Portada del relato La ciudad de las máscaras
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Fragmento:


El control tenía forma de rutina, no de violencia. Nadie gritaba, nadie encarcelaba. Solo había protocolos y citas, charlas y evaluaciones, advertencias y, en último caso, una actualización de comportamiento. La amenaza última era la Desconexión, pero casi nadie llegaba tan lejos. Morán nunca vio uno. Solo rumores: una sala blanca, la máscara se retira, un rostro emerge y las máquinas lavan los recuerdos para que, después, vuelva a empezar con una máscara vacía, número nuevo. El mismo bajo otro nombre.

Duración: 09:49

La ciudad de las máscaras
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Texto de ajuste de pausa.

El ascensor no subía al Cielo, sino cada mañana, a cuarenta y dos, el nivel superior de la Torre Central de Administración donde la niebla era más densa y la vista –o la promesa de una vista– apenas alcanzaba a distinguir los escaparates electrónicos de los rascacielos que se perfilaban abajo, distante e irrelevante. Morán apretó en el bolsillo el cilindro gris, objeto de su obsesión, mientras el ascensor se paraba como un suspiro en su trayecto, abriéndose para mostrar a otra cara velada por la máscara estándar, el rostro igual al suyo, sin ojos, sin boca, sin rumor ni gesto.

Las máscaras no cerca la boca, los ojos, los gestos. Cero expresión permitida: solo los números de serie, letra D-47, que brillaban verdes en la frente de cada habitante de la ciudad. Morán no podía recordar ya cómo era su cara; mucho menos las caras de los otros. El gobierno lo había anunciado como un avance: así nadie volvería a juzgar, temer o envidiar a los demás. El uniforme era la paz.

Su turno empezaba a las ocho pero llegaba antes como quien afila la soledad antes del combate. Se sentaba en el cubículo uno de cuarenta, una casilla transparente de polivinilo y fibra negra. El ordenador lo saludaba: MORÁN. Su trabajo era la evaluación. Editaba, retocaba, corregía informes sociales que otros anónimos, debajo o delante, enviaban sobre casos sospechosos, deslices verbales, sintaxis incorrecta, uso de palabras prohibidas, omisiones de entusiasmo obligatorio. El lenguaje, lo más peligroso, lo más vigilado.

La pantalla brilló con la primera alerta:

REGISTRO: Distrito Y-31.

FRASE: “Quisiera sentir el sol en la cara”.

COMENTARIO: ¿Infraestructura? ¿Nostalgia inconveniente?

ACCIÓN SUGERIDA: Nivel tres. Recomendar Cita Educativa.

No era nuevo. El deseo de sentir el sol estaba en la lista de conceptos ambiguos, atención especial para PENSAMIENTO INDEPENDIENTE. El sol, inalcanzable desde los techos, era semilla de anhelo y anhelo era síntoma. Morán leyó el informe, lo corrigió: cambió “Quisiera” por “Solicito autorización para disfrutar ambiente natural”, sin emoción ni sujeto. Lo firmó con su clave digital. Otro resuelto. Clic.

El control tenía forma de rutina, no de violencia. Nadie gritaba, nadie encarcelaba. Solo había protocolos y citas, charlas y evaluaciones, advertencias y, en último caso, una actualización de comportamiento. La amenaza última era la Desconexión, pero casi nadie llegaba tan lejos. Morán nunca vio uno. Solo rumores: una sala blanca, la máscara se retira, un rostro emerge y las máquinas lavan los recuerdos para que, después, vuelva a empezar con una máscara vacía, número nuevo. El mismo bajo otro nombre.

* * *

En su espacio reducido –diez metros cuadrados, segunda planta, Ala Sur, vista a un patio interior donde solo crecen luces artificiales– Morán a veces se quitaba la máscara frente al reflejo. No se reconocía. Cabello que no conocía, ojos distantes. Su voz era monótona incluso para sí mismo. Y en la palma de la mano, el cilindro que un día recibió por debajo de la puerta sin remitente ni instrucción.

Lo había abierto muchas noches, sin encontrar nada salvo un papel diminuto enrollado, letras manuales torpes: “Estás despierto?”

El miedo era exacto y cotidiano. Alguien había roto las reglas: la comunicación directa, la pregunta real, el desafío a la soledad a la que todos se habían resignado. La existencia del mensaje era una ofensa; la suya es, ahora, una respuesta. Pero responder ¿cómo?

El edificio, igual que todos los edificios, tenía cámaras en cada esquina, sensores en cada umbral, inteligencia artificial que clasificaba gestos y posturas. Sin embargo, había zonas ciegas, resquicios donde las viejas paredes no permitían la vigilancia total. En el rellano del ala de servicio, Morán empujaba a veces el cilindro en un agujero detrás del extintor, siguiendo el único atisbo de intuición que le quedaba. Días después, volvía a encontrarlo, o no, o lo reemplazaban con otro papel –más breve, más temerario.

“No eres el único despierto.”

“Las palabras importan aún.”

“¿Recuerdas el río? ¿Recuerdas el azul?”

