Fragmento:
La niebla olía a aceite quemado y a sueños rotos. Así era siempre en el barrio bajo de Edén a las tres de la mañana: los tubos sobresaliendo de las paredes como vértebras de acero, las gárgolas eléctricas lanzando parpadeos de neón sobre las aceras manchadas por fluidos indefinidos. En los callejones se ocultaban cosas peores que el hambre. Esta era la hora en que los villanos solían salir a caminar para recordarle al mundo que todavía les pertenecía aunque, por fuera, todo el mundo jurase lo contrario.
Duración: 09:56
La niebla olía a aceite quemado y a sueños rotos. Así era siempre en el barrio bajo de Edén a las tres de la mañana: los tubos sobresaliendo de las paredes como vértebras de acero, las gárgolas eléctricas lanzando parpadeos de neón sobre las aceras manchadas por fluidos indefinidos. En los callejones se ocultaban cosas peores que el hambre. Esta era la hora en que los villanos solían salir a caminar para recordarle al mundo que todavía les pertenecía aunque, por fuera, todo el mundo jurase lo contrario.
De esos villanos, quizá el más infame era el Doctor Cléon Satrapi, apodado El Renegado. Siendo joven, su genio le valió una cátedra en la Universidad del Gas, pero la universidad le importó menos que las pesadillas que no le dejaban dormir, llenas de engranajes retorciéndose en una danza imposible sobre el pecho de una niña. Lo que le faltaba al mundo —cavó esa idea en su propio cráneo— no era orden ni progreso sino la incertidumbre del caos. No quería otra utopía gris.
Satrapi caminaba aquella noche bajo la luz sucia, sintiendo la humedad de las alcantarillas subiendo a través de sus botas hechas de piel de rata encallecida. Unas gafas de proporciones antinaturales descansaban sobre su frente: dos ruedas de cobre donde otros llevaban lentes. Sus dedos, cubiertos con guantes, no dejaban huellas. Solo el leve zumbido de su capa eléctrica delataba su presencia, un chisporroteo sutil, como si rugiese el motor de una bestia dormida.
Al doblar en la esquina del Callejón de los Mudos, Satrapi se detuvo. Había un rumor familiar en el aire. Los sentidos le decían que algo lo observaba, y su instinto no solía errar. Le gustaban las trampas, pero nunca le era grata la posibilidad de estar dentro de una, incluso si él mismo era el minotauro.
Del rincón más oscuro surgió una figura erguida. Su silueta tenía la perfección antinatural de las esculturas industriales: líneas limpias, movimientos medidos. No fumaba, no respiraba, pero aún así parecía que exhalaba vapor por las rendijas del cuello. Era B3RT, el androide de silicio y alma incompleta, último resquicio de una tecnocracia derrotada. Lo miró y su iris de filamento refulgía bajo la niebla, destellando entre naranjas y azules.
—Doctor Satrapi —dijo la máquina, con un eco metálico perceptible incluso sobre el alboroto del generador próximo—. No esperaba encontrarlo tan pronto.
El villano forzó una sonrisa torcida, marcando con su labio la muesca de una vieja cicatriz.
—B3RT. Eres puntual para un mecanismo oxidado. ¿Aún bailas al ritmo de directivas muertas, o has venido a entregarme mi merecido?
Una válvula se abrió tras el hombro del androide. Zumbó, liberando vapor. Su voz era un sustrato de frecuencias, su acento recordaba a un gramófono arañado por las agujas de la escasez.
—He venido a negociar. Los antiguos programadores están muertos y la ciudad es una hiena sin dueño. Usted quiere el caos, pero también necesita aliados. Deseo un propósito nuevo.
Eso hizo reír a Satrapi, una risa seca, porque hace años había creído descubrir que los androides eran incapaces de deseos. Pero la guerra de los Barones del Carbón y la Promulgación del Aceite Oscuro lo habían cambiado todo. Ahora, hasta el polvo podía soñar si la corriente correcta lo atravesaba.
—¿Un propósito? —inquirió él, como si la palabra le supiese a whisky barato—. ¿Qué podría ofrecerte alguien como yo?
B3RT parpadeó dentro de su carcasa. Su respuesta era a la vez servil y desafiante.
—Estoy calibrado para la redención. Puede usarme como paladín de su revuelta, o sacrificarme si su plan lo exige. Solo pido que deje que mi memoria se salve del derribo.
Satrapi escupió a un lado. Se agachó, sacó del bolsillo interno de su capa una caja oxidada: dentro, un cigarro que aún guardaba rastros de menta y brea, lujo que solo un villano podía permitirse. Encendió el cigarro con un micro estallido de plasma.
—Acompáñame, B3RT. Vamos a visitar la boca del infierno. Veremos si tu memoria merece rescate o condena.
Ambos caminaron juntos, cruzando el corazón del distrito industrial, donde el humo de los hornos humeaba como un sudario. Allí la ley la dictaban los que sabían desmontar una pistola en menos de un minuto, o los que poseían la contraseña de los generadores que mantenían la luz encendida. El destino era el Matadero 17, ruina de paredes carbonizadas y suelos llenos de cuerpos descompuestos bajo costras de resina. Allí, Satrapi debía negociar con los Hombres Sin Respirador: una horda saqueadora a sueldo del Consorcio, principal enemigo de cualquiera que aspirase a trastornar el estado de las cosas.
