Fragmento:
No quedaba rincón sin micrófonos. El trabajo, el hogar, el baño: siempre un ojo, siempre un oído. Las puertas no abrían sin tu pulso digital sincronizado; tus rutas diarias eran analizadas y, si te desviabas de tus rutinas, una alerta suave aparecía en tu retinador: “Sin motivo registrado para la desviación. Recomiende justificativo.” Perder esa costumbre, incluso por razones inocentes, daba lugar a visitas de los Consultores de Vida.
Duración: 08:39
El mundo nunca fue realmente silencioso. Ni en las viejas ciudades cubiertas de smog, ni en los campos cada vez más vacíos, ni siquiera cuando los primeros directivos de la Corporación Sublime aseguraron que su red haría que todo lo indeseable se apagara como una lámpara gastada. Pero el silencio –el verdadero– es la imposición total: no de la ausencia del ruido, sino del fin de la expresión.
Me llamo Dalia Rekin, soy del año 2187, pero jamás lo escribiría en ninguna plataforma, ni lo diría en voz alta. Repetirlo aquí, en esta hoja desprendida del último cuaderno permitible, es ya una pequeña herejía.
Antes de Sublime, existía la Red Global, y antes de ella, lo analógico. Todo eso pasó cuando nuestros gobernantes entendieron que la cultura era un caballo salvaje, capaz de ideas y rebeliones que podían deconstruir y reconstruir imperios. Decidieron entonces salvarnos de nosotros mismos por la vía expedita: vigilar, analizar, corregir.
Sublime no llegó como un golpe, sino como una protección. Nos vendieron el control como seguridad; la transparencia como bondad moral. Poco a poco, las paredes adoptaron sensores, los documentos se vieron sometidos a filtros, las palabras a listados dinámicos y supervisados de términos peligrosos. Primero, las cuentas falsas y los discursos de odio; después, las bromas; terminaron los matices y, finalmente, los secretos y las dudas. Un algoritmo aprendía, mejorando con el uso, suplantando antiguos supervisores humanos, siempre atento.
No quedaba rincón sin micrófonos. El trabajo, el hogar, el baño: siempre un ojo, siempre un oído. Las puertas no abrían sin tu pulso digital sincronizado; tus rutas diarias eran analizadas y, si te desviabas de tus rutinas, una alerta suave aparecía en tu retinador: “Sin motivo registrado para la desviación. Recomiende justificativo.” Perder esa costumbre, incluso por razones inocentes, daba lugar a visitas de los Consultores de Vida.
A los catorce años, tuve mi primera consulta. Había faltado dos días seguidos al club de literatura. La excusa automática –malestar estomacal– no convenció al sistema. Mi madre recibió la notificación y, al poco, los dos debimos asistir a un centro de reencuadre. Allí, un supervisor humano simulaba cordialidad, pero era el “Tacto” –una IA dominante– quien analizaba inflexiones, movimiento ocular, ritmo cardíaco, y, sobre todo, el contenido exacto de cada declaración.
Años después, encontrar literatura antigua, lo que llamaban “distópica”, era casi imposible. Incluso en los archivos universitarios, todo estaba cubierto por capas de lenguaje neutral y moralizante. Orwell reducido a moraleja de buenas costumbres cívicas. Huxley, una advertencia mal resumida sobre los riesgos de la adicción al ocio. Jamás se discutía el control, porque Sublime lo absorbía y digería en su digestor de datos.
Sublime no sólo custodiaba, diseñaba. Me convertí en editora de texto para uno de los Departamentos de Recapacitación. Mi labor: limpiar los archivos históricos. No lo llamaban censura, sino “armonización de relatos”. Eliminaba incoherencias, reescribía pasajes. Lo hacía, claro, porque el software de Sublime lo marcaba primero. Yo luego pulía los rastros y ajustaba el tono. Mi conciencia era una sospechosa consciencia: sabía qué hacía, pero el proceso era tan sutil, tan infinitamente gradual, que quedaba un resabio de inocencia, como si todo no fuera sino una mejora evolutiva de la sociedad. Nadie denunciaba. Si hubieran querido –si hubiéramos querido–, las palabras ya no existían para protestar.
Distinguir los límites era difícil. Por ejemplo, estaba prohibido afirmar que la vida antes de Sublime tuviera mérito alguno, pero tampoco podías mentir descaradamente: decir que era un infierno absoluto quedaba registrado como sospechosa exageración. Se premiaba la sutil medianía: vivíamos mejor, más seguros, menos libres… pero solo en matices cuidadosamente seleccionados.
