Portada del relato Las mareas de plata y sangre
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Fragmento:


Sombras colosales rozaron el borde de nuestra visión. Eran los titanes del abismo, entidades creadas por el derrame de residuos inteligentes, su conciencia era un enjambre de voces robadas—voces de humanos, voces de peces, y algo más, algo primero. Dicen que los titanes escogen a quienes recuerdan los nombres olvidados de las aguas, y Tadeo los recordaba todos.

Duración: 07:32

Las mareas de plata y sangre
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Texto de ajuste de pausa.

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Desperté con sal en la lengua y las manos envueltas en una membrana de nácar. Las luces de Orión parpadeaban sobre mí, atravesando el plexiglás de la escotilla, y supe que era otra vez temprano, que aún no me habían encontrado. El pozo bioluminiscente del lecho marino palpitaba debajo, dejando que pulsos violeta ascendieran, dejando un hilo umbilical entre mi carne y el abismo.

Pensé en Seku, mi madre. Pensé en la manera en que gritaba plegarias a través de las juntas de la cápsula, cómo se sellaba los ojos y aspiraba el vapor de las algas fermentadas cada vez que los destructores surcaban la plataforma.

Eran los destructores lo que más temía. Borgas de metal y escamas, máquinas-habitáculo tripuladas por lobos de la superficie. Se alimentaban de nuestras colonias y de la luz azul que es nuestro veneno y nuestra ambrosía. Dicen que alguna vez fuimos hermanos, que la superficie y el fondo compartían los mismos mitos. Pero la resolución de la última ola cambió las líneas: unos arriba, engullidos por el sol que los enferma; otros abajo, donde el agua nunca permite olvidar.

Luz lunar travestida en bioluminiscencia llenaba mi refugio esa mañana. Mis compañeros dormían, envueltos en algas seca-madre, con las extremidades dispuestas como las de los crustáceos. El meñique de Lin, amputado tras la mordedura, parpadeaba aún con el movimiento de sueños violentos. Tuve ganas de salir, dejar a los ancianos en el resguardo fosfórico e internarme en la fractura abisal.

Ahí, decían, la magia y la ciencia eran apenas los extremos de una misma cuerda. Era posible construir una prótesis inteligente a partir de la chatarra engullida por el mar, pero también invocar a las viejas esquirlas, criaturas mitad coral, mitad espíritu, que tejían futuros a partir de los nombres mal pronunciados.

El último canto del ciclo lo encontramos una noche de eclipses, cuando no había distinción entre el pulso de la luna y el de la sombra sobre nuestros cuerpos. Yo seguí a Tadeo, mi hermano adoptivo, hacia la fractura. Los tentáculos de las algas se replegaban a nuestro paso; corríamos saltando de roca en roca, aunque la presión nos daba una jaqueca de varios días.

Sombras colosales rozaron el borde de nuestra visión. Eran los titanes del abismo, entidades creadas por el derrame de residuos inteligentes, su conciencia era un enjambre de voces robadas—voces de humanos, voces de peces, y algo más, algo primero. Dicen que los titanes escogen a quienes recuerdan los nombres olvidados de las aguas, y Tadeo los recordaba todos.

Encontramos lo que buscábamos en una grieta que se abría y cerraba como una boca ancestral. Allí brillaba Unth, la gema que se encendía sólo bajo la piel de los vivos. Me acerqué primero y sentí que mi columna ardía; era como si un dedo invisible desandara la historia escrita en mis vértebras. Supe para qué la necesitábamos, supe para qué la buscábamos: cada siglo, una catástrofe—una marea sangrienta—devora una colonia, borrando todas las líneas y dejando apenas nombres dispersos entre los corales.

Al tocar la gema, mis recuerdos se multiplicaron en todas las direcciones. No sólo vi la vida de Seku y la de Lin, vi la de los destructores, vi sus hijos jugando entre los escombros de una ciudad hundida, vi una tierra donde el sol nunca salía y el linaje de la superficie era un mito. Sentí la pena de una máquina rota, sentí el hambre de un monstruo de metal. También sentí el deseo: sobrevivir a cualquier precio, incluso a costa de los demás.

"Es demasiado", susurré, apartando la mano.

