Portada del relato Tierra Baldía, Amanecer Olvidado
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Fragmento:


Escarabajos. El último coleóptero documentado había sido diseccionado para extraer algo útil para nutrir a una generación de niños apenas humanos. La biota colapsó más rápido que la dignidad moral; la moralidad fue el siguiente colapso. Me estremecí.

Duración: 08:23

Tierra Baldía, Amanecer Olvidado
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Texto de ajuste de pausa.

Los plásticos se descomponían en hilos translúcidos bajo el sol de mercurio. Caminé por la avenida convertida en zanja, pisando trozos de prendas desechadas—tejidos y pellejos mezclándose en una amalgama repugnante que antaño fuera moda, luego recurso, finalmente detrito. La atmósfera, casi sólida de tan densa, olía a huesos de tortuga ardiendo. Nadie corría ya hacia refugios: ni terremotos ni inundaciones mataban tan bien como la inercia.

Las plantas. Recuerdo la última vez que vi una hoja verdadera, poco antes de que la Comisión decretara la moratoria verde, cerrando todos los parques y sellando las reservas en cúpulas de silicato a mil kilómetros de cualquier ciudad. ¡Cómo supuraban savia esas barreras al principio, gota a gota como lágrimas de un dios derrocado! Ahora, el verde es ilegal. No solo porque es raro; es subversivo, una herida en la moralidad de la Adaptación.

Me llamo Keira, aunque ese nombre ya no significa nada para nadie salvo para mi propia mente, hastiada y, a veces, peligrosa en su insistencia por recordar. Vivo en un cubículo de 2.7 por 1.8 metros en el nivel inferior 40 de la Torre Delta. Mi trabajo consiste en verificar patrones de síntesis biológica: soy una de las pocas que todavía toca células vivas—bacterias especialmente resistentes—antes de que sean atomizadas para obtener azúcares comestibles de cuarta generación. En los viejos libros a estos trabajos los llamaban laboratorios, pero “laboratorio” implica posibilidad de descubrimiento, asombro, peligro y error. Aquí, solo hay repeticiones.

Aquella mañana, o lo que pasaba por mañana, pues el ciclo diurno ya solo era una convención luminosa en las pantallas, me despertó el gemido subterráneo de los conductos de reciclaje. Sabía que algo iba mal: cuando los sistemas de despojos sufrían bloqueos, los olores mataban antes que el hambre. No se podía simplemente sacar la basura; el mundo entero era basura y nosotros, carroñeros sofisticados, girábamos de discusión en discusión en los Consejos para determinar quién tenía el derecho de consumir la siguiente tanda de agua destilada.

Me vestí con telas autocurativas, más cerca del cartón que del algodón originario, y salí al corredor, hacia mi puesto de trabajo. A mitad de camino, la alerta roja se disparó: el aire vibró con una concentración de ozono tan alta que casi me desvanecí. Un operario, sin rostro tras su máscara de carbono, me hizo dar media vuelta. “Sin acceso. Nube tóxica.” Y sin embargo, lo que yo olía no era solo toxicidad, sino una familiaridad recóndita mezclada con el hedor: algo descompuesto, algo—¿orgánico?

Volví a mi cubículo y encendí la transmisión clandestina que solo los necios aún escuchaban. La voz era la de Marta, vieja habitante de Dome Sur, que se decía poseedora de semillas ancestrales, aunque nadie le creyera. “Hoy,” dijo la voz, crepitante, “hemos visto escarabajos. Vivos. Checaron despojos al aire libre en el corredor 17B.”

Escarabajos. El último coleóptero documentado había sido diseccionado para extraer algo útil para nutrir a una generación de niños apenas humanos. La biota colapsó más rápido que la dignidad moral; la moralidad fue el siguiente colapso. Me estremecí.

Salté de la cama. Sabía que si había insectos, había riesgos, pero también posibilidades. Los ecosistemas colapsados no resucitan de la nada, salvo que subyazca bajo los restos un secreto persistente. Al mediodía, logré colarme en el nivel de biofiltración, área vedada que tan solo recordaba gracias a planos viejos conseguidos cuando aún trabajaba con vegetales microscópicos.

Me deslicé entre cámaras olvidadas, siguiendo un hedor inconfundible de excremento, putrefacción y vida. Empujé una puerta de servicio. Sentí que me sangraban los pulmones. Ante mí: dos escarabajos azules, majestuosos y diminutos, revolcándose en montículos de pulpa orgánica. No los maté—la orden estándar para cualquier forma de vida animal no aprobada—sino que los observé. No parecían sufrir. ¡Demonios! Parecían reproducirse.

