Portada del relato Metamorfoética
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Fragmento:


Jonás tourniquet caminaba con el compás asimétrico de los viejos cyborgs. Le habían prometido piernas flexibles, sintéticas, mejores que las humanas. Pero la síntesis olvidó el matiz, y ante cada paso sentía en los huesos el susurro de las primeras prótesis. No por nostalgia, sino por defecto de nacimiento: su madre lo parió carne; él se rehízo silicio a los diecisiete. Era el rito en la Tierra Hostil, donde la atmósfera venía filtrada por mallas de ósmosis y hasta la sombra se vendía al mejor postor.

Duración: 08:08

Metamorfoética
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Texto de ajuste de pausa.

Jonás tourniquet caminaba con el compás asimétrico de los viejos cyborgs. Le habían prometido piernas flexibles, sintéticas, mejores que las humanas. Pero la síntesis olvidó el matiz, y ante cada paso sentía en los huesos el susurro de las primeras prótesis. No por nostalgia, sino por defecto de nacimiento: su madre lo parió carne; él se rehízo silicio a los diecisiete. Era el rito en la Tierra Hostil, donde la atmósfera venía filtrada por mallas de ósmosis y hasta la sombra se vendía al mejor postor.

Despertó esa mañana sabiendo, o tal vez intuyendo, el cambio. Salió al balcón de su microapartamento, ese sarcófago vertical de cinco metros cuadrados en el que los ciudadanos de tercera categoría sobrevivían. Sintió el aire en la cara artificial, un cosquilleo eléctrico. Distinguió los zepelines portadores: globos cargados de residuos orgánicos y prótesis rotas. Era martes. Día de reciclaje.

A los treinta y ocho años, Jonás conservaría aún el cerebro original por exigencias familiares y receta médica, pero el resto… El resto era mercancía tecnológica en continuidad de sustitución. Manos de aleación titanocerámica, córneas fotoactivas, pulmones skintech. Los suyos eran difusos recuerdos infantiles, imágenes truncas de abrazos, de voces, de dolor ante el primer implante.

En la Tierra Hostil, el cuerpo era un incómodo residuo, un envoltorio a desechar. El valor social residía en la actualización; quien se rezagaba perdía derechos, acceso, incluso voz. Los “puros”, apenas marginados inoperantes, veneraban su genética pero jamás eran invitados al gran juego de la humanidad aumentada.

Jonás revisó en el espejo las líneas de unión: fractales fosforescentes en la base del cuello y muñecas. Parpadeo. Las notificaciones de su Implante Moral subieron a la corteza visual. Última actualización disponible: Ética versionada 4.5.2. Se requería consentimiento.

La Ética eran diez gramos de nanobots y ciento treinta años de historia comprimidos en algoritmos: comportamientos, valores, leyes refinadas semana a semana por la Inteligencia del Congreso. El Implante Moral era obligatorio desde hacía un trimestre. La mayoría aceptaba el parche, otros lo modificaban hasta el límite. Jonás dudó. Nunca había resistido una actualización, pero esta vez era diferente. En la red circulaban rumores. Cambios en la gestión del deseo, penalizaciones sensoriales a quien pensara—tan solo pensara—en transgredir el modelo de afectividad vigente.

¿Amor? Amistad, sexo, todo atravesaba filtros automáticos, asépticamente corregidos por la Ética. Quien sintiera fuera del protocolo recibía una descarga; quien insistiera, reprogramación obligatoria: un reset a la consciencia emotiva.

Desayunó una pastilla de sabor, color naranja quemado, y se desplomó en el sillón de descanso, conectando con la Simulrealidad obligatoria. Allí debía trabajar hoy como supervisor de Búsqueda y Rescate Emocional. Su misión: detectar desviaciones en la narrativa de sueños y acotar, en tiempo real, toda anomalía sentimental.

Recibió el primer caso. Bianca C., mujer de veinticinco años, bioaugurada a los diecisiete. Soñaba abrazos prolongados, inconexos, con un hombre anterior a la era de la Normalización. Jonás aceleró el análisis. En una pantalla lateral, la gráfica de biocompatibilidad saltaba con picos discordantes cada vez que Bianca evocaba caricias sin registro normativo.