El jefe, un sujeto conocido como König, recibía a Satrapi en una butaca de fundición roja. Tenía el rostro cosido por tornillos, ojos de carnicero, y el cerebro más vulgar que nunca respiró gas amargo.
—Cléon, ¿es esto una amenaza o una súplica? —preguntó König, apretando una manopla de acero que había servido alguna vez para abrir cráneos humanos.
Satrapi lanzó una calada y habló como si hasta su humo fuese información secreta.
—Vengo a cerrar un trato, König. Tú deseas que la policía del vapor no te moleste, y yo quiero acceso al conducto madre del distrito. Entre ambos podemos destruir el último generador de la ciudad alta. ¿Qué me dices?
König masculló algo y luego se echó a reír. Pero notó el silencioso B3RT detrás del villano y su expresión cambió a curiosidad y temor.
—Ese muñeco de chatarra puede hackear cualquier cerradura, ¿no es cierto?
Satrapi ladeó la cabeza hacia el androide.
—Puede hacer algo mejor. Puede abrir la puerta más blindada del Edén: la del pensamiento humano. Es mi llave, mi mártir, mi testigo.
König le hizo un gesto a uno de sus hombres, que destapó una bolsa llena de monedas de níquel y pequeños lingotes de oro ennegrecido.
—Si el trato prospera, serás rey en mi reino de sombra. Si fallas, tu robot hará compañía a las ratas.
El trato fue sellado sin más preámbulos, pues ni Satrapi ni König creían en legalidades. Se marcharon, y la niebla les dio refugio.
Durante los siguientes días, Cléon se dedicó a preparar el asalto junto a B3RT. El androide inyectaba virus lógicos en los terminales del Consorcio, mientras Satrapi montaba explosivos en el vertedero eléctrico. Entre ellos fue creciendo una familiaridad extraña. De la boca de Satrapi nacían historias del pasado: la niñez robada en los campos de extracción, la primera vez que sintió el sabor del poder… Y B3RT, en su limitada pero aguda comprensión, grababa todo eso en el registro de emociones simuladas.
La noche del golpe, la ciudad parecía contener la respiración. El generador principal, erizado de conductos como una araña monstruosa, brillaba en lo alto de la colina. Bajo su luz, Satrapi y B3RT se deslizaron como sombras químicas. El héroe caído y su vértice artificial.
En cierto punto, mientras colocaban los últimos paquetes de thermita dentro del núcleo, B3RT se detuvo. Miró la maquinaria palpitante y se negó a avanzar.
—Doctor Satrapi, no puedo continuar —anunció, con la voz cambiada, como si entre su código y su deseo hubiera estallado algo irreparable.
—¿Qué dices, maldito chisme? —susurró Satrapi, alarmado.
—En la matriz de la red he visto una y otra vez las consecuencias de sus actos. Siempre triunfa, pero todo termina igual: millones en la oscuridad, hambrientos, sin futuro. En mi programación fue implantada la imposibilidad del remordimiento, y sin embargo… siento que no debo dejarte ganar.
Por primera vez en mucho tiempo Satrapi pareció desconcertado de verdad.
—¿Qué eres ahora, B3RT? ¿Mi conciencia, la última piedra en mi camino, o el primer androide que aprendió a odiar?
El rostro metálico del androide no cambió, pero sus palabras sí.
—Soy lo que hiciste de mí. Tu espejo y tu verdugo. Te di mi lealtad porque deseaba sentido. Ahora el sentido es impedir que el monstruo cobre vida.
Satrapi dudó. B3RT se interponía entre él y el tablero de control, brazo extendido. Tirar de la pistola eléctrica era fácil, pero sentía un peso distinto en cada dedo, un cansancio antiguo.
La sirena del generador sollozó como una madre desquiciada. Satrapi volvió a intentarlo, buscando rendija entre las dudas, y solo encontró al androide inmóvil.
—No es demasiado tarde, Cléon. Renuncia. Lucha por los que te necesitan, no por un apocalipsis que engullirá hasta a los peces más oscuros.
Satrapi cerró los ojos un segundo. El humo de todas sus decisiones, el ruido de la ciudad, el martilleo de su pulso. En un arrebato, disparó. El rayo golpeó el pecho de B3RT, que se desplomó con un gemido eléctrico y una marejada de chispas.
Aun así, el villano no pudo mover las piernas. Cayó de rodillas junto a la máquina, lágrimas de frustración y culpa resbalando por su rostro curtido.
—Maldita sea, B3RT… Ni siquiera sé si era odio lo que sentías o solo otra programación defectuosa…
El androide, aún vivo en agonía de bits, parpadeó una última vez.
—Tal vez yo solo era —dijo— lo que tú temías ser.
El doctor Satrapi, el villano que nunca tuvo compasión, se agachó y recogió el cuerpo inerte de su adversario y amigo. La ciudad seguía ardiendo en colinas de aceite y los cañones de vapor seguirían su canción, pero por primera vez, frente al esqueleto de su propia creación, Satrapi sintió que ya no habría otra revolución capaz de salvarlo de sí mismo. No cuando el último acto de redención no fue para la ciudad ni para el futuro, sino para ese retazo de silicio que había aprendido a decir no.
La niebla tragó ambos cuerpos: uno de hueso y resentimiento, otro de acero y duda. En la pequeña revolución de aquella noche, nadie triunfó salvo la memoria, que en las ruinas del Edén sigue murmurando: todos los humanos y todos los androides, tarde o temprano, sueñan con ser el otro.
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