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Una luz de sodio descompuesta se trituraba contra el parabrisas rajado del Chrysler: arriba, la noche de Ciudad Atlantis vibraba ya con la niebla industrial que bajaba del Norte. A esta hora, la avenida Cuarzo solo tenía taxis-IA lanzando señales mudas, y nadie -nadie biológico, al menos- se atrevía a caminar despacio. Yo esperaba en el coche con mi pistolón de anticitocinas, un paquete de amígdalas sintéticas en la guantera y el cráneo palpitando bajo tres dosis de neuroestimulante barato. Desde que la ley cambió, esos detalles marcan la diferencia entre detective privado y reciclaje forzoso.
Ella llegó puntual. Una silueta delgada, con un abrigo de fibra que rebotaba la lluvia ácida. Se deslizó dentro sin mirarme, los ojos cubiertos por la penumbra de unas gafas parasolares arañadas.
—Señor Diamandis —dijo. Voz de iteración baja, modulada, como si estuviera hablando a través de una hendija en la realidad misma—. Gracias por no hacer preguntas por adelantado.
El trabajo bien pagado no hace preguntas, pero a veces sí les da mordida. Extendí la mano. Celulosa mojada. Era la textura de los francos cripto que ella depositó.
—Esto cubre mis gastos, no mi silencio —advierto, por deporte.
Ella sonrió, una mueca breve; noté un microtatuaje biométrico en la comisura de sus labios, un avatar de la Auriga Cooperativa. En esta ciudad, las alianzas lo son todo.
—Busco un hombre —dijo—. Se llama Basil Coup; biohacker de segunda, enemigo de todos. Llevaba días desaparecido hasta anoche. No quiero su cuerpo: quiero lo que ha hecho.
Me acomodé en el asiento.
—Y, ¿qué *ha* hecho? —gruñí, en el tono reservado para los clientes que no terminan de pagar el alquiler.
Ella miró hacia el parabrisas nublado, donde los canales de tráfico danzaban como rayas de neón líquido.
—Alguien rompió el Censo de Subsistencia. Hay datos en el aire, flotando libremente, sin dueño. Basil tomó una cantidad de código que podría poner de rodillas a media ciudad. Si llega a manos equivocadas...
—Ya está en manos equivocadas —corregí.
—Las peores. Los Syndikatos. Quieren mercadearlo en el Bazar Glasial.
La neblina del interior del coche parecía ir calando entre los dos. El Bazar Glasial era el corazón de todas las cosas que no deben pedirse ni preguntarse en este lado de Atlantis. Códigos de fertilidad hackeados, identidades reciclables, nuevos órganos on-demand y, especialmente, lo que alguien pudiera pagar para callar por siempre.
—¿Por qué yo? —pregunté. Ella dudó, luego apagó el parasolar: sus ojos eran de un azul deteriorado, casi reticleado.
—Porque tú no perteneces a ningún vector, Diamandis. Eres un viejo anacronismo. No puedes vender lo que no puedes acceder.
Porque soy basura, pensé. Porque nadie apostaría un chip bitcoin por mi pellejo. Un cumplido, en este oficio.
—Dame una dirección.
Mientras ella dictaba, mi propio feed biométrico susurró el habitual respaldo de información: riesgos, conexiones, posibles traiciones. Nada estaba claro; menos aún cuando supe la ruta de escape de Basil.
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El Bazar Glasial era un mercado de sombra, alojado en los niveles subterráneos de la ciudad, donde la hidráulica mantenía a raya la presión del mar muerto. Bajé armado, con la anticitocina oculta bajo la campera y el paquete de amígdalas frescas en el tobillo. Esos pastores de la neuroquímica servían tanto de droga como de moneda.
El tumulto del lugar era una mezcla de vapor, feromonas sintéticas y el zumbido de nodos AI traficando scans cerebrales. Sabía que Basil tenía pasado con los Yureis, un sindicato de ladrones de memoria. No sería difícil localizarlo si la leyenda era cierta: por cada minuto que respiras, debe haber alguien dispuesto a comprarte el siguiente.
Avancé entre pasillos encharcados, eligiendo rutas que solo un privado con tendencia al lóbulo frontal sobresaltado elegiría. Tres veces sentí mentes rozar la mía, buscando rendijas cognitivas; activé la miropunteadura para contraatacar.
