Portada del relato La sinfonía del azogue
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Fragmento:


—Suficiente para financiar una guerra. —La Amosista sonrió.

Duración: 09:31

La sinfonía del azogue
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Texto de ajuste de pausa.

***

Se llamaba Janira, aunque en la Red era conocida como la Amosista. Si tenía un segundo nombre, nadie más lo sabía, ni le importaba. Su habitación, en la cúspide de la Torre Eidos, daba a las ruinas de lo que una vez fuera la ciudad hermosa de Lysine. Ahora, desde allí arriba, la urbe brillaba por la noche con la débil obstinación de los terminales viejos, una constelación pálida bajo el sofoco permanente de una nube de polvo y neón.

Tenía diecisiete tatuajes de luz insertados bajo la piel, cada uno una obra de arte y alquimia retorcida: tallos simétricos, espirales fractales, runas heredadas del siglo XXIII. Por el día dormía, acunada por el murmullo constante de los ventiladores de refrigeración y el zumbido de las redes de datos que envolvían la torre como enredaderas. Al caer la noche despertaba, se vestía con sedas negras y abría los brazos ante el terminal central, dejando que los sensores ópticos leyeran la cartografía luminosa que recorría su carne como una sinfonía viva.

En el mundo de Lysine, los tatuajes de luz eran algo más que marcas ornamentales; eran memoria y cifrado, contraseña y documento. Cada línea, programada en circuito líquido de azogue, podía almacenar archivos, pasados, incluso sentimientos. Janira, en el último mes, había ido acumulándolos con una urgencia que ni ella comprendía del todo, como si la piel la estuviera conduciendo hacia un destino del que apenas sospechaba la forma.

Aquella noche, el sistema respiraba con lentitud. Sintió el temblor familiar en el antebrazo izquierdo, donde el Artista había dejado su última contribución: una serie de polígonos que latían con una pulsación azul al paso de las señales neuronales. Se acercó al espejo: sus ojos, reflejo de los núcleos de silicio que le habían injertado a los nueve años, devolvieron una mirada fría y brillante. Su piel, vestida de relámpagos, titilaba con una belleza ajena.

En el vestíbulo digital, la Amosista tomó forma. El avatar flotó sobre un suelo que no existía, modelado en fractales lacustres, y cubierto por una niebla de datos. Cada cliente que entraba era una sombra armada de códigos, todos buscando lo mismo: acceso, recuerdos, olvido.

El trabajo que aguardaba esta noche era distinto. Un mensaje en cadena, transmitido por una mariposa hecha de bytes, flotó hasta su palma y ardió. La petición era anónima, por supuesto; nadie firmaba misivas en la Red Profunda. Decía sólo: “Hacer arder los jardines de Lysine. Precio: tu propio corazón.”

Janira soltó una carcajada seca. Había vendido demasiadas veces los fragmentos de sí misma para que esa amenaza la detuviera. Aceptó. Desde el otro lado de la bruma, una silueta—más sombra que cuerpo—apareció.

—¿Sabes cuánto cuestan los jardines? —preguntó la sombra.

—Suficiente para financiar una guerra. —La Amosista sonrió.

—No quiero guerra. Solo deseo olvidar.

—El olvido es caro —respondió ella—. Y duele.

La sombra asintió. De sus dedos brotaron filamentos de datos, hilando símbolos arcanos en torno a la Amosista. Ella sabía que esto era más que una simple transacción: cuando los jardines cayeran, con ellos arderían todos los recuerdos albergados en la memoria de Lysine. Todos los amores, las pérdidas, las traiciones cinceladas en la ciudad, conservadas en las placas madre de los árboles artificiales.

Puso los dedos sobre su antebrazo, activando el puerto de acceso. El esquema de polígonos se reconfiguró. Sintió el vértigo familiar: una sensación de caída en picado mientras su conciencia era arrastrada hacia la malla digital. Allí, los jardines florecían: un laberinto de follajes tejidos de luz y circuitos, flores que grababan a fuego los recuerdos de los ciudadanos.

Había escuchado rumores sobre lo que ocurría cuando alguien destruía una memoria tan vasta: el dolor, el peso. No solo para quienes la perdían, sino para el ejecutor. Sabía, incluso entonces, que no podría volver atrás. Sintió el precio latiendo bajo su esternón, una especie de tristeza anticipada.

Guiada por la sombra, avanzó entre altos arcos de nanofibras translúcidas. Si apretaba una flor entre los dedos, podía ver—con total nitidez—el primer beso de una mujer de ojos verdes, el eco de una canción olvidada, la desesperación de un exilio, el nacimiento de una idea. Cada átomo de ese lugar cantaba con la vibración de miles de vidas entretejidas. Más allá del laberinto, el corazón mismo del jardín palpitaba.

—Es aquí —dijo la sombra, su voz un filo apenas audible—. Si tomas este nodo, todo caerá.

