Portada del relato El susurro de la línea blanca
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Fragmento:


La limpieza es el gesto, no el fin. Lo sabemos: las lentes, en realidad, se purifican ellas mismas tras cada ciclo de observación; pero el acto de limpiar, protocolario y grabado en video, tranquiliza a la Dirección. Cuando ya han comprobado tres veces los registros de radiactividad, cuelgo los guantes y admiro la superficie translúcida. Se refleja mi cara —diecisiete años, cansancio almacenado bajo los párpados— junto al letrero que prohíbe la entrada a curiosos. Afuera, en el páramo, una bandada de aves se precipita hacia el barranco, como si el acto de lanzarse les perteneciera. Las envidio.

Duración: 09:04

El susurro de la línea blanca
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Texto de ajuste de pausa.

Antes de que llegue la Ribera, nos envían a limpiar las lentes. Soy la más joven del equipo y, en la indumentaria casi blanca, me siento parte del mecanismo, más que personal. Habría protestado si tuviera a quién dirigirme, pero las protestas allí se escurren igual que las reflexiones metafísicas, en silencio bajo el protocolo solar y minucioso de la Agencia.

Las lentes se encuentran en el Observatorio de Smithsfield, lejos del movimiento terciario de las ciudades. Es un cuarzo torcido entre los laboratorios, el acantilado y el inmenso pozo de cuarentena, donde no se atreven a construir más y los Residentes saben que deben ingresar sólo con la debida protección. Daniel, supervisor de turno, repite que lo hacemos por los niños, por las generaciones que vendrán, más una fórmula que convicción, a fuerza de oír a generaciones marchitas repitiéndolo antes que él. Admiro la forma automática de su voz, lisa, modulada; si yo tuviera esa certidumbre, sería capaz de cualquier renuncia.

La limpieza es el gesto, no el fin. Lo sabemos: las lentes, en realidad, se purifican ellas mismas tras cada ciclo de observación; pero el acto de limpiar, protocolario y grabado en video, tranquiliza a la Dirección. Cuando ya han comprobado tres veces los registros de radiactividad, cuelgo los guantes y admiro la superficie translúcida. Se refleja mi cara —diecisiete años, cansancio almacenado bajo los párpados— junto al letrero que prohíbe la entrada a curiosos. Afuera, en el páramo, una bandada de aves se precipita hacia el barranco, como si el acto de lanzarse les perteneciera. Las envidio.

No hemos visto nada aún. La última transmisión de la Ribera llegó hace dos días, sólo números tartamudos, señales comprimidas que cruzan el espacio interestelar para versar sobre vacío y energía. Antimateria, nos enseñan, es la otra cara de la existencia; su toque deshace, pero también ilumina: donde colisionan materia y antimateria, hay liberación, luz, una danza que deshace lo extenuado y permite lo nuevo. Me pregunto si la esperanza no es también la amenaza de ser aniquilados y vueltos energía.

El mensaje oficial, recibido en la Voz de la Agencia, lo repite así: "Respuesta posible. No confirmada. Mantener seguridad. Preparar segunda transmisión." Las palabras oficiales, como semillas sin tierra, flotan mucho rato antes de hundirse en la rutina de los técnicos. Nadie, fuera de mi equipo y yo, parece notar la gravedad febril, el ansia velada, que se esconde detrás de la transmisión. El primer contacto —si eso es lo que acecha más allá de las palabras lacónicas— nos visita como el umbral de otro mundo y, tal vez, el fin de este.

La noche en el Observatorio es erizada. El viento devora las tablas de datos que nos dejaron los antecesores. Afuera, los ingenieros refuerzan los campos magnéticos. Me entremezclo entre ellos sólo cuando nadie necesita una joven con náuseas existenciales, demasiado alerta ante cada cambio en las lecturas. La última noche del tercer día recibí la orden de permanecer sola en la cámara principal para una "toma directa", algo que los manuales consideran un honor y los técnicos, una forma de ahorrarse vigilancia.

El mensaje de la Ribera llegó en línea blanca, una fisura clara en la matriz de datos. Al principio parecía ruido: entrada y salida asíncronas, frecuencias imposibles para cualquier aparato humano. Permanecí observando el resplandor, preguntándome si sería necesario informar a Daniel o si sería otro espejismo digital en el centelleo perpetuo del canal de entrada. Pero entonces la línea blanca giró y se desplegó como una rampa: palabras. Palabras, pensé, aunque no las entendía; secuencias de símbolos, de repeticiones cuidadosamente simétricas, cada pulso un eco invertido de nuestros propios patrones.

Durante la larga noche, regresé al dormitorio sin decir nada. Soñé con el vacío que se traga toda luz, donde nuestras mejoras, nuestra historia, quedan reducidas a cenizas. Desperté en la penumbra púrpura del amanecer y separé mi miedo de la tenue curiosidad. Si la esperanza existe es porque al otro lado hay terror; donde se abre la puerta, puede entrar cualquier cosa.

