Portada del relato La Guerra de las Dos Lunas
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Fragmento:


—No hay retorno después de esto, Eritha. —La voz del capitán Vors, deformada por la radio portuaria, era áspera, como grava—. Nuestros sensores indican que Thuul ha movido escuadrones armados hacia el delta sur.

Duración: 09:06

La Guerra de las Dos Lunas
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Texto de ajuste de pausa.

En la penumbra matutina del planeta Caphis, donde la luz de las dos lunas flotaba aún desvaída en el horizonte, la embajadora Eritha contemplaba las ruinas de la estación de comunicaciones —un amasijo de metales humeantes envueltos en el hedor acre de los circuitos quemados y de carne calcinada. El conflicto, como una larga llaga supurante, había estallado mucho antes de que la humanidad comprendiera los matices sutiles entre diplomacia y dominación. Eritha, híbrida de sangre humana y linaje thuul, había sido elegida precisamente por su capacidad para percibir los exabruptos del odio antes de que se manifestasen en sangre. Pero aquella mañana, ni ella había adivinado la magnitud de la traición.

Las dos facciones —la Unión Terrestre y el Consorcio Thuul— se disputaban Caphis desde hacía generaciones. Lo que comenzó como una colonización compartida se degeneró en vigilancia mutua, acusaciones cruzadas y, como cabía esperar, sabotajes. Todo comenzó con el agua: el acuífero sublunar que dormía bajo el ártico caphisiano era suficiente para abastecer a ambas culturas, pero confiar en que el otro no secretaría venenos en sus conductos era un lujo que ninguno podía permitirse.

—No hay retorno después de esto, Eritha. —La voz del capitán Vors, deformada por la radio portuaria, era áspera, como grava—. Nuestros sensores indican que Thuul ha movido escuadrones armados hacia el delta sur.

Eritha giró sobre sus talones, clavando la mirada en el horizonte —el delta era un entramado casi mitológico, sagrado para los thuulianos; cualquier intromisión humana allí era blasfemia, casus belli. Se preguntó, con amargura, si el informe no era simplemente otro intento más de la propaganda terrestre para justificar el inminente despliegue. Pero el humo sobre el delta no mentía.

—No conocemos el alcance de sus fuerzas —admitió Vors, bajando por fin la guardia en su tono—, pero las órdenes son avanzar en cuanto recibamos confirmación del ataque.

—No debimos haber llegado a esto —murmuró Eritha, aunque ambos sabían que la escalada era inevitable.

Una escolta armada la aguardaba al pie de la colina. Sus escoltas no eran simples soldados, sino los denominados Sin Nombre: descendientes de las primeras generaciones nacidas en Caphis, sin patria más allá de aquella roca polvorienta. Llevaban la piel moteada, adaptación evolutiva tras tres generaciones de tormentas solares, y sus pupilas eran oblongas, casi reptilianas. A Eritha le inquietaba cómo ya no podían considerarse ni humanos ni thuul completamente; ese mestizaje forzado les había conferido una extraña aura de permanencia irrevocable.

Bajaron juntos la pendiente hacia el campamento improvisado del Alto Mando terrestre. Entre naves de aterrizaje cubiertas de polvo y carpas hinchables, los generales consultaban mapas holográficos mientras interminables pantallas mostraban los rostros de los caídos, uno tras otro. Nadie lloraba; en Caphis, hasta el duelo debía racionarse. Cuando Eritha entró, las voces cesaron; su linaje mixto era un recordatorio incandescente de todo lo que había salido mal.

—¿Cuál es la postura de Thuul? —interrogó el general Mayban, sin preámbulos.

—Aún reclaman que el sabotaje inicial fue obra humana —dijo Eritha—. Exigen una comisión neutra. Pero los símbolos grabados en las ruinas son de Vuor, el dios de guerra thuuliano. Interpretarán cualquier espera como vacilación.

—Entonces no queda alternativa.

Eritha apretó los dientes. Sabía que no existía la neutralidad en Caphis: cada piedra, cada charco, había sido reclamado y profanado por ambos bandos. El pasado era un campo minado y una simple negociación podía convertirse en detonador de catástrofes.

Le permitieron una última videollamada con el embajador thuul, Kharas, un hombre de apariencia venerable, cuyas cicatrices rituales y ojos anaranjados le marcaban como sumo sacerdote y diplomático inusual. Las transmisiones interestelares eran costosas en tiempo y energía; la conversación estaría marcada por lagunas y desincronizaciones.

—El ciclo de destrucción se repite —dijo Kharas, mirando algo fuera de la pantalla—. La estación era sagrada para ambas especies.

—Si el Consorcio no retira sus fuerzas, el río será rojo —contestó Eritha, recordando la fábula de la Gran Sangría, contada a los niños thuul y humanos por igual.