Extraje el panel móvil de mi traje. Grabé todo. Mandé los datos a Marta. Ella respondió con una dirección: sótano 14, sector oeste, pasadizo 008.

Más por desesperación que por esperanza, llegué a la entrada. Marta en persona, pálida y huesuda, me esperó. “¿Sabes qué es la regeneración?” preguntó. “No es solo recomponer lo muerto. Es aceptar que no todo lo que renace será bajo tus reglas.” Me acompañó, y descendimos.

La estancia parecía intencionadamente primitiva: luz tenue, tierra compacta, raíces secas colgando del techo. En el centro, una estructura de malla, vibrante: dentro, pequeñas manchas verdes, amarillas y grises. Sabía lo que veía. “Musgos, líquenes,” murmuró Marta. “No cultivos, no biomasa controlada. Vida salvaje. La última.” La red eléctrica de esa pequeña biosfera funcionaba gracias a bacterias energéticas, pero lo esencial era crudo, impredecible.

“Ven. Mira esto.” Señaló unos brotes que luchaban por inclinarse hacia la única lámpara solar. “Genéticamente aleatorios. Se adaptan solos. Ni una gota de agua tratada. Si fallan, mueren. Si sobreviven, lo hacen a pesar de nuestras leyes y sistemas. Es el colapso, Keira, pero también el comienzo. ¿Aceptas?”

La rabia ascendió por mi garganta. “¿Qué pretendes? ¿Un zoológico para musgos?”

“Un refugio. O tal vez,”—se encogió de hombros—“una tumba decente para lo que fuimos.”

Me acerqué. No tomé fotos. No envié mensajes. Me senté en la humedad, sintiendo el frío de la ruina y el extraño calor de un desafío. Podía denunciar el lugar. Podía cerrar los ojos y no volver nunca. En cambio, pregunté: “¿Cómo sobrevivieron los escarabajos?”

Marta sonrió con una tristeza que solo he visto en los condenados a muerte. “La adaptación es ciega. Más de lo que nunca quisimos admitir.”

Pasaron semanas. Regresaba cada tanto, cuidando los brotes, anotando mutaciones, esperando la visita final de los drones de erradicación. Por el tubo de ventilación escuché rumores de un Estado preparándose para la guerra civil, de un Acuerdo por la Supresión Total de Residuos Orgánicos, de nuevas raciones hechas con polvo de huesos humanos. La esperanza, como la vida, solo era una mutación improbable.

Una noche, el aire del refugio se cargó de un olor dulzón. Hojas nuevas, minúsculas, fracturaban el suelo endurecido por siglos de negligencia. Los musgos habían desarrollado microfibras que metabolizaban nanoplásticos; los líquenes exudaban ácido capaz de abrir fisuras en biopolímeros reciclados. Los escarabajos, convertidos en una subespecie ciega, devoraban los solados de papel, creando pequeños túneles, pasadizos silenciosos hacia quién sabe qué nueva catástrofe o salvación.

Marta murió un día cualquiera, sola, sentada junto a su red de musgos. Cuando la encontré, la tierra estaba húmeda, y un escarabajo la trepaba como si fuera una montaña. Su respiración detenida era el silencio al que el mundo aspiraba desde hacía un siglo. Pasaron días antes de que me atreviera a salir del refugio.

Vi a los niños en la superficie. Jugaban entre la basura y el polvo, ajenos al desastre lento que se desmoronaba bajo sus pies. Uno, rubio y sucio, sostenía un escarabajo en la mano. No lo aplastó. Lo observó con perplejidad e hizo como si lo escuchara. Reí. Por primera vez en meses, reí tan fuerte que lastimé los bordes de mi memoria.

Regresé a la red de musgos. El ciclo había comenzado de nuevo, ilegítimo, rebelde, imposible de controlar. El colapso, supe, no era un final, sino una fuerza irracional que nos empuja cuando ya no sabemos a dónde mirar. Y pensé en Marta, en los escarabajos, en los niños. Tal vez sobrevivir era menos un derecho y más una indignidad. Pero la indignidad de resistir, de mirar la putrefacción en la cara y aún así plantar una semilla, era el último recurso de los que ya no esperan nada.

El mundo estaba podrido. Pero debajo de la podredumbre, sentí la vibración nueva y antigua de algo que, de tan miserablemente pequeño, insistía en vivir de todos modos.

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