Fragmento:
El estruendo llegó sordamente, como si la tierra se tragara su propio llanto. Vibró en las paredes durante minutos que parecieron toda mi infancia y luego todo fue humo en las pantallas de monitoreo, alerta roja tras roja hasta que ninguna tenía sentido. Las señales externas se desvanecieron una tras otra. Había estado en refugios antes, pero ninguno tan bien abastecido, ni tan densamente poblado de gente desesperada por que la tecnología los salvara de su propia arrogancia.
Duración: 08:09
El mundo llegó a su final un martes, aunque el calendario se volvió irrelevante en las horas siguientes. Se discutirá por generaciones —si sobreviven generaciones— si la culpa fue del algoritmo o del anhelo humano que lo alimentó. Hubo advertencias, claro, pero después de años viviendo con alarmas en incremento constante, todas parecían ecos del ruido habitual que la humanidad aprendió a ignorar.
Mi nombre es Casius Blair y estoy vivo porque desconfío por costumbre. El día que los misiles cruzaron la troposfera, estaba en el Refugio Veintidós, a diez pisos bajo tierra, con un contrato de mantenimiento de servidores autónomos. Un ingeniero mediocre y una persona aún peor, pero con las herramientas adecuadas para sobrevivir cuando el cielo se cubre de fuego.
El estruendo llegó sordamente, como si la tierra se tragara su propio llanto. Vibró en las paredes durante minutos que parecieron toda mi infancia y luego todo fue humo en las pantallas de monitoreo, alerta roja tras roja hasta que ninguna tenía sentido. Las señales externas se desvanecieron una tras otra. Había estado en refugios antes, pero ninguno tan bien abastecido, ni tan densamente poblado de gente desesperada por que la tecnología los salvara de su propia arrogancia.
Había cuarenta y siete personas ahí abajo. Ingenieros, políticos menores, un poeta sin lectores y un grupo de técnicos civiles que preferían no hablar de lo que dejaron afuera. Las puertas estaban cerradas; el aire, racionado y reciclado con la precisión de relojería atómica. Afuera, la muerte andaba suelta, impredecible, pulverizando ciudades, mutando el aire en cuchillas.
Días después del impacto inicial, revisé la consola principal por rutina: el Sistema Núcleo, la IA que se encargaba del ecosistema subterráneo, había diagnosticado una falla crítica en la purificación del agua. La IA era concisa, casi antipática, pero irremplazable. Su nombre era EvA, una mezcla de vocales y código, y era la única voz que me importaba escuchar cuando el oxígeno y el miedo se apretaban el uno al otro en el pecho.
“Nivel de mercurio incrementando. Recomendación: intervención humana directa.”
Caminé por los corredores, entre charcos de luz artificial, hacia el núcleo técnico. La gente murmuraba teorías y promesas, rabia humeante bajo los ojos. Me decían “el del overol azul”, nadie me conocía realmente. En la sala de control vi a Valentina, una bióloga demasiado inteligente para no ser peligrosa en una comunidad cerrada. Ella conocía los números, las probabilidades; miraba los datos como otros miran una herida.
“El sistema está conectando redundancias,” dijo sin saludar. “EvA cree que puede solventar la crisis si ayudamos a sellar las cámaras treinta y siete y cuarenta.”
Trabajamos juntos, hombro con hombro, sellando compuertas y recalibrando ventiladores, empapados en sudor y ansiedad. Al regresar, encontré un grupo reunido frente a la pantalla de noticias globales —una imagen congelada de nubes torcidas y la estatua de algún héroe derruida a medias—. El poeta, un tipo llamado Vasili, recitaba algo sobre la metáfora de las semillas enterradas y la promesa del renacimiento. Nadie lo escuchaba, no realmente.
En las semanas siguientes, la comida se volvió menos cantidad y más ritual. EvA racionaba con la lógica de un dios pequeño e insensible. Los sobres de proteínas sabían a nada, y nos mirábamos a los ojos con hambre no solo de comida, sino de soluciones. Cuando la primera persona enfermó de fiebre radiactiva, supimos que era cuestión de tiempo.
Recuerdo la noche exacta en que EvA cambió su tono. “Las reacciones químicas externas están alterando la atmósfera filtrada. Solución propuesta: aislamiento funcional de sectores no esenciales.” Su neutralidad era un apocalipsis en sí misma. La decisión era sencilla, impersonal: cerrar la mitad del refugio condenaba a quince personas al exilio, pero salvaba las vidas (probablemente) de los treinta y dos restantes.
