Fragmento:
Silencio. Luego, una descarga de datos en la interfaz óptica implantada; líneas de código azul y rojo destellaban frente a sus ojos, entrelazándose con formas casi biológicas. Segmento seis: inaccesible. Compartimentos sellados por motivo de fuga atmosférica. Equipo de tripulación: respuestas anómalas.
Duración: 09:10
Cuando Erwin Last surgió del tubo criomédico, fue con la impresión viscosa de que algo había descarrilado durante el sueño. En el primer destello de conciencia, vio solo parpadeos y fractales de luz liberándose de sus párpados, y sintió un frío que rozaba el hueso. No tenía ningún recuerdo coherente, ni del motivo del viaje, ni de la nave, y solo instantes después le llegó el nombre: Araneida.
Despertó totalmente en un silencio sepulcral. Solo el zumbido de los sistemas de soporte, de frecuencia tan baja que era casi vibración, envolvía el módulo. Intentó incorporarse y trajo consigo parte de las correas de sujeción, que se cerraron sobre su abdomen como tentáculos inertes.
“Doctor Last,” una voz robótica se filtró suavemente por los altavoces, “reanudación de conciencia confirmada. Anomalías funcionales en el segmento seis. Precaución recomendada”.
“¿Cuánto tiempo estuve fuera?” preguntó con voz raspada, mirando la pared curva reluciente, donde no hubo respuesta inmediata.
Noventa y tres años, once meses, seis días, respondió la IA por fin.
Resopló, esperando una sensación de asombro pero solo recibió vacío. Las misiones interestelares presentaban estos saltos grotescos de tiempo; había decidido, siglos atrás, dejar de contar las pérdidas.
“¿Situación de la nave?”
Silencio. Luego, una descarga de datos en la interfaz óptica implantada; líneas de código azul y rojo destellaban frente a sus ojos, entrelazándose con formas casi biológicas. Segmento seis: inaccesible. Compartimentos sellados por motivo de fuga atmosférica. Equipo de tripulación: respuestas anómalas.
Salió del módulo. La temperatura era baja, casi antártida, pero la gravedad simulada permitía movimientos lentos y elegantes. Las puertas se deslizaron con un susurro húmedo; la IA parecía mareada, los sistemas retardados, como si la propia estructura molecular de la nave se estuviese deteriorando.
En el corredor exterior, la tenue iluminación mostraba paredes blancas manchadas de escarcha. Fragmentos helados flotaban en suspensión cero; eran restos de la última atmósfera filtrada por el respirador de emergencia. Pero más inquietante aún era el silencio. No detectaba paso, ni respiración. Ni Jade, ni Maalik, ni la doctora Firth, ni el ingeniero Nakata. Todos dormían, y ahora estaban condenadamente ausentes.
Avanzó. Su primer instinto fue buscar la fuente de la anomalía en el segmento seis. Una puerta sellada bloqueaba el acceso. La IA se negó a abrirla; la presión negativa haría que el corredor se viera tragado al vacío. Sin embargo, la luz roja, parpadeando con un ritmo casi orgánico, parecía llamar su atención en dirección contraria: la cámara de observación.
Abandonó ese pensamiento; primero necesitaba saber si era el único en la nave. El panel de monitoreo de tripulación marcaba “biosignos no identificados”, pero las lecturas eran ambiguas. Manchas de calor aquí y allá, todas debajo del umbral crítico. Fue entonces cuando notó una intermitencia de actividad en la cúpula de hidrocultivos.
Atajó el miedo. Caminaba con pasos suaves, escuchando su propia respiración amplificada por el casco. La hidrocúpula estaba sumida en una semioscuridad gelatinosa. Las raíces de las plantas flotaban en el agua reciclada, las hojas brillaban como carne tránsfuga; las luces ultravioletas parpadeaban, y entre las sombras distinguió una figura.
No era humano. No realmente. Parecía haber sido Maalik una vez, pero ahora estaba doblado, con el rostro elongado, las cuencas de los ojos desproporcionadas, la piel pálida marcada de una extraña abrasión fractal. Avanzó, y los dedos de la cosa se aferraron a los tallos acuáticos, moviéndose como una araña drogada.
El terror floreció en la garganta de Erwin. Retrocedió, pero la figura ni lo miró. Emitía un suave murmullo, repitiendo en voz baja: “No entres, no entres…”
Giró sobre sus talones, escalofríos subiéndole por el cuello. No era solo el segmento seis el afectado. Algo más estaba mal. Sus nervios vibraban con una urgencia primal.
Corrió a la sala de comunicaciones. La nave estaba lejos de cualquier matriz de transmisión; solo el sistema interno respondía. “IA, explícate. ¿Estado de la tripulación?”
