Portada del relato Los ecos del otro cielo
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Fragmento:


Pasó más de un mes hasta obtener respuesta. El siguiente mensaje de los Forasteros fue largo, pero de una desconcertante parsimonia:

Duración: 09:09

Los ecos del otro cielo
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Texto de ajuste de pausa.

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No sabíamos si llegaban como exploradores, como mercaderes, o si acaso eran sólo una expedición científica tan ajena a nuestras motivaciones como nosotros a las de los pececillos abisales. Nadie en la Tierra estaba preparado para el modo en que llegaron, ni para lo que su llegada implicaba. La historia oficial dice que la humanidad fue dignamente sorprendida por el primer mensaje, que respondimos con relativa elegancia y sentido diplomático; la verdad es otra. La verdad es que, desde que el cielo se abrió, hemos sentido el roce de su presencia como una presión tras los párpados, constante, incómoda.

No vinieron en naves. No hubo resplandor en el cielo, ni sombra en la Luna que delatara un artefacto. Fue en la transmisión, directamente en la radiación de fondo. El doctor Hakim la identificó en una remota estación de radioastronomía en Azores. Eran doscientas veintitrés microvariaciones en el fondo gravitacional, secuenciadas de manera que ningún fenómeno natural pudo ser sugerido como alternativa. Cuando se descifró el código (veinte y un días después; la presión mediática, para entonces, era asfixiante), el mensaje fue demoledor:

«Saludamos a los creadores de inquietud y rezo. Llegamos en la simetría.»

Se autodenominaban «los Forasteros» en todas nuestras traducciones. Sus palabras, traducidas con la ayuda de los más potentes algoritmos de procesamiento lingüístico, siempre se resolvían en una estructura emocional directamente opuesta a la nuestra. No se presentaron por nombres propios, sino como abstracciones: __«la inquietud, la simetría, el recuerdo»__ y así sucesivamente. La comunidad científica debatía si aquello era una cuestión idiomática o simplemente reflejo de una psiquis radicalmente distinta.

Fue entonces cuando Rosalinda Yerushalmi, catedrática de cognición comparada, propuso un experimento: ¿Y si su estructura de conciencia funcionara, no linealmente como la nuestra, sino por superposición de conceptos básicos en equilibrio constante? En modo alguno antropomorfos, su interacción con nuestro planeta era, quizás, el equivalente físico de una conversación mantenida a través de la reverberación de un grito en una caverna de once mil años luz de longitud.

Las primeras semanas tras el mensaje se tiñeron de euforia y miedo a partes iguales. Los gobiernos -esos viejos dueños de los rituales diplomáticos- tropezaron torpemente con protocolos obsoletos. En la pantalla negra del noticiario internacional, una frase fugitiva emergía y desaparecía como neblina sobre el océano: «Ellos ya están aquí, pero no en la forma que imaginamos.»

Intentamos responder. Extraños estudiosos se congregaron en pequeñas salas sin ventanas. Las primeras transmisiones, filtradas por las universidades y, más tarde, por grupos anónimos que sólo buscaban la fama electrónica, estaban saturadas de frases rituales: Bienvenidos. No somos hostiles. Queremos el contacto. ¿Por qué han venido?

Pasó más de un mes hasta obtener respuesta. El siguiente mensaje de los Forasteros fue largo, pero de una desconcertante parsimonia:

«No hemos venido. Existimos en simetría. Para cada línea, un reflejo.»

La humanidad, entonces, empezó a desmoronarse sobre sí misma. Las interpretaciones proliferaron; proliferaron las religiones, los cultos, las sectas, los suicidios rituales, los experimentos de percepción expandida, la violencia. ¿Qué significaba existir en simetría? Roslinda propuso una hipótesis: si los Forasteros no transitan el espacio, sino una simetría en las condiciones de la consciencia y la materia, su modo de “llegar” sería, más bien, un modo de manifestar que siempre estuvieron aquí, o al menos lo estuvieron desde que nosotros tuvimos conciencia de ellos.

No repararon tecnología, no ofrecieron pactos. El comercio, la diplomacia, las amenazas, todo se desmoronaba ante un fenómeno que, sencillamente, borraba el valor de nuestras propias categorías. Sus palabras, además, se volvieron cada vez más íntimas.

El tercero de sus mensajes fue transmitido por primera vez “sin previo aviso” en la red eléctrica de Río de Janeiro, grabada treinta y cuatro veces en la corriente alterna. Era un poema, convertido (o eso pareció) en un canto binario convertido en imagen acústica:

«Donde una mente reza, otra sueña.

Donde un deseo termina, otro comienza.

Nunca nos movemos; existe el eco, existe la espera.

Vuestra búsqueda nos trajo.

La simetría es el juego.»