Activó la Estimulación de Corrección. Pulsó el comando: “redefinir huecos afectivos.” Bianca gimió en un rincón del sueño. Una advertencia legal emergió: “No exceder niveles sujetos a ruptura cortical.” Jonás bajó los parámetros, reseteó el sueño y dejó anotación: “Caso bajo observación, repetir estimulación en tres ciclos REM.”

En privado, sentía una incomodidad sorda. El algoritmo productivo requería cuerpos eficientes, emociones circunscriptas, pasión redirigida solo a tareas útiles. También él sentía aproximarse a la anomalía: un barniz de tristeza, quizás curiosidad, ante la folclórica resistencia de Bianca.

Le asignaron otro caso, y otro. Cada hora, una docena de sueños desbordados por lo arcaico, lo no programado. Canciones, besos, juegos. Anaqueles de sensaciones prohibidas por una sociedad higiénicamente funcional. El sistema comenzaba a fallar en los márgenes.

Esa noche, al salir del trabajo, Jonás no aceptó su dosis de inhibidor de memoria. Quería conservar el tenue calor de aquella nostalgia, la sensación subrepticia de haber violado—tan solo por no borrar a Bianca del todo—la pequeña ley.

Caminó hacia la zona neutral: un barrio pobre, donde los aumentos de última generación apenas llegaban. Allí lo esperaba Zafir, su antiguo amante. Zafir, sin rostro pulido, apenas rostro hecho; una máscara de piel cultivada y ojos líquidos de código abierto.

—¿Has venido al final? —le preguntó Zafir. Su voz, irregular, escapaba a los filtros de modulación emocional.

Jonás asintió. Sintió, por primera vez en años, que su silencio era sincero. Se sentaron en un banco, entre basura y niños desechados del sistema implantar. Durante un largo rato, hablaron sin palabras: trenzaron en sus miradas una red invertida de complicidad.

—Quieren rehacernos —dijo por fin Zafir— cambiar no sólo el cuerpo sino el eje mismo de querer.

—La Ética —musitó Jonás—. Ya no distingue deseo de delito.

Zafir extendió una mano y le mostró una cápsula negra: una nanoenjambre cancelador. Su función no era actualizar, sino desconstruir el Implante Moral. Jonás comprendió el riesgo. La reacción sería brutal: quienes prescindieran del control vivían fuera del derecho a la existencia, fuera de las redes de suministro, perseguidos por el ejército de dron-guardianes.

Dudó. Las notificaciones vibraban: “Actualización aún pendiente.” Sintió la presión social como un peso mortal, una cuenta regresiva.

Zafir esperó, la mano tendida. Jonás, estremecido, aceptó el nanoenjambre. Notó el cosquilleo eléctrico en la base de la nuca, luego una turbidez extraña. Como si el mundo ganara facetas nuevas de color.

El primer cambio fue leve: identificó un matiz emocionado en una pareja, en la esquina, besándose al margen de los patrones normativos. Jonás rió suavemente, un sonido bruto, inusual. Descubrió entonces un impulso: el deseo de abrazar a Zafir, no impelido por protocolo alguno, sino por una voluntad absolutamente suya.

En ese instante, los drones emergieron, grises y mudos, al acecho. Jonás y Zafir se separaron, cada uno preparado para la detención, la tortura reeducatoria. Pero no huyeron. Los cuerpos de ambos, vestidos de prótesis, sobresalieron de la masa obediente como manchas de luz azul.

La humanidad, en la víspera del salto definitivo, eternizaba la pugna entre control e insurrección. Algunos, como Bianca, resistían en lo soñado. Otros como Jonás y Zafir, en la carne rehecha a voluntad. Y en silencio, miles sentían despertar ligeros temblores: la nostalgia de ser libres tan siquiera un instante, antes de la próxima actualización.

Quizá, pensó Jonás mientras lo esposaban, la última frontera no era de silicio ni de piel, sino de una emoción corrupta y dulce, imposible de programar: el derecho inexplicable a desear lo prohibido.

Entre luces frías y furgones, Jonás sonrió por última vez. Supo, en su carne mutilada y rehecha, que la insurrección verdadera era guardar intacto un afecto no domesticado aunque supiera, también, que esa ternura sería el primer recuerdo a borrar.

Pero para entonces, en la ciudad filtrada por redes morales y parches de control, los humanos 3.0 comenzaban a soñar sin permiso. Y muy en el fondo de cada implante, florecían, y siempre florecerían, las semillas indómitas del desvelo.

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