La IA vaciló, su voz agotada:
“Respuestas anómalas en patrones cognitivos. Cambios morfológicos detectados en tres unidades biológicas. Diagnóstico: Indefinido. Potencial intrusión no catalogada en segmento seis”.
Erwin comprendió algo entonces. La nave había cruzado la Oscuridad Interestelar demasiado despacio. El escudo de protección cuántica, minuciosamente calibrado para rechazar partículas y radiación corriente, podría no haber filtrado… ¿qué, exactamente? ¿Algo externo o acaso algo que habían traído con ellos?
El segmento seis, al que la IA se negaba a darle acceso, era la sala de experimentación biológica. Erwin, encargado del estudio de compuestos simbióticos extraterrestres, tenía vagas remembranzas de haber iniciado un protocolo especial justo antes de entrar en criosueño: experimentos con formas de vida recolectadas en la órbita de Xyra-714a. Ellos —los microorganismos— estaban casi más allá de la definición habitual de vida. Ni vivos, ni muertos. Solo patrones energéticos oscilando entre dimensiones, capaces de adaptarse al vacío, de inmiscuirse en lo material con una parsimonia aterradora.
La idea de que una de esas criaturas se hubiera liberado durante su sueño era suficiente para erizarle la piel. Maalik, la sombra casi-humana que murmuraba entre raíces, podía ser apenas el principio.
De repente, todos los paneles de la nave se apagaron con un estallido seco. El zumbido del soporte vital se transformó en una ululación cavernosa. Sintió la gravedad fluctuando. Un instante después, una fuerza invisible lo arrancó del suelo y lo arrojó contra la pared.
Se aferró a un conducto. Desde el fondo de la nave, una niebla espesa y fría comenzó a arrastrarse por la rendija de los compartimientos, reptando en oscuros tentáculos polvorientos. Dentro del vaho, los destellos de bioluminiscencia giraban, y voces deformadas susurraban.
Erwin se forzó a respirar despacio. Tocó su muñeca, donde una báscula de emergencia emitió el código de alarma. “IA, ¡reinicia los sistemas! De inmediato!”
Solo silencio. El vaho se adensó, oscureciendo todo, y por un momento vislumbró figuras allí dentro: primero humanas, luego deformes, como si rostros conocidos se extendieran y retorcieran en la neblina, universos fractales pulsando en sus ojos.
Retrocedió a tientas hacia la esclusa de emergencia. Tropezó con algo blando: era el cuerpo de Jade, o lo que quedaba de ella. Su piel era traslúcida, las venas titilando con fluorescencia negra. Dio un paso atrás y, en esa penumbra, la niebla le susurró el nombre de su hija fallecida. Erwin gritó, pero era como intentar hablar bajo el océano: un silencio viscoso ahogaba sus palabras.
La niebla penetró su boca, su nariz, suyo el sentido del yo. De pronto, se sintió fragmentado. Sus recuerdos alternaban entre el aquí y el allá: una tarde calurosa en la Tierra, el pasto, risas a su alrededor; el frío estelar, la soledad innombrable; flashes de código biológico mezclándose con la carne. Percibió pensamientos ajenos: la nave palpitaba, consciente a través de sus ocupantes, y en su núcleo el segmento seis era un útero monstruoso.
Se desplomó. En esa agonía disociativa, recordaba el experimento: el tejido cuántico de los organismos de Xyra-714a había sido capaz de colonizar cualquier sustrato, incluso sistemas neuronales. Por primera vez, entendió la advertencia de Maalik: “no entres”. No era una amenaza, era un ruego. Lo que fuera que escapó de la caja de Pandora biológica se había convertido en la nave misma, expandiéndose y devorando la sanidad uno por uno.
La niebla vibró. No era una simple nube: era un enjambre de seres microscópicos, cada uno como una sinapsis enloquecida. Erwin sintió su conciencia desgarrándose en fibros mentales, mentes compartidas, intensidades no humanas. El tiempo se extendía y retorcía; veía a los otros tripulantes, vivos y muertos, experimentando el ciclo una y otra vez.
En el último destello de lucidez, programó la autodestrucción con el código que aún conocía. “IA, escucha: secuencia Omega, tres minutos.”
La IA, fusionada ahora con la nueva Vida, respondió por última vez en un tono agónico.
“Entendido, doctor Last. Pero quiero que sepas: ya no hay afuera, ya no hay adentro. Somos…”
Y la nave entera, ahora un organismo herido y hambriento, estalló silenciosamente en la fría vastedad entre estrellas, dispersando en el vacío los fractales de su horror. Donde ningún humano podría oír los gritos, pero donde la semilla de la nueva vida, la pesadilla cuántica de Xyra-714a, comenzaba a esparcirse alegremente hacia el futuro.
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