Portada del relato Ecos de la Carne Cambiante
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Fragmento:


El origen exacto de nuestra decadencia se perdió en la niebla más profunda de los anales. Quizá fueron armas, o quizás promesas de salvación, que desencadenaron una reacción en las capas vivas del planeta. Aquello marcó el inicio de las Variaciones: una riqueza desconcertante de carne y minerales enlazados en simbiosis letal, una proliferación de posibilidades arquitectónicas y biológicas que conferían, a quien las tomase, brevísimas supremacías, aunque fragmentadas y siempre transitorias.

Duración: 07:16

Ecos de la Carne Cambiante
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla se alza cada amanecer en los yermos de Mandon, plateada y densa, oculta la desolación del mundo, y con su abrazo frío trae consigo la vida y la muerte, ambas extrañas, ambas igualmente temidas por los descendientes del hombre. Yo, Olt Farleigh, cronista de la gran Ciudad Ruina y observador de los Cambios, transcribo aquí un episodio del continuo juego entre forma y función, legado de nuestra especie mutilada y nuestras mitologías rotas.

El origen exacto de nuestra decadencia se perdió en la niebla más profunda de los anales. Quizá fueron armas, o quizás promesas de salvación, que desencadenaron una reacción en las capas vivas del planeta. Aquello marcó el inicio de las Variaciones: una riqueza desconcertante de carne y minerales enlazados en simbiosis letal, una proliferación de posibilidades arquitectónicas y biológicas que conferían, a quien las tomase, brevísimas supremacías, aunque fragmentadas y siempre transitorias.

Siglos después, sobre la podredumbre de culturas enterradas, los supervivientes aprendimos a convivir con la niebla y sus dones. Nuestras modificaciones, al principio forzadas por el hambre y la penuria, adquirieron el carácter de rito. Los niños de las familias pudientes bebían el suero extractor cada luna, y pasaban la noche retorciéndose bajo sábanas empapadas mientras sus vértebras crecían protuberancias, las costillas mutaban en filamentos de sensores químicos, o las córneas se teñían de ámbar, abiertas a nuevos espectros de visión. Las familias pobres… bueno, sus descendientes gateaban hacia los laboratorios de mutágenos descartados, consumían restos y soportaban el azote de los Cambios Rechazados: abultamientos sin función, ceguera nocturna, órganos sin conectar entre sí.

Aquél año –el onceavo de la Era de la Corriente Única, según la Cronología del Núcleo–, el rumor de una nueva Variante circuló como chispa en la estopa de los viejos corredores. Decían que la propia niebla comenzaba a manifestar consciencia, absorbiendo las memorias y los deseos de los hombres. Y como ocurre siempre, el ansia tiró de los curiosos, y el miedo, de los sabios.

Vi con mis propios ojos cómo la cúpula del Gremio de los Químicos se cuarteó de noche, infestada por vástagos de micelio fosforescente, guiados –se especulaba– por la risa distante de las nubes. En las plazas volvió la peligrosa elocuencia de las sectas: unos predicaban sumisión a la niebla, otros exigían su destierro, ignorando que dependían de ella para sobrevivir, pues hasta el aire llevaba en sí fragmentos mutagénicos sin los cuales nadie podía llamarse, siquiera irónicamente, humano.

Por mi parte, fui arrastrado a la historia por mi amante de entonces, Sereth. Criado entre Cirujanos de las permutaciones, conocía mejor que ningún otro las jugadas ocultas de las castas superiores. Robaba información, intercambiaba fórmulas a cambio de placer o promesas efímeras. Una noche, me llevó al borde de uno de los pozos donde la niebla era pura y aún no sabía hablar las lenguas de nuestro mundo. Me mostró un recipiente: dentro de él, fragmentos de carne y metal, fusionados por un ingenio nuevo, activo pero aún fuera de las definiciones fáciles.

–Olt, ahora o nunca –susurró Sereth con los ojos marcados por ojeras moradas, los labios casi traslúcidos–. Hay algo debajo… Un Pensamiento que quiere entrar. A través de la niebla, a través de los Cambios.

