Fragmento:
Nyara se sumergía en la Red cada noche, revisando los reportes de desvíos: Ansiedades inadvertidas. Sueños con imágenes oscuras. Tentaciones de trasgresión tan leves que sólo un ojo extremadamente entrenado podría hallarlas. Ella deslizaba un leve ajuste aquí, una recalibración allá; sugerías otras perspectivas, recordaba sueños apacibles; y los ciudadanos amanecían con nuevas certezas, sanados como niños después de una pesadilla.
Duración: 08:36
El sol nacía en un horizonte limpio como una mesa sin recuerdos. Desde la Torre Septentrión, Nyara contemplaba el lento despertar de Avelion, la ciudad que sus ancestros habían soñado durante milenios y que ahora existía, pulida por generaciones de acuerdos, afinidades y renuncias. Los edificios resplandecían de un material blanquísimo y terso que no retenía la suciedad. Los drones pululaban en silencio, barrían, registraban el aire en busca del menor desequilibrio químico. Nadie estaba solo, ni nunca se sentía acompañado de más; cada deseo tenía un lugar y cada temor una respuesta programada.
Nyara se adaptaba bien a las rutinas. Lo requería su papel: era “afinadora”, una de las personas encargadas de mantener el delicado entramado de armonía dentro de la sociedad. Su trabajo no era visible; sus intervenciones, casi siempre intangibles. No existía tribunal, ni penitenciaría, ni cárcel: todo era prevención, pequeñas correcciones en el flujo de información y de emociones, sugerencias en sueños mediante la “Red Soñadora”, un entramado de nanocircuitos alojados entre las meninges y el cráneo de cada ciudadano.
La Red era la joya de Avelion. Desde que se implementó, no se registraron más crímenes ni sufrimientos de los que no pudieran subsanarse con una reorientación emocional. Las antiguas pasiones, esas llamaradas tan caras al arte y la literatura pretérita, aquí sólo eran reliquias de archivo, consultadas por los estudiantes con distancia aséptica. El resultado: una paz ininterrumpida, creatividad funcional, progreso sin traumas.
Nyara se sumergía en la Red cada noche, revisando los reportes de desvíos: Ansiedades inadvertidas. Sueños con imágenes oscuras. Tentaciones de trasgresión tan leves que sólo un ojo extremadamente entrenado podría hallarlas. Ella deslizaba un leve ajuste aquí, una recalibración allá; sugerías otras perspectivas, recordaba sueños apacibles; y los ciudadanos amanecían con nuevas certezas, sanados como niños después de una pesadilla.
Pero toda harmonía es un filo entre dos abismos, y Nyara lo sabía. Había una puerta —no física, aunque existía también un umbral prohibido bajo los cimientos de la Torre Principal—, una región a la que los algoritmos de la Red no entraban, como un útero sellado contra la luz, un resto de sombra imposible de limpiar. Allí, una mínima fracción de los ciudadanos de Avelion era asignada cada siglo; las instrucciones eran claras: no entrar, no preguntar.
Nyara había empezado a soñar con la Puerta Negada. Al principio eran imágenes vagas: una sombra que no podía formar, un murmullo en la lengua de su abuela, ya extinta. Luego, la visión se hizo concreta: un umbral bajo la base de las torres, y del otro lado… silencio, una ansiedad latente.
La mañana en que recibió el mensaje, Nyara ya presentía su contenido. El Comité de Afinación le asignaba revisar la Puerta; nunca daban motivos. Nadie rechazaba estas misiones; la armonía pedía obediencia y confianza.
Bajó por ascensores privados que sólo conocían los afinadores. Los muros se volvían más gruesos y conectaban menos con la Red—una mínima zona blanca, indecisa, como si la maquinaria temiera contaminarse al bajar demasiado profundo. Al fin alcanzó la compuerta. Frente a ella, esperándola, estaba Einar, el Decano de la Afinación.
—Vas a entrar sola —dijo él, y añadió, como quien entrega una bendición—: Recuerda, la Red te acompaña hasta donde es posible. Después, sólo tuyo será el juicio.
Nyara asintió. El Decano le entregó una llave y desapareció entre las sombras. Cerró los ojos, respiró profundamente, y abrió la puerta.
Al otro lado halló una cámara silenciosa, de paredes cubiertas de espejos gastados. En el centro, de pie, un hombre de mediana edad, o la imagen de uno, estaba plantado como si la esperara desde antes de que la ciudad existiese. Los ojos, de un gris imposible, se mostraban serenos y vacíos a la vez.