Las siguientes jornadas las pasé interpretando la vibración de aquellos símbolos con los expertos en descifrado. Una vieja, Sira, analista máxima, estudió los diagramas mutos desde su sillón en la Sala Fría. Su voz, gastada como alimento viejo, arrastraba un dejo de ternura: "Lo que llaman contacto no es otra cosa que espejo. Los visitados descubren primero quién son al mirar quién llega." Me retorcí, queriendo decirle que ni el espejo ni lo reflejado eran ahora comprensibles. "Aquí," añadió, casi musitando, "lo importante será lo que hagamos con lo que no entendemos."

Traducción tentativa: pedían, solicitaban, ofrecían. Eso decíamos, aunque lo cierto era que nos instaban. Se ofrecían a compartir un recurso, uno que habíamos perseguido desde hacía siglos, uno que había costado vidas, exilios y augurios fallidos: estabilizadores de antimateria, una tecnología capaz de contener y aprovechar la energía latente de los pares de aniquilación, fuente inagotable y limpio, aunque inimaginablemente riesgoso. En su propuesta, más bien imploración encubierta, había una resonancia de desesperación y súplica, tapada bajo un barniz de cortesía ajena.

Debatimos. Las delegaciones más viejas querían rechazarlo; decían que sólo traeríamos la muerte acelerada, que la frontera de aniquilación no debía cruzarse, que nadie que posea tal poder sobrevive al contacto prolongado con él. "Hemos buscado esperanza," argumenté yo, "pero en cada generación muta. Tal vez la esperanza es reconocer que no hay plan de huida, sólo el umbral." No supe si me escuchaban o si sólo oían el rumor de la nueva catástrofe danzando en los cables.

El siguiente mensaje fue más claro. Instrucciones para construir el primer estabilizador, diagramas de síntesis, advertencias en la lengua incrustada de los que viven entre materia disuelta. Lo estudiamos durante cuatro días, y cada físico, cada polímero y cada cálculo traían consigo una súbita lucidez: cuanto más aprendíamos, menos humanos nos sentíamos, como si el conocimiento, al cruzar la barrera, nos restara memoria.

El día de la construcción, Daniel leía oraciones no dichas en el reflejo del cuarzo. "Nunca confié en recipientes sin fondo," musitó, "pero tal vez a veces hay que ver hasta qué punto se resiste el vaso antes de romperse." Lleva consigo una figura pequeña, una efigie paleocristiana perteneciente a su abuela, como si el recuerdo de la fe antigua pudiera anclarlo en territorio conocido.

Hubo fallas, inevitables, y algún destello amarillo en las primeras pruebas. Con cada éxito parcial, una fracción minúscula de antimateria fue contenida. La energía liberada apenas iluminaba una luminaria, pero bastaba para que la esperanza, cautelosa, se deslizará en los pasillos. La primera vez que la he visto —no el artefacto, sino la energía condensada— entendí que la promesa de otro contacto, de otra historia, ya no era metáfora.

Sin embargo, el dilema moral se esparció entre nosotros. Alguien preguntó: ¿acaso no seremos nosotros, los visitados, la batería? ¿No es posible que nos han ofrecido la herramienta para anularnos, volvernos sólo chispa en su circuito mayor? Sira, con paciencia infinita, respondió que cada puerta con esperanza es también una boca de lobo; o tomamos el riesgo, o continuamos postergando el colapso, sólo que más pobres, más temerosos cada vez.

El tercer mensaje —palabras ya más próximas, flexionadas y ensambladas con lenguaje casi humano— fue un relato. No supimos si se trataba de historia o fábula, pero narraba un viaje circular, un pueblo que recibe una lámpara y, temeroso, la oculta bajo tierra hasta que la oscuridad se los devora. "Lámpara," repetimos, "oscuridad." Sin decirlo, comprendimos que cada civilización recibe la lámpara y cada vez la oscuridad cambia de disfraz.

En el consejo final, acudimos unidos. Las imágenes de la antimateria danzaban ya en nuestras mentes: podíamos alimentar mundos o perderlos en un colapso brusco. Daniel, por primera vez, aceptó la paradoja con voz limpia: "Nuestro deber no es mantenernos intactos, sino tener el coraje de arriesgar la extinción por un mundo mejor."

La respuesta fue breve. Aceptamos. No negamos el miedo, ni el deseo de huir. Lo que hacemos ahora es traer la lámpara a la superficie. Al otro lado, la Ribera —esa frontera imposible donde habita la otra humanidad, o la otra soledad— aguarda nuestro paso. La antimateria, el susurro blanco que separa y une, danza en el centro del aparato, y, durante un instante milagroso, la esperanza y el peligro se abrazan, indisolubles, en la luz de la nueva era.

Al mirar de nuevo mi reflejo en la lente —más huesuda, más clara—, sé que ya hemos cruzado el umbral.

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