El mundo colapsó en una obsesión que, si bien evitó una guerra abierta, torció irremediablemente la naturaleza de la mente humana. Se formaron clínicas, refugios, círculos de estudio y de ayuno. Algunos afirmaron sentir la simetría de los Forasteros, haber sentido su toque bajo la piel cuando soñaban; otros, que los Forasteros sólo eran el desdoblamiento de la paranoia humana en una escala cósmica.

Yo, en aquel tiempo, era sótano y vigía. Trabajaba para un instituto menor de investigación, mi especialidad eran los algoritmos de traducción y los modelos de mente artificial. Fui reclutado -si esa es la palabra- por un grupo autoproclamado como los Navori, cuyo objetivo era indagar qué había al otro lado del contacto.

La casa estaba en el extremo sur de Nueva Zelanda, frente al acantilado. Allí, bajo el zumbido constante del viento, se reunió la docena de los últimos soñadores.

Rosalinda Yerushalmi presidía las sesiones. Nos entrenó para atender la “interferencia”: las microfluctuaciones lúgubres que, percibíamos, marcaban una diferencia sutil desde el primer contacto. Aprendimos a diferenciar el cuerpo del eco, la mente del reflejo. Lo que comenzó con la curiosidad del astrónomo terminó, para nosotros, siendo el aprendizaje de una orquesta de sensaciones no humanas: variaciones de presión, imágenes indecisas en el borde del campo visual, recuerdos de infancia de los que no podíamos asegurar autoría.

Una noche, fue Rosalinda quien declaró que estaba lista para cruzar. Lo que ocurrió esa noche lo llamamos la “Cumbre de Lysithra”, en honor a la luna de Júpiter que jamás veríamos, pero en cuyas leyendas de la simetría se había basado buena parte de la metafísica Navori.

La atmósfera era de expectación. Rosalinda entró en el pequeño laboratorio, las paredes acolchadas con sensores y grabadoras. Las señales del Hubble, programadas para captar cualquier fluctuación fuera de lo normal. Nos sentamos alrededor, expectantes, asustados, imbuidos de un sentido de ritual tan primitivo que resultaba ridículo y trágico a un tiempo.

Cuando Rosalinda conectó el dispositivo de amplificación neural, la sala tembló con un zumbido armónico. A través de la pequeña cámara, todos contemplamos la figura de nuestra líder, quieta, con las palmas hacia arriba. A la una con trece minutos, la transmisión comenzó, pero no vino desde el cielo, sino desde dentro del equipo, directo a la corriente eléctrica de nuestros monitores, jugando a componer una melodía visual.

«La simetría no es correspondencia. Somos el eco, somos la curva que regresa, el roce de un pensamiento que nadie pronunció.»

La voz de Rosalinda, deformada, incrementó en timbre y resonancia, mezclándose con el zumbido de la transmisión de los Forasteros.

«En la multiplicidad de la conciencia, no hay líneas, sólo reflejos. Quisisteis vernos y así nos hicieron. Vuestro deseo borda la textura de nuestra presencia: somos inquietud. Sed esa inquietud hasta el final, y hallaréis la simetría.»

Rosalinda, entonces, calló. Cayó al suelo, viva, pero con la sonrisa quemada en los labios.

Nos miramos, mudos. Nada más ocurrió aquella noche. Cuando la prensa, meses después, se enteró, llamaron al episodio “la locura de Newcastle”. Se dijo que la transmisión era un virus, una alucinación colectiva, una interferencia electromagnética. Se censuró la mayor parte de los registros públicos.

Pero nada regresó a la normalidad. Algunos miembros del grupo experimentaron cambios irreversibles: sueños compartidos, accidentes de memoria, vértigos inexplicables. Dijimos haber sentido la piel del mundo más fina, como si un solo pensamiento pudiera romperla.

La humanidad continuó, pero nunca fue igual. La economía se reconfiguró, los gobiernos mudaron su ceremonialismo, las religiones se fragmentaron o fusionaron. Pero lo más profundo fue el cambio psicocultural: ahora sabíamos que no estábamos solos, pero tampoco acompañados. Los Forasteros no venían de otra estrella ni de otro planeta: existían en la grieta, en el reverso de nuestros deseos y pensamientos, inalcanzables salvo por el roce, la sospecha, la simetría imperfecta de la conciencia.

Años después, Rosalinda volvería a hablar públicamente sólo una vez, en una grabación que circula aún en lo profundo de la red:

«No esperéis salvación ni destrucción. Los Forasteros están tan lejos de nosotros como nosotros del silencio que les dio forma. Lo que trajeron fue solo esto: aprender a vivir con el eco, escuchar la segunda voz en el borde del pensamiento.»

A veces, por las noches, despierto aún con la impresión de que, si me concentro lo suficiente en el zumbido de la corriente eléctrica, podré oír la reverberación de los Forasteros. Y así descubro, cada vez, que el universo es más vasto que cualquier contacto, más cruel que cualquier aislamiento, y que nuestra mayor inquietud será siempre la de soñar un rostro -el suyo, el nuestro- allí donde sólo hay simetría y eco.

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