Portada del relato La Torre de los Acuerdos
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Fragmento:


—Kira—dijo Caprice, su voz serena y fría como la niebla de la mañana alta en el Trono del Mundo—, estás aquí para testificar y sellar. ¿Has comprendido el alcance del Acuerdo?

Duración: 08:55

La Torre de los Acuerdos
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Texto de ajuste de pausa.

El decimoséptimo piso de la sede de MagiCorp olía a vainilla, a codicia y al humo de ideas quemándose. Kira ajustó la pluma de su traje azul marino mientras avanzaba por los pasillos, cada puerta ostentando el oro con incrustaciones de rubí típico de una corporación en la que directivos menores empleaban los mejores encantamientos para impresionar a las hadas inversoras. Pero Kira no tenía tiempo para admirar baratijas. Le urgía llegar a la sala de juntas, donde el destino de toda su carrera profesional, quizá incluso de su alma, pendía de una serie de firmas.

Había un murmullo eléctrico flotando bajo los falsos techos iluminados por orbes de luz etérea. Cada palabra que no era dicha encontraba su eco en el maná invisible que los magos de la IT mantenían corriendo entre las paredes. La magia y las finanzas llevaban conviviendo siglos en el mundo de los hombres, pero desde el advenimiento de las grandes corporaciones, se habían fundido en una sola bestia de muchas cabezas: contratos vivientes, bonus feéricos, cláusulas de alma, ratios de poder y crédito encantado.

Kira llegó ante una puerta de madera viviente. El barniz susurraba datos fiscales, y la aldaba, en forma de esfinge, le lanzó un acertijo sólo para protocolizar su presencia:

“¿Cuántos dividendos en sueños paga quien nunca descansa?”

Kira respondió la clave estándar, porque no era momento de impresionismos: “Sólo quien duerme como un dragón recolecta tesoros en su cueva.”

La esfinge entrecerró los ojos dorados, satisfecha, y la dejó pasar.

En la sala esperaban las otras figuras que conformaban el Comité: Icaro Bael, vicepresidente de fusiones y adquisiciones, envuelto en un aura de brillo carmesí; Lys, jefa de Recursos Inhumanos, cuyas uñas alumbraban el aire a cada dedo crispado; y sobre todos, Madame Caprice, la directora general, que llevaba colgada al cuello la Llave de la Caja Negra. No era sólo un adorno: se rumoraba que la llave podía reescribir contratos sin testigo, cambiarle el pasado a un fracaso y, sobre todo, abrir los portales a los mercados prohibidos.

—Kira—dijo Caprice, su voz serena y fría como la niebla de la mañana alta en el Trono del Mundo—, estás aquí para testificar y sellar. ¿Has comprendido el alcance del Acuerdo?

Claro que Kira lo había leído; sí, más de una vez y con todos los filtros que la compañía proveía: desciframientos legales, glifos contra embustes, el consejo de un duende fiscalista. Pero había partes que nadie podía entender, cláusulas que sólo el verdadero firmante y la Junta de Sombras comprendían.

—Estoy lista.

Icaro Bael le deslizó la tableta encantada, de madera negra e incrustaciones de oro. Las runas en la superficie chisporroteaban, impacientes. Kira leyó, por última vez, el encabezado:

Acuerdo de Fusión: MagiCorp & Nocturnex Ltda.

Renovación anual de cuotas de alma, cesión temporal de identidad, transferencia de bonos vitalicios.

Cláusulas de no-litigio metafísico, custodia de familiares en caso de quiebra sobrenatural.

El sudor le perlaba la nuca, pese al eficiente hechizo de confort climático del edificio. La última vez que una fusión así había salido mal, jardines de helechos azules y memoria difusa habían brotado por semanas en las oficinas legales.

Kira dudó. Era la única que podía oponerse, su voz la más joven y, en teoría, la menos corrupta por los años de exposición a la sala de juntas. Sabía que, tras cada contrato firmado, el mundo cambiaba, y no siempre era para bien.

Mientras la pluma, blanca y temblorosa, rozaba la primera línea de firma, Caprice habló de nuevo, esta vez sólo para ella:

—Hay un precio en todo, Kira. Y el precio es siempre una parte de uno mismo. Pero también es poder. El que firma es más que quien titubea.

Kira sintió, bajo la pluma, la pulsación del contrato: vivo, hambriento, dispuesto a fundirse con su esencia, a añadir su sombra a las sombras de la Junta.

Pensó en sus sueños: esa idea de una empresa ética, un lugar donde la magia no fuera para devorar sino para crear. Un idealismo que tantos le habían tachado de infantil.

—Permítanme una cosa antes de firmar—dijo.

Bael resopló; Lys alzó una ceja. Caprice simplemente asintió.

—Solicito una vista del Anexo 13, la Matriz de Efectos Secundarios.

