Fragmento:
Selin caminó descalza por el habitáculo, pisando la triple capa de polimeros autocalefaccionados. Por la ventana panorámica, el Sol local —pálido y gordo— apenas iluminaba los rostros de los colonos que ya se agrupaban frente a los dispensadores de agua potable. Veintisiete familias. Un centenar de formas de perder la paciencia y la cordura, sobrevivientes de una humanidad desgastada y, quizá, irremediablemente empequeñecida.
Duración: 08:55
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La cúpula de observación se encendió suavemente al respire de la mañana. Selin levantó la persiana traslúcida, adivinando allá afuera solo la interminable sucesión de lomas recubiertas de juncos violetas. Una mañana más sobre este mundo inabarcable, sobre el que aún gravitaban las cenizas de la esperanza.
El informe meteorológico, leído en voz baja desde la terminal prismática de la pared, decía que soplarían vientos cálidos y leves, nada de toxinas flotantes ni lluvias erráticas por veintiséis horas. Más de lo acostumbrado, y muy útil: los niños podrían salir.
Selin caminó descalza por el habitáculo, pisando la triple capa de polimeros autocalefaccionados. Por la ventana panorámica, el Sol local —pálido y gordo— apenas iluminaba los rostros de los colonos que ya se agrupaban frente a los dispensadores de agua potable. Veintisiete familias. Un centenar de formas de perder la paciencia y la cordura, sobrevivientes de una humanidad desgastada y, quizá, irremediablemente empequeñecida.
No había tiempo para el melancolía: al menos, no hoy. La ventisca de la noche pasada había arrancado una fila entera de paneles energéticos en el sector sur de la colonia y eso significaba cinco hogares sin calor dentro de menos de cuatro horas.
“Otra vez”, pensó.
Mientras se ataba la brida al cinturón de herramientas, llegó el mensaje de la oficial de recursos. Su voz, sintetizada y firme, sonaba dentro del pabellón: “Selin. Revisión urgente de las unidades H5 y H6. Reporte de familias: Ling y Pieri. Señalan olor a pútrido. Posible escape químico. Tome medidas extremas”.
Selin resopló y abrazó mentalmente el mantra con que su madre la había criado: cada día comienza con una pequeña muerte y una semilla de futuro.
Bajó por la rampa doble, pasando junto a la guardería improvisada de la zona ocio. Allí los niños jugaban —bajo estricta supervisión— a plantar semillas de alimentos aún prohibidos para consumo, rebuscando insectos autóctonos de los que los adultos apenas conocían su nombre real. Khalida la saludó, la saludó también Rato, el viejo bufón del asentamiento, que llevaba tal vez cuatro semanas tramando su fuga a la cúpula de almacenamiento de oxígeno.
—Otra vez la zona sur —dijo Rato, frotándose el pulgar con una tela húmeda—. Esas familias o trajeron una maldición, o aquí las cosas no están pensadas para durar.
—Nada aquí está pensado para durar, Rato.
—Touché.
Apertura del airlock, breve chequeo de la presión. El saturador de ambiente siseó con la voz del Ingeñero-Chef: “Buena suerte, Selin”. Salió.
Afuera, la luz del sol y el brillo de las lomas tóxicas casi la cegaron. Cuando parpadeó, vio a los hermanos Ling —gemelos de pelo lacio, apenas veinte años entre ambos— esperándola junto a una cápsula doméstica plagada de manchas ocres que no estaban allí el día anterior. Los paneles solares, destrozados. Pero el olor que le llegó al acercarse venía de otro lado: era un tufo acre, a metales quemados y a vida podrida.
—¿Cuánto hace que lo perciben?
—Desde anoche —respondió uno de los Ling—. Pero fue hace una hora que se hizo insoportable.
Selin contuvo la náusea y aplicó la sonda química. Parpadeó con incredulidad: no era una fuga de módulos energéticos, ni el tradicional amoníaco de las condensadoras en mal estado. Era... orgánico. Algo vivo. Algo creciendo, en ese aire seco y pobre.
—¿Han abierto comida procesada de la Tierra?
—No, jefa.
Sospechó entonces algo peor. Los exploradores de Eridani-4 habían advertido sobre posibles hongos mutantes, nativos, adaptados a la biología terrestre tras generaciones viviendo alrededor de los viejos módulos de desecho. Nadie pensó que colonizarían las viviendas humanas tan rápido.
—Nadie entre, sellen todo —les ordenó.
Mientras metía una muestra en uno de los tubos secure-seal, sintió en la espalda la mirada del gemelo más joven. Temblaba un poco, aunque intentaba ocultarlo. El miedo no era a perder la cápsula: era ese pánico ancestral a perder de nuevo un hogar, como habían perdido la Tierra fragmentada, los asteroides provisionales, las naves refugio.
