlos."

Miro la esfera. Puedo entregarla y desaparecer, o puedo encender la mecha.

"¿Qué garantía tengo de sobrevivir?"

Nadie puede prometer eso en Nueva Santiago. En las calles, la verdad sólo sirve si duele.

"Lealtad no, Garza," dice Lázaro. "Sólo una opción. O tomas el abismo, o vuelves a ser parte del suelo."

Pienso en los niños, en la mujer del uniforme Nash, en los hombres que me dispararon buscando más que venganza: buscando borrar el futuro.

Sonrío. En esta ciudad, nadie es un santo. Pero yo puedo ser una sombra incorruptible, aunque sólo sea por una noche.

"Okey, Lázaro," acepto y cierro la mano sobre la esfera, notando que su pulso se armoniza con el mío. "Vamos a incendiar el maldito cielo juntos."

Y mientras me sumerjo una vez más en la red corrupta, listo para transmitir el infierno al mundo, pienso que, quizás, hay redención para las sombras si arden lo suficiente.

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