Portada del relato Sombras bajo los gemelos
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Fragmento:


—¿Robar? —rió Malnec, seco—. ¿Cómo llamas a querer vivir? ¿A aceptar el regalo cuando la muerte acecha? ¿Y tú, cazador? ¿Nunca has cruzado el umbral para volver distinto?

Duración: 08:31

Sombras bajo los gemelos
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Texto de ajuste de pausa.

Una neblina azul brillaba sobre la cubierta, filtrando la luz del sol doble y enmascarando la flora violácea que asfixiaba los restos metálicos del carguero Saedrec. Desde la cornisa superior, Quillian desenganchó el arpón y dejó caer su peso sobre el exoesqueleto; los dos metros cincuenta de su cuerpo latían en la armadura como un animal impaciente en su jaula. El aire olía a ácido y a vegetación muerta; las formas de vida de Naube III iban más rápido descomponiéndolo todo de lo que la colonia humana podía reponer o contener.

Quillian, cazador de recompensas en media docena de sistemas—humano de nacimiento, renegado por convicción—se especializaba en lo que llamaba “recuperaciones transfronterizas”, rastreo de presas vivas y de secretos robados. Su cliente, una corporación minera sin nombre ni rostro, pagaba una suma enorme por la captura de un tal Ghez Malnec, desertor, criminal, y—decían—portador de tecnología prohibida de los constructos gemelos. Eso le había traído hasta Naube; eso, y la certeza de que en este trozo olvidado de espacio las reglas humanas tenían menos fuerza que el musgo fosforescente bajo sus botas.

Pisó escombros húmedos y activó el rastreador táctil. Una línea rojiza parpadeó hacia la parte interior del casco partido, donde la nave agonizaba en silencio salvo por el débil silbido de ventilaciones aún activas. La señal de Malnec era reciente: la inteligencia artificial del traje lo informaba con su tono plano, pero Quillian ya lo sentía; una perturbación sutil en el ambiente, como electricidad estática tras la piel.

En el compartimento principal, entre esporas y cables expuestos, Quillian dio con un bulto. La figura era humana, o eso indicaba el perfil, pero la piel tenía el tinte mate y oscuro de los nacidos en órbita baja, y los ojos, cuando abrieron un resquicio, brillaron con una nitidez casi felina. Quillian se preparó para el enfrentamiento.

—Ghez Malnec. —La voz de Quillian tropezó con la reverberación metálica, tan directa como una orden.

—Supongo que eres el pago de mi pecado —replicó Malnec, sentándose con lentitud. No parecía armado, pero su mano izquierda permanecía oculta bajo el manto remendado. Había algo extraño en esa quietud, en la manera en que el fugitivo lo miraba: desafiante y resignado en una sola expresión.

Quillian, acostumbrado a fugitivos más asustados o más violentos, aguardó. De reojo, vio las motas luminosas en la piel de Malnec, constelaciones que pulsaban como si algo vivo y pequeño nadara bajo la epidermis.

—¿Qué robaste, Malnec? —preguntó Quillian, modulando el tono para que pareciera una simple curiosidad.

—¿Robar? —rió Malnec, seco—. ¿Cómo llamas a querer vivir? ¿A aceptar el regalo cuando la muerte acecha? ¿Y tú, cazador? ¿Nunca has cruzado el umbral para volver distinto?

Un chirrido detrás. Quillian se giró instintivamente, el cañón alineado con una figura que emergía de entre los restos: no humano, no del todo, no una bestia. Tenía simetría bilateral, pero su piel era de ónice y pliegues, su forma vagamente antropoide recordaba mitologías sumergidas en locura estelar. El alienígena lo miraba sin ojos, moviéndose con movimientos ondulados, como si flotara y caminara al mismo tiempo. Quillian tragó saliva. En tantos mundos, tan pocas veces le había tocado el **verdadero** primer contacto; cazadores como él lidiaban con humanos que se vestían de monstruos, no con monstruos verdaderos.

Malnec sonrió:

—Llegaste en el momento justo.

El alien emitió un ululato, más vibración que sonido. La IA de Quillian buscó patrones, buscó sintaxis. Ningún sistema reconoció nada. Instintivamente, Quillian apuntó el arma, pero la criatura extendió una extremidad—un pseudópodo o brazo flexible—sin agresividad, con una especie de duda.

—No dispares —dijo Malnec con súbita urgencia—. No quiere hacer daño. Me salvó cuando caí en el carguero. Me… transformó para que pudiera vivir aquí fuera.

