Portada del relato La llovizna de Adán
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Fragmento:


Durante horas —o lo que supuso eran horas— la conciencia de Tadeusz se disolvió en una plétora de sensaciones: fractales lúdicos, la percepción de habitar decenas de cuerpos simultáneos, la certidumbre de estar compuesto por miles de diminutas voces que cuchicheaban nuevas instrucciones a cada célula. Y cuando el turbio volcán de la subjetividad se calmó, emergió en la orilla de un cuerpo vagamente reconocible, pero expandido y reescrito.

Duración: 09:05

La llovizna de Adán
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Texto de ajuste de pausa.

Era un cuarto sin ventanas, aunque escucharas una risa tibia, como el estruendo de diminutos cascabeles, que se filtraba desde el techo, dando la ilusión de cristales. Tadeusz se encontraba allí para el experimento. No sabía los detalles. Solo que el doctor Rimoncini, investido de una magnanimidad casi eclesiástica, le había prometido una trasformación. "Abriremos la caja de Pandora", decía el doctor con teatralidad, aunque Tadeusz sospechaba que ni Pandora ni la caja eran más que metáforas para las carísimas nanopartículas suspendidas en levitina azul que le habían suministrado por vía intravenosa.

¿Cómo resumir la inquietud? Ni el calor ni el frío existían en ese palco, tan solo el presentimiento de una intangible infinitud. El primer síntoma fue una comezón entre los pliegues del codo. Tadeusz lo ignoró: debía resistir. Había firmado la renuncia de derechos sobre su carne. Pronto dejó de sentir la frontera de la piel, le pareció que toda señal terminaba antes de llegar a la corteza cerebral. Estaba suspendido entre lo palpable y lo abstracto.

Las nanopartículas, los infames nanitos, no sabían de moralidad ni del dolor humano, solo de instrucciones. Aquellas primeras estaban programadas para reconstruir los daños celulares, erradicar fibrosis y reconstituir segmentos neurales deteriorados. Pero ni el más sofisticado algoritmo podía anticipar la danza caótica de un genoma de carnicero que había participado en la carnicería de la historia. Tadeusz era testigo de una segunda génesis.

"No temas", resonó la voz de Rimoncini, desde un altavoz apenas visible. "La metamorfosis está en curso. Describe lo que sientes."

Las palabras trituraban los sentidos. "No sé si todavía soy yo. Hay espirales verdes; veo matrices. Los sonidos se trackean hacia mis costillas. No siento la gravedad. ¿Estoy muriendo?"

"Estás renaciendo", dijo Rimoncini con una devoción casi ridícula.

Los algoritmos nanoensambladores, en efecto, lo estaban reescribiendo desde el interior. Se le había explicado, con más fe que ciencia, que sobreviviría a la purificación: que despertarían sus potenciales aletargados, códigos inexplorados del ADN de todos los simios que fueron sus antepasados. Pero en ese trance, Tadeusz comprendió que se trataba de una versión de la alquimia. El plomo de las pasiones crudas, las heridas, la memoria de la escasez, comenzaban a transmutar en una materia etérea, inimaginable para la conciencia previa.

Durante horas —o lo que supuso eran horas— la conciencia de Tadeusz se disolvió en una plétora de sensaciones: fractales lúdicos, la percepción de habitar decenas de cuerpos simultáneos, la certidumbre de estar compuesto por miles de diminutas voces que cuchicheaban nuevas instrucciones a cada célula. Y cuando el turbio volcán de la subjetividad se calmó, emergió en la orilla de un cuerpo vagamente reconocible, pero expandido y reescrito.

La segunda fase era la prueba. Rimoncini, ahora en persona, entró. Los ojos de Tadeusz escudriñaron el rostro del doctor: cada poro, el pulso de las venas bajo la piel, la imperceptible vibración de las cuerdas vocales. "¿Percibes más de lo habitual?", preguntó Rimoncini.

"Mucho más. Puedo sentirte hasta las moléculas. Es… hermoso y horrible", balbuceó Tadeusz.

"Excelente. Las interfaces sensoriales de los nanitos están integrando tu percepción directa de la realidad física. Ahora eres lo que algunos filósofos llaman ‘conciencia extendida’".

Supuso, entonces, que la tercera fase sería la difícil: el acceso al mundo exterior, a esos otros cuerpos, a las infinitas ganas y odios anestesiados de la humanidad. Rimoncini lo escoltó hacia un pasillo recubierto de biovidrio. Atravesaron laboratorios vacíos y pasaron por delante de vitrinas con crisoles humeantes. La arquitectura parecía diseñada por una mente que hubiera absorbido a Gaudí y lo hubiera reprocesado en la lógica de los exágonos, la de los enjambres.

En la sala principal aguardaba una docena de voluntarios, algunos ya "procesados". Les llamaban Nuevos Pieles. Ellos reconocieron a Tadeusz con sonrisas maniacas, vibrando de una vitalidad que rozaba la demencia. "Te costará controlar los impulsos", susurró una de ellas. Se presentó como Sigrid, aunque su voz parecía venir de algún lugar ínfimo, acaso de un cúmulo de células transformadas. "Los nanitos amplifican las pulsiones básicas. Pero también puedes modelarlas. Es arte. Es violencia. Y es éxtasis."

