Portada del relato Fragmentos de Oxis Ruin
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Fragmento:


El aire se cargó de ecos. Primero vinieron olores, después, sonidos distorsionados: el lamento de antiguas guerras, risas infantiles de generaciones perdidas, el fluido cálido de amores antiguos entre especies. Un sismo sensual de información. Escenas enteras se tejían sin respeto por mi privacidad.

Duración: 08:48

Fragmentos de Oxis Ruin
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando el tercer sol de Zaranta palideció en el crepúsculo, las estructuras de la Civilización Shirang-Lu se recortaron translúcidas como colosos de sal en el horizonte. Sus ciudades flotantes —rígidas, cubiertas de venas de mineral violeta— resplandecían mientras el gas noble que suspendía sus archipiélagos comenzaba a refulgir con las corrientes de tierra nocturna. Quienes hemos cruzado desde el exilio para contemplarlas, sabemos que los Shirang-Lu aborrecen la soledad tanto como la guerra. Lo que ignora la Liga de Planetas, sin embargo, es que la segunda noche tras el eclipse, la paz de esta ancestral especie sería puesta a prueba.

Yo era Embajador del Nexo Estelar, designado para observar el Festival del Tercer Brillo, un rito de reminiscencia, cuando los ancestros de Shirang-Lu retornan en forma de istarash: nanonubes inteligentes que, según decían, eran la memoria cognitiva colectiva de su especie, adaptada a la atmósfera venenosa y a los modelos semimateriales de vida. Mi llegada, tras seis años en el tránsito dilatado por técnicas prolongadoras del tiempo subjetivo, fue recibida con una mezcla de reverencia y desconfianza.

“La memoria no se regala, se negocia”, me advirtió mi anfitriona, la Consejera Iolara. Sus tentáculos principales (fibras recubiertas con filamentos de fractal azulado) vibraban suavemente al compás de las notas tonales del lenguaje local, incompletamente transmitidas a mi sistema de traducción craneal.

Sabía que para los Shirang-Lu los visitantes humanos no son sino espejos opacos: les fascina lo que les parece opaco y extraño; lo ignoran si se muestra transparente y familiar. El Gran Salón de Cerebrotes —así conocido por los visitantes— era una esfera abierta a la niebla celeste, sostenida por nervaduras cristalinas. En su centro, una única fuente de luz pulsaba al ritmo de una melodía sin percusiones.

Iolara me condujo al borde del vacío, donde la capa de invisibilidad nos protegía de las altas concentraciones de hexaflúor y nitradueno. “Los istarash llegan”, murmuró. “No escuches, si no quieres que recuerden a través de ti”.

Durante años, los humanos habíamos sospechado que los istarash podían leer, replicar y transformar recuerdos ajenos. Yo tenía el deber de entenderlos, aunque me enfrentara a un evento irreversible. Me había preparado: en las noches previas, blindé mis sueños con la liturgia de mi propio pueblo, para proteger mi núcleo de identidad.

Las nubes bajaron. Eran miles, cada una relucía con trazos fugaces de iluminación interior, o bamboleaba en el aire como si respirase, aunque carecían de cualquier centro identificable. No tenían ojos, pero hubo un instante terrible en que sentí cientos de presencias mirándome, una masa inorgánica analizando mi biografía en los estratos más recónditos.

El aire se cargó de ecos. Primero vinieron olores, después, sonidos distorsionados: el lamento de antiguas guerras, risas infantiles de generaciones perdidas, el fluido cálido de amores antiguos entre especies. Un sismo sensual de información. Escenas enteras se tejían sin respeto por mi privacidad.

“¿Aceptas?” susurró la voz colectiva de los istarash. En ese momento, entendí por fin que no era un ofrecimiento, sino una demanda sutil.

Pensé en negarme, pero el exilio me había quitado todo. “Acepto”, respondí en el idioma universal.

El primer impacto fue un sueño: reliquias de Shirang-Lu reposando bajo mares de amoníaco teñidos de refuerzos de coral de ocho dimensiones. Después, un recuerdo prestado: la construcción del Trono de Sal Irresoluta, donde negociaron paz con las ciudades verticales de Darilla. La transferencia era un mar de sensaciones intercaladas con nombres y esencias que no parecían propias pero invadían mi conciencia como raíces ansiosas.

Mientras los recuerdos del Festival se filtraban a través de mis sinapsis, supe que el verdadero terror no es la pérdida de la identidad, sino la fusión absoluta y sin retorno con una conciencia ajena. Un parásito omnisciente o una comunión extrema, dependía del enfoque. Me convierto durante un instante en la sombra de un Shirang-Lu llamada Hesar-Vi, que en un pasado sin fecha contemplaba el colapso de una luna esclavizada, incapaz de detenerlo.