—Bienvenida a la sala donde termina la perfección —dijo él, sin cordialidad ni hostilidad.
Nyara sintió un vértigo infantil, un recuerdo de otros tiempos, cuando el conflicto aún era posible. —¿Quién eres?
—Soy Archivo, aunque mi nombre importa poco. Fui elegido para recordar, porque alguien tiene que saber lo que fue Avelion antes de ser lo que es.
Nyara miró alrededor. Cada espejo mostraba imágenes: calles atestadas de colores y mugre, asambleas violentas, niños chillando, artistas disputando su visión, amantes jurándose el mundo aunque los sorprendiera el odio. Órdenes y caos, duda y fervor. Y entre todo, la promesa de una perfección que aún no había llegado.
—¿Por qué se mantiene este lugar? —preguntó Nyara. Su voz era clara y cansada—. ¿Por qué no se purga este rincón?
Archivo sonrió, y el gesto fue un relámpago de tristeza. —Porque aquí está el precio de vuestra perfección. Aquí están los deseos y renuncias, la ira y la pasión, la sangre bajo la alfombra blanca. Sin este cuarto, Avelion no podría existir. Su paz depende de recordar el infierno del que surgió.
Ella entendió, de golpe, que ese cuarto era más que memoria: era un ancla, una prisión gentil, un santuario al dolor necesario para que el resto del mundo no lo conociese nunca más. Archivo era a la vez testigo y carcelero. Y ella, ahora, era depositaria del mismo secreto.
—No puedo olvidar esto —murmuró Nyara—, ni fingir que lo desconozco.
—No existe función más importante —respondió Archivo—. Alguien debe saber. No para intervenir, no para narrarlo, sino para sostener el equilibrio invisible.
El regreso a la superficie fue peor que el descenso. La luz de la mañana parecía más dura y menos real, como si una pintura demasiado lavada al sol. Los rostros de los ciudadanos —su placidez, sus sonrisas de música baja— se le antojaron más ajenos que nunca. ¿Era felicidad real, si sólo sobrevivía eliminando todos sus opuestos? ¿O era una mera estrategia para evitar la locura, la autodestrucción latente en toda comunidad?
Avelion avanzaba, crecía; su arte era pulcro e ingenioso, su ciencia curaba o evitaba toda herida; la amistad y el amor eran indoloros, pactados, sanos. Pero detrás, en la profundidad donde casi nadie descendía, el precio era pagado.
Esa noche, Nyara recusó la rutina de afinación automatizada y bajó sola al lago que bordeaba la ciudad. El agua reflejaba el zafiro y la leche de la galaxia próxima, cortada raras veces por aves programadas para no dejar residuos ni alterar el entorno.
Allí, Nyara lloró, quizás por primera vez no por sí misma, sino por la perfección erosionada. No sentía miedo, ni tampoco asco; sólo una lúcida compasión por sus semejantes, ajenos a la carga. Recordó a Archivo, a los sueños de los antiguos: la utopía no es gratuita, ni tampoco eterna. Su permanencia exige un testigo.
En días siguientes, Nyara siguió su labor con menos fe y más conciencia. Sugería sueños, afinaba emociones, nunca revelando el abismo bajo la música. La Red seguía propagando la paz. La ciudad, desde el exterior, parecía ideal; ninguna tragedia, ninguna disputa. Pero en las noches, bajo la tersura del orden, Nyara sentía palpitar la memoria del cuarto de espejos: un homenaje y una advertencia, una promesa de que, incluso en la sociedad perfecta, la sombra de lo humano debía sobrevivir.
El tiempo pasaba; otros afinadores murmuraban rumores de esa estancia, de una misión que transforma y aísla para siempre. Nadie pedía detalles, nadie exigía explicación. El silencio era parte del pacto, la última garantía de una perfección a la vez inviolable y frágil.
Un siglo después, cuando Avelion festejó el milenio de su fundación, Nyara escribiría en un diario sellado y guardado en otro subsuelo, para un lector no previsto aún por la Red:
“Ojalá algún día sepáis que la perfección no se hereda, sólo se mantiene si alguien carga con la ofrenda de la memoria. La paz de afuera es la herida nunca cerrada aquí dentro. Si algún día olvidáis eso, estaréis condenados a repetirlo todo; y entonces, quizá, Avelion renazca otra vez —no de la luz, sino del error.”
Firmó. Selló el diario. Lo dejó bajo tierra, y ascendió para siempre a la supericie, sabiendo, como Archivo antes que ella, que la sociedad perfecta era sólo perfecta porque nadie la miraba de frente.
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