Fragmento:
La Casa de los Muchos permanecía anclada más allá del arco quinto, oculta detrás de un jardín donde las plantas susurran palabras en un lenguaje olvidado. Estaba atendida por Miralda, que se asemejaba a una mujer aunque su piel era traslúcida en los días de niebla y sus ojos verdes recordaban los antiguos circuitos de cobre. En el Distrito no preguntamos por procedencias. Los habitantes—hundidos en sus ritos y vertiginosos experimentos—aceptan como ley todo aquello que brilla de forma distinta.
Duración: 08:35
La lluvia caía como metáfora pesada sobre las hojas afiladas de los árboles modificados—alterados, según recuerdo, para cantar melodías que calmaban la furia incesante del clima artificial. Nunca supe si era un consuelo sincero o una forma taimada de burla. Caminaba sin prisa, observando cómo el agua era absorbida por las membranas de raíces, nutridas con compuestos que alguna vez solo existieron en los sueños febriles de los alquimistas.
No puedo contarle a nadie cómo llegué a la Casa. No porque esté prohibido—las leyes dejaron de existir en el Distrito hace generaciones—sino porque, sinceramente, la memoria se enrosca en sí misma, formateada por cientos de amaneceres que se duplican y eclipsan sus predecesores. Los antiguos decían que los recuerdos son hilos, pero en el Distrito vivimos en madejas apretadas y húmedas, irreconocibles tras pasar por la máquina de la repetición.
La Casa de los Muchos permanecía anclada más allá del arco quinto, oculta detrás de un jardín donde las plantas susurran palabras en un lenguaje olvidado. Estaba atendida por Miralda, que se asemejaba a una mujer aunque su piel era traslúcida en los días de niebla y sus ojos verdes recordaban los antiguos circuitos de cobre. En el Distrito no preguntamos por procedencias. Los habitantes—hundidos en sus ritos y vertiginosos experimentos—aceptan como ley todo aquello que brilla de forma distinta.
Miralda me recibió con una sonrisa plegada y extendió una mano decorada con venas azuladas. “El Maestro ha estado esperándote”, murmuró. Los Maestros siempre esperan, pensé. Y siempre fingen sorpresa cuando apareces.
El vestíbulo refulgía suavemente, iluminado por esferas flotantes que proyectaban escenas cambiantes de otros mundos—una puesta de sol en un océano de nubes rojas, la silueta de un edificio imposible habitado por criaturas que destellaban. La historia comenzó así, envuelta en la neblina hipnótica de los sentidos exacerbados.
*
El Maestro, al que siempre se dirigían con temor, era una figura imposible de fijar en una sola imagen. Su rostro cambiaba según la perspectiva; la barba, a veces plateada y a menudo ausente; la silueta, tan compacta que parecía tatuada en el aire. Hablaba en parábolas, como si las palabras fueran componentes químicos cuyo orden afectara mi estructura íntima.
“Tienes la pregunta equivocada, Lucio”, dijo, sin que yo hubiera abierto la boca, “pero la traes bien embalada, como un corazón en un frasco de formol”.
No respondí. Había aprendido a dejar que la inquietud se acunara antes de buscar sentido en sus dichos.
“¿Sabes lo que ocurrió aquí, antes de la Era de las Copias?”
Era un mito del Distrito, difuso y conveniente: los originales. Seres únicos, irrepetibles, exentos de la tara que nos definía a todos. Pero incluso quienes fabulaban sobre ellos dudaban. El tiempo, ese tributo al desgaste, se lleva la autenticidad como una vela encerrada en un cuenco de agua.
“El arte de la duplicidad”, murmuró el Maestro, “cambió nuestra relación con la muerte y la memoria. Convertimos la mortalidad en una ecuación diferida. Decíamos ‘mañana’ y era cierto. Porque siempre había otro yo esperando detrás del siguiente ciclo”.
No discutí; la reverberación de mis propias copias era palpable, como un eco intradimensional. Sabía que pronto él abordaría el asunto que me trajo: Sofía.
La había conocido en una iteración anterior—aunque nuestra historia fue suficiente para saturar varias existencias. Hablar de amor en el Distrito era invocar la Máscara Resonante, y cada encuentro era una sinfonía de reconocimiento y rechazo. Sofía había desaparecido hacía ocho turnos, arrastrada por la voracidad de las cadenas de replicación imperfectas.
“Quiero encontrarla”, le dije, finalmente. “Incluso si debo atravesar los errores”.
El Maestro asintió. “Los errores. Es allí donde habitan los ecos, las desviaciones, los restos imperfectos del proceso”.
