Portada del relato Cruces de Espectros
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Fragmento:


No hay lenguaje para esa náusea, ese desapego violento de la realidad que sentimos en la tercera transición transversal. El tripulante Harada se dobló sobre sí mismo gritando palabras que ninguno reconoció —hasta que alguien cayó en la cuenta de que eran eslavo antiguo—. Y, mientras tanto, los sensores indicaban que estábamos simultáneamente en dos posiciones orbitales incompatibles. Podía verme a mí misma, en el corredor, titubeando ante una puerta —pero, al mismo tiempo, podía oler vapor de sal y sentir la humedad de un océano irreconocible en mis fosas nasales—.

Duración: 06:22

Cruces de Espectros
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Texto de ajuste de pausa.

La llamaban la Encrucijada de Klein, aunque nadie que la hubiera recorrido en serio podía conformarse con tal simpleza. La nave, Eratóstenes, flotaba inerte en el vacío; un leviatán de aceros pálidos y polímeros cuyas entrañas contenían más preguntas que agua, más silencios que respuestas. Yo era la supervisora jefe del proyecto Transversal, la responsable de mantener la coherencia en una tripulación que ya no podía confiar, ni siquiera, en la propia casualidad.

El primer cruce ocurrió sin preludio y, durante horas, la mayoría de nosotros creyó que era un fallo en los sensores gravitacionales. El sutil desplazamiento en la estructura molecular de la materia que nos rodeaba podía medirse en angstroms, pero su consecuencia era incalculable. Las marcas de arañazos en la cubierta que no correspondían a ninguna herramienta, los atisbos de siluetas en las placas de visión externa... y luego la aparición, en la cámara izquierda de espera, de mis propios informes científicos escritos en una caligrafía que no era la mía, con una fórmula imposible que, si era cierta, desafiaba al mismísimo principio de indeterminación.

Al principio, hubo miedo. El temor elementa de que la nave anduviese a la deriva en más que un sentido. Pero cuando el doctor Santos manifestó ante la tripulación que él recordaba haber visto a su esposa la noche anterior, cuando todos sabíamos que su esposa había muerto en el incendio del laboratorio-madre en Europa... el miedo se tornó en otra cosa, más profunda, pero más insidiosa: esperanza.

El proyecto Transversal había sido concebido para buscar civilizaciones avanzadas en universos paralelos mediante la creación de un entorno cuántico neutral: la nave misma. Basados en las teorías de Klein y la topología no orientable, pensábamos simplemente captar emisiones, observar. Nunca cruzar. Pero como suele ocurrir con la exploración, la nave siguió allá donde nada humano podía, ni siquiera a tientas, dictar los límites.

No hay lenguaje para esa náusea, ese desapego violento de la realidad que sentimos en la tercera transición transversal. El tripulante Harada se dobló sobre sí mismo gritando palabras que ninguno reconoció —hasta que alguien cayó en la cuenta de que eran eslavo antiguo—. Y, mientras tanto, los sensores indicaban que estábamos simultáneamente en dos posiciones orbitales incompatibles. Podía verme a mí misma, en el corredor, titubeando ante una puerta —pero, al mismo tiempo, podía oler vapor de sal y sentir la humedad de un océano irreconocible en mis fosas nasales—.

El doctor Santos elaboró teorías: que cada transición alteraba nuestra propia probabilidad, que cada decisión no sólo bifurcaba futuros sino que arrastraba consigo posibilidades enteras de materia. Pronto la diferencia entre tripulantes y ecos empezó a erosionarse. Había otra herrera en propulsión, otra versión del comandante Solomon, inusualmente cordial, que dejó de aparecer después de la quinta transición. Los camarotes se llenaron de gemelos improbables. Y, la peor de todas, la aparición de un niño pequeño al que nadie recordaba embarcar, pero que pedía a su madre entre los pasillos del anillo inferior.

El comité de crisis que formamos degeneró en discusiones sin fin. Uno de los Solomon (el que prefería el whisky) abogaba por volver al punto de origen, pero ninguno podíamos estar seguros de haber conservado nuestro propio recuerdo de aquel origen. Yo misma empecé a notar diferencias: mi pierna derecha, siempre más débil, ahora era la izquierda la que cojeaba. Mis diarios personales divergían: uno contenía un poema de mi abuela, otro tenía una receta desconocida escrita en una lengua que, descubrí, comprendía perfectamente cuando me concentraba en ella.

La unidad de compresión cuántica falló durante la novena transición. En las horas siguientes, la Eratóstenes empezó a emitir sonidos que no podían ser físicamente posibles; algunos oímos fragmentos de conversaciones entrelazadas en decenas de acentos, otros fragmentos de música que resultaban al mismo tiempo familiares y completamente ajenos. El doctor Santos desapareció finalmente, dejando a su doble... o quizás a sí mismo en una variante distinta, incapaz de mirarnos con nada más que pena.

Tomé una decisión esa noche. Nos reuniríamos en la sala de mando, todos: los posibles, los imposibles, los dobles y los únicos, y decidiríamos si continuar las transiciones hasta perder toda noción de unidad, o si emplear la energía restante de la unidad cuántica en un esfuerzo por anclar una realidad, cualquiera, y fundarla como hogar. La propuesta fue debatida en un silencio atroz, como si cada uno midiera la vastedad de su soledad y la reconociera en todos los rostros ajenos y familiares a la vez.

No puedo decir con precisión qué realidad ganamos. Los ecos se fueron desvaneciendo uno a uno —o fueron aceptados, integrados a nosotros, quién puede decirlo— y, con el tiempo, la nave volvió a adquirir una regularidad, un ritmo reconocible. Algunos de nosotros, creo, no pertenecemos a este universo, pero ya ni siquiera importa. Quizá la coherencia personal sea una antigua superstición, algo de lo que sólo se lamentan los que nunca han sentido la simultaneidad de todo.

Mis pasos retumban hoy en los pasillos de la Eratóstenes, convertida en nodo de paso y puerto franco de realidades. La promesa de regresar ya no significa volver a un punto de origen definido, sino forjar cada día una nueva convergencia. Cada uno de nosotros porta ahora las memorias, las cicatrices, los amores y los miedos de muchos. Algunos aún buscan a sus desaparecidos, otros prefieren no recordar de dónde vinieron. Yo guardo, en los pliegues de mi uniforme y en las arrugas de mis pensamientos, los rastros de todas mis otras yo, y en cada rostro veo la sombra de la posibilidad.

Toda maravilla nace, dicen, del asombro radical ante la diferencia. Viajamos entre universos no para huir de nosotros mismos, sino para aprender a reconocernos en el espejo más extraño: el de todo lo que podríamos haber sido, y aún podemos llegar a ser.

Tal vez, algún día, regresemos al punto de partida. Tal vez, en otro universo, nunca nos marchamos. Aquí, entre las sombras y los ecos, hemos aprendido que la identidad es un diálogo perpetuo. Y la aventura verdadera es, desde siempre, el riesgo de perderse… y de encontrarse, en infinitas formas, una y otra vez.

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