Portada del relato La Última Ronda en el Bar del Fin del Mundo
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Fragmento:


Cerca de las seis y cuarto, el cielo se oscureció como si alguien hubiera bajado una cortina ennegrecida sobre el sol. La televisión, renqueante y grandota, soltó un chasquido eléctrico y se apagó. Ernesto refunfuñó. A Julieta se le derramó la ginebra. Yo, responsable en exceso, crucé el local para comprobar el estado de los plomos. Nada apocalíptico, pensé de camino al sótano. Solo el clásico apagón eléctrico.

Duración: 07:53

La Última Ronda en el Bar del Fin del Mundo
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Texto de ajuste de pausa.

Nunca imaginé que el fin del mundo llegaría un miércoles. Ni siquiera uno de esos miércoles en los que la resaca me mantenía abrazado al retrete y el pensamiento más ambicioso era decidir si me duchaba antes del anochecer. No. El fin del mundo llegó un miércoles jovial, con sol de primavera, pájaros que trinaban, y la promesa de una tarde lo suficientemente apacible para pasear en camiseta corta, lo que en mi pueblo natal era equivalente a una alineación planetaria.

Era bartender en el Bar del Fin del Mundo, un nombre que, con la cruel ironía habitual de la vida, sólo adquirió sentido cuando fue demasiado tarde para colgar un nuevo letrero. El bar tenía más años que las arrugas de mi madre y menos clientes que una funeraria alegre. Esa tarde atendía a mis dos habituales: Ernesto, un profesor de literatura olvidado por el departamento y por la vida, y Julieta, que decía ser vidente y había predicho su propio divorcio con doce años de anticipación. A veces pienso que lo único clarividente en ella era su angustia.

Cerca de las seis y cuarto, el cielo se oscureció como si alguien hubiera bajado una cortina ennegrecida sobre el sol. La televisión, renqueante y grandota, soltó un chasquido eléctrico y se apagó. Ernesto refunfuñó. A Julieta se le derramó la ginebra. Yo, responsable en exceso, crucé el local para comprobar el estado de los plomos. Nada apocalíptico, pensé de camino al sótano. Solo el clásico apagón eléctrico.

Pero cuando emerjo de las sombras polvorientas, la realidad ha cambiado. El Bar del Fin del Mundo está lleno de una luz azulada que no tiene fuente ni explicación lógica. El aire huele a metal caliente y pan tostado, y realmente dudo que la humanidad esté lista para conocer cómo huele el pánico auténtico. Julieta está de pie, los ojos como platos. Ernesto se ha escurrido de la banqueta y se tapa la boca con las dos manos.

Y entonces veo lo imposible. Formas translúcidas empiezan a materializarse en el local, cuerpos que parecen hechos de cristal, humo y diminutas corrientes líquidas de luz verdosa. Son altos, demasiado. Tienen más piernas que sentido común y brazos que terminan en estructuras que sólo puedo comparar con pinzas de langosta. No tienen boca. No tienen ojos. Aunque sentí una mirada, fría e inclemente, que de alguna manera supuso el anuncio ceremonial de que quien manda acaba de llegar.

Al menos uno de nosotros mantuvo la calma. Ernesto se puso a recitar en voz baja el catálogo completo de insultos aprendidos en los libros de la Edad Media. Julieta intentó esconderse detrás de una servilleta. Yo, hombre de acción y garrafón, hice lo más lógico y a la vez lo más desesperado: serví un trago triple para cada uno. Si el mundo iba a terminar, que nos encontrara con cierta dignidad etílica.

Las criaturas flotaban más que caminaban. No destrozaron nada. Más bien parecía que investigaban el decorado como si fuera el escenario de una obra a punto de comenzar. Una de las criaturas se detuvo frente a mí y me entregó un objeto con forma de huevo y el doble de amenazante. La presencia mental era abrumadora, una sensación de torniquete en las ideas, una presión interna, irresistible.

No escuché un "Hola, terrícola" ni "Venimos en son de paz". No hubo discursos, ni rayos de la muerte, ni propuestas para salvar a nuestra especie. Recibí, en cambio, una ráfaga de pensamientos, imágenes y sensaciones, toda una galaxia de significados apretujados en un destello. Supe, por medios que jamás entenderé, que no éramos interesantes. No del modo que uno espera; éramos irrelevantes. Éramos para ellos como son para nosotros los diminutos organismos que viven en la escarcha de los postes. Habían venido porque sí, porque podían, porque la soledad de las grandes inteligencias también es insoportable y a veces la curiosidad es peor que su opuesto.