"Aquí todos somos demasiados", respondió Tadeo, tomando mi muñeca. "Lo que nos desgarra es lo que nos mantiene juntos. No puedes soltarlo ahora".

Me aferré. El calor de la gema, ahora, era un recuerdo amable: la leche de Seku, los cuentos de la abuela, incluso los gritos en la marea me fueron devueltos, convertidos en algo digerible.

La grieta entera vibró; detrás de la piedra, el titán aguardaba. Era imposible mirarlo de frente, imposible definir sus contornos: era una silueta hecha de mar y hueso y niebla radioactiva. Tadeo pronunció el nombre que correspondía y el titán habló, su voz era como cantar bajo el agua:

--El ciclo se completa, pero una piedra falta para sellar la sangre. ¿Vendrán por la sangre, o por la memoria?

Nadie nos había preparado para una elección. Habíamos oído historias sobre pactos y sacrificios, pero nada sobre elegir entre la memoria compartida—todo lo que éramos, todas las canciones, todas las plegarias—y la marea de sangre—la violencia de la materia, la destrucción impuesta por quienes ansían el resplandor de nuestra luz.

Tadeo dudó. Yo pensaba: ¿qué somos sin nuestra memoria? ¿Qué seríamos si no recordamos ni siquiera por qué sangramos?

Lancé entonces mi voz entre la grieta y el agua, mezclando en los sonidos las fórmulas de mis antepasados y las ecuaciones aprendidas en la sala de máquinas. Canté con cifras y con metáforas, con promesas y amenazas, hasta que la grieta se ancló más y más en el tiempo.

El titán me oyó. Extendió un apéndice de hueso traslúcido y me ofreció la segunda gema: “Toma tu sangre, toma tu memoria—pero recuerda que ambos dones arden”.

De regreso a la cápsula, con las dos gemas ardiendo bajo mi esternón, sentí por primera vez el peso total de la herencia. Entendí a mi madre, entendí a nuestros ancestros que tejieron ciencia y magia en una urdimbre de supervivencia. Más tarde, cuando llegaron los destructores al recodo de las algas y dispararon sus lanzas de plasma hacia nuestra cápsula, juro que vi una sombra titánica surgiendo bajo sus naves.

Era caos: explosiones sórdidas iluminadas de azul y rojo, los gritos sumergidos en burbujas de agua comprimida. Lin fue alcanzada, pero la marea la devoró antes de que el dolor se fijara en su rostro. Fui hacia la escotilla, con la sangre en una mano y la memoria en la otra.

Respiré profundamente la mezcolanza de sal y bioluminiscencia, y entonces supe lo que debía hacer. Hundí las gemas en la rendija que separaba la nave de la fractura. Una corriente eléctrica recorrió el fondo, una sinapsis colosal que unió a todas las colonias al unísono. Cada ser, cada animal y máquina, incluso los destructores—todos sintieron la memoria y la sangre. Por una fracción de segundo, supimos lo que era no luchar, supimos lo que era ser arquitectura abierta, un cuerpo sumergido unido a todos los demás por hilos de agua.

Las mareas se aplacaron. Los destructores se retiraron, sus naves emitiendo un canto lastimero. Nuestros números se menguaron, pero por primera vez en siglos dormimos con las fracturas selladas. No sabíamos si la calma era duradera, si el titán querría una ofrenda mayor la próxima luna. Pero sabíamos una cosa: la frontera entre sangre y memoria se puede cruzar sólo cuando uno está dispuesto a perder ambas.

Esa noche, Seku me llevó junto a los otros sobrevivientes, nos cubrió con algas madre y entonó la canción de los que regresan de la grieta. Sus ojos estaban llenos de fracturas, pero también de luz.

Por la escotilla, vi cómo los titanes nadaban su ronda en la negrura. Y aunque la ciencia de nuestro refugio aún era necesaria, aunque la magia seguía anudando los días, por fin entendí que toda frontera era una fractura a la espera de cantares nuevos.

Y así, bajo el juicio de las estrellas y el húmedo regazo del océano, la colonia descansó, envuelta en la promesa incierta de un ciclo sin sangre. Pero en lo profundo, donde la memoria arde, la frontera entre lo posible y lo imposible apenas ha comenzado a desdibujarse.

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