—Las estrellas observan, Eritha. En Thuul creemos que cada guerra ensucia la luz del cielo. Vuestra especie ve la oscuridad y la teme; nosotros, en ella, encontramos redención.

La comunicación se cortó. Eritha sintió que la sombra que cubría su futuro era de orden cósmico; no sólo los intereses de dos razas, sino de dos filosofías que jamás podrían reconciliarse.

El ataque comenzó a la hora siguiente. Naves terrestres surcaron el firmamento con relámpagos de plasma, seguidas de un zumbido característico que hacía vibrar el agua en el aire. Las tropas thuul respondieron desde el otro lado del delta, surgiendo de los canales con armaduras de sílice rojo y lanzas de energía de tonos esmeralda. El choque fue ritual; cada bando seguía códigos y batallas coreografiadas a través de generaciones de dolor acumulado.

Eritha, atrapada entre ambos fuegos —nunca del todo aliada ni enemiga de ninguno—, recorrió el campo de batalla buscando sobrevivientes. Los Sin Nombre la seguían como fieles espectros, recogiendo heridos y administrando el último consuelo a los moribundos. Aquella jornada, las dos lunas parecían más pálidas que nunca.

En medio del clamor y la destrucción, se encontró con Kharas, herido pero erguido, apoyado en una lanza ceremonial quebrada. Sus caminos se cruzaron ante un manantial sangrante: el agua teñida por igual con sangre verde thuuliana y roja humana.

—Esto es lo que nos queda: la mezcla de nuestros finales —dijo Kharas, su voz ronca pero firme.

—O quizá el principio de otra cosa —replicó Eritha, arrodillándose junto a él.

Hubo un momento de comunión: ambos recordaron antiguos relatos en los que la guerra era sólo preludio de milagros. El dolor y la muerte eran semillas sembradas para forzar evolución e hibridación. Los Sin Nombre, silenciosos, testificaron el instante, conscientes de que sus cuerpos mismos eran el futuro desenlace de aquel sinsentido.

Pero ni la compasión ni la esperanza convencen a los artilleros ni a los políticos. Los disparos volvieron a resonar cerca. Eritha levantó el rostro, humedecido por el rocío y salpicado por la sangre de otras especies.

—¿Te gustaría morir aquí, Kharas? —preguntó, con amarga sinceridad.

Kharas sonrió, mostrando las encías desprovistas de dientes—En la muerte también hay diplomacia —dijo—. Es la única frontera que nunca firmamos.

De improviso, los Sin Nombre formaron un círculo alrededor de ambos embajadores. Sus ojos oblongos brillaban con luz prístina: uno de ellos levantó la voz, gutural y extrañamente melodiosa.

—Hemos observado, hemos esperado. Somos el fruto de vuestra guerra, la simiente de vuestro dolor. No luchamos por Thuul ni por la Tierra, sino por el derecho a ser más que vuestro pasado.

Kharas y Eritha intercambiaron una mirada de asombro y comprensión. Ningún alto mando había predicho el surgimiento de una tercera fuerza: los Sin Nombre, al carecer de herencia pura, habían aprendido el arte de sobrevivir en las cenizas, conspirando un futuro propio, lejos de los mitos contaminados de sus progenitores.

En la noche, los Sin Nombre proclamaron su independencia en los canales saturados de cuerpos caídos. Eritha y Kharas oficiaron la ceremonia: los dos últimos representantes de sus líneas, unidos no por la sangre, sino por el hartazgo y la pérdida.

En los días siguientes, las noticias de la insurrección llegaron a ambas metrópolis: la Tierra y Thuul reaccionaron con pánico, luego con interés malsano —¿era posible que los mestizos construyeran una sociedad que conciliara fragmentos de ambas culturas, dejando atrás la herencia de la guerra?

Los registros de la guerra de las dos lunas acabarían siendo alterados, censurados y tergiversados. En los márgenes de la historia oficial, Eritha y Kharas desaparecieron. Algunos decían que partieron juntos hacia las regiones polares, criando una generación de líderes y sabios hastiados del conflicto. Otros sugerían que sucumbieron, en algún rincón olvidado del delta, abrazados por la muerte y el barro, última alegoría de reconciliación fallida.

Pero lo cierto es que las guerras interplanetarias rara vez terminan; mutan, se congregan bajo otras máscaras y lenguajes. Sin embargo, bastó que los Sin Nombre declararan ante las dos lunas, para que el ciclo de rencor se astillara, apenas perceptible, pero irremediablemente, en una grieta de esperanza vieja como las estrellas.

En la penumbra del nuevo siglo caphisiano, cuando las lunas llenas alineaban su pálida influencia sobre las aguas sagradas y aún podían hallarse restos de cañones y cascos oxidados, las canciones más antiguas ya no eran de soldados ni sacerdotes, sino de cruzamientos y negociaciones, de pactos jurados bajo la única ley que quedaba después de todo exterminio: la ley de lo posible.

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