La Amosista apenas vaciló. Estiró la mano. Los polígonos bajo la piel de su brazo relampaguearon y ardieron. Un lanzallamas de impulsos electromagnéticos lamió las raíces de los árboles de datos.

Todo comenzó a arder.

***

El dolor, cuando llegó, era más dulce de lo que había imaginado. Por unos segundos, sintió los recuerdos ajenos pasar por su sistema nervioso digital como una corriente de miel y cicuta. El niño que aprende a bailar sobre las piercings de una madre muerta. El viudo que regresa cada día al mismo banco, para conversar con una voz grabada. La ladrona que esconde secretos en el corazón sintético de sus propios tatuajes.

A medida que cada memoria era incinerada, Janira podía percibir las fracturas que se abrían en su interior. Las veía. Las sentía. No podría olvidar jamás ese caudal, ese peso. Eran fragmentos que se quedaban atrapados en la malla de su conciencia como esquirlas bajo la piel.

Cuando el último árbol humeó ceniza de luz y el jardín quedó reducido a un campo yerboso de bits quemados, Janira cayó de rodillas.

La sombra se disolvió sin una palabra. El contrato estaba cerrado.

Esperó, perdiéndose en un aturdimiento diáfano, hasta que la Red se cerró como una herida cauterizada.

***

Despertó horas después en su habitación. El suelo vibraba con las llamadas urgentes de los clientes, las balizas de advertencia iluminando las sombras. Había rumores de motines, ataques, suicidios; los jardines de Lysine no habían sido solo un almacén de recuerdos, sino el pilar invisible que mantenía unida a la ciudad. Sin sus anclas emocionales, la población caía en picado hacia un olvido fino y desesperado.

Caminó hasta la ventana. A lo lejos, fuego real iluminaba la neblina artificial. La ciudad estaba en caos.

Alzó el brazo, esperando encontrar la red de polígonos azulados. Pero ya no estaban. En su lugar, apenas cenizas oscuras marcaban la carne. Intentó acceder a sus otros tatuajes de luz. Uno a uno, descubrió que también se habían apagado, como si la destrucción de los jardines hubiera absorbido su energía vital.

Fue entonces cuando sintió que dentro de ella algo titilaba. No era dolor, no era vacío. Era… otra cosa. Como una semilla de código extraña creciendo entre sus costillas.

Con movimientos lentos, llevó ambos brazos al terminal central y empezó a manipular los sistemas. Linterna en mano, recorrió los logs de acceso, reconstruyendo el camino de la sombra, desmenuzando capas de cifrado y basura. Y allí, bajo una pila de archivos borrados, halló un fragmento residual: una memoria no de la ciudad, sino de sí misma.

La activó.

La habitación se transformó. Estaba, de pronto, en el viejo jardín de su infancia: árboles de hierro fractal, enredaderas azules, la voz de su madre programando mariposas de datos para perseguirle entre la maleza. Recordó que su primer tatuaje de luz fue un regalo de ella, una promesa de que la memoria no podía perderse mientras algo de nosotros sobreviviera en la piel o en la carne.

“Olvidar es una forma de renacer”, susurró la voz de la madre, etérea, atravesando la fractura entre lo digital y lo real.

Janira, sentada en el suelo de su apartamento en la torre, lloró en silencio. Porque había comprendido: la sombra no quería realmente destruir la ciudad. Quería soltar el dolor, permitir el cambio. Lysine, privada de sus recuerdos centralizados, tendría que aprender otra vez a crecer, a enlazar nuevas historias en cuerpos, en palabras, en gestos. El precio le había sido impuesto a la Amosista: cargar con la totalidad del olvido, para que otros pudieran ser finalmente libres.

Se levantó. El primer paso fue difícil. El segundo también. Por la ventana, vio temblar las luces de Lysine, los mensajes urgentes de pánico, y supo que pronto vendrían por ella.

Caminó hacia el ascensor, descalza, cubierta de ceniza y líneas apagadas. Fuera de la torre, la noche estaba llena de ruidos: detonaciones, gritos, sobre todo un murmullo constante de voces nuevas, de datos que buscaban un sitio adonde ir. Janira se internó por calles que ahora estaban vacías de recuerdos, llenas solo de posibilidades.

Avanzó hasta la plaza central, donde los árboles artificiales eran ahora solo esqueletos humeantes. Sentó en el borde de la fuente, entre el humo y el resplandor lejano de la luna, y tocó la piel donde antes brillaban los tatuajes.

En ese preciso instante, comprendió que el futuro de Lysine ya no dependía de sus jardines muertos, ni de la Amosista como árbitro de la memoria, sino de lo que los supervivientes supieran tatuarse de nuevo, uno a uno, unas manos en las otras.

Y fue suficiente.

Reclinando la cabeza hacia atrás, cerró los ojos. Se permitió olvidar. Se permitió, por fin, comenzar a imaginar.

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