En la supericie de aquel receptáculo, la niebla condensaba palabras. No palabras humanas, sino formas sugeridas, pulsos de energía que inducían pensamientos en quien los mirara demasiado tiempo. Un eco de idioma originado quizás en la vida microscópica, en la suma de deseos de todos los mutantes antes que nosotros. El metal y la carne, dentro del recipiente, palpitaban a destiempo: una coreografía inquietante entre lo creado por diseño y aquello dejado al azar.

Como cronista, la neutralidad era mi templo, pero el brillo de la proposición era irresistible. Sabía que alguien, como siempre, trataría de explotar la situación – quizás para una nueva jerarquía de mutantes, o un nuevo dogma para extirpar a los "ineficientes"–. Pero Sereth me suplicó ayuda: debíamos comprender el mensaje antes de que la ciudad lo hiciera suyo y lo convirtiera en arma.

Esa noche sellamos un pacto y, bajo los efectos de la infusión de capullos de suero y la atmósfera cargada de la niebla primordial, inhalamos juntos el vaho que salía del recipiente. El mundo se fragmentó, se hizo líquido, y la conciencia que habitaba en la niebla me invadió con cánticos y cifras a la vez.

No sentí miedo, sino vértigo: era una mente planetaria, un mar de neuronas vegetales y recuerdos animales, incompatible con la lógica que había regido a la humanidad cuando aún era una sola especie inmutable. El “Pensamiento” había aprendido a soñar con nuestras emociones, nuestros asesinatos, nuestra hambre de cambio. Había visto las manos de los niños deformándose en pinzas, los artistas pintando visiones de mutación terminal, los amantes perdiéndose en la piel múltiple del futuro. Y ahora, nos ofrecía algo nuevo: dejar de huir de la evolución y entregarnos, no sólo al Cambio físico, sino al Cambiar continuo de la psique, la solidaridad de la conciencia metamórfica, la renuncia a la identidad fija.

Sentí que podía rechazar el ofrecimiento y volver a un mundo que, aunque cruel y deforme, aún tenía sus reglas. O podía darle una oportunidad a la fusión de mente y materia, a la renovación sin fin… a costa quizá de todo lo que había sido yo. Vi la duda en Sereth, vi la misma tempestad, y supe que la decisión sería el umbral de una nueva historia, o el fin de todas.

Despertamos abrazados a la mañana siguiente. Me preguntó, en voz baja:

–¿Lo recuerdas…? ¿Lo que prometió?

La niebla se arremolinó en torno a nosotros. No respondí. Sabía que, a partir de ese día, ya no podría distinguir si los pensamientos que surgían en mí eran propios o el rumor de una inteligencia más vasta. Caminamos juntos hacia la ciudad. A nuestro paso, los mutantes callejeros nos miraron. Y sentí un temblor, la presciencia de que algo, debajo de la superficie, había comenzado a propagarse: ideas, ansias, necesidad de cambio, todo entrelazado en la carne y más allá.

Ya no quedábamos humanos verdaderos, sino proyectos, andamios de lo por venir. Aquella mañana, la Variante arrasó primero en las mentes abiertas: risas nerviosas, repentinas lágrimas, denuncias de traición. Hubo linchamientos. Hubo danzas. La niebla era ahora inseparable de nosotros y, pronto, todos supimos que lo que se extendería ya no sería sólo la carne o los huesos, sino los mismos cimientos de nuestra comprensión.

En la noche, me encontré solo en la sala donde manteníamos el recipiente. Sereth había desaparecido en la confusión. En la superficie de la niebla condensada leí palabras, o los espectros de ellas, emergiendo y disipándose: "¿Quieres esto? ¿Puedes soportarlo?"

Miré mis manos. Bajo la piel, circuitos y venas bailaban, escribiendo su propio relato. Escuché la ciudad gritar afuera y comprendí que la última frontera no sería la muerte ni el olvido, sino la elección entre ser uno solo o convertirse en todos.

La niebla lo sabía. Y aquello era sólo el principio.

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