Quillian no apartó la mira.

—¿Qué es? —preguntó, incapaz de apartar la fascinación germinando bajo el miedo—. ¿Qué te dio?

Malnec se levantó, despacio, mostrando la mano izquierda antes oculta. Una membrana bruñida cubría lo que había sido piel humana, formando patrones que Quillian reconoció por viejas leyendas de planetas prohibidos: los sellos de comunicación de los gemelos, una forma de conectar mentes y corazones a distancia.

—No sé cómo explicarlo. Me fusionó con una parte de él, o yo con él. Ahora respiro lo que el planeta da, proceso los venenos y no muero de la fiebre ácida como tu cliente pensaba que haría. El “artefacto” que buscan no es un objeto —la voz de Malnec era suave, grave, y Quillian supo, sin comprender cómo, que la criatura también lo estaba oyendo—. Es una manera de sobrevivir. O de hacerse algo distinto.

La criatura giró hacia Quillian. El traje marcó la radiación apenas detectable, la extraña simbiosis activándose en la piel de Malnec, un pulso de información a través del aire—o quizá un intento de contacto.

Quillian no era sentimental. Los años como cazador lo habían vaciado de dogmas y deseos de redención. Pero aquella presencia, tan ajena y tan cercana, removía antiguos miedos infantiles; el ansia de saber si el universo era más grande de lo que la mente humana soportaba, si había aliados, monstruos, o ambos, aguardando en las sombras de la creación.

—La corporación no aceptará eso como explicación. Me pagan por llevarte, vivo—o al menos tu cabeza. No por arriesgarme con algo que ni el Consejo Estelar entiende.

Malnec se movió, un gesto de cansancio.

—No puedo regresar. No sería yo. Ya no soy humano, no al cien por cien. Si me llevas, llevarás algo que puede contagiar lo desconocido. ¿Cuántas veces has entregado alguien solo para darte cuenta, demasiado tarde, de que lo que llevabas era una bomba, un virus, o la chispa de una guerra?

Silencio. El alienígena bajó el brazo y Quillian sintió—no oyó—una súplica, una especie de canto mental: paz, entendimiento, traspaso. Mantener la mano en el arma era ya un acto reflejo, vacío de sentido.

—¿Por qué arriesgar tu vida por esto, humano? —Replicó la IA del traje, molesta, en su tono mecánico—. Pago seguro, tránsito liberado.

Quillian respondió en voz baja, pensando tanto en el bulto familiar de su cuenta bancaria como en la criatura que los observaba:

—¿Alguna vez has sentido que si haces lo que esperan de ti, si entregas a quien paga, terminas olvidando quién eres? Hay líneas, aunque sean de cien palabras o de un solo gesto, que separan a cazador de lo cazado.

El alienígena extendió el brazo una vez más—y Quillian, en un acto que él mismo no supo si era valentía o locura, desactivó la mira, bajó el arma y permitió el roce. Una oleada de sensaciones recorrió su piel: hambre de conocer, de tocar la complejidad de una galaxia indómita. Imágenes danzaron en su mente—mundos donde especies coexistían en simbiosis, donde humanos y otros habían fracasado por miedo o arrogancia.

Se vio a sí mismo, alienígena, humano, ambas cosas a la vez. Vio un ciclo interminable de persecución y huida, de cazadores atrapados por sus propias reglas.

La criatura retiró el brazo. El aire parecía más liviano, como si algo esencial hubiera cambiado en el peso de la atmósfera.

—Vete —musitó Quillian a Malnec—. Este planeta no era un cementerio, era un útero. Si la corporación pregunta, diré que no encontré nada vivo. Que En Naube sólo existen ruinas.

Malnec asintió. El alienígena abrazó a su compañero humano, y juntos desaparecieron bajo las sombras líquidas de la vegetación azul.

Quillian contempló el vacío por un largo rato. Su rastreador siguió emitiendo señales de vida durante horas, y en cada pulso, algo en él se transformaba sutilmente, como si el simple contacto hubiera reacomodado, para siempre, el límite entre la caza y la redención.

Cuando regresó a su nave, la opción de mentir se sentía extrañamente fácil, casi natural, bajo los soles gemelos de Naube. Porque había comprendido, entre las sombras y la simbiosis, que el verdadero primer contacto no ocurre entre razas, sino dentro del mismo cazador, cuando decide, contra toda programación, de qué lado de la frontera quiere existir.

Y Quillian, por primera vez en mucho tiempo, se permitió cruzarla.

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