Portada del relato Estación Génesis
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Fragmento:


Iniciaron pruebas agresivas: productos químicos, campos ultravioleta, inmolación de módulos enteros de cultivo. Los equipos técnicos, pequeños dioses del presente, se ganaron sueldo y dolor: bardas de cuarentena, comida racionada, familias a las que exiliaron de ciertos compartimentos.

Duración: 08:03

Estación Génesis
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Texto de ajuste de pausa.

El hombre más viejo de la nave Génesis murió acariciando una semilla. Era pequeña, traslúcida, ajustada perfectamente en la palma de su mano arrugada y pálida. Dijo, justo antes de entregar el último aliento, que recordaba el color del trigo bajo el sol. Nadie en la nave lo entendió del todo: ni los de la Cámara de Biología, que reverenciaron la semilla; ni los niños, que escucharon sin comprender palabras como “tierra” y “trigal”. Solo los más veteranos rozamos el significado, y lloramos en silencio. Porque mientras las generaciones morían bajo luces invariables, la memoria de la tierra también se desvanecía.

La Génesis era nuestro todo. Un cilindro de siete kilómetros de largo que giraba inexorablemente, cascada de gravedad artificial, divisoria de clases, reserva de toda una especie ahora reducida a poco menos de cincuenta mil almas. Aquí nacían y morían nuestros padres, nuestros hijos, y nosotros. Por fuera, el abismo sin nombre: la noche interestelar. Nuestro destino, aún a siglos de distancia, sería algún planeta azul que necesitara esa semilla que el hombre viejo retorcía al morir.

En la Cámara de Memorias –una sala fría, apenas iluminada, donde se almacenaban registros de voces y hologramas terrestres– nos reunimos tras el deceso. El rito era simple: el silencio, la revisión del archivo vital. A las imágenes del anciano, que sonreía siempre que la cámara lo encontraba en las huevoseras del parque-centro, las sucedían fragmentos grabados de gentes aún más antiguas, que hablaban de ciudades orgánicas y cielos variables. Imágenes de árboles y mares, de cuerpos desnudos corriendo bajo la lluvia. Los niños reían con incredulidad; los adultos callábamos con vergüenza.

Al salir, encontré a Elise. Su piel era del color exacto que describían las leyendas: esa matiz lapislázuli que surgió con las primeras generaciones nacidas bajo las luces frías. No era bonita en el sentido de los ancianos, pero tenía una belleza vertical, antigua por dentro. Me llevó de la mano a la cámara de irrigación. Allí, donde quintas y tuberías se mezclan bajo un dosel de plásticos translúcidos, comenzó su historia:

—Los biotecnólogos del anillo sur dicen que hay hongos en el canal dos. Se extienden rápido —dijo, de espaldas, mirando cómo nutrían las cepas de batata—. Saben que es cuestión de tiempo. Que nos despierte un olor agrio, y que el panel de control muestre el rojo repetido, “alerta, alerta”, hasta que nadie más lo escuche.

Me quedé callado. Hablar de peligros era una forma de amar, de armarse una esperanza. Compartimos una última lágrima por el anciano y, finalmente, regresé a mis habitáculos.

***

Las naves generacionales son tumbas. Nadie lo dice, pero lo sabe. La nave tiene su propia respiración, su ciclo de aire y agua, sus temblores quirúrgicos cuando algo grande se repara o colapsa. Nos mantiene vivos. Pero también nos limita: en espacio, recursos, incluso sueños.

Soñé esa noche con lo que nunca vi: vastos lagos, el olor a sal, una bóveda celeste mutuamente azul y variable, lluvias de meteoritos que en Génesis no existen. Me desperté sudando entre los plásticos y el albur blanco de la nave.

Elise tenía razón. El Consejo había emitido una alerta a las divisiones técnicas. El hongo era mutante, interfería con el bioplástico alimenticio de las zonas bajas. De inmediato, surgieron chismes de sobrepoblación, de sabotaje; algunos hablaban, incluso, de un “Día del Exilio”, como si aún existieran facciones políticas en esta microciudad de almas melladas.

