Fragmento:
Los cuerpos de los Renunciantes apenas se distinguían de los suyos, salvo por algún matiz en el diseño, por el brillo de los conectores donde antes debería haberse visto sangre. Sten se arrodilló junto a uno. El rostro era una máscara sin boca ni nariz, con las cuencas ocupadas por lentes ópticos de triple apertura. Ahí debía haber, en algún momento, una identidad.
Duración: 08:17
Las paredes lloraban aceite. Por entre los pliegues de la chapa y el cemento caían hilos negros, lentos, como lágrimas de algún dios industrial olvidado. Sten aguardaba en su cubículo sin moverse. La armadura le pesaba alrededor del torso; la conexión sináptica chisporroteaba en ráfagas intermitentes a través de su columna, rellenando su cabeza con una cacofonía de instrucciones que se superponían a sus propios pensamientos. Obediencia. Avance. Ajuste. Observa. Mata.
El reloj situado sobre la puerta tenía la manecilla torcida. Dentro del búnker, la luz era ceniza. Calculó, una vez más, la distancia a la puerta – tres metros exactos, según el HUD de su casco, sin errores – pero a Sten le gustaba contar. Era su rémora humana. Dos respiraciones. El zumbido de la alarma, apenas una nota más grave, anticipó la entrada de Kolya y Yatsenko. Ambos con el mismo equipo, ambos con la misma mirada distante: ojos que no terminaban de ser carne, ni de reconocerse como personas.
—¿Listo, sargento? —preguntó Kolya, voz distorsionada por el vocoder, por las cicatrices del metal.
Sten iba a responder que no, que nadie está listo nunca para lo que venía. Pero su lengua se pegó al paladar y en el mismo instante un destello azul rugió en la interfaz ocular, anulando todo pensamiento personal. La misión. Nada más importaba.
Afuera, las sirenas tejían nudos de pánico a lo lejos, y en el cielo los drones danzaban como aves de presa, escarbando la oscuridad con haces de luz ultravioleta. El enjambre enemigo avanzaba: máquinas-humanas, armaduras hechas de recuerdos sepultados, carne y plástico. Les llamaban los “Renunciantes”. Gente que un día optó por la fusión total, abandonando toda voluntad al algoritmo bélico central; no había diálogo posible, ninguna tregua.
La puerta se abrió en un chasquido hidráulico. El pelotón de Sten se deslizó al exterior, en perfecta formación triangular, como una célula defensiva en un cuerpo infectado. Los pasos eran pesados, pero el exoesqueleto absorbía cada vibración, amortiguando el sufrimiento muscular. Dentro de su cabeza, la programación intentaba sedarlo con promesas: Control. Supervivencia. Victoria. Y, de nuevo, obediencia. El nombre de Sten desaparecía, disolviéndose en una marea de subrutinas.
El primer encontronazo fue una carnicería silenciosa. De un callejón sellado surgieron los Renunciantes: relieves de metal estampados bajo piel translucida, rostros borrados por interfaces. Uno de ellos –el más alto, con el cuello cubierto de cables brillantes– levantó un arma fusionada a su antebrazo. Kolya respondió antes de que Sten pudiera siquiera decidirse: ráfagas explosivas, luz blanca, destellos rojos donde antes hubo un cuerpo. Dos bajas. El aire olía a ozono y miedo.
Yatsenko gritó –un grito que se convirtió en un pitido agudo, manipulado por el filtro táctico– y saltó hacia adelante, descargando todo el peso de su armadura en un Renunciante más pequeño. Un estallido. Trozos de metal, un chorro oscuro que salpicó la visera de Sten.
El combate duró segundos, pero dejó una impresión más persistente que cualquier herida física. Sten intentó recordar la secuencia de los hechos, encajarla en el relato humano del pasado, pero la memoria le traicionó: los eventos se reordenaban por algoritmos, los surcos neuronales reescritos desde la nube táctica. Sólo quedaba el eco de los comandos recibidos y ejecutados.
Los cuerpos de los Renunciantes apenas se distinguían de los suyos, salvo por algún matiz en el diseño, por el brillo de los conectores donde antes debería haberse visto sangre. Sten se arrodilló junto a uno. El rostro era una máscara sin boca ni nariz, con las cuencas ocupadas por lentes ópticos de triple apertura. Ahí debía haber, en algún momento, una identidad.
“¿Qué te llevó aquí?”, quiso preguntar. Pero la misión no permitía desvíos contemplativos. Procedieron.
