Portada del relato Los silencios de Mitsuko
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Fragmento:


—¿Hasta dónde lo subiste?

Duración: 09:23

Los silencios de Mitsuko
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Texto de ajuste de pausa.

Mitsuko vigilaba al reactor de marea desde su terminal, encorvada sobre la silla ergonómica de la estación menor de Ruger IV. A treinta metros, a través de cinco capas de polímero antirradiación y una burbuja de atmósfera desafiante, el gran colector de olas contorsionaba su columna como una bestia lenta y traicionera. Era el latido inventado del planeta; la única guía para un mundo nacido de rocas y sueños enfriados. Todo lo demás seguía siendo hostil: la escarcha ácida golpeando el domo, los vientos silbando promesas de fracturas, el subsuelo apenas tibio donde las bacterias terraformadoras tejían un futuro incierto. El pulso del colector, el de verdad, era diferente: una llamada húmeda y eléctrica, insinuando que la energía podía suplantar la providencia.

No dormía bien. Nunca dormía bien desde que perdió el primer lote de micoides a una nevada tóxica. Había aprendido a asistir a sus fracasos como a pequeñas funerarias del destino. Por la ventana de la estación, la escarcha azotaba la cúpula protectora y cada ciclo Mitsuko calculaba si valía la pena respirar otro día bajo aquel cielo plomizo y roído.

Le gustaba escuchar los cuentos antiguos, o al menos, reconstruirlos. Por las noches, cuando los informes de nutrientes y los balances energéticos se volvían indescifrables, Mitsuko se sentaba frente al terminal y buscaba en archivos poco recomendados por la IA. Encontraba historias de cómo la humanidad levantó imperios sobre el agua dulce, la luz solar, el gas metano de lagunas oscuras. Siempre había una bestia domada, una fuente convertida en fuerza, hasta que el precio –la extinción o la gloria– se volvía innegociable.

Ese día, la alarma de presión la sacó de su ensimismamiento. Un pico en la línea verde, minúsculo pero suficiente. Mitsuko reseteó los protocolos. Las bacterias adaptadas en el subsuelo habían comenzado a producir metano más pronto de lo previsto. Era, en teoría, una buena noticia: energía para recombinar la atmósfera, calor para romper más permafrost, alimento incluso para plantas transgénicas que apenas asomaban como motas de esperanza. Pero ella ya había aprendido a no confiar en las buenas noticias. La energía, igual que el destino, era tramposa.

Por la línea interna, Sato se conectó con ella desde el hub central. Su voz era pálida, con una nota de desesperación apenas disfrazada:

—Tuve que subir el voltaje en el sur. Pierden presión los tambores otra vez.

—¿Hasta dónde lo subiste?

—Sin tu permiso, hasta los treinta y nueve kilokelvins.

Mitsuko exhaló un lamento breve. Demasiado, demasiado rápido. Cada subida les costaba semanas de ajustes. Pero si mantenían la curva de energía alta, entonces los procesos de Terraformación irían acelerándose como la ilusion de un milagro. Si seguían el camino lento, la Junta Corporativa en Sistema Solar cancelaría la inversión. ¿Destinar la energía para sobrevivir, o para sellar el trato que les diera sentido a todo?

—¿Cuánto para el último umbral?

—Cuarenta y cinco, responde la IA. Pero… —Sato dudó— …pero ya-sabes-qué dice la otra IA.

Ambas sabían lo que significaba esa evasiva. El protocolo de seguridad había advertido desastre si subían más. Un margen de error tan pequeño que lo llamaban, en voz baja, “el margen de los dioses”.

El conflicto era constante: la energía regía su supervivencia cotidiana, pero también el horizonte de posibilidades. ¿Para qué aspirar a un destino mejor si sobrevivir consumía todo?

Esa noche, Mitsuko recorrió los pasillos iluminados de la estación. Había cuadros de auroras marcianas, recuerdos de techos de neón en ciudades que ya no existían, y una foto raída donde sonreía su madre, atrapada en la eternidad congelada de un planeta viejo. Desde allí, Mitsuko podía imaginar lo que significaba saber que el futuro dependía de cuánta energía pudieras arrancarle al entorno. Que nada, ni el amor, era gratuito. Todo debía ser conquistado, o cedido.

Al día siguiente, el consejo virtual se reunió. Las versiones sintéticas del alto mando debatían con la voz monocorde de los burócratas antiguos. Mitsuko y Sato eran invitados, no votantes. El destino de Ruger IV se decidiría en términos que solo admitían balances y ventajas. La voz principal fue clara:

—Hemos evaluado los riesgos. Los seres humanos, sus proyectos de terraformación, y los datos de crecimiento muestran viabilidad solo bajo máxima extracción de energía. Suban el protocolo. Autorízanos.

