Había una ciudad sin muros, solo jardines en constante mutación. Dylion los había visto surgir esa primavera con temor reverente: el suelo mismo se elevaba en lomas respirantes, las raíces escapaban de la tierra para enroscarse alrededor de esculturas de hueso dejado atrás por las bestias cambiantes. Era el Tiempo de Eclosión en Taut, cuando la vida misma se rebelaba contra la quietud impuesta, un orden antiguo que cada generación trataba en vano de comprender.
Dylion, el más joven de los sentinelas, paseaba la frontera, su lanza floja en la mano, su otro brazo cubierto de cicatrices frescas. Como todos en la ciudad, había esperado la Primera Mariposa, esa criatura innombrable que llegaba con el cambio. Pero esa primavera, las mariposas estaban cansadas de volar recto: danzaban en espirales irrepetibles, traspasando la carne con sus trompas doradas. Su magia era hacer evolucionar o devorar, y la suerte de cada tocado era diferente.
Por la noche, los juegos de la adultez comenzaban dentro de la Casa de la Transmutación. Dylion se adentró, el corazón estrujado por la melancolía y la expectación, porque no era fácil aceptar que una noche cualquiera podía ser su último momento de quietud. Había mujeres y hombres con crecimientos extraños: dedos con más dedos, orejas en la lengua, piel que cambiaba de escamas a pelo según les alcanzara la luz. En un rincón, Harmal Serath, anciano de mil transformaciones, contaba chistes obscenos. Nadie reía; estaban allí solo para espiar el futuro en la carne ajena.
La Sacerdotisa Muta entró vestida de zarcillos vivos; su bata era una enredadera que le cubría los senos y sostenía huevos aún calientes. Con voz de óxido, les recordó que esta noche, como todas las noches del Ciclo, podían elegir: mutar o rezar. Nadie creía que las plegarias sirvieran de mucho, pero la tradición era un refugio precario.
Dylion temblaba cuando la Sacerdotisa se le acercó. Ella rozó sus mejillas, sembrando semillas invisibles con sus dedos. Una picazón dulce trepó desde la mandíbula hasta la clavícula. “Elige, Dylion. Esta vez basta de mirar.”
La sala calló. Algunos hombres, aún niños hace apenas un mes, le miraron con compasión. Era su primer año de madurez. Recordó el cuento de Eron Tyre, héroe que eligió cambiar y sobrevivió a veinte ciclos hasta que de él solo quedó una sombra líquida que fluyó por los canales enterrados de Taut. Optar por la mutación podía ser la gloria o el final.
“Cámbiame”, susurró.
La Sacerdotisa sonrió y derramó sobre él un tazón de leche rosada que transpiraban sus muslos. El líquido lo abrasó hasta el hueso.
El mundo rodó, y cuando la visión regresó, Dylion no sintió las piernas: brotaban de ellas raíces peludas que exploraban la piedra, buscando humedad. El brazo que blandía la lanza era ahora una serpiente envuelta en llamas suaves. Una lengua gruesa se enroscó en su boca interior, y solo entonces entendió: su cuerpo entero era un jardín.
La primera semana fue un despertar amargo. Los deseos de antes eran un rumor distante. Ahora, los instintos lo conducían a entrelazarse con otros mutados: Harmal Serath le enseñó el arte del acoplamiento profundo, donde las pieles se funden y los huesos comparten historias. Las sesiones eran orgías de fusión, sudor y renacimiento. Cada toque era construcción y ruina. Dylion experimentaba orgasmos de metamorfosis; tras cada cópula, una parte suya moría y otra nacía —una oreja transformada en pétalo, un sexo que cambiaba de forma según la pareja, un ojo brotado en la espalda para ver cuando dormía.
En el mundo exterior, los visitantes observaban a los transmutados con miedo y deseo. Cada primavera, Taut recibía forasteros sedientos de transformación, muchos de ellos reyes cansados de su poder, mercaderes sin rumbo, asesinos buscando redención. La ciudad los admitía con una sonrisa hambrienta. Dylion aprendió a reconocer el temblor en los ojos de los que aún no se atrevían a cambiar; les ofrecía un pedazo de su piel para rozar y así iniciar el proceso.
