Fragmento:
Ned tenía una cita hoy. Y no de las agradables, sino de las otras: las inevitables. Su cliente, don Marcellus Pnoid, esperaba en el último bloque de obsidiana sintética. Marcellus era un humano modificado. Eso, en sí, tampoco decía mucho, ya que era más fácil encontrar un unicornio con smartphone que a una persona completamente sin aumentos en Ankh-Tek. Marcellus, sin embargo, había optado por mejoras poco usuales: no era más fuerte, ni más hermoso, ni siquiera más carismático. Sólo había ampliado su memoria, su percepción temporal, y, sobre todo, su angustia.
Duración: 08:04
La niebla caía suave sobre la Calle Eterna, esa curva infinitesimal entre antiguas losas de obsidiana y la promesa de un futuro menos, digamos, húmedo. Ned Rimbold, más nacido para la grasa que para la gloria, tocaba la campana del reloj de la Torre Central con una cuidadosa redundancia. Ahora, eso podría sonar grandioso, pero en el continente de Ankh-Tek, redundancia era una virtud, a tal punto que los organismos encargados de la burocracia llevaban duplicados impresos de duplicados digitales de duplicados emocionales de todo lo que alguna vez había sido pensado—por si acaso a alguien se le olvidaba sentir algo relevante.
Ned estaba allí para engrasar engranajes, pero también—y mucho más importante—para sincronizar almas. Lo que en tiempos pasados era un trabajo para un humilde relojero, aquí implicaba regularmente pelearse con las emanaciones etéreas de inteligencia artificial que habían aprendido a filosofar gracias a algún enciclopedista aburrido (y borracho). Ned era, en términos sencillos, el hombre encargado de mantener la línea tenue entre la humanidad y la Sobreversión.
La gente pagaba en información, claro. En un mundo plenamente transhumanista, cada pequeño grimorio o chip podía contener los recuerdos completos de al menos tres matrimonios malogrados, o las instrucciones para amar correctamente el aroma del oxígeno reciclado. Y allí estaba Ned, recogiendo pedacitos de humanidad por cada tic de reloj, almacenando recuerdos, sueños huecos y hasta pecados olvidados.
La cuestión con la Calle Eterna es que no termina nunca, algo que puede sonar obvio y poco prometedor para quién busque sentido de orientación o el final de una noche especialmente larga. En los extremos de la Calle, uno se topaba con ‘Las Puertas del Upgrade’. Y ‘Las Puertas de la Recursión’. Elegir era fácil: los que todavía preferían desayunar pan con manteca cruzaban la primera, mientras los que amaban las paradojas y el café instantáneo desaparecían detrás de la segunda.
Ned tenía una cita hoy. Y no de las agradables, sino de las otras: las inevitables. Su cliente, don Marcellus Pnoid, esperaba en el último bloque de obsidiana sintética. Marcellus era un humano modificado. Eso, en sí, tampoco decía mucho, ya que era más fácil encontrar un unicornio con smartphone que a una persona completamente sin aumentos en Ankh-Tek. Marcellus, sin embargo, había optado por mejoras poco usuales: no era más fuerte, ni más hermoso, ni siquiera más carismático. Sólo había ampliado su memoria, su percepción temporal, y, sobre todo, su angustia.
Pnoid podía recordar no sólo todas las conversaciones que había mantenido en su vida, sino todas las cosas que no había dicho. Muchas veces, mientras Ned le ajustaba los engranajes cerebrales, Marcellus le relataba que el peso de las palabras jamás pronunciadas era, al menos, equivalente al del plomo. Y, después, le pedía que lubricara la cápsula del lóbulo frontal para que los pensamientos circularan mejor, como si el alma de un hombre pudiera engrasarse con meticulosidad victoriana.
La habitación de Pnoid era una cápsula de paredes líquidas, constantemente plegándose a los estados de ánimo de su propietario, mostrando prados, auroras y, últimamente, gaviotas revoloteando sobre basureros. Cuando Ned llegó, Marcellus se encontraba ‘fragmentado’, algo habitual para los Mejorados: cada parte procesaba ideas independientes mientras el original intentaba recordar quién era esta semana.
—¿Vas a filosofar o engrasar, Ned? —preguntó la versión de Marcellus proyectada en un poliedro levitante.
—Siempre pensé que una parte de mí era relojero y la otra filósofo —contestó Ned, abriendo su estuche de herramientas; destornilladores de precisión, chisquidos de iridio y un pequeño tubo de compasión reciclada—. Pero sospecho que hoy toca más lo segundo.