Palabras antiguas. Recuerdos que el gobierno trataba de eliminar. Sólo la utilidad, sólo lo necesario, sólo el trabajo, la eficiencia. Todo lo demás era impureza, ruido. Pero Morán comenzó a coleccionar, en la mente más que en la realidad, esas palabras prohibidas: azul, río, sol, risa, sueño.

* * *

En primavera –una fecha estipulada por los anuncios oficiales, ya que el clima nunca cambiaba, todo regulado, todo artificial– llegó una alerta distinta.

REGISTRO: Distrito C-12.

INFORME: “Escuché música, no del sistema, en pasillo A. Origen desconocido.”

ACCIÓN SUGERIDA: Nivel cinco. Solicitar intervención presencial.

PRIORIDAD: ALTA.

El supervisor, voz de máquina modulada, asomó por el altavoz:

“Morán. Revisión presencial en C-12. Enviaremos guardias en tres minutos. Acuda.”

La música, seguía el informe, era una melodía indescifrable; no la lista de reproducción obligatoria para ambientes laborales. Solo los audífonos oficiales, emitidos y verificados, eran legales. Todo lo demás subversión, nostalgia de un pasado peligroso.

Morán descendió por pasillos vacíos, máscara pegada, pasos innumerables. Lo esperaban dos figuras casi idénticas, número 88 y 24, con sus uniformes de vigilancia.

“Se prohíbe el uso de dispositivos personales sin reporte previo,” recitaron como autómatas.

Morán asintió.

En el pasillo A, la melodía ya no se oía. Los sensores no la registraron. Ninguna cámara detectó gestos fuera de lo común. Entonces, Morán se agachó junto a una rejilla de ventilación; encontró un papel enrollado, como el suyo, pero más antiguo, amarillento.

Sólo una palabra:

“Libertad.”

Miró hacia atrás. Los oficiales parecían no notar nada; en la pantalla de la cámara de mano, el flujo era normal. Guardó el papel en el cilindro. El corazón le latía rápido, más rápido, como si el miedo fuese también una forma pura de música. Era peligroso seguir buscando. Peligroso y, sin embargo, imposible no hacerlo.

* * *

Llegó esa noche una inspección repentina. Dos figuras, sin nombre, sin voz reconocible, comprobaron cada rincón de su minúsculo hogar. Encontraron objetos reglamentarios, la máscara de repuesto, la toalla, los suplementos alimenticios sintéticos. Pasaron el escáner bajo la cama, sobre la mesa, por el orificio del cilindro –que para entonces estaba, por primera vez, vacío.

—¿Recibes mensajes no autorizados? –preguntó una voz insípida.

—No.

—¿Registras pensamientos de tipo autónomo, sueños inapropiados?

—No.

Marcaron en la tablet lo que esperaban encontrar. Salieron. Morán sintió el sudor bajo la máscara, filtrándose en la tela sintética, y se preguntó si, de verdad, podría resistir mucho más.

* * *

Las citas educativas eran la amenaza constante. Un auditivo diario obligatorio, en larguísimos salones donde una docena –quizá más, difícil saberlo detrás de las máscaras– oían la voz distante de monitores gubernamentales hablar sobre la importancia del acuerdo, del bienestar colectivo, de la contención individual. Nadie respondía. Ni una pregunta autorizada.

Pero aquella vez, justo al final, alguien –un número que no alcanzó a leer– preguntó en voz alta:

—¿Y si el consenso es sólo miedo?

El rumor llenó el aire. Un silencio espeso.

Los guardias cortaron la transmisión. El rumor dice que quien preguntó no volvió. Pero Morán supo que, en ese pequeño momento de sospecha, otro círculo de insomnes, de despiertos, se estaba formando. Que no todo estaba perdido, que la vigilancia nunca era absoluta.

* * *

Una noche, cerca del equinoccio oficial, Morán encontró, en su cilindro, otra nota. Solo dos palabras:

—Mañana, medianoche.

Más tarde tembló con la ansiedad y la esperanza. Salió de su habitación a la hora señalada. Descendió por escaleras prohibidas, atravesó el corredor de servicio, pasó el extintor y la zona donde las cámaras se sobrecalentaban y, durante segundos, quedaban ciegas.

Allí, una decena de figuras, idénticas tras las máscaras, lo esperaban. Entrecruzaron miradas imposibles, gestos mínimos. Nadie habló. Solo extendieron, uno a uno, pequeños papeles con palabras escritas a mano: nombres antiguos, colores, lugares, cuentos, canciones. Morán añadió su papel: “Libertad”, “Sol”, “Azul”.

De pronto, uno encendió un reproductor oculto; una canción cálida, apenas audible, llenó el espacio. Durante ese instante, todos –protegidos por las sombras de lo no registrado– retiraron las máscaras.

Había lágrimas, risas, gravedad en los rostros. Breves gestos humanos. Quién sabe por cuánto tiempo. A la mañana siguiente, volverían a parecer los mismos: número de serie en la frente, la máscara puesta, voz modesta, trabajo hecho.

Pero Morán, con la imagen de esos rostros ardidos por la humanidad escondida, supo que allí, en ese inventario de sueños prohibidos, había empezado el derrumbe: las distopías se alimentan del silencio; el primer susurro es siempre una grieta. Y la grieta, paciente y sutil, es el principio del fin del miedo.

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