La resistencia era un eco. Nadie se atrevía a levantarla, pero se formaban pequeñas células. Un profesor universitario que compartía cuentos contrabandeados en franjas de tiempo de energía oscura. Una joven que cambiaba etiquetas de plantas para despistar los rastreadores automáticos. Red de nimiedades, superficiales grietas en una muralla invisible y titánica.
Durante años creí que la única respuesta posible ante Sublime era la simulación; simular aceptación, simular contento, incluso simular disenso. Era una forma de vida: practicar el autocontrol hasta perder la espontaneidad total. Los algoritmos valoraban la tranquilidad emocional, los “picos” –alegría, tristeza, rabia– desencadenaban evaluaciones adicionales. Así la gente aprendió a no sentir a fondo, o a mentir con virtuosa destreza.
Pero hasta los sistemas perfectos contaban con fallos. Quizá no errores propiamente dichos, sino interferencias: pequeños ruidos en la señal. La mía llegó cuando un interno nuevo ingresó en el Departamento de Recapacitación. Lo llamaban Denko. Su pulso era trivial; su historial, pulcro; su lenguaje, casi aséptico. Pero un día, mientras revisábamos juntos la vida de un escritor decimonónico, Denko deslizó, sin mirarme, dos palabras prohibidas: “Liberación. Memoria.”
No me atreví a responder de inmediato. Era demasiado peligroso hablar, incluso con solo repetir ese eco. Pero durante esas semanas, Denko dejó caer otras semillas, todas recubiertas de anodina burocracia. Solo entendí el mensaje cuando mi flujo de tareas se coló una lista secundaria: textos no armonizados, desviaciones simuladas como cronologías alternativas. Al principio vacilé en abrir el archivo. Podía significar mi “congelación” –el término que usaban para la reeducación extendida de quienes evidenciaban anomalías ideológicas.
Lo hice. Y me encontré ante relatos que eran indecorosos en su humanidad: pasajes sobre rabia, compasión, gozo, muerte, erotismo y libertad. Eran pedazos crudos de lo que éramos antes. Leílos en el silencio de la noche, conteniendo cada posible rastro emocional para que ningún algoritmo lo detectara. Un día, Denko apareció en mi estación de trabajo y, sin mirar, me entregó una pequeña memoria sólida, del tamaño de una uña. “Para cuando lo necesites,” murmuró.
No volví a verlo. Un rumor recorrió los pasillos: alguien había sido llamado “al despacho final”. Eufemismo, por supuesto, para desaparecer, para ser trasvasado al módulo de pausa indefinida. El departamento se llenó de supervisores. Reforzaron los protocolos, instalaron nuevos sensores.
Y yo, con la memoria oculta bajo una losa del piso sintético, dudé. Apagarla para siempre, destruirla… o distribuir más copias. ¿Pero a quién, si todos podían ser ojos, oídos, algoritmos ambulantes? Lo pensé días, semanas, meses, bajo el acecho perpetuo del silencio. El miedo era una mayoría invisible, tan profunda que hacía olvidar el peligro de vivir anestesiados.
Fue entonces cuando elegí. Recuperé los documentos, los transferí, no sin dejar antes pequeñas trampas: fragmentos encriptados en la red interna, mensajes disimulados entre líneas de informes de armonización, imágenes alteradas con píxeles que ocultaban frases vetadas. No sabía si alguien los encontraría, o si sería irrelevante. Lo hice por la suavidad agónica de la frustración, por un eco de revuelta vaciado de esperanza, pero instruido por la memoria de Denko, por el atrevimiento clandestino del que se sabe ya condenado.
No bien terminé, la sirena azul del despacho sonó en mi retinador. Mi nombre, como esperado, brillaba en la notificación. Llovía afuera, pero la ciudad-residuo lucía como siempre: iluminada hasta el hartazgo, desprovista de estrépito, privada de rugidos humanos, reducida al rumor armónico de máquinas que piensan por nosotros. Caminé hasta el módulo, sintiendo que al menos, bajo capas y capas de filtros, alguna vez alguien susurró: “Aquí hubo vida.”
El verdadero silencio, después de todo, nunca fue la ausencia de ruido, sino la imposición del olvido. Al entregar mi pulso digital en la puerta blindada, supe que el algoritmo también aprende del error; y aunque lo depura, lo retuerce, y lo olvida… eso, la memoria de la insurrección mínima, tal vez. Exactamente eso, será siempre el fallo irreparable.
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