El bar "El Hálito del Kraken" no era el peor. Ni el más seguro. Allí las sillas eran impresas al instante y las bebidas, descargadas en nanotubos. Un camarero biónico sin rostro se me acercó.
—Busco a Basil Coup. Pago por silencio —ofrecí, dejando una amígdala en la barra.
Un inserto óptico parpadeó en el aire.
—Dos pisos abajo. En la sala del Enloquecedor.
Sentí cómo una punzada cruzaba mis neurotransmisores artificiales. El Enloquecedor era la sala donde los recuerdos eran cribados y revendidos. Si Basil estaba allí, no saldría intacto.
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Lo encontré atado en una silla terapéutica, los cables como gusanos multicolores adheridos a su cuero cabelludo. Dos matones corpos dirigían la máquina. Basil tenía los ojos abiertos de par en par, pero los labios sellados con gel insulador.
Uno me vio. Palpeé la pistola de anticitocinas.
—Fuera, viejo. No es tu jurisdicción —gruñó un tipo con el logo de los Syndikatos tatuado en la garganta.
—Sólo vengo por la mercancía. Basil no importa —improvisé.
Ellos rieron. Me acerqué: olía a carne en proceso de borrado, una mezcla de amoníaco y desesperación. Miré a Basil; en su iris, un código QR. Pequeño truco, típico de biohacker desesperado.
—¿Cuánto? —pregunté.
El matón me midió. Scarpe industrial, chaqueta de kevlar reciclado. Me concesionaría si veía potencial de engaño o de intercambio. Saqué la bolsa de amígdalas y la pistola, apuntando al techo.
—Tengo acceso a media ciudad. Puedo ponerlos en lista blanca para licencias de trasplante. O los borro de la faz digital. Elijan.
El otro matón apareció detrás, un cañón electromagnético al hombro. Mi piel se contrajo al sentir la carga. Disparé primero. La anticitocina zumbó, electrocutando las sinapsis del primero a modo de advertencia.
El segundo apretó el gatillo: una ráfaga limpia, pero el neuroestimulante me permitió rodar bajo la mesa. Mi pierna gritó de dolor; la metralla biónica me cortó el muslo, pero la adrenalina sintética selló el corte.
Me alcé. Disparé una vez más, a la cabeza. El matón cayó sin aspavientos.
Libere a Basil. Él tartamudeaba, escupiendo saliva y líneas de código.
—Contraseña… la muñeca… toma—dijo.
Examiné su brazo: un subdermal. Bastó pasar el lector para revelar la clave de acceso al censo. Una joya.
—¿Quién más lo tiene? —le susurré.
—Todos… Corren… Quieren matarme. Ten… dalo a ela…
Demasiada adrenalina, demasiado trauma. Sus ojos se voltearon, azules y opacos. Muerto o inservible.
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Salí sosteniendo al moribundo y el subdermal, sintiendo el vapor marino calar en los huesos. Afuera todo era niebla y farolas sangrando luz.
La mujer me esperaba, apoyada contra el Chrysler.
—¿Tienes el código? —preguntó, con una voz menos humana.
Extendí la muñeca de Basil, la herida aún fresca.
—Aquí. Tu pago, ¿dónde?
Ella mostró una caja gris: dentro, una nube cuántica —más dinero del que vería en cinco vidas. Pero su sonrisa era fría.
—No me odies, Diamandis. El censo es represión. Yo lo filtraré, lo juro.
La pistola seguía en mi palma.
—Si lo filtras, detonarás cien guerras de memoria. Mil odios. Diez mil muertes bajo las olas.
Ella se encogió de hombros.
—Prefiero el caos al sueño. El infierno antes que Atlantis soñando.
La bruma caía. Oí a lo lejos las sirenas de la Metaseguridad. No había redención, ni para Basil ni para nosotros dos.
Le lancé el subdermal.
—Hazlo. Atlantis estaba muerta mucho antes de que llegáramos.
Ella se fue caminando bajo la lluvia ácida, mi Chrysler esperando como un perro sarnoso al borde del fin del mundo. La noche me dio la bienvenida, una vez más, como solo lo hacen los que ya no pertenecen a nadie.
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