Fragmento:
Al cruzar los pasillos húmedos de la fortaleza hacia la celda, el aire olía a salmuera, vidriado con un miedo antiguo. Dos guardias esperaban afuera, ambos pálidos. Intercambié una mirada con ellos. Uno llevaba los inicios de lágrimas secas en las mejillas, temblando igual que mi mano sobre la vara.
Duración: 08:36
Cuando el alcaide del Bastión Vairen me convocó a su cámara privada después del crepúsculo, supe que la noche sería larga y, probablemente, fatídica. Bajo la cerrada bóveda de obsidiana, salpicada del brillante polvo de siglos, su silueta se recortaba contra la luz trémula de la lámpara de aceite. Yo, Ribas Jan, portador de la vara de lenguas, había visto muchos ademanes silenciosos en mi carrera translingüística. Pero la manera en que el alcaide me invitó a sentarme —tres dedos juntos levantados, palma abierta y luego el índice cruzando la frente— era inequívocamente una demanda de confidencialidad.
"Ha llegado un navío", dijo en voz baja, "uno de las mareas lejanas. Y con él, algo que nadie entiende".
Me acomodé en el frío asiento de piedra, aguardando detalles mientras acariciaba con el pulgar el gris pulido de mi vara —un amuleto tallado con signos de cien lenguas. El alcaide continuó, sus ojos cavernosos buscando quizás alguna alianza en los míos.
"Es una mujer", dijo. "O una criatura con forma de mujer. Rescatada de una balsa a la deriva. Ha sobrevivido el viaje, pero... habla. O al menos emite sonidos. Palabras, juraría quién la trajo, aunque ninguna reconocible. Lleva horas vociferando. Y los guardias, uno tras otro, caen presa de temblores y vómitos tras escucharla".
Extendí la mano y, sin pedir permiso, la vara de lenguas comenzó a brillar con los símbolos de la aceptación. Era mi don, mi condena: allí donde el habla rozaba los límites del entendimiento, yo era arrastrado a escuchar y, a veces, traducir.
"Quiero que hables con ella, Ribas Jan", ordenó el alcaide. "Averigua qué es. Y si es peligroso, resuélvelo".
Al cruzar los pasillos húmedos de la fortaleza hacia la celda, el aire olía a salmuera, vidriado con un miedo antiguo. Dos guardias esperaban afuera, ambos pálidos. Intercambié una mirada con ellos. Uno llevaba los inicios de lágrimas secas en las mejillas, temblando igual que mi mano sobre la vara.
El cuerpo de la mujer—o criatura—estaba cubierto de algodones húmedos y vendas, dejando a la vista una piel resplandeciente en tonos de luna rota. Al abrir los ojos, fulgores antinaturales me miraron. Comenzó a hablar. O a cantar. O quizá a esparcir fragmentos de sonido que la vara apenas era capaz de absorber.
Los primeros compases no eran palabras, sino olas: un vaivén de sílabas líquidas, cada una vibrando dentro de mi cráneo. No era doloroso, pero sí desorientador, como si todo el edificio hubiera aprendido a respirar y yo fuera sólo un pulmón ajeno.
La criatura parecía notar mi reacción y moduló su tono, ensartando sonidos que rozaban estructuras conocidas: acentos, detenciones breves. La vara ardió en mi mano; imágenes me asaltaron con la fuerza de un recuerdo que nunca fue mío: fauces abiertas bajo la superficie marina, ciudades delgadas invisibles al ojo humano, ritos de escamas y conchas, consensos rituales impartidos sólo en sueños.
―¿Entiendes? —logré articular, en la lengua franca de la orilla.
Respondió con un chasquido, luego una vocal llena de vibrato—y las palabras se arrastraron fuera, torpes pero intencionadas:
―Buscar… lamento… perdido.
Noté la esencia de interrogación casi antes que la palabra surgiera. Buscaba. Algo perdido.
―¿Qué lamento? —inquirí, mientras, involuntariamente, exploraba las imágenes telepáticas que la vara moldeaba. Latía en mis sienes una urgencia, como de madre buscando hijo, como de viajero extraviado en territorio devorador.
―Palabras… robadas. Lengua… partida —ronroneó, como agua sobre mármol. Bajo su aspecto delicado, habría una furia o una desesperación, quizás ambas.
Narró, orquestando sonidos, que había sido desposeída, no sólo de su reino, sino del sentido mismo de pertenencia: su idioma robado, fragmentado y dispersado en las costas humanas. Cada tribu costera, cada puerto, había recibido una sílaba o símbolo, nunca la totalidad. Por eso nos confundía: usaba fraseos de marineros borrachos, lenguajes rituales de piratas extintos, la retórica de peces conscientes sacrificados a la luna.
