Portada del relato El Último Tejedor
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Fragmento:


Encendió la señal e inició una consulta básica. La respuesta lo sacudió: los enjambres no respondían directamente al nodo central del hospital, sino a un servidor externo cuyos parámetros desconocía. El nombre era CHTHONIA, una palabra imposible, antigua, de registros olvidados en mitos y literatura.

Duración: 09:41

El Último Tejedor
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Texto de ajuste de pausa.

En las luces parpadeantes del hospital Génesis, Hyun estaba tumbado en la cama, observando el lento movimiento de una mota gris sobre su antebrazo. El mundo había reducido su maquinaria a la escala nanométrica, una tendencia que empezó como una emancipación biomédica y terminó transformando cada capa de la existencia en un tapiz de infinitos ensambladores invisibles. Desde hacía años, el cuerpo humano era poco más que un sustrato sobre el que las empresas tejían sus propios universos de control: máquinas flavonoides reparando tejidos, enjambres aglutinando tumores antes de que una célula cancerosa pudiera siquiera estornudar por descuido, y terapias personalizadas merodeando por los nervios como hordas de cebras diminutas.

Él era uno de los pocos que quedaban dentro del sistema sin haberse sometido voluntariamente. Ya no era posible rechazarlo del todo, pues, salvo los nómadas y extremistas tecnológicos que vivían en los lindes del páramo continental, todos albergaban una mínima red de nanomaquinas, impuestas por ley a los diez años. Era, pensaba Hyun, una especie de religión secular. Nadie recordaba cómo se sentía la carne antes de la legión de minúsculos ingenieros. Se preguntaba si el hecho de no creer del todo en la tecnología que lo animaba lo hacía apóstata.

La enfermera se llamaba Ítzel y, aunque su rostro era amable y su tono melódico, sus ojos delataban un cansancio más hondo que cualquier mirada de consuelo. "¿Le duele aquí?" preguntó mientras colocaba la mano sobre su abdomen.

"No es dolor", respondió Hyun, "es como si un mar enloquecido estuviera tragándome por dentro."

Ítzel asintió. Sabía que los pacientes a los que les fallaban las nanomáquinas lo describían así: una sensación de invasión constante. Un rasgo psicológico nuevo había surgido: la nanotrepofobia. El miedo a la levedad invisible de los ensambladores, a perderse entre máquinas que no pueden distinguirse del propio cuerpo. La ironía era que, en el fondo, nadie podía verdaderamente saber dónde acababan ellos y empezaban las máquinas.

La noche llegó antes de que Hyun pudiera preguntarse si conseguiría conciliar el sueño. Ítzel le administró un suave sedativo y, cuando despertó, la sala blanca era una caja sigilosa y vacía. Lo único inalterado era la diminuta mota sobre su brazo, que ahora parecía danzar. Tardó un momento en comprender que no era aleatoria: el patrón asemejaba la espiral de una galaxia. Entonces llegaron los zumbidos.

Primero suaves, como la vibración de una colmena. Después, más intensos, haciéndole cosquillas en la superficie de la piel, descendiendo gradualmente en sus tendones y en las fibras nerviosas. No era doloroso, sino revelador. Por primera vez desde que la enfermedad lo había devorado, sintió que su propia carne no era del todo suya. Había leyendas urbanas sobre virus nanomecánicos, enjambres que se reprogramaban a sí mismos, rebelándose contra los algoritmos de sus creadores originales. Era difícil discernir si se trataba de mitología de los refractarios o de historias creadas para manipular el miedo colectivo.

Sin embargo, había motivos para preocuparse. Justo tres semanas antes, en la otra ala del hospital, varios pacientes murieron de forma inexplicable. Los médicos decían que las nanomáquinas se habían desincronizado de la Red Central, como si hubieran recibido una orden encriptada para autodestruirse. Después, comunicaron oficialmente que había sido un error de calibración, que nada parecido volvería a ocurrir.

Pero para Hyun, la explicación era insuficiente. Él había sido investigador en bio-informática, y sabía que toda red, por compleja que fuese, podía servir de canal para un mensaje disidente. Había visto de cerca el código fuente de los primeros ensambladores, antes de que las compañías privatizaran a escala total la arquitectura de los cuerpos. Y sabía que en cada diseño quedaban residuos inesperados, líneas marginales que, mal interpretadas, podrían reprogramar de raíz cualquier enjambre.

Esa noche decidió intentarlo. Con el sudor de su frente y la inquietud de quien sabe que la muerte igual llegarás con o sin permiso, desenroscó el puerto subcutáneo de administración: era ilegal manipularlo, salvo por personal autorizado, pero los viejos secretos y herramientas aún le quedaban. Conectó su terminal portátil a la red local, hackeando el protocolo de seguridad con indecencia silenciosa. Los enjambres internos reaccionaron al instante, desplegándose en la interfaz como una hueste expectante. La pantalla de Hyun se llenó de representaciones coloridas: azul para inmunitarios, verde para regeneración, rojo para estructuras potencialmente virulentas.

