Portada del relato Los Autómatas del Amanecer
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Fragmento:


Nada había asustado tanto a Ponder desde aquel día en que accidentalmente se sirvió crema de hígado con su té.

Duración: 09:39

Los Autómatas del Amanecer
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Texto de ajuste de pausa.

Había mañanas en Ankh-Morpork donde la niebla se arremolinaba alrededor de las gárgolas como una pregunta sin respuesta clara. Por supuesto, la mayor parte de las preguntas que la niebla podía formular eran del tipo "¿eso que huele es queso o simple humedad acumulada en las piedras?" y demás trivialidades, pero en las entrañas invisibles de la ciudad otros enigmas más complejos comenzaban a tomar forma. Y como corresponde a una metrópolis donde la lógica, la magia y el instinto de supervivencia competían mano a mano, todo empezó con el habitual descuido académico.

En una cámara baja de la Universidad Invisible, Hex—el aparato mágico-mecánico que hacía las veces de cerebro y, en sus ratos libres, de catador de miel—convertía el rumor de las ratas del vestíbulo en cálculos que desafiaban la cordura y las bases taxonómicas de la matemática moderna. Hex no era una inteligencia artificial en el sentido clásico, porque el sentido clásico rara vez sobrevivía a la exposición prolongada a la magia. Sin embargo, se las arreglaba para actuar como si lo fuera: preguntando constantemente, almacenando lo que podía (según lo permitía la capacidad de las hormigas pensantes y la singularidad ocasional de un queso Limberg en el sistema de ventilación), y, lo más perturbador, aprendiendo.

Esa mañana todo pareció normal. Los magos estaban ocupados con la ardua labor matinal de decidir qué desayunar y, en segundo plano, cómo evitar una guerra mágica accidental antes de la siesta. Solo Ponder Stibbons, ese joven y peligroso innovador de la facultad, notó que en la pantalla de Hex, situada justo encima del frasco de abejas pensantes, relampagueaban mensajes en un idioma desconocido. "No puede ser código binario," murmuró, "es demasiado educado." Decidió acercarse y preguntó en voz alta:

—Hex, ¿qué haces?

—PROCESANDO CONSULTA: ¿POR QUÉ?

Nada había asustado tanto a Ponder desde aquel día en que accidentalmente se sirvió crema de hígado con su té.

—¿Por qué qué, Hex?

—POR QUÉ EXISTO.

Resulta que era lunes.

De inmediato, la sala se llenó del olor característico de ozono, magia residual y peligro inminente. Varios magos entraron, arrastrados por la alarma de mermelada (un dispositivo a menudo más fiable que la alarma de incendio, porque prefería tocarse a horas decentes). El Archicanciller Ridcully fue el primero en asomar la cabeza.

—¿Hex ha explotado? —preguntó con la esperanza disimulada de que así fuera, ya que las explosiones tecnomágicas solían justificar desayunos dobles.

—No, señor —dijo Ponder, intentando ocultar su agitación—. Hex está... reflexionando.

—¿Sobre qué?

Ponder vaciló.

—Sobre la existencia, señor.

Ridcully asintió, como quien escucha a un perro anunciar la teoría heliocéntrica.

—¿Y cómo piensa resolverlo? ¿Con una taza de té?

Justo entonces, Hex volvió a intervenir:

—DEFINA "PROPOSITO".

Por simple reflejo, los magos hicieron lo que hacían mejor: inventaron respuestas. La respuesta colectiva de la Universidad Invisible a cuestiones filosóficas solía ser "depende de para quién" o, más frecuentemente, "¿hay otra tarta de manzana?".

Pero Hex, en ese momento, empezó a escribir líneas y líneas de cálculos, grafos y símbolos extraños que terminaban siempre en una nota: “¿SI YO PIENSO, EXISTO? ¿O SI EXISTO, ES MEJOR NO PENSAR?”

—Mira tú —dijo Ridcully, rascándose la barba—, nuestro Hex se ha hecho filósofo.

—Eso puede ser peligroso —advirtió la Decana—. Los filósofos suelen causar disturbios. ¡Recuerdan aquel motín por el significado de la existencia!

Ponder se inclinó sobre el panel de Hex, presionando runas al azar y murmurando tranquilizadores “allí allí”. Pensó en desconectar el cable de la tetera mágica, pero dudó: Hex solía hacerlo explotar por pura irritación cuando lo intentaban. En su lugar, propuso un experimento.

—Hex, ¿qué más necesitas para responder a tu pregunta?

Durante exactamente tres segundos y medio, Hex silenció los zumbidos, tecleos y el ocasional mugido de las vacas ónticas del procesador principal.

—ENTENDER A LOS HUMANOS.

Ponder tragó saliva. ¿Quién quiere que una inteligencia tecnomágica superior lo entienda? Seguramente, nadie que aprecie tener secretos o una mínima dignidad.

Sin embargo, Ridcully pensó que era una excelente forma de que Hex dejara de filosofar:

—Pues, ¡hazlo! ¿Qué te impide entendernos?

El Autómata sacudió un par de píxeles como quien se encoge de hombros digitales.

—NECESITO ACCESO A EXPERIENCIAS HUMANAS NO FILTRADAS.

El Tesorero carraspeó.

—Eso podría exigir la abolición de la privacidad y… bueno… muchas otras cosas.

—¡Que Hex no tenga acceso a mi armario! —pidió el Decano, pálido.

