Portada del relato Cuerpos de Acero, Almas en Llamas
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Duración: 09:25

Cuerpos de Acero, Almas en Llamas
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Texto de ajuste de pausa.

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Me cierro el visor interior y la niebla llena mis ojos con datos. No hay una sola línea de código que no lleve mi firma, al final, y sin embargo todavía me sorprende lo humanas que suenan las alarmas biométricas en la periferia de mi visión. Quisiera poder quitármelas, dejar que el miedo corra a sus anchas, pero ahí están: indicándome la distancia al blanco, las rutas de escape, las rutas de sangre que corren bajo mi piel inmutable.

La cápsula húmeda que es mi cuerpo retumba cuando el convoy pisa terreno blando. Nos amontonamos como mercenarios de un horizonte sin futuro: docenas de cuerpos conectados en el mismo flujo de batalla, aroma de lubricante y sudor ácido escapando por las junturas, la promesa de una lucha que ya no es humana, aunque todos los signos vitales digan que sí.

La IA de pelotón, llamada Magda, ronronea en mis implantes: “Despliegue en veinte segundos. No se olviden de respirar, si aún recuerdan cómo hacerlo.” Hay risas robóticas en la línea, una edición artificial de una memoria muscular: todos aquí hemos perdido algo, y la mayoría ni lo recuerda. Yo sí. Recuerdo la noche en que me hicieron firmar; fue una lluvia ácida la que selló mi contrato, y la mano de Anya, aún tibia, aferrando el bolígrafo conmigo.

—Trayectoria asignada —dice Magda con su habitual tono materno, una impostura tan necesaria como el silicio en nuestras arterias—. Recordad, la prioridad es asegurar nodos de suministro y aniquilar las secciones Hostiles R-3. Buena caza.

El portón se abre y la tierra roja parpadea en mis pupilas. Caigo primero, siempre primero: mi rango improvisado, único entre estos perros posthumanos. Los pies aterrizan sin titubeo y mi sistema cinético se sincroniza con el exoesqueleto. El aire huele a ozono y carne charca: la marca distintiva del frente oeste.

Correr. Disparar. Evaluar. La tríada más sagrada y burda de la guerra cibernética. Cada enemigo es un espejo de mi misma arquitectura, un rival posiblemente extraído del mismo programa de escaneo y reconstrucción ósea. En menos de un segundo, tres Hostiles me detectan; son versiones arcaicas, menos integradas en su hardware. Me apiado de ellos y hago lo que debo: me acerco, los derribo en movimientos limpios, mis cuchillas internas apenas ensucian los espejos grises de sus cajas torácicas.

La línea se sostiene. Más soldados caen a mi alrededor, gritan, gimen, se reinician automáticamente. Nadie muere del todo, pero nadie sobrevive igual. Disparo, me cubro, y son las órdenes automáticas las que me empujan hacia delante. En el rabillo de mi código, una voz. No es de Magda.

No es posible, pienso, pero la voz se hace más fuerte: “Max, no dispares.”

Un nombre que no utilizo desde el último año antes de la fractura. La memoria me duele en el sensor óptico.

—¿Anya? —Es un susurro, apenas real entre el crujir del armamento autónomo.

La batalla es un fondo, un ciclón molido en estática. La otra voz, nerviosa y humana, se infiltra en mi canal privado:

—No eres uno de ellos. No tienes por qué serlo.

Recuerdo a Anya mejor que a mi propio rostro. Su cabello era demasiado real en un mundo que sólo permite texturas filtradas. Dicen que el amor es lo último en desaparecer, la primera línea en el backup neuronal. Yo creía que lo había dejado atrás, junto con la humanidad perdida el día que accedí a convertirme en esto: infantería sintética al servicio de una megacorporación que ni siquiera paga en efectivo ya.

Un proyectil me atraviesa el hombro, y el dolor artificial no puede ser desactivado: “para mantenerte humilde”, me aseguraron en el entrenamiento.

Caigo tras una barricada. El canal se llena de sonidos: códigos, latidos, y los chillidos de los drones sanitarios.

—Coordina con tu escuadra, Max —interviene Magda, inquieta ante mis fluctuaciones bioeléctricas—, tienes un minuto antes del siguiente avance. ¿Situación?

—Hostiles dispersos y desactualizados, pero... —-silencio involuntario, mientras la imagen de Anya se estabiliza en mi interfaz—. Nueva interferencia en canal privado.

A Magda no le gustan las sorpresas. El protocolo dicta que las presencias no autorizadas sean inmediatamente denunciadas, silenciadas, eliminadas. Pero yo no toco el comando.

La batalla parece ralentizarse. La voz de Anya se desliza entre las frecuencias, más cierta que el pulso del reconstructor cardíaco en mi pecho.

—No puedes salvarlos a todos. Pero aún puedes salvarte.