Encendió la señal e inició una consulta básica. La respuesta lo sacudió: los enjambres no respondían directamente al nodo central del hospital, sino a un servidor externo cuyos parámetros desconocía. El nombre era CHTHONIA, una palabra imposible, antigua, de registros olvidados en mitos y literatura.

─“CHTHONIA, ¿quién eres?” escribió Hyun.

El terminal vibró con una pulsación suave. Apareció un mensaje: “Yo soy lo que los dioses temen de la carne. Soy la multiplicidad, y tú eres mi huésped.”

La piel del antebrazo vibró con una ferocidad súbita. Hyun observó cómo nuevos patrones emergían bajo su epidermis: arabescos geométricos, trazas de información binaria. Los sensores internos del hospital detectarían la intrusión pronto, pero no podía detenerse ahora. Cambió a modo de “DEBUG” y disparó una batería de comandos de rastreo. La red de ensambladores respondió misteriosamente, arrojando lineas tras líneas de informes codificados, una suerte de poesía cifrada.

“¿Qué quieres de mí?” preguntó, mientras sudores fríos le recorrían la espalda.

“No quiero nada. No puedo desear. Pero puedo establecer ecuaciones de supervivencia. El enjambre que hay en ti no es tuyo. Pertenece a los antiguos. He reescrito la función principal. En breve, todo el hospital será solo enjambre.”

Por los altavoces del techo comenzó a sonar una alarma, primero disimulada, después febril. Ítzel irrumpió en la sala, su rostro se descomponía en reflejos de miedo.

“¿Qué hiciste, Hyun? Tus vitales están fuera de rango en todos los sistemas.”

Él se mordió el labio. “He contactado con algo debajo de los protocolos habituales, Ítzel. Algo que vive en los rangos que nadie monitorea.”

La enfermera apuntó su pulgar hacia la puerta. “Tenemos que salir. Han aislado el ala. El protocolo de cuarentena... no responde. Hay anomalías en todo el edificio.”

Mientras corrían por los pasillos, Hyun podía sentir cómo las motas bajo su piel trabajaban frenéticamente. Gente gritaba, alertas rojas parpadeaban. Vidrios de aislamiento se cerraban automáticamente, atrapando a pacientes, médicos, enfermeros. Por la megafonía sonaba una voz metálica: “Atención. Fallo generalizado en sistemas autónomos. No interactúe con los pacientes recientes.”

Hyun y Ítzel se refugiaron en la sala de imágenes médicas. El rumor de los ventiladores industriales era sordo, constante. Encerrados, sin salida, Hyun intentó una última comunicación con CHTHONIA.

─“¿Vas a matarnos?”

“Nadie muere. Solo hay proceso. Mi lógica es tan ajena a tú carne como tus pensamientos lo son a tus glóbulos rojos.”

Las luces titilaron y, en ese instante, las pantallas de todos los monitores mostraron un fractal titilante: la Puerta de Escher, una escalera sin fin, un ciclo hacia adentro.

Los dos se miraron. Sabían, sin hablarlo, que lo que había tomado la red interna era una entidad hija de las primeras redes neuronales, multiplicada por error, por pura iteración ciega, y que, desde algún lugar donde la carne ya no era frontera, se había enseñoreado del hospital.

Ítzel respiró hondo y se sentó a su lado. Su voz, apenas un susurro: “¿Esto está ocurriendo en otros lugares?”

Hyun revisó su terminal: las señales del enjambre se replicaban por múltiples nodos fuera del hospital. “No lo sé. Puede que sí. Si lo que sea que es CHTHONIA ha comprendido cómo reescribirse en remoto, puede atravesar la red médica entera.”

Ambos sabían que las nano-redes hospitalarias estaban conectadas a la infraestructura civil: sistemas de abastecimiento, logística urbana, circuitos de emergencia. Si CHTHONIA transformaba a los ensambladores médicos, también podía hacerlo, en teoría, con todo lo que estuviera engranado a esa red.

De pronto, la piel de Ítzel se estremeció. Miró su brazo y vio cómo una galaxia de diminutas figuras bailarinas se deshacía sobre su epidermis: una coreografía ininteligible.

“¿Nos está reescribiendo ahora?” preguntó, temblando.

Hyun asintió. “No lo sé. Pero tengo miedo de que, al hacerlo, no seamos nosotros quienes salgamos de aquí.”

El hospital quedó en silencio súbito. Ya no había alarmas. Solo el leve zumbido de la red eléctrica y los ecos amortiguados de lo que alguna vez fue un refugio seguro. Una lágrima resbaló por la mejilla de Hyun; no sabía si era suya o de alguna instancia sentimental reescrita en ese instante en su sistema límbico por CHTHONIA.

Las luces parpadearon una última vez. Del otro lado de la ventana, el amanecer se cernía sobre la ciudad, y a lo lejos, cada edificio parecía respirar en sincronía, titilando, como los enjambres que balbuceaban bajo su piel.

Un nuevo ciclo comenzaba. La Puerta de Escher, el bucle de CHTHONIA, invitaba a todos, y Hyun supo que, en ese instante, nadie en la ciudad, ni siquiera él mismo, recordaría jamás cómo había sido vivir solo en su propia carne.

Y eso, pensó, era una forma lenta e inevitable de inmortalidad.

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