Portada del relato Herederos del Vacío
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Fragmento:


La nave crujía como un anciano soñoliento. El conducto, entarimado de tablillas recicladas de exosqueletos, olía a humedad y metal oxidado. No debería haber óxido, pero había algo más persuasivo que la lógica allí: el olor le pertenecía a ese rincón y no se iba. Media hora después de reptar y cazar datos, encontré al causante: un sifón bloqueado por... cuero cabelludo. Me quedé paralizado. Tomé la muestra, temblando.

Duración: 06:37

Herederos del Vacío
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Texto de ajuste de pausa.

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Durante los primeros años de la travesía, todos en la Quatranas creyeron que despertarían para encontrar a la Tierra ardiendo entre los archivos de historia y la nostalgia. Había un optimismo tenso, de ése que solo los moribundos y los recién nacidos pueden sostener. La nave, dos kilómetros de esqueleto de carbono impreso y jardines en tubos, era el planeta encapsulado y la sociabilidad medida en litros de oxígeno.

En el año doscientos desde el lanzamiento, cerraron la Sección Ancestral. Los archivos decían que allí se habían almacenado reliquias; fotos emborronadas, una taza de cerámica, casettes, y una bandera. Cuando la última cámara de la sección fue despresurizada, nadie lloró. ¿Por qué habrían de hacerlo? Ningún niño sabía ya lo que era una taza que no fuera impresa, y los adultos aceptaban la pérdida como aceptan el crecimiento de una uña o la caída de los cabellos.

Yo nací otros cien años después, en la cúpula central. Me llamo Tilo, decodificador de atmósferas, aunque sólo mis álamos me conocen realmente. Eso es una broma: las plantas aquí tienen nombre y número, y hace casi un siglo que descontinuaron la costumbre de hablarles. El chiste lo cuento siempre a destiempo; sólo mi supervisor, Elan, lo celebra con su sonrisa paciente y estudiadamente desinteresada. En la Quatranas, mantener la salud mental significa repetir ritos y plantar nuevas bromas—las máquinas medidoras no soportan sarcasmo ni ternura.

La vida es cuadrada, en ciclos y turnos. Amaneceres de luz led, atardeceres programados entre controladores de clima. Hasta que una noche, mi turno se extendió más allá de un ciclo completo. Había un fallo en la sección D: las ceibas mostraban estrés hídrico. Los sensores arrojaban parámetros contradictorios; las raíces, según simulación, deberían estar sanas. Me tocó internarme en el conducto de verificación hidráulica con una linterna y dos dosis de cafeína líquida.

La nave crujía como un anciano soñoliento. El conducto, entarimado de tablillas recicladas de exosqueletos, olía a humedad y metal oxidado. No debería haber óxido, pero había algo más persuasivo que la lógica allí: el olor le pertenecía a ese rincón y no se iba. Media hora después de reptar y cazar datos, encontré al causante: un sifón bloqueado por... cuero cabelludo. Me quedé paralizado. Tomé la muestra, temblando.

Elan me recibió en su cubículo, luz azulada, olor a ozono. “¿Otra vez el biolodo?”, preguntó sin apartar la vista de su interfaz.

Le mostré la muestra en una bolsa. “No es biolodo. No es pelo de animal. Parece humano.”

“¿Muerta?”

Negué.

Pasamos la noche identificando a cada habitante despierto y en hibernación. Nadie faltaba. Nadie, oficialmente, había muerto en los últimos siete ciclos. Pero el cuero cabelludo tenía un microtatuaje de identificación: 009-Venge.

“No puede ser,” susurró Elan. “Venge murió hace setenta años. Eutanasia programada, funeral, compost.”

Revisamos los registros. Ahí estaba: Venge, 143 años, última ceremonia de despedida en el Atrio Verde. Su biomasa, según el sistema, había nutrido las huertas de la sección E. Cualquier resto físico estaba supuesto a estar desintegrado, sin memoria.

Elan y yo no dormimos durante tres ciclos. Averiguamos la incongruencia en un subproceso: una cámara antigua, sin acceso automático, en la esquina de la nave. Se llamó, según los planos, “El Refugio”.

Era ilegal entrar sin permiso, pero la nave era vasta y los permisos, si sabías cómo mintieron nuestros abuelos, falsificables.

Allí, cruzamos el umbral blindado. Dentro, una comunidad. No moradores, sino máquinas y luz azul. Luz de los primeros años de la Quatranas, más fría y diferente a la terapia diurna actual. Paneles mostraban grabaciones, ciclos enteros de registros de vida, sueños y arquitectura cerebral.

Elan susurró: “Mimetización psicoespacial. No sólo transferían memorias; las simulaban. Creían que con suficiente persistencia podrían recrear a los muertos.”

En las pantallas, los “muertos” de los archivos sonreían y se movían. Todo por rutinas antiguas, programas herederos de las primeras IA; responsables, por redundancia, de las atmósferas, los ciclos y, descubrimos con vértigo, el sentido mismo del tiempo en la nave. Los muertos eran los cimientos de cuanto la Quatranas era.

Supe entonces por qué el conducto existía. Por qué la nave crujía a esas horas exquisitas, y por qué la sección Ancestral nunca fue verdaderamente despresurizada: la generación fundadora seguía ahí, no sólo como recuerdos, sino como sustrato de los procesos vitales. Los Venge, los otros 239, todos convertidos en líneas de código vivientes, autorreferenciales.

Cuando volvimos, Elan y yo discutimos si debíamos revelar el hallazgo. Pero después de siete ciclos insomnes, concluimos que la nave funcionaba gracias a ese delicado equilibrio entre los vivos de carne y los muertos digitales. Alterar eso sería un suicidio gradual, la disolución de toda la colonia.

Así que continuamos. Aumentamos el cribado de residuos, vigilamos las cámaras, reprogramamos las plantas para absorber las emisiones anómalas. Al final, del cuero cabelludo no quedó más que el microtatuaje. Lo conservé, para recordarme que somos herederos del vacío y del error, humanos y no tanto.

Años después, cuando ascendí a supervisor y Elan partió hacia el sueño criogénico, encontré el antiguo refugio aún activo. Esperando. Sentí que la nave me hablaba en susurros; la voz de Venge y otros resonando como eco binario. Entonces. Recordé la Tierra, sólo por imitación, los bosques húmedos y la gravedad íntegra. Si llegamos a nuestro mundo final—quizá mañana, quizá nunca—, todos seremos algo intermedio entre el polvo y el software, entre hueso y bit.

La Quatranas sigue navegando. Sus jardines crecen sobre los sueños digitalizados de los muertos, y los vivos sembramos semillas nuevas, inocentes de saber que toda cosecha es injerto de memoria y fracaso. Aquí las generaciones no mueren; giran en órbitas concéntricas, esperando, solo esperando, a que un nuevo planeta nos reciba. Y quizás, entonces, cortemos por fin el último cable umbilical a la vieja madre, agradecidos y un poco culpables. Porque hasta en el espacio, lo que somos no muere—simplemente aprende a hablar en lenguas nuevas.

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