Por un instante, el aire se volvió espeso. Pedir un anexo era señal de debilidad, de desconfianza. Sin embargo, la Junta no podía negarse, salvo que quisiera admitir que tenían algo que ocultar. Caprice chasqueó la lengua y la tableta reconfiguró sus runas, mostrando la nueva sección.

Kira leyó en silencio: riesgo de entrelazamiento de identidades, posibilidad de desdoblamiento temporal, impacto en líneas de herencia mágica, aumento de la parasitación etérea, minería de datos oníricos para terceros...

Al llegar a la cláusula Oráculo, se detuvo: “Ningún firmante bajo el sol o la luna podrá predecir las consecuencias íntegras de este acuerdo”.

Ahí estaba: la condena y la salvación, la renuncia a la certidumbre. Todo podía ir bien, o sumirlos en un infierno de burocracia arcana y de pérdidas de identidad. ¿Se atrevería?

Alzó la vista. Caprice sonreía, pero los ojos de Icaro tenían ansiedad; Lys, por el contrario, parecía más intrigada que nunca.

—He visto suficiente—dijo Kira—. Firmaré bajo condición: que el Comité cree un fondo de resiliencia para empleados, un círculo neutral de protección contra efectos secundarios insólitos. Si no, este acuerdo queda bajo mi veto.

Se hizo el silencio. Las paredes vibraron, los orbes de luz palidecieron, la mesa de caoba se agrietó apenas, imperceptiblemente.

—Esa no es la costumbre—farfulló Bael.

—Pero la costumbre es lo que nos ha llevado a ceder trozos de alma generación tras generación—replicó Kira, sintiéndose valiente y temblorosa al mismo tiempo—. Si aceptan mi método, firmaré.

Caprice, reina de la niebla, se acercó lo suficiente como para que Kira sintiera el frío místico que la rodeaba. Le tendió la Llave de la Caja Negra.

—Firma con esto. Pero sea cual sea el caso, Kira, ¿a quién servirás después de hoy? La Junta o el círculo que quieres crear.

Kira recibió la llave. No podía saber la respuesta. Pero supo que ningún idealismo sobrevivía al éxito sin compromiso, ni a la supervivencia sin negociación. Había un camino intermedio, aunque fuera solitario.

Firmó.

El contrato brilló, absorbió parte de su calor, parte de sus recuerdos: invierno en la ciudad natal, risas en la oficina antigua antes de que la comprara MagiCorp, el color exacto de los ojos de su primer gran amor. Pequeños fragmentos, prometidos para pagar el precio al otro lado de la promesa.

Las luces resplandecieron de nuevo, la sala se inundó de un aire de éxito rancio y euforia, el contrato viviente aulló en una frecuencia sólo audible para los que habían olvidado arrepentirse.

—Ya está hecho—anunció Caprice—. Kira, hay una vacante en el próximo círculo de liderazgo. Espero que traigas contigo ese fondo de resiliencia. Pero nunca olvides: todo lo que tocas se convierte en parte de tu propia red de deudas.

Icaro la miró con un respeto agrio; Lys, con una fugaz chispa de simpatía. Kira notó en sí misma un vacío y una ligereza simultáneos. Algo había perdido, pero había creado una ruta nueva, un contrato dentro del contrato, un atisbo de protección en un mundo que negociaba siempre en la frontera del abismo.

Cerró el anexo, devolvió la llave, sintiendo un crepitar dentro de su pecho donde alguna vez estuvo la inocencia.

Al salir, la puerta viviente murmuró a su paso: “Toda corporación es una criatura. Y toda criatura necesita esperanza... y una pizca de temor”.

Kira empezó a comprender.

* * *

En los días que siguieron, los efectos de la fusión se extendieron como olas, a veces visibles como cambios de logotipo y nombres en los pasillos, a veces invisibles como arrugas en los recuerdos de los empleados o susurros nocturnos en los sistemas informáticos. Nadie habló abiertamente de lo que Kira había negociado, pero en los descansos para café, la gente se sentía un poco más a salvo, los números eran menos voraces, y las pesadillas, si no se extinguieron, por lo menos dejaron de devorar sueños brillantes.

A veces, en juntas nocturnas o ante decisiones cargadas de magia y poder, Kira recordaba la sala de las firmas, el frío de Caprice, el hambre de la tableta rúnica, y supo que, mientras existiera MagiCorp, existiría la lucha por el alma de aquello que uno hace. Y entre contratos vivos y poderes más antiguos que los mercados, su pequeña rebelión brillaba, débil y terca, en la oscuridad.

Y aunque nunca más volvió a ver la clave exacta de la Caja Negra, ni a confiar del todo en la esperanza, aprendió la lección: que en un mundo de corporaciones mágicas, los monstruos son a veces menos terribles que la posibilidad de cambiar el mundo.

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