“¿Por qué compartirse con nosotros?” logré articular, aún sumido en el espectáculo hipnagógico que se desenrollaba en mi mente.

“No compartimos, multiplicamos”, replicó la nube, y cada una de sus sílabas trasladó la sensación de que cientos de voces pasaban a través de mí, reconstruyendo detalles de mi niñez en la Tierra, esa franja verde y azul que, ante mi memoria recién expandida, parecía ahora tan lejana como la infancia de un dios.

El ciclo continuó durante horas. Cuando el Tercer Brillo cesó —la fuente de luz colapsando en un diminuto orbe bermellón—, las nubes istarash se recogieron por las aceras del aire, replegándose hacia los archivos de su civilización gaseosa. Quedé encorvado en el vacío, la Consejera Iolara velando a mi lado.

“Ahora eres un Guardián Parcial”, dijo. “Las memorias de Shirang-Lu te alcanzaron, pero también te buscan”.

“¿Me buscan?” pregunté, apenas reconociendo mi propia voz, modulada ahora con matices del idioma local que nunca antes dominé.

“Sí”, añadió ella. “Los recuerdos son semillas. Brotan dentro de ti, se ramifican. Y cuando la civilización requiera, volverán. Te convertirás en un acceso.”

Pensé en la advertencia no declarada: nunca escaparás de lo que absorbiste. Mi papel diplomático se había transformado en simbiosis involuntaria. De regreso a mis aposentos, cada recuerdo propio brotaba fusionado con uno desconocido: la biblioteca húmeda y perfumada de mi infancia se superponía con los laboratorios de agua pesada de Shirang-Lu, los rostros de mis abuelos mezclados con las máscaras-luz de los ancestros locales.

Pasaron días y las pesadillas aumentaron: una secuencia de ceremonias forzadas, familias humanas y shirangluanas mezcladas en un eterno ciclo, una orgía de información genética y cultural. A veces, sentía la tentación de huir a los márgenes del archipiélago, de bajar hasta la superficie tóxica del planeta y simplemente no regresar.

No era el único afectado. Otros embajadores —una trilogiada de Arkanis, una pareja de K’thoz— fueron reportados con síntomas similares: desmembramiento de la identidad, saltos emocionales, una compulsión inexplicable por cruzar los límites de las ciudades flotantes. Observé a una embajadora arkaniana incapaz de recordar su propia configuración tripartita, hablando consigo misma en lenguajes que ninguno reconocía.

Comprendí entonces el secreto de los Shirang-Lu. La paz que aparentaban no era ausencia de conflicto, sino equilibrio forzado. Su civilización prosperaba porque su memoria era dispersa y colectiva, en constante reciclaje entre cuerpos visitantes dispuestos (incluso involuntariamente) a convertirse en portadores temporales. Esos embajadores caídos, delirantes, no desaparecían; pasaban a nutrir la nube, a devolver fragmentos a los archivos de la especie.

Una noche final, Iolara me entregó la Caja de Umbral: un artefacto translúcido, casi intangible, pulsando mínimamente al contacto con la piel.

“Tu regalo de despedida”, dijo con solemnidad. “Ofrécesela a la Liga cuando vuelvas. Si la abren, la memoria viajará. Si la conservan cerrada, la paz prevalecerá. Ahora entiendes la elección.”

Comprendí que la diplomacia era una tragedia exquisita en Shirang-Lu. Ningún observador salía intacto. Por cada contención se pagaba un precio: si optaban por la memoria, la Liga incorporaría una porción de Shirang-Lu, perdiendo su propia solidez cultural. Si rechazaban, romperían una frágil posibilidad de alianza frente a civilizaciones más salvajes, como los Saor-Myrrh en los bordes de la galaxia interior.

Al abordar mi nave vierta, mis sentidos impregnados por la superposición de experiencias, supe que la Caja no era solo un regalo, sino una prueba para mis superiores. Guardé silencio durante el viaje de retorno, mientras las sinapsis se acomodaban a la tormenta que llevaba dentro.

Afuera, el multiverso seguía derramando sus edades, y las estrellas del Nexo estallaban unas tras otras, extraordinarias, impasibles ante la herida indeleble de una memoria extranjera. Recé para que la Liga comprendiera bien lo que toda alianza con Shirang-Lu significa: que el precio de la paz solo se paga aceptando fragmentos de soledad y olvidos ajenos. Así, nos fundimos, nos traicionamos y quizás, en ese limbo, aprendemos finalmente quiénes fuimos y qué podríamos todavía ser.

El Tercer Brillo ya no ilumina solo a Shirang-Lu; arde, distinta e imborrable, en mis recónditos pasadizos interiores. Una antorcha que no se apaga, aunque todos los regresos sean ya imposibles.

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