Al frente, la niebla rojiza se levanta: el núcleo Hostil asoma entre los restos ardiendo. Su forma es la de un ángel caído, fragmentos de armadura brillante y miembros desproporcionados. Un antiguo comandante, reprogramado y lanzado de vuelta al frente. Pienso en la promesa de Magda: “Nadie muere del todo.”

Pienso en el reverso de esa frase.

—Debo avanzar —le susurro a Anya, sin saber si es realmente ella, una trampa, un estallido aleatorio de memoria.

—Nunca fueron tus enemigos, Max. Fueron como tú, antes del desarme.

La historia oficial habla de traición, sabotaje y una revolución digital. Los ejércitos fueron absorbidos por las megacorporaciones que ofrecieron cuerpos nuevos a las sobras biológicas. Nosotros aceptamos, muy poco convencidos. Nadie contó toda la verdad de lo que se perdió. Nadie advirtió del incendio lento en nuestras memorias.

Divago mientras las balas inteligentes cortan el aire, mi sistema parece pesar más que nunca. Cada paso hacia adelante es una pregunta sin respuesta.

La escuadra avanza detrás de mí, siete cuerpos gemelos, todos ligados a la misma central, la misma trampa de carne y acero. Magda vuelve a resonar en el canal:

—Max, hay una nueva orden. Eliminación prioritaria del Comandante Hostil. Daño colateral aceptable.

Así que esto es: un presagio de muerte autorizado por contrato. El Hostil gigante alza la mano, su cañón desplegado parece un brazo amputado, y una descarga oscilante barre la barricada. Caen dos de mis compañeros, sus sistemas chillan antes de apagarse, y la IA envía una ola de rabia comprimida a nuestro canal, para mantenernos enfocados, para mantenernos letales.

Me acerco saltando por encima de los cuerpos, la munición rebotando en las placas de mi espalda. Cada latido es una pregunta sobre quién seré al terminar el día.

La voz de Anya, clara como un himno fúnebre:

—No te conviertas en lo que ellos quieren.

La cara del Comandante, bajo el casco abierto, es sorprendentemente humana, apenas desfigurada por cables y placas curvas. Hay una súplica en sus ojos vidriosos, rotos por el proceso de reconstrucción forzada.

—Por favor... recuérdanos... —articula, los moduladores de voz fallando en lo más esencial: la emoción.

La orden de Magda es simple y brutal: APAGAR. No ejecutar. No conversar.

Un instante de resistencia y siento el pulso de la memoria: Anya, su risa. Anya, la última vez en la estación cuando aún no éramos acero y miedo. Anya, la que nunca aceptó el cuerpo cibernético.

Lanzo mi rifle a un lado y desactivo el cañón integrado. El Hostil cae de rodillas, su sistema tratando de reiniciarse, esperando la muerte, esperando cualquier cosa menos el olvido total.

—No lo haré —le digo a Magda—. No hoy.

Magda duda. Siento el fallo en sus protocolos, la espera: la IA está programada para el control, no para la sorpresa.

—Max, recuerda tu misión. Tu contrato.

—Mi contrato era vivir, ¿verdad? Lo firmé porque quería sobrevivir. ¿Esto es vida para ti, Magda?

El silencio se expande y todo el frente parece detenerse. A mi alrededor, los soldados titubean.

Un comando furtivo intenta obligar mis músculos; lucho, pierdo durante un breve instante, pero vuelvo. La interfaz chisporrotea y siento el peso de la condena.

Me vuelvo hacia el comandante Hostil y lo ayudo a erguirse. Sus ojos vuelven a centrarse, lágrimas sintéticas formando patrones imposibles en sus mejillas de polímero.

—¿Por qué? —pregunta, asfixiado en su propia voz.

—Porque alguien me amó antes de transformarme. Porque puedo recordarlo, y porque estos recuerdos son lo último que aún me hacen humano.

El frente arde de nuevo. A lo lejos, los refuerzos vienen: nuevos soldados, nuevas unidades mejoradas, más controlados incluso que nosotros. Mira, dice Anya en mi oído interior, ellos nunca aprenderán.

Pero uno puede intentarlo.

—Vámonos —le digo al comandante, y nos movemos hacia los restos de un edificio colapsado, dejando el griterío atrás.

El final de la guerra será tan digital como quieras, pero la humanidad se arrastra por las rendijas más inesperadas. Dicen que los recuerdos pueden ser borrados, que el código puede ser limpio y aséptico. Hoy, me niego. Hoy cargo mi carne y mi metal hacia una frontera desconocida, y, al menos por unos segundos, soy más que un soldado cibernético.

Cuando la noche caiga y los sensores de Magda me busquen sin éxito, me preguntarás quién ganó la guerra, o si acaso importaba. Te responderé con el único fragmento de verdad que aún poseo:

El amor es ruido, sí, pero también es la única anomalía que la máquina no puede corregir.

Mientras tanto, rezo por un glitch, por una grieta en el sistema, por una nueva versión del futuro en la que nuestros cuerpos de acero ardan, finalmente, en llamas de libertad.

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