Entendimos que nuestras mejores historias, nuestro arte, nuestras guerras, nuestros amores, nuestras revoluciones, les resultaban lo mismo que una piedra corriente en el lecho de un río le resulta a un teólogo distraído. Por cortesía, por protocolo, o por simple alienígena aburrimiento, resolvieron ofrecernos una última copa antes de, digámoslo así, reiniciar la fiesta del universo sin nosotros.

No protestamos. Nadie lo hizo, al menos en mi bar. Afuera, las luces de ese azul antinatural cubrían el asfalto y la gente se arrodillaba, lloraba, rezaba, gritaba, y algunos se besaban como si la pasión desafiante pudiera detener lo inevitable. Nosotros nos quedamos bebiendo en el Bar del Fin del Mundo, más por impotencia que por coraje.

Las criaturas nos observaron, una vez, otra vez, multiplicando sus formas borrosas. En sus conciencias, que sentía golpear la mía como olas radioactivas, vi destellos de sus mundos natales: océanos verticales, bosques de luz, ciudades que se doblaban sobre sí mismas huyendo del aburrimiento estelar. Nada remotamente familiar o tranquilizador.

En cierto punto, Ernesto, como si la proximidad del desastre lo volviera repentinamente genial, levantó el vaso y brindó. "Por ustedes, hijos de la gran nebulosa, y por nosotros, los borrachos del cosmos." Durante un instante, noté un cambio en el ambiente. No alegría. No conmiseración. Simplemente… algo parecido a la curiosidad.

Fue entonces cuando la invasión se profundizó. No destruyeron las ciudades. No exterminaron a nadie, ni siquiera se molestaron en acomodar la anatomía para caber en nuestras estrechas plazas de cemento. Simplemente nos reescribieron. Uno por uno, célula a célula, pensamiento a pensamiento. Dejamos de ser humanos y nos convertimos en otra cosa. No fue una apoteosis, no hubo ascensión ni caída heroica. Fue como despertar con resaca, sólo que la borrachera original había sido el propio ser. De pronto, no nos reconocíamos en el espejo, y por primera vez comprendí el pánico real.

Las calles se llenaron de seres transparentes, vagamente humanos, flotando a media altura. El idioma escapaba. La memoria era una niebla sobre mares desconocidos. No era doloroso; era, paradójicamente, tan suave como un beso de despedida. Nuestro conocimiento del mundo seguía allí, pero no sabíamos realizarlo. Podíamos recordar las palabras "amor", "odio", "soledad", pero ya no significaban nada. La poesía, las canciones, las recetas olvidadas por las abuelas, los secretos al oído: todo estaba, y al mismo tiempo, todo se había ido.

Julieta se encogió en su asiento, tratando de articular oraciones en una lengua que ya no tenía dueño. Ernesto miró su vaso como quien examina un fósil y encontró en él la última pizca de civilización. Yo, dueño inútil de un bar sin clientes, levanté mi copa y la apuré de un trago.

Solo quedaba el rumor de la lluvia eléctrica, el olor a sueños chamuscados, y el zumbido de los invasores registrando las últimas vibraciones de nuestra existencia. ¿Qué harían con nosotros? ¿Juguetes? ¿Recuerdos en un museo estelar? ¿Simplemente olvidarían que una vez fuimos, como nosotros olvidamos el sabor del primer vino que probamos o el tacto del primer beso?

Nunca sabré qué pasó exactamente después. Ni yo ni ninguno de los que habitábamos aquel mundo. La historia humana terminó en el Bar del Fin del Mundo, con un brindis, una resaca y la más feroz de las indiferencias: la eterna, soberbia y educada indiferencia de los dioses extragalácticos, que al vernos contorsionados en nuestra impotencia, sólo supieron decir (o pensarnos) algo así como: "No son lo que buscábamos, pero fueron… algo."

Y así terminamos. No con un grito, ni con estruendo, sino con el efervescente sonido de una última ronda servida ante la nada, y la vaga sospecha—una chispa persistente, indestructible—de que en el próximo universo, si hay otro, tal vez, solo tal vez, los bares sean eternos y las invasiones, menos groseramente definitivas.

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