Iniciaron pruebas agresivas: productos químicos, campos ultravioleta, inmolación de módulos enteros de cultivo. Los equipos técnicos, pequeños dioses del presente, se ganaron sueldo y dolor: bardas de cuarentena, comida racionada, familias a las que exiliaron de ciertos compartimentos.

Durante una semana, Génesis olía a levedad y a miedo. Algunos rezaban por la semilla. Otros, por ellos mismos.

Una noche, exhausto, caminé rumbo al módulo de ingeniería. La gravedad, variable por un ajuste necesario, oscilaba debajo de mis pies, obligándome a recordar que toda esta realidad era un artificio peligroso.

Allí encontré a Soren, el ingeniero jefe. Mayor que Elise y yo, su cabello era gris. Pero tenía los ojos vibrantes de los niños, finos, casi desorbitados. Se quitó la mascarilla al verme.

—¿Vienes a trabajar o a llorar, amigo? —preguntó, blandamente cruel.

—Lo que sea que toque —respondí.

Soren se encogió de hombros y me llevó hacia la sección de reciclaje. Allí, una decena de operarios inyectaban pasta bacteriana en canales del agua. La nave, como nosotros, tenía su propio sistema inmunológico.

—Cada vez es más difícil. La nave no es inmortal. Quizá llegamos, quizá no —murmuró Soren.

—Nuestra generación, en ningún caso —dije yo.

—Quizá nuestras historias sí.

Nos quedamos ahí, sumidos en el zumbido constante de las bombas, el latido mecánico de la Génesis.

***

Pasaron semanas. El hongo desapareció, reemplazado por otras plagas más pequeñas o tímidas. El ciclo siguió: nacimientos, muertes, emparejamientos; niños nuevos aprendiendo el viejo idioma de las máquinas. De vez en cuando, se reunía el Consejo. Había rumores de desencanto. De “Ciclos Interrumpidos”. Viejas historias. Algunos dicen que la nave miente; que jamás llegaremos al planeta prometido; que somos un experimento de inteligencia artificial y, en realidad, nunca existió una Tierra.

Pero a veces, al mirar las semillas guardadas en cámaras selladas, vuelvo a escuchar los murmullos de los que murieron antes. No nos queda fe: solo la memoria, y la lucha porque esa memoria no sea solo especulación.

***

Ya viejo, me volví custodio de las cámaras de Memoria. Los niños venían y, con ojos burlones y gestos nuevos, se sentaban a escuchar historias. Había una niña particularmente atenta; nunca reía, ni interrumpía. Un día, le hablé del anciano y la semilla. Me preguntó qué era un trigal.

No supe responder con palabras. Solo le mostré grabaciones. Su rostro se iluminó un momento —quizá solo por la luz de las pantallas, quizá por el reflejo de algo mucho más antiguo—. Entonces decidí: tomé una de las semillas, una sola, y la llevé al parque-centro.

La planté en el suelo negro, ese que no es tierra, sino promesa vacía. La niña me ayudó a regarla. Los días y meses pasaron. Al principio, nada ocurrió. Pero una mañana, un brote pequeño, esquelético, apenas verde, rompió la costra del suelo.

No era trigo —no del todo; la nave lo había transformado, como nos transformó a nosotros—. Pero era vida. La niña lo llamó “Esperanza”.

Un ciclo después, los cronistas comenzaron a modificar los relatos. Decían que una vez, a mitad del viaje, en pleno abismo, una niña y un viejo lograron traer el color verde a la Génesis. Los registros orales, fragmentados y cambiantes, sobrevivían como lo hacían las leyendas de los antiguos: a base de repetición, de fe sin pruebas.

Yo, custodiando la última cámara, no dije nada. Solo guardé la grabación del brote, y la historia de su nombre.

Tal vez, pensé, la nave concluirá su viaje. Quizá otro brote muera antes de tiempo. Tal vez lleguemos; tal vez olvidemos para siempre la palabra “tierra”. Pero mientras una sola semilla, un solo mito, logre vencer al vacío con un mínimo de verde, el viaje no estará perdido.

Después del horizonte, existan o no nuevos mundos, la memoria de quienes fuimos vibrará, por un ciclo más, en la piel artificial de la Génesis. Ese será, para nosotros, el auténtico planeta prometido.

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