—¿Podremos volver? —preguntó, apretándose las manos.
—Si no a esta… a otra. Los hogares se reconstruyen.
No estaba tan segura, pero tenía que decirlo.
Se dirigió al sector H6, la vivienda de los Pieri. Allí el ambiente era peor: el hedor llenaba la antesala, y la puerta automática vibraba bajo su propio peso. Selin, ajustándose la máscara, evaluó la opción de sellarlo hasta tener claro el alcance del brote. Pero si la spora local infectaba los sistemas hidráulicos, toda la red corrompería su fuente de agua potable.
Resbaló un momento en su propio miedo —recordando las noches a la deriva en los módulos lunares, los gritos en circuito cerrado, las veces que creyeron estar a salvo— y entonces lo vio: grandes protuberancias verdes y negruzcas, como tumores fosforescentes, por toda la base de la pared, envolviendo apenas visible el born de emergencia. Se veía incluso peor de lo que imaginaba.
Marcó en su pulsera transmisora el código rojo. Al poco, la voz de la oficial de recursos le respondió: “¿Qué gravedad?”
—Contaminación tipo 5. Protocolo de evacuación inmediato, cierre de sector.
—A la orden.
Mientras sellaba la zona, observó algo tener la más leve pulsación orgánica bajo el plástico. Nadie, ni siquiera los biólogos, sabían qué constituía exactamente vida en Eridani-4. Pero esto… esto parecía tener hambre.
Los niños, apartados lejos, miraban todo con ojos aún limpios de derrota. Un par de ellos lloraba. Selin se agachó e intentó sonreír:
—No es nada, chicos. Solo tenemos que limpiar un poco.
Mentira. No era poco.
Por la tarde, una reunión de emergencia. Los cien colonos sentados en semicírculo, las pantallas exhibiendo en macro los brotes fúngicos, y los especialistas confirmando lo que Selin solo había temido: la colonia había sido invadida a nivel microbiano. Las barreras químicas terrestres no funcionaban en este ecosistema. Un exilio más, disfrazado de solución.
—Podemos esterilizar y sellar —ofreció la jefa médica—. Pero las probabilidades de una recaída son del ochenta por ciento en los próximos dos meses.
—¿Abandonamos? —preguntó Rato, la única voz honesta.
—¿A dónde iríamos? —susurró Khalida.
Silencio. De nuevo, esa angustia vieja y nueva: el hogar no es un lugar. Es la gente que resiste contigo.
Varios debatieron la evacuación. Otros, la guerra contra el hongo, armados con flamers y químicos nuevos. Alguno incluso propuso aislar a los infectados: ellos, los “otros”, como si alguien aquí no compartiera el mismo destino.
Selin pensó en el futuro. Uno real, sin más huidas. Tal vez sea posible pactar, aprender a vivir con los invasores invisibles, mutando junto a ellos como ya hicieron antes: lo hicieron en las ruinas de París, bajo la bóveda antirradiación de los Urales, dentro de las cápsulas gélidas de Numitor-2. Tal vez el verdadero hogar fuese —al fin y al cabo— un proceso, no un lugar.
—La colonia no es de plástico ni de acero —declaró por fin, exigiendo la atención de todos—. Es la voluntad de estar juntos. Vamos a pelear por este hogar. No somos la Tierra, pero somos su semilla.
Nadie aplaudió, pero tampoco discutieron. Los colonos se alzaron lentamente, una determinación nueva en sus movimientos cansados.
Semanas después, los brotes fúngicos cedieron temporalmente, por medios aún poco claros. Algunas familias debieron cambiar de módulos y resignarse a la precariedad. Otros comenzaron a domesticar cepas, intentando extraer alimento, o al menos no morir de intoxicación. Rato bromeaba que, si sobrevivían al “hongo madre”, merecían fundar su propio planeta.
Las noches se tornaron largas. Se encendieron hogueras químicas, cuentos a media voz en torno a representaciones de lo que alguna vez fue la Tierra, y lo que eran ahora: una colonia minúscula en un mundo extraño, que aceptaba a regañadientes sus intentos de vida. Los niños aprendieron a distinguir entre hongos letales y útiles, los adultos aprendieron a negociar sus miedos.
A la postre, la cúpula de Selin volvió a oler a vida —extraña, ácida, alienígena— pero vida al fin. El hogar había mutado. Nada aquí estaba pensado para durar; y, sin embargo, persistía.
La última noche antes de la siguiente tempestad, Selin observó al horizonte, viendo a los niños correr entre lomas violáceas que, por momentos, parecían casi hermosas.
“Hogar”, susurró al aire sintético: “quizá nunca fue un lugar”.
Nadie respondió. Pero, adentro, el calor persistía.
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