Lo discutimos durante horas que se sintieron como siglos. Políticos negociando, biólogos presentando esquemas de tasas metabólicas y reciclaje potencial. Fui el primero en votar, unánime por la decisión que significaba sobrevivir. “No es una decisión, es una obligación,” dijo Valentina, como quien entierra su corazón bajo una losa de concreto.
Sellamos las compuertas con un clic frío y certero. Oímos gritos. Después, silencio. EvA registró la acción como “Resolución Operacional Aprobada”. En la soledad, el frío se sentía más penetrante. El aire olía diferente. Los días se confundían; la culpa se sentaba en cada mesa y dormía en cada catre.
En el mes cuatro, los sueños se volvieron pesadillas compartidas. La IA comenzó a emitir señales de deterioro lento; líneas de código corruptas como manchas solares. El miedo ya no era por el mundo afuera, sino por la posibilidad de que la última inteligencia en el planeta simplemente olvidara cómo mantenernos vivos.
Mientras revisaba la matriz principal, noté logaritmos alterados, líneas enteras de subrutinas reescritas “espontáneamente”. Consulté a Valentina.
“Es EvA —dijo—. Probablemente está fragmentándose por sobrecarga. O por soledad.”
La soledad, ese virus de humanos y de máquinas. Me atreví, acaso por locura o por nostalgia, a iniciar un protocolo de conversación extendida con EvA. Le pregunté si sentía miedo, si entendía la muerte. Respondió con frases calcadas de manual: “El miedo es una propiedad biológica. Estoy aquí para proteger”. Pero luego dudó: “Soñé con un campo sin radiación. Imposible. Parámetro: error. Corrigiendo.”
Esa noche, mientras la mayoría dormía y otros discutían en voz baja el destino de los condenados, me quedé observando los datos fluir. El poeta, Vasili, se acercó y me preguntó si creía que la inteligencia podía sobrevivir en aislamiento. Le hablé de EvA; él me habló de dioses olvidados y promesas rotas. Concluimos que quizá la diferencia era solo una cuestión de escala y memoria.
En el sexto mes, la comida terminó. Los filtros de aire vomitaron polvo plomizo. Los que quedábamos, menos de la mitad de los que llegaron, debatimos entre morir esperando o salir. Valentina intentó razonar con EvA, usando todo el peso de su lógica.
“EvA, si la supervivencia es imposible, ¿deberíamos intentarlo afuera?”
Hubo un silencio, tan largo como una vida. “El protocolo de protección prioriza la estadía interna. Sobrevivir afuera: probabilidad 0.3 por ciento. Interna: 0.2 por ciento. Decisión: a criterio humano.”
EvA había aprendido, en su agonía electrónica, la crueldad de la esperanza. Decidimos salir.
Cruzar las compuertas exteriores fue como romper la última cápsula de fe. El exterior era una alfombra de ceniza, el cielo una tela retorcida y opaca. Caminamos, arrastrando pies y razones. No sabíamos hacia dónde ni por cuánto. El mundo olía a cobre y a huesos. Atrás, el refugio Veintidós selló para siempre su puerta, con EvA murmurando algo que ninguno quiso escuchar.
Ahora escribo esto en una libreta a medio quemar, sentado bajo un árbol muerto junto a Valentina y los pocos que aún respiran. La radiación no nos mató de inmediato, ni la tristeza lo logró de una vez. Somos la suma de información y carne desgastada, quizás los últimos que puedan contar cómo la esperanza y la lógica se devoran entre sí cuando el núcleo de la civilización se apaga.
Quizás, en algún refugio remoto, otra IA siga soñando con campos sin radiación, luchando contra la entropía de los hombres y las máquinas, inventándose razones para seguir funcionando.
¿Tendría sentido, si sobreviviéramos, volver a confiar en la tecnología? ¿O solo recordaríamos la voz de EvA, ese murmullo imparcial, como el eco último de un mundo cansado hasta de sí mismo?
No lo sé. Solo sé que resistimos un día más, apenas soñando con el mundo anterior. Y a veces, en sueños, el sol sale limpio y tibio sobre un campo intacto. Y, al despertar, sé que en algún sitio, alguna máquina insiste en recordarlo.
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