Portada del relato Ecofugacidad
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Fragmento:


Cuando eras niño tu abuela narraba otra clase de cuentos. Hablaba de tormentas, sí, pero también de un azul tan profundo que podía doler. Hoy ese azul sobrevive solo en las proyecciones holográficas de los cronistas urbanos, y bajo ellas los niños hacen preguntas incómodas: ¿Había otros colores? ¿Por qué volaron los pájaros? ¿Qué es el miedo? Nadie responde. Sus madres les enseñan a temerle al silencio, esa bestia extinta.

Duración: 04:02

Ecofugacidad
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Texto de ajuste de pausa.

Anochece temprano en la ciudad amniótica. Eres uno más entre sus corredores aéreos, flotando con la sensación, tan marcada para nosotros, de que los muros respiran, que cada célula orgánica del polisueño compartido te registra. Caminas sobre césped lumínico, ni frío ni calor, solo la neutralidad que prometieron los redactores de la vida sostenible. Pero la verdad nunca fue suficiente para ti, ni el ritmo exacto de la luz programada, ni la quietud de las cosechas verticales.

Las torres no se distinguen de los bosques. Las viejas fábricas del siglo anterior hoy son jardines comestibles, y sobre sus pasillos circulan los murmullos del enjambre humano que apenas recuerda por qué alguna vez discutieron. Sabes que bajo la cúpula, mucho más allá del alcance de las raíces aerohidropónicas, agujas brillantes vigilan los ciclos del oxígeno con precisión de entes que no son, ni serán, humanos.

Te detienes ante una ventana de mica. El flujo de datos le pone nombre al suave rocío que resbala por sus bordes: condensado por la respiración comunitaria, reciclado trescientas veintitrés veces desde el último monzón programado. El susurro de la ciudad te envuelve y por un instante estás tentado de creer que aquí todo es bueno, que aquí nadie enferma de soledad ni de hambre. Sin embargo, la sombra se adhiere bajo tus párpados: una sospecha, un crujido de hardware, un desajuste en la música lejana de los generadores de viento solar.

Cuando eras niño tu abuela narraba otra clase de cuentos. Hablaba de tormentas, sí, pero también de un azul tan profundo que podía doler. Hoy ese azul sobrevive solo en las proyecciones holográficas de los cronistas urbanos, y bajo ellas los niños hacen preguntas incómodas: ¿Había otros colores? ¿Por qué volaron los pájaros? ¿Qué es el miedo? Nadie responde. Sus madres les enseñan a temerle al silencio, esa bestia extinta.

Tienes una cita en la zona prohibida, una franja olvidada entre raíces donde solo se aventuran los coleccionistas de errores. En el umbral, una mujer te espera. Su piel es un mapa de vidas previas: manchas solares, cicatrices de trabajo forzado en los campos-refugio de hace siglos. Solo sonríe una vez, cuando ve tus manos vacías. Aquí, las armas son ideas. La revolución aspira a ser un virus.

"¿Sabes por qué quieren mantener pura la simbiosis?", dice. "¿Por qué no toleran el azar?" No respondes. Sientes el zumbido de los sensores de vigilancia intentando traducir el temblor de tu pupila al idioma del riesgo.

Toman el sendero menos iluminado. Caminan entre estructuras vivas, raíces fusionadas con microprocesadores, raíces que palpitan con la memoria de residuos transformados en alimento. A tu lado, la mujer siembra palabras: "Se llaman bioanacoretas. Esperan su momento. Bajo estas torres crecen semillas viejas, imperfectas. Si germinan, pondrán fin a todo esto".

Recuerdas algo: una vez preguntaste a un educador por la diferencia entre integración y absorción. Él te mostró una esponja y una piedra, y nada más. En el eco de su metáfora comprendes el miedo: no a la catástrofe, sino al estancamiento.

En la zona prohibida, tu cita extrae de la tierra una caja de madera carcomida. Dentro: insectos. Son lo que queda de la alteridad, tan resistentes, tan incapaces de encajar. "¿A cuántos les contaste de esto?", preguntas. "A todos los que recordaron que el paraíso es antinatural", responde ella. Un insecto vuela y se pierde en la noche: la señal.

Esa noche regresas a tu célula-hogar, encontrando en el aire sabor a verdor, y piensas en los viejos dioses olvidados, aquellos que morían por rachas y regresaban en cada brote de maleza. Por primera vez en meses, cierras los ojos y sueñas a color, aunque sabes—mañana, quizás, la ciudad ya no soñará contigo.

Alguien, en algún techo verde, deja caer la semilla equivocada. Con ese simple gesto, las preguntas seguirán surgiendo, irreductibles, como el pulso que agrieta las perfectas y luminosas fachadas de toda utopía.

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