*
El laboratorio, si es que algún día se llamó así, parecía una catedral invertida: tubos de luz fluyendo hacia abajo y cuencas de sombra en lo alto. Los ingenieros lo construyeron para buscar la perfección, pero las fallas eran inevitables. A medida que el arte de la clonación tomó cuerpo, pequeñas malformaciones psíquicas comenzaron a colarse. No eran físicas, sino fracturas en el alma—si acaso tal cosa existía.
Miralda me guió por senderos de obsidiana, hasta una sala cubierta de vitrinas. Dentro de cada una, siluetas en pausas imposibles: algunos dormitaban, otros miraban de lado con ojos calcinados por el miedo. Eran Outros, versiones “defectuosas” de seres comunes, condenados por una disonancia inasible.
“¿La reconoces?” preguntó Miralda, señalando una vitrina central. Al principio, el parecido era vago, como si el vidrio interfiriera en la percepción. Y luego, una sonrisa quebrada emergió: Sofía. Pero algo no cuadraba. Sus ojos desconocían el azul; parecían lagunas de resina congelada.
“La Querencia es fuerte”, susurró Miralda. “Ella ha cruzado demasiadas iteraciones. Las rupturas se pegan como corteza”.
Quise liberar a esa Sofía, pero el Maestro me detuvo.
“¿A cuál recuperarás? Cada versión obliga a que las demás entiendan su condición, o las condena al olvido”.
Comprendí que el acto de salvación era equívoco. Al escoger recuperarla, debía decidir cuál de todas las Sofías era “la verdadera”, o aceptar el espectáculo de su multiplicidad.
*
Aquella noche dormí mal—al menos, eso sugirió mi último registro neural. Soñé con una fiesta en una mansión de niebla, donde cada invitado tenía el rostro de Sofía, pero ninguno la voz adecuada. Me desperté antes del amanecer, decidido a experimentar una solución aún no probada: la convergencia.
El procedimiento era peligroso, incluso para los estándares laxos del Distrito. Exigir la mezcla de atributos de varias copias, amalgamando memorias y errores, podía provocar anomalías fatales. A cambio, existía la leve posibilidad de recuperar la esencia de un ser, desgranada como perlas en un filón de carbonato.
El Maestro solo asintió cuando le comuniqué mi intención. “El futuro pertenece al riesgo. El pasado, a quienes lo ignoran”, sentenció.
Elegí tres versiones de Sofía, guiado por pulsiones arbitrarias: una tocaba el laúd en los días de lluvia; otra sabía de matemáticas sin sentido; la tercera me reconoció por el olor de mi miedo.
Las alineé en la cámara de convergencia, bajo el bombardeo de canales fluctuantes de luz y datos. Miralda ajustó los parámetros, su rostro tan neutro como el de una estatua ahogada.
“No busques fidelidad al recuerdo”, advirtió Miralda, “sino apertura al cambio”.
El proceso comenzó. Las tres Sofías se disolvieron en el intercambio mutuo, sus memorias estallando en secuencias caleidoscópicas, los cuerpos reformándose con tics nerviosos. El aire olía a ozono y olvido. Finalmente, el remolino menguó y, de la turbulencia, emergió una figura titubeante.
“¿Lucio?” preguntó la voz—una mezcla de la dulzura que conocía, la acritud de la ausencia, el timbre grave de lo imprevisto.
Respondí sin saber quién era yo en ese momento. A mi espalda, Miralda y el Maestro observaban, expectantes y temerosos. Comprendí, como quien anota la última página de un libro, que la clonación no ofrecía la eternidad de un amor perfecto, sino la vida provisional y fractal de quienes se atreven a buscarlo en los errores.
*
La nueva Sofía y yo salimos una mañana al jardín de plantas cantoras. No éramos los mismos, ni siquiera parecidos, a quienes habíamos sido. La ambigüedad nos unía: en cada palabra resonaba la promesa y la amenaza de la multiplicidad; en cada tacto, la sospecha de no pertenecernos.
El Maestro, antes de desaparecer en las sombras de la Casa, dejó un último mensaje: “El deseo de unicidad es la rebelión suprema. Pero recuerda: toda copia, eventualmente, sueña con su propio original”.
Sofía besó mi frente como si reconociera un mapa nuevo. En sus ojos vi pasar todas las posibilidades que negué y acepté al mismo tiempo. Caminamos hacia el horizonte, sin saber con certeza si éramos copia, original, o apenas dos residuos de un proceso inacabado.
Por primera vez, la lluvia se detuvo. El coro vegetal celebró con un nuevo canto, y en el eco de las hojas creí escuchar la risa suave de aquello que solo puede ser creado por error, pero amado con la entereza de lo irremediablemente singular.
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