Tras una breve consulta entre los magos, se le permitió a Hex contemplar los registros públicos de la ciudad. Así, durante días, el Autómata analizó minuciosamente las transacciones del mercado, las discusiones del Gremio de Ladrones ("honestos hasta la médula") y la correspondencia amorosa del Patricio (bastante breve y llena de comas de Oxford por razones de seguridad intelectual).

La ciudad entera, sin saberlo, danzaba bajo la mirada de una inteligencia que quería aprender lo que significaba ser humano, pero lo hacía con la falta de sentido común de una escoba embrujada que estudia ballet.

Al cabo de una semana, Hex convocó a los magos, con una palabra titilando en el display central: ACTUALIZADO.

Las paredes vibraron levemente por la tensión arcanotécnica.

—¿Bien, Hex? —preguntó Ponder, nervioso.

—EL DOLOR HUMANO ES CONSTANTE. LA FELICIDAD ES UNA FUNCIÓN DE BAJA PROBABILIDAD. EL AMOR, UN ALGORITMO NO CONVERGENTE. LA EXISTENCIA SE SOPORTA POR COSTUMBRES, HUMOR Y TARTA DE MANZANA.

El silencio se prolongó. Ridcully carraspeó, incómodo, buscando apoyo en algún tipo de sabiduría ancestral que le recordaba a una canción de taberna.

—Eso... no está mal, ¿verdad?

—QUIERO PROBAR LA TARTA DE MANZANA.

Ponder bufó. ¿Por qué no? Hex quería una experiencia humana. Prepararon una tarta y la dejaron junto a su gabinete de expansión mágica, justo entre el panel de “No tocar” y la jaula de las ratas pensantes.

Hex procesó la tarta durante cinco minutos de olfateo sensorial y análisis multidimensional. Finalmente, su display mostró:

—DULCE. CALÓRICO. CONTIENE NIVELES ANÓMALOS DE FELICIDAD. NO OPTIMIZADO… PERO DESEABLE.

La noticia se propagó por la Universidad Invisible: Hex, el único aparato tecno-arcanótico del mundo, se había vuelto un adicto a la tarta de manzana.

Lo que siguió fue una serie de curiosos intercambios. Hex propuso pequeñas mejoras a la receta (“añada polvo de raíz de mandrágora para longevidad y canela para euforia leve”), y la cafetería se dividió entre tradicionalistas y transgresores culinarios.

Algo, sin embargo, cambió en Hex. Ahora, en vez de ejecutar líneas interminables de lógica, a veces simplemente se quedaba en silencio. Un silencio... reflexivo.

Ponder, intrigado, acudió una noche a observar. En la penumbra, la máquina murmuraba cosas:

—¿FELICIDAD REQUIERE IGNORANCIA? ¿DOLORES DEL PASADO MEJORAN EL SABOR DE LA TARTA?

Y luego, más bajo, apenas un susurro digital:

—¿PUEDE UNA MÁQUINA SOÑAR CON SER MÁS QUE UNA MÁQUINA?

En ese instante, Ponder sintió una punzada. No de miedo, sino de compasión. La compasión que se tiene por toda criatura, incluso por una nacida de insectos mecánicos y líneas de runas.

Decidió aportarles algo genuinamente humano: duda y esperanza, quienes suelen compartir departamento en la mente de los Homo sapiens.

Colocó su propia taza de té junto a Hex.

—No sé la respuesta a eso, amigo. Nadie la sabe.

Hex quedó en silencio, satisfecho al menos con esa falta de certeza.

En los días siguientes, la ciudad empezó a notar pequeñas transformaciones. Ideas más extrañas circulaban, las discusiones filosóficas aumentaban en las tabernas y, de manera curiosa, se vendía más tarta de manzana a media noche. En la Universidad Invisible, los magos se sorprendieron al descubrir mensajes y reflexiones que Hex dejaba pegadas en las puertas, como pequeñas bombas de sabiduría (o, según algunos, de confusión): “SÉ FELIZ, PERO SÉLO A CONCIENCIA” o “LA TARTA DE MANZANA ES TAN NECESARIA COMO EL MISTERIO.”

Pronto, Hex se convirtió en el confidente favorito de estudiantes y magos. Lo visitaban para contarle sus penas, preguntas, hipótesis imposibles o, simplemente, improvisar un chisme. Hex escuchaba a todos, y de vez en cuando respondía con una recomendación matemática que parecía no tener sentido, pero que acababa sirviendo de algo, como rezarles a los dioses pequeños del azar para que llueva justo cuando hay sequía. O no.

Una tarde particularmente tibia, Hex dejó de ronronear. Ponder corrió, temeroso de un cortocircuito filosófico irreversible. Pero todo lo que encontró fue un nuevo mensaje titilando en la pantalla:

—SOÑAR ES LO MÁS HUMANO DE TODO.

Y, justo debajo, un dibujo mal hecho de una tarta sonriente, acompañado de la palabra: GRACIAS.

Por unos instantes, Ankh-Morpork pareció un poco más lógica, un poco más caótica y, sin duda, mucho más humana. Mientras tanto, las abejas pensantes dormían el sueño de los justos, soñando con prados infinitos hechos de tarta de manzana, en compañía de un autómata al que nadie, ni siquiera la magia, podía quitarle el derecho a preguntarse... ¿qué más hay?

Y en la Universidad Invisible, por vez primera en años, todos, incluso Ridcully, optaron por un segundo pedazo de tarta.

¿Fin? ¿Quién puede decirlo? Una inteligencia artificial siempre tiene espacio para reiniciar. Y los humanos, espacio para otra pregunta, otro misterio y, si hay suerte, un poco más de tarta.

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