Fragmento:
La Ciudadela no era más que un conjunto de edificios anudados, restos de viviendas apiladas sobre almacenes devastados por el moho y las filtraciones de los largos inviernos sin calor. Los tejados desbordaban de maleza, musgo amarillo fosforescente, y desde las ventanas, como en cuadros descompuestos, salían las voces rotas de los que aún recordaban los nombres de los pájaros. Lena había nacido en el tiempo en que todavía se podía comprar fruta en la plaza: ahora, la plaza era terrón y escombro, y las frutas, anécdotas llenas de nostalgia y zumo imaginario.
Duración: 03:56
El viento soplaba como una memoria a medias: húmedo, doliente, salpicado de ceniza. Lena había cultivado el hábito de caminar al amanecer, aunque ya nadie en la Ciudadela creía en las viejas virtudes del aire fresco. Pero el aire no era fresco. Era denso, untuoso, tan cargado de partículas que a veces se podía masticar el polvo, sentirlo crujir entre los dientes antes que el pan. Salía de la habitación con sus botas de caucho, las que heredó de una tía desaparecida, y cruzaba los umbrales de puertas rotas con la sensación precisa del exiliado que sabe que todo viaje es irrepetible.
La Ciudadela no era más que un conjunto de edificios anudados, restos de viviendas apiladas sobre almacenes devastados por el moho y las filtraciones de los largos inviernos sin calor. Los tejados desbordaban de maleza, musgo amarillo fosforescente, y desde las ventanas, como en cuadros descompuestos, salían las voces rotas de los que aún recordaban los nombres de los pájaros. Lena había nacido en el tiempo en que todavía se podía comprar fruta en la plaza: ahora, la plaza era terrón y escombro, y las frutas, anécdotas llenas de nostalgia y zumo imaginario.
Una mañana, mientras atravesaba la calle de los faroles —así la llamaban porque en los mapas viejos estaban marcados, aunque hacía décadas que no brillaban—, tropezó con un niño. Tenía los ojos llenos de tierra, pero aún más llenos de anhelo. Le preguntó si de verdad, alguna vez, existieron los árboles grandes, los que daban sombra y agua. Lena casi no supo responder. Quiso hablarle de los bosques, pero sólo le vinieron a la boca palabras como madera reciclada, aire rasposo, fotografías rotas de enciclopedias ardidas.
En la esquina donde el mar llegaba a la ciudad en oleadas mugrientas, Lena detuvo el paso. El mar era negro, denso, arrastrando residuos como si tejiera alfombras tristes para el futuro. En la arena —gris, dura— se veían las madréporas expuestas y costras de peces secos. Ella recordaba, vagamente, cuentos sobre sirenas. Ahora los únicos cantos venían de las máquinas que, durante un tiempo, intentaron limpiar el agua antes de enmudecer, oxidadas y abandonadas.
Regresaba siempre con los bolsillos llenos de fragmentos: piedras, plásticos dulces como caramelos, semillas estériles que los coleccionistas aún cambiaban como si fueran reliquias sagradas. Antes de dormir, Lena los acomodaba en cajas de madera carcomida, bordeadas con trozos de envoltorios y etiquetas ilegibles. Soñaba que, quizás, bajo tierra, algo germinaba a pesar de todo, a pesar del cielo amarillo y los mantos cálidos de escombros.
Por la noche, en la sala común, la abuela Eneida contaba historias. De una vez en que las tormentas hacían crecer los ríos, y de otra en que la nieve caía y cubría todo con un manto de silencio blanco. Nadie sabía si esos recuerdos eran propios o heredados. El olor de las aguas estancadas llegaba aun dentro, y los más viejos llamaban a eso perfume de la memoria.
En la última estación llegó una mujer con la cabeza envuelta en redes de pesca. Dijo que venía del sur, donde las plantas sólo crecían en laboratorios. Traía malas noticias: Cada habitante debía aprender a filtrar su propia agua. No habría más distribuciones comunales. Se intercambiaron miradas, algunas llenas de pánico, otras de resignación callada. Lena se preguntó si el futuro sería una sucesión infinita de adaptaciones, como esas criaturas pequeñas y plásticas que tanto proliferaban en las charcas sin nombre.
Esa noche, Lena salió de nuevo y miró el cielo. Apenas quedaban estrellas. Elevó una oración muda al silencio que la rodeaba, a los líquenes aferrados a las piedras, a los recuerdos de la lluvia que alguna vez había limpiado la cara del mundo. Siguió caminando, sabiendo que lo importante era no olvidar que, incluso en los corredores de humo y sombra, alguien aún intentaba imaginar raíces.
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