Portada del relato El Pacto de los Silencios
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Fragmento:


La noche descendía sobre los acantilados del Estrecho de Farvhen, donde el mundo de los hombres terminaba y comenzaba el confín de los Otros. Desde la fundación de las Primeras Ciudades, la frontera era vigilada por las Atalayas de Mármol, torres erigidas por motivos que nadie recordaba con claridad. Los pescadores rumoreaban acerca de lo que podía cruzar la línea donde la espuma se volvía negra, pero ninguno tenía el coraje de adentrarse en el lenguaje de los afueranos. Sólo los Embajadores de la Torre Invertida tenían la autorización —y el deber ancestral— de mantener viva aquella comunicación, casi siempre revestida de incomunicación.

Duración: 09:15

El Pacto de los Silencios
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Texto de ajuste de pausa.

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La noche descendía sobre los acantilados del Estrecho de Farvhen, donde el mundo de los hombres terminaba y comenzaba el confín de los Otros. Desde la fundación de las Primeras Ciudades, la frontera era vigilada por las Atalayas de Mármol, torres erigidas por motivos que nadie recordaba con claridad. Los pescadores rumoreaban acerca de lo que podía cruzar la línea donde la espuma se volvía negra, pero ninguno tenía el coraje de adentrarse en el lenguaje de los afueranos. Sólo los Embajadores de la Torre Invertida tenían la autorización —y el deber ancestral— de mantener viva aquella comunicación, casi siempre revestida de incomunicación.

Durante años, tales encuentros rara vez se traducían en algo más que gestos y escarnios. No obstante, la noche en que comenzó este relato, una presencia diferente emergió de las aguas de los Otros: una figura de luz azul, casi translúcida, reptando por entre las rocas, seguida por otras siluetas enguijarradas, vagas como susurros de viento sobre una cripta. Era la primera vez, en decenios, que los Ambasélidos, la especie más esquiva, asomaban en la superficie.

Morka Leiven, una de las pocas Embajadoras aún en funciones, no tenía aptitud para la paciencia helada de las salamandras ni la intuición de aquellos que, según se decía, podían adivinar el pensamiento de los crustáceos hombres del antifondo. Pero poseía una tenacidad que reemplazaba el talento olvidado. Dentro de la sala principal de comunicación, subterránea y seca, donde toda penetración del mar se matizaba por filtros de piedra, ella seguía el protocolo: despojarse de toda prenda tejida y dejarse sólo la cota de salitre trenzado que los calamares gigantes respetaran, encender la Lámpara de la Ausencia (una extensión del cristal opaco, supuestamente ininteligible para cualquier Otro), y disponerse al descenso.

Al llegar a la cámara sellada, Morka observó a través de la cristalera sumergida. La forma azul centelleaba en el umbral, esforzándose por mantener una figura reconocible. Detrás de ella, oleadas de figuras engarzadas como cuentas de collar esperaban en silencio. Morka no habló—la palabra era la última violación en las primeras tratativas. Sacó el Lápiz Balbuceante, una varilla de polvo estelar que respondía a movimientos sutiles y dejaba líneas de color sobre el agua. El rito era simple: dibujar un círculo pleno equivalía al saludo formal, líneas quebradas aludían a preguntas. El Ambosélido replicó con líneas convergentes, una geometría de conflicto o reunión según los tratados.

Pero no hubo respuesta verbal ni telepática, solo una espera tensa. Algo no encajaba. Los Otros nunca elegían la luna escarlata para sus acercamientos. Morka supo entonces que aquel encuentro respondía a una motivación distinta: necesidad, tal vez peligro extremo.

La comunicación tomó otra forma. El Ambosélido golpeó el cristal con una de sus extremidades, generando un eco de frecuencias apenas audible para el oído humano. Morka encendió el Traductor Obsoleto, una reliquia de los años en que ambas especies se esforzaron por compartir experiencias sensoriales. Lo que resonó en el aire fue fragmentario, pero inequívoco en su carencia de rodeos.

—Peligro. Rama muerta en el fondo. Veneno tras la rama.

No era un idioma exacto, sino una combinación de ideas que su mente debía coser. “Rama muerta” aludía, según los protocolos ancestrales, a una estructura artificial sumergida—un naufragio reciente, quizás de origen humano, que expulsaba toxinas. “Veneno tras la rama” evocaba la llegada de algún agente hostil invisible, un contaminante, un depredador desconocido. Que los Ambosélidos buscaran a los humanos para advertirles era insólito: normalmente, a los Embajadores solo los invocaban cuando la comunicación se hacía inevitable, como antes de una guerra.

—¿Peligro para ambos? —dibujó Morka con líneas oblicuas.

La criatura azul soltó una vibración aguda.

—Sí… Rama sangra. Nadie cruza. Nadie respira.

Años de entrenamiento pesaron sobre el juicio de Morka. Conocía los accidentes químicos humanos —vertidos de metales, residuos de las fundiciones clandestinas de Tervana, condenados a hundirse donde nadie pudiera rastrearlos. El intercambio sugería que algo mucho peor, quizás una nueva toxina biotecnológica, estaba liberándose justo en la frontera compartida.