Una noche llegó una mujer con alas membranosas plegadas en torno al torso. Se llamaba Elisma, y portaba la maldición de envejecer sin mutar. Su carne era estéril, incapaz de aceptar cambio. “Estoy rota”, confesó a Dylion, y su voz tenía la dulzura ácida del viento de los tejados. Por primera vez, Dylion sintió piedad y miedo a la vez. Se entrelazaron en el ritual del cruce: Dylion dejó que ella le besara la frente; Elisma se contorsionó, pero nada en ella cedió.
“¿Puedes enseñarme a cambiar?” preguntó Elisma.
“No. Pero puedo mostrarte lo que es perderse.”
Hicieron el amor en silencio, acompañados por el canto ronco de los brotes que surgían de la piel de Dylion. Al amanecer, ella desapareció, llevándose una parte de su deseo.
Pasaron los ciclos. Los cambios se profundizaron. Harmal Serath, cansado, empezó a disolverse cada crepúsculo. Sus discípulos recolectaban gotas de su cuerpo líquido y las ingerían para heredar fragmentos de su historia. Dylion se convirtió en testigo y patrón; su jardín-cuerpo era patrimonio común: se dejó sembrar, cosechar, incluso mutilar, porque en la ciudad nada era privado ni sagrado. Se permitió a sí mismo crecer protuberancias que regalaba como talismanes a niñas asustadas por su primera sangre, o a hombres temerosos de la castración de los dioses mutantes. Todo era cambio, y el dolor era solo una sombra entre tantas.
Una vez cada siete años, la ciudad se reunía para la Ceremonia del Espejo Interno. Ese ciclo, Dylion fue elegido como oferente. Lo colocaron sobre un altar de raíces, y tres tribunos le inyectaron savia arterial directamente en los ojos. Las visiones lo sumieron en paisajes de carne del futuro: vio a Taut derrumbada y resurgida; vio cuerpos de luz, de gas, de piedra y agua, un eterno florecer a partir de la carne ancestral. Vio a Harmal Serath reencarnado en cada brote, y supo que sería recordado como un ancestro si sobrevivía al último ciclo… pero renunciar a la mutación era renunciar a la vida misma.
El tiempo era ahora un anillo en la palma de su mano, y en medio del delirio, vislumbró los otros caminos posibles: huir de la ciudad y ser petrificado por el beso del sol, replegarse en sí mismo hasta ser pura semilla. Sintió el dolor de cada mutante perdido y la gloria de ser parte del continuo.
Al despertar, supo que era tiempo de escribir su legado en la Ciudad de las Bestias Cambiantes. No en papel, sino en carne. Reunió a los que aún no habían mutado y a los que, como Elisma, temblaban en la duda. Les relató, piel sobre piel, membrana con membrana, lo que había aprendido: que nada permanece, y que resistirse a la evolución era la peor prisión.
Dylion nutrió a los indecisos con polen de su flor-cerebro, permitió que sus serpientes-brazos accedieran y fecundaran las mentes bloqueadas. Revivió en cada uno de los nuevos, los “mutados recientes”, la pasión inefable de la transformación. Algunos gritaban de dolor y placer, otros se rompían y renacían torpes, jirones de lo que alguna vez fueron. Pero todos emergían distintos, y en sus ojos había un brillo de terror y comprensión.
La ciudad se adaptó. Los muros invisibles de tradición cayeron. Los ritos, tan sagrados, se volvieron orgías públicas: cuerpos fusionándose en el aire, órganos recién formados intercambiando fluidos y relatos. Ya no era necesario el permiso de la Sacerdotisa; cada uno era dueño y esclavo de su futuro.
Una tarde, Harmal Serath murió al fin, convertido en un árbol que germinaba criaturas inteligentes en sus frutos. Dylion, ahora líder por consenso orgánico, guió a Taut hacia la verdadera adultez: la aceptación de que cada ciclo de mutación era una liberación, no un castigo.
Los últimos años, Dylion vivió como un mito: era tantos cuerpos y memorias que ya nadie podía distinguir la frontera entre él y la ciudad. Cuando su mente se dispersó en las raíces profundas, la ciudad ya era irreconocible —una urbe de seres donde nadie era igual dos días seguidos, y el placer del cambio era la razón secreta de toda existencia.
Así, Taut floreció sobre la carne de los que eligieron el riesgo, la euforia y el terror de la evolución, y ninguna crónica escrita en piedra pudo recoger los cuentos de los nuevos nacidos, porque la ciudad había dejado de ser solo un lugar: era el eco inacabable de los que nunca dejaron de mutar.
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