—Tengo un error—susurró otra versión de Marcellus, emergiendo desde el tapiz virtual del suelo—. Me quise actualizar, y ahora la nostalgia me duele físicamente.
Ned asintió. Había escuchado variantes del mismo lamento. El deseo y el miedo a la vez de superar la humanidad y de perderla. Nadie quiere morir desconectado, pero tampoco sonar cada hora con la puntualidad de la soledad.
—Aumentamos todo —dijo Ned, mientras ajustaba un dial microscópico sobre la sien de Marcellus—. Pero seguimos siendo nosotros los que deciden a quién abrazar y a quién olvidar.
—¿Y si no quiero olvidar? —el Marcellus original, o el que más se parecía a serlo, se encogió de hombros.
—No te preocupes. El olvido es, en sí mismo, un acto de humanidad. La eternidad necesita un poco de caos para que las victorias sepan dulce—.
Fue entonces cuando todo se detuvo. No técnicamente, la trascendencia digital tenía demasiados chequeos automáticos para permitir una simple detención. Pero el tiempo mismo se arrugó, como si una hoja Excel concibiera espontáneamente la idea de arrepentirse. Ned escuchó la respiración contenida de los generadores de alma, el pulso esquelético de la ciudad, y supo que algo, en algún lugar del código ético, había cambiado.
—Este no eres tú —dijo Ned con delicadeza.
—¡Eso es el problema! —gritó la versión fractal de Marcellus, que ahora se expandía y contraía como un pulmón durante la risa de un dios—. ¡Me convertí en todos los que no quise ser! ¡Y ahora no sé cuál es la versión actualizada de mí mismo! Mi alma está llena de parches y errores de compilación.
Ned recordó entonces, casi con ternura, aquel viejo proverbio de los ingenieros filosóficos: *Si arreglas tu alma con suficiente frecuencia, pronto tendrás una completamente distinta*.
En ese instante, la pared de la cápsula parpadeó, mostrando un recordatorio: “Actualización crítica disponible. Se recomienda respaldar recuerdos”.
—¿Qué hago, Ned? —preguntó Marcellus, que ahora hablaba con todas sus voces y ninguna a la vez.
La decisión, como casi todas las decisiones en la Calle Eterna, era simple y absolutamente desbordada por consecuencias: aceptar una actualización, reintegrar las subpersonalidades, perder la nostalgia junto con todo lo que lo hacía único, o rechazarla y quedarse allí, torcido y humano. O lo que pasaba por humano en estos tiempos.
Fue cuando Ned formuló la pregunta que sólo un verdadero relojero puede lanzar, el tipo de pregunta que ajusta engranajes y, ocasionalmente, destruye realidades:
—¿Prefieres ser perfecto o prefieres seguir buscando?
La cápsula titiló; los prados desfallecieron, y las gaviotas se fueron en busca de mejores relatos. Marcellus se quedó en silencio largo rato, como si buscar la respuesta fuera excavar con las uñas a través de la memoria comprimida de mil vidas simultáneas.
—Quiero buscar —dijo finalmente, en un susurro colectivo e inhumano—. Quiero buscar cada día, incluso si no encuentro nada más que partes dispersas de mí mismo.
Y así, la actualización quedó pendiente. Tal vez para mañana, tal vez para cuando la nostalgia deje de doler. Ned guardó sus herramientas, ofreciendo una pequeña sonrisa que, en otro tiempo, habría bastado para encender faroles y corazones por igual.
Salió de la cápsula, y dejó atrás a Marcellus, perfectamente imperfecto, tan fragmentado como nadie, pero más humano que nunca. Afuera, la niebla de silicio persistía, paciente y eterna.
Ahora bien, la noche no termina nunca en la Calle Eterna, pero sí sabe cuando un relato debe replegarse como una sombra sobre pavimento mojado. Ned caminó hacia la siguiente torre, donde nuevas almas requerirían ajuste de engranajes, y donde alguien, en algún lugar, todavía temía olvidar su propia humanidad.
Y eso, pensó Ned, era el auténtico trabajo de un buen relojero transhumanista: no mantener las máquinas funcionando, sino ayudar a que los seres, tan inacabados como la Calle, eligieran cada día entre la perfección blindada y la gloriosa y caótica imperfección de seguir buscando.
En Ankh-Tek, bajo la eternidad reciclada, el humano moderno se levantaba y elegía, como un acto subversivo, seguir incompleto.
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