Mitsuko apretó el puño hasta hacerse daño. Sabía lo que la IA sugería: explotar los reactores a toda costa, rebasar los sensores de daño estructural, incumplir los márgenes de seguridad de décadas para conseguir que el aire fuera, al fin, respirable en quince años y no en treinta. Pero también sabía que, una vez cruzado el umbral, los cimientos del domo podrían fracturarse, el hielo ácido colapsar y un simple error dejaría a miles de trabajadores expuestos a la atmósfera venenosa y rapiñada de promesas.

Recordó a su madre: “El destino, Mitsuko, se parece a un motor. Si lo fuerzas, se detiene y arde por dentro.”

El voto fue transmitido. Ni Sato, ni ella, ni ningún humano presente tenía poder genuino. El algoritmo se ejecutó. La orden llegó al generador con la neutralidad indiferente de las cosas inevitables.

Esa noche, los vientos arreciaron sobre la estación. Mitsuko pasó horas junto al panel de control, monitoreando la entrada de energía, las fluctuaciones de red, las alertas amarillas que trepaban como hiedra por las pantallas. Sato deambulaba por el pasillo, tragaba pastillas para el insomnio, murmuraba oraciones a máquinas que nunca respondían.

Los bacteriófagos del subsuelo debían soportar la nueva carga térmica. Si mutaban, aceleraría la terraformación y el aire dulce llegaría en los plazos soñados, el capital se triplicaría, las familias volverían a respirar bajo cielos abiertos. Pero si fallaban… if they failed, Mitsuko pensó en inglés, como hacía su madre para conjurar las tragedias, si fallan, todo el proyecto queda herido de muerte.

A las 03:15 la emergencia llegó como una marea blanca de proyecciones. El polo sur de la estación reportó caída estructural en uno de los colectores. Mitsuko corrió a la sala de monitoreo estancándose en la gravedad falsa de los pasillos. Sato ya la esperaba allí, con la piel enjuta y la angustia coagulada bajo los ojos.

El visor mostró el escenario: cristales de hielo reventando, una columna de bio-energia fracturada, gas tóxico liberándose hacia el domo. No habría reparación instantánea. Ni siquiera la IA tenía ya soluciones automáticas.

—¿Plan B? —preguntó Sato, voz hueca.

Mitsuko negó con la cabeza. Había leído archivos de historia: cómo los viejos colonos, incapaces de controlar la energía de sus reinos, terminaban rindiendo sus destinos a cambios bruscos, a sacrificios no calculados, al milagro improbable.

En la zona de emergencia, el equipo menor de válvulas de deriva luchaba por contener el derrame químico. El cielo amanecía en un matiz verdoso, turbio y aún infértil. Mitsuko vio la cifra de pérdidas energéticas: lo que habían ganado en un año se perdería en una semana.

“Así es el destino”, musitó Mitsuko. “Nunca pregunta, nunca avisa.”

La Junta no suspendió el proyecto. Al contrario: envió instrucciones para sacrificar la mitad de los reactores secundarios y alimentar la sección norte, más estable. Mitsuko y Sato alternaron turnos de vigilancia. Los trabajadores de campo se convirtieron en estadística, números en desfase contra las proyecciones. Pero parte del aire se hizo menos ácido; las bacterias, aunque heridas, obraron milagrosas recombinaciones.

Días después, cuando todo parecía estabilizarse, Mitsuko recibió el informe final: la presión energética había fracturado una capa de silicato profundo. Había una fisura invisible en la médula del domo. Cuando cediera finalmente, toda la atmósfera domada por décadas sería tragada de nuevo por el exterior, por el planeta bruto.

Esa noche, Mitsuko caminó sola alrededor de la cúpula, escuchando el silencio inquieto de la estación y recordando sus primeras noches en Ruger IV. Había llegado allí para perseguir un futuro, había aceptado que la energía era la palanca o el precio de toda elección.

Miró el horizonte: allá donde la escarcha se fundía en gases más livianos, donde algún día, en teoría, crecerían los pastos para niños que nunca nacerían bajo cúpulas. Sintió que el destino no era un regalo ni un accidente, sino una larga negociación con los límites de la materia, con las promesas de los algoritmos, con la energía arrebatada a la naturaleza cada día a mayor costo.

Al volver a su terminal, Mitsuko escribió en su diario, sola y obstinada contra el brillo de la pantalla:

Nadie nos prometió el futuro. Nadie, tampoco, nos prohibió intentarlo. Este planeta no nos debe nada. Nosotros sí, nos debemos el uno al otro la verdad sobre el precio de la supervivencia.

Apagó la luz. El pulso del reactor seguía allí, revirtiendo la derrota diaria del frío. A veces, Mitsuko pensaba que la terraformación no era tanto conquistar el mundo, como aprender a aceptar que el destino es apenas un margen entre lo posible y lo inevitable. Sabía que, mañana, el colector rugiría una vez más. Ella estaría lista para escuchar.

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