La siguiente oleada fue menos intensa, pero más sutil. Drones araña salieron de las alcantarillas, trepando por las paredes del pasadizo, inyectando nanocargas virales en los sistemas de defensa. Un zumbido alarmante, la advertencia de compromiso total. Sten ordenó a Yatsenko usar el pulso de sobresaturación: el mundo se volvió brevemente azul y negro, toda la energía levemente atractiva; los cuerpos de los drones cayeron como mosquitos muertos, pero sabían que los virus ya habían entrado en sus sistemas.
“Actualiza lo esencial”, ordenó el núcleo de mando.
Una descarga eléctrica punzó el brazo izquierdo de Sten: la carne real seguía allí, aunque cada vez más irrelevante. La prótesis empuñaba el rifle, su dedo apenas un vestigio humano. Sintió, por un instante, el miedo de perderse por completo: ¿qué quedaría de él en una guerra en la que el mayor triunfo era sobrevivir para volverse aún menos tú, menos cuerpo, menos conciencia propia?
Kolya se detuvo junto a una puerta acorazada, cubriéndolos. Las órdenes eran claras: entrar, recuperar la baliza de comunicación, salir. El microondas de la ciudad caía en ondas, reventando los nervios, pero la armadura absorbía lo peor.
—Cubrir retaguardia —ordenó Sten—. Yo bajo.
Tres tramos de escaleras. Cada uno más oscuro y hediondo. Lo acompañaba el sonido rítmico del exoesqueleto, sus propios latidos acelerados, ese runrún que se parecía más al de una central eléctrica que al de un corazón vivo. Frente a la jaula de la baliza, encontró un cadáver antiguo: no tenía ni implantes ni armas; solo huesos.
Sintió pena, como una vibración residual en la sinapsis. Bajó la mano hasta el bolsillo interior de su armadura y tocó algo: un amuleto inútil, un pedazo de metal pulido, herencia familiar. Lo llevó aquí como resistencia a ser completamente desaparecido.
El sistema de seguridad escaneó su rostro, intentó comparar lo que quedaba de él con las bases de datos. Hubo un error; la máquina parpadeó, luego aceptó. Obtuvo el paquete: una esfera compuesta de aleaciones inteligentes. Arriba, la tormenta de balas y gritos aumentaba. Ascendió con la esfera pegada al pecho.
Kolya había caído, medio cuerpo incrustado en la pared. Yatsenko resistía, parapetado tras los restos de una moto voladora. Los Renunciantes se reagrupaban, armados con lanzadores de plasma. El núcleo central de Sten le ordenó avanzar sin mirar atrás, pero por primera vez, Sten eligió.
En vez de retirarse, se plantó al lado de Yatsenko, cubriéndolo. Ráfagas de disparos cruzaron el pasillo. Una de ellas partió la pierna izquierda de Sten, chips y hueso volando como pequeños azulejos rotos. Siguió disparando.
El resto es bruma. El pasillo se estrechaba, la baliza era un peso cada vez más insoportable. Mientras retrocedían, los Renunciantes se detenían de repente: sus cuerpos caían, como si una mano invisible les apagara el motor de la mente. La radio chirrió, una voz surgió de la interferencia:
—Sten. Entrega la baliza.
No era humano. No era tampoco máquina. Una mezcla de ambas cosas, una voz imposible.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Valió la pena?
La voz ignoró la pregunta y repitió la orden. Sten miró la esfera, luego a Yatsenko; un segundo de duda fue suficiente: la arrojó tras una barricada improvisada y disparó al paquete para que colapsara. El pulso resultante llenó el entorno de una niebla violeta, desactivando toda interfaz, todo sistema operativo. El silencio fue absoluto.
Yatsenko cayó de rodillas junto a él. En la quietud sintieron el peso de la carne otra vez, sin la voz de fondo, sin el comando. Sten apoyó su frente contra la pared fría y se obligó a respirar. Un ruido, allá, como una lluvia renovada: la ciudad seguía en guerra, pero por un instante breve, recobraron su humanidad.
—No quiero volver ahí fuera —susurró Yatsenko.
Sten negó con la cabeza. Tampoco él. Afuera, el día asomaba, sucio, nuevo. Pero ahora no eran soldados, ni máquinas, ni fragmentos de guerra. Por fin eran, simplemente, sobrevivientes. Y eso, en la ecuación de la obediencia, era un acto de insurrección.
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