La responsabilidad era intolerable. Si los Otros decidían que los humanos representaban una amenaza existencial, la cohabitación tácita basada en la ignorancia y el silencio se disolvería en hostilidades. Recordaba las historias de los “Cien Navíos Silenciados”, cuando la comunicación fracasó y los acantilados se tiñeron de carmesí durante días.

De forma instintiva, Morka tomó un riesgo. Rompió la membrana de cristal —un gesto de vulnerabilidad— y permitió que parte del agua de los Ambosélidos penetrara en la cámara de comunicación. El salitre trepó por las paredes y la base de su cota comenzó a corroerse, pero era una señal inequívoca de entrega. Detrás del Ambosélido, otras figuras retrocedieron un paso: habían entendido. Se inclinó y sumergió un dedo en la corriente.

El roce estaba helado, electrizante. Fragmentos de información invadieron su conciencia: visiones de una rama negra, un artefacto con inscripción humana; peces de ojos lechosos flotando sin control; voces apagadas, miles de ellas, gritando bajo la superficie. “La Rama sangra” repetía el eco en su mente, pero el eco traía también la palabra “Nidra”—un compuesto prohibido, nacido de la avidez humana por armas silenciosas.

Al retirar la mano, Morka ya sabía lo que debía hacer. Subió de nuevo a la sala de superficie, sin preocuparse por la sangre que comenzaba a brotar de su piel erosionada por el salitre. Envió los códigos de emergencia a la ciudad más próxima, invocando a la delegación de alto nivel. “Contaminación Nidra. Peligro binario. Protocolo Umbral.” Nadie respondería rápido: las ciudades humanas habían dejado de considerar relevantes a los Embajadores de la Torre Invertida. Era un anacronismo que apenas servía para mantener la fachada de un diálogo imposible.

Al día siguiente, la brisa trajo el olor de cuerpos arrastrados por la marea. Nadie en la ciudad esperaba que los Otros llegaran hasta los muelles. Nadie excepto Morka, cuya vida dependía ahora de lo que pudiera lograr en las próximas horas. Las autoridades querían aislar a los acantilados. El Consejo de Defensa hablaba de minas, de electrificar las fronteras. Morka sólo pensaba en la promesa realizada a la criatura azul: “Nadie cruza. Nadie respira.”

De noche volvió a la cámara sellada. Los Ambosélidos esperaban. Esta vez, la comunicadora azul adoptó una forma más definida, intentó articular palabras humanas, sin éxito. Pero sí logró trasmitir una imagen mental: una espiral de acuerdo, con un brillo blanco en el centro. Una aceptación mutua de silencio y abstención. Si ambos lados prometían no acercarse más, sellando la Rama y el veneno, el canal podía purificarse solo. Era un pacto de autonegación.

En su mente, Morka vio los riesgos. Si aceptaba, significaba bloquear el acceso a recursos subterráneos durante años, afectando a las comunidades pesqueras, a la economía moribunda de los acantilados. Si no lo hacía, los Otros no dudarían en atacar primero, usando vías que los humanos apenas podían imaginar.

La decisión, pensó, era adulta en el sentido más crudo: elegir no por esperanza, sino por la magnitud de lo irremediable. Esbozó el círculo pleno en el agua, una vez, dos veces. Añadió líneas oblicuas: acuerdo, vigilancia honoraria. Señaló su propia garganta, el signo de silencio. El Ambosélido repitió el gesto y, por un momento breve, la paz pareció tangible.

En los días siguientes, las autoridades claudicaron ante la peligrosidad de la Rama y cedieron el control del acantilado a los Embajadores. Los muelles fueron desalojados, los kilómetros de costa tapiados y cubiertos de signos de advertencia. Los pescadores sospechaban, pero el secreto se mantuvo entre susurros.

Morka permaneció como centinela, alternando turnos con los pocos colegas que quedaban. Cuando la luna regresó a su color habitual, fue a despedirse de los Ambosélidos en la cámara sellada. Esta vez, algo diferente ocurrió: la Embajadora azul introdujo, a través del agua, una secuencia de sonidos que, en otra época, habría considerado ininteligible. Sin embargo, reconoció un ritmo, un eco de palabras humanas antiguas, mezcladas con esquirlas olvidadas de emociones. Era la expresión rudimentaria de “Gracias” y su reverso: “Lo lamento”.

Se miraron en silencio. En ese momento, Morka sintió tanto la hondura del abismo como la frágil posibilidad de puente. Sabía que ese diálogo nunca sería perfecto, ni amistoso, ni exento de riesgo. Pero había logrado, en el límite de lo soportable, abrir una rendija por donde podrían atisbarse, aunque fuera solo por un instante, las sombras de una comprensión auténtica entre especies ajenas.

Y eso, para lo que quedaba del mundo adulto, bastaba por hoy.

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