En sus ojos cruzaban luces verdes. La vara liberó oleadas sutiles de gramática imposible—cayendo y rehaciéndose en mi mente. Y comprendí: la criatura era emisaria de una especie forzada a la diáspora, una exiliada cuyos semejantes comunicaban en coral y biomembrana, palabras físicas que necesitaban tocarse para existir.
Extracté de su discurso la imagen de los “silencios heridos”. Era su nombre para sus seres ausentes, a quienes buscaba. Y en el término residía toda la paradoja: sólo en el silencio podía buscar; cada palabra pronunciada los hacía más esquivos, más lejanos.
El deber del Bastión era doble: proteger a los vivos del peligro, pero también a los extraños que recalaban en nuestras costas, mientras respiraban. Pedí al alcaide una improvisada xenoteca—una celda vacía, tapizada de libros, paños, fragmentos de metal y cerámica. Permitirle diseñar, de alguna manera, un pidgin híbrido para roer el muro de incomprensión.
Durante días, la criatura—ya respondía al nombre Lyra, por comodidad—exploró los recursos del cuarto. Sumergía los dedos en polvo de carbón para guarrear símbolos en la piedra; hablaba colgada del travesaño superior, emitiendo clicks mientras mojaba trapos en agua de pozo.
A través de la vara, los significados brotaban, enfermos y mutables:
“Pensar es crecer la lengua. Toda lengua es raíz expuesta. Vosotros cortáis la raíz para hablar del fruto.”
No era poesía, sino descripción: su pueblo sólo conocía el pensamiento verbalizable como una extensión de sus cuerpos—y cada contacto, cada cruce, alteraba la semilla del lenguaje.
Mi relación con Lyra fue volviéndose peligrosa. Intrigaba a los guardias y perturbaba a los sirvientes. La propia vara de lenguas, sobrecargada, comenzó a emitir vapor y un zumbido discontinuo. No era conocida por fracturarse, pero sentía la tensión de portar una lengua moldeada para la simultaneidad y la multiplicidad.
En noches sucesivas, Lyra se arropó de poemas extraídos de nuestro acervo, fábulas de animales y las conchas de los caracoles que le ofrecía. Traducía versos en tres líneas alternativas: una en nuestro habla, otra en la suya, la tercera en gestos y luz reflejada en escamas. Empezó a atraer a los sueños de los centinelas—soñaban con ella, soñarían pronto en su idioma.
El Bastión se envenenaba: pequeños síntomas entre la tropa; pensamientos intrusos, lapsus de identidad, palabras olvidadas y remplazadas. El idioma nativo de la fortaleza empezó a mutar, absorbido por la poliglosia infecciosa de Lyra.
Aquella noche decisiva—la luna tan fina como un corte en el cielo—ella me indicó el círculo de ceniza que había dibujado en el suelo. Si deseaba comprender realmente, debía entrar.
Entré. La vara en mi mano consumió el último brillo de sus runas y me dejó sólo a la merced de los sonidos. Lyra tendió la mano, y al rozarla, sentí en mi carne la polilínea de su voz: vergüenza, pérdida, añoranza montadas una sobre otra. Sus silencios ocupaban mi pecho, urgían por decir todo aquello que ninguna línea humana sabía expresar.
Entré en comunión: veía multitudes bajo agua, coreando historias en burbujas, mezclando sus recuerdos y cuerpos hasta el anonimato o la trascendencia.
Lyra habló entonces sin sonidos.
“La humanidad cree en la soledad, su idioma la defiende. Yo busco a los míos, y en vosotros encuentro sólo fragmentos.”
“¿Puedes quedarte?”, pregunté—y su mirada fue un revés de compasión.
“Mi lengua no cabe aquí; la raíz rebosa y asfixia a la vuestra. Mi partida será vuestro alivio, pero recordarás el sabor de dos especies que intentaron, por un instante, ser una sola.”
Al amanecer, Lyra ya no estaba. En el círculo de cenizas sólo quedaba una gema húmeda que latía al ritmo de un idioma que nunca del todo aprendí. El Bastión volvía a su lengua, aunque algunos de nosotros, los que escuchamos de verdad, seguimos diciendo palabras que no existen, en los silencios entre las frases.
A veces, cuando bajo a la costa y el mar está en silencio absoluto, creo oír, no un idioma, sino la ausencia de todos: esa profunda raíz común y perdida, donde tal vez aún resuena el eco afónico de Lyra, y de todo lo que no pudimos llegar a entender.
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