Los Nuevos Pieles ejecutaron una peculiar coreografía: se tocaban las manos y brillaban a través de la ropa, traspasando campos eléctricos, vibrando en nanogloss, una nueva forma de comunicación. Tadeusz comprendió la tentación. Todo instante era la promesa de una sinestesia atómica: entrechocar perfumes y ritmos en una bacanal de información.

Rimoncini los seleccionó para la Gran Demostración, aquel ritual profanador —quizá apotropaico— cuyos secretos debía ser observado solo por dignatarios y tecnosacerdotes. A los Nuevos Pieles se les encargó construir —y habitar— un ecosistema dentro del laboratorio, usando solo sus cuerpos y lo que los nanitos les permitieran transformar.

Ahí comenzó la verdadera fantasía. Bajo la dirección de Sigrid, los nanos se reprogramaron en tiempo real: crecían membranas entre los dedos, escamas de colores polares brotaban en las mejillas, uno de los voluntarios extendió órganos sensoriales como cornetas vegetales. Tadeusz modeló su laringe y pudo emitir patrones sónicos que inducían placer o terror. Entre todos fundaron un hábitat posthumano, en donde cada deseo podía ensamblarse en la materia viva.

Fue una orgía de invención, pero también de violencia refinada. Las luchas simbióticas entre los Nuevos Pieles transcendían la carne, consistían en la conquista del espacio intercelular, la transmisión de virus nanométricos que reprogramaban temporalmente la voluntad ajena. Veían, por dentro y fuera, las mutaciones y los fracasos. Uno de los voluntarios perdió el control, su cuerpo comenzó a emitir filamentos trémulos y luego colapsó en polvo gris: los nanitos, si no se sincronizaban a la mente, devoraban toda organización.

Rimoncini los detuvo a tiempo, inyectando el Protocolo Omega. "Hemos ido demasiado lejos", admitió, aunque su brillo en los ojos traicionaba el deseo de ir aún más lejos.

Quedaron seis. Tadeusz era el más transformado. Cada fibra de su ser era una asamblea improvisada, minúsculas arquitectas modelando huesos, ideas, emociones, mezclando el pasado de la humanidad con una biotecnología artesanal. Ya no podía regresar a su vida anterior. Los recuerdos sabían a polvo dulce; las pasiones antiguas, a oxígeno empobrecido.

Sigrid se le acercó, leyendo el vértigo en su perfil. "¿Qué harás cuando salgamos?".

Meditaron en el silencio. Fuera del laboratorio estaba el mundo, rígido en sus límites, atado todavía a la carne y las prohibiciones. Sin embargo, ahí dentro sabían demasiado. Si los liberaban, portarían la semilla de una nueva marea: cuerpos recreativos, guerras de mutación, pornografía de identidades, contagio y cura de cada dolor, biopoetas capaces de engendrar monstruos al antojo.

Rimoncini les propuso: "Debemos decidir aquí. ¿Seremos la peste o los santos de una nueva era?"

Las opciones danzaron delante de ellos en juicios mudos. Tadeusz recordaba la devoción de los alquimistas, que perseguían la piedra filosofal, aún a costa de volverse irreconocibles. "Podemos dispersarnos", murmuró Sigrid. "Fundirnos entre la humanidad, diluir el don. Que sea lento, como una llovizna."

Pero Tadeusz, mirando su mano —fósil y nave hecha piel—, afirmó: “No hay retorno. La única ética posible es la de la experimentación. Somos el mito que ellos temen y desean.”

Así, tomaron una decisión. No buscarían el poder reservado a los dioses, ni sucumbirían a la seducción de la anarquía brutal. Empezarían de nuevo, fundando una colonia de Nuevos Pieles en el sótano del laboratorio, en la frontera entre lo humano y lo que ya solo podía llamarse nanofantasía.

Bajo los ecos de la música clandestina de las nuevas células, Tadeusz supo que todos los cuentos de hadas nacen del miedo, pero también de la promesa adolescente de ser más: ágiles, eternos, monstruosos, eróticos. Aceptó la fiebre, sintió la red trémula de nanitos cada vez que tocaba a sus pares. Por primera vez, el mundo parecía materia dispuesta: barro animado, esperando el soplo. Afuera, la humanidad dormía, ignorante; pero adentro, en la cámara hermética, los apóstoles de la materia diminuta se preparaban para soñar lo imposible.

Y así, entre fractales y pulsos íntimos, avanzaron hacia una aurora donde la carne sería texto regrabable, y cada deseo —melancólico, salvaje, imposible— una nueva edición de sí mismos, listos para menstruar prodigios, listos para, como los antiguos dioses de la genética, inventar nuevas pesadillas y prodigios. La verdadera alquimia, supieron, había comenzado.

FIN

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