Portada del relato Singulares de Costura Molecular
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Fragmento:


Mi cliente de esta noche es una joven, aunque joven aquí es un término laxo: Lian lleva la piel de una quinceañera, pero su mirada liquida tiene los cien años que da la repetición constante de una vida almacenada en backups inseguros. Trae en brazos el cadáver de un perro, uno de esos modelos biomiméticos que muchos emplean para simular la compañía viva. “No lo quiero restaurar—dice de inmediato—quiero olvidar que existió.”

Duración: 08:13

Singulares de Costura Molecular
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Texto de ajuste de pausa.

Me llamó Ekaterina Follett, pero ese nombre ya no figura en ningún registro oficial de la Ciudad de la Cadera. Cuando la luna sube al tercer cuarto y la lluvia ácida resbala por las ventanas de plexiglás, recuerdo a veces el sabor de la leche materna, la textura de la papilla vieja. En este siglo, incluso esos recuerdos son lujos, productos de aquellos con créditos suficientes para pagar un backup neural completo. Yo llevo apenas un parche de memoria subsidiado por el Estado, apenas una franja de lo que fui: lo suficiente para ser útil como costurera especializada en prótesis emocionales.

La Ciudad de la Cadera es, propiamente, una red de muelles y ascensores, pequeños laboratorios verticales atados entre sí con cables luminescentes. Algún día habrá quien reconstruya Nueva York o Shanghái, pero hoy los océanos lo cubren todo. Quedamos los que no pudimos comprar boletos a Marte o Ceres, los que ni siquiera alcanzamos casillas en los Bunkers Genealógicos donde prometen preservar la carne hasta que la peste cognitiva pase.

No esperen lástima; nos adaptamos, como siempre. El cuerpo es un software, decía mi madre antes de sustituir todo su sistema digestivo por nanocomidas. Pero yo, mientras los niños ricos cambiaban órganos como quien cambia su peinado, elegí convertirme en artesana de las emociones ajenas. En vez de órganos, tejo conexiones: inserto dígitos, burlo sinapsis, programo querencias. Llámenme la costurera de almas.

Mi taller es minúsculo: apenas una bóveda arriba de la plataforma setenta, encajada entre el dispensador de oxígeno y la clínica de injertos eróticos, donde el doctor Iluzian opera cuerpos desesperados por definir un género, un deseo, un límite. Dicen que la gente como él y como yo somos carroñeros, o peor: alquimistas que trafican con lo único que queda de valor—una identidad imperfecta pero aún suya.

En realidad, lo que hago es simple. Llega alguien—casi siempre arrastrándose—y me pide: “Katya, no puedo llorar desde el accidente” o “Katya, mi esposa murió y solo siento un eco metálico cuando la menciono”. Yo despliego las herramientas: filamentos neuronales, nanosuturas, chips sin licencia traídos en las bodegas de algún barco-fantasma. A veces, si estás de humor paciente, puedes ver el alma retorciéndose como una lombriz bajo el bisturí.

Mi cliente de esta noche es una joven, aunque joven aquí es un término laxo: Lian lleva la piel de una quinceañera, pero su mirada liquida tiene los cien años que da la repetición constante de una vida almacenada en backups inseguros. Trae en brazos el cadáver de un perro, uno de esos modelos biomiméticos que muchos emplean para simular la compañía viva. “No lo quiero restaurar—dice de inmediato—quiero olvidar que existió.”

Examino el cuerpo: síntesis de tejidos señuelo, algunos huesos impresos en polímero, procesadores de baja calidad. La memoria de Lian está atada a la de su perro, una aplicación de apego que le prometió cariño puro y sin contradicciones. Ahora que sus módulos se fundieron tras la última sobrecarga eléctrica, el sentimiento de pérdida no es más que un circuito quemado que insiste en reproducirse en su córtex como un algoritmo corrupto.

“No recomiendo ese procedimiento,” digo mientras enseño el bisturí “Quitar lazos de apego suele provocar vacíos difíciles de llenar.”

“Puedo pagar—musita, y muestra un anillo de créditos. Pero lo peor no es la pérdida, Katya. Es la reminiscencia, la compulsión de buscar el sonido de sus pasos, la ilusión de una calor artificial al lado de mi cama.”

Yo no me niegue, aunque sé que es peligroso. Programar el olvido, justo como programar el amor, siempre es una danza entre el daño y la supervivencia. Inserto la nanoaguja en la ranura occipital y espero el parpadeo de su iris: verde, rojo, azul. La secuencia correcta.

“Vas a sentir frío. Imagina un mar sin fondo.”

“Vivo en uno,” susurra Lian. Y activa el bloqueo neural.

Mientras el algoritmo hace su trabajo—silenciando la memoria, aislando el afecto, reprogramando zonas orbitofrontales—pienso en mi madre. Pienso en la ética de todo esto, aunque ni siquiera los viejos filósofos logran resolver si es más humano sufrir la memoria de lo perdido o suprimirla para sobrevivir. Al finalizar el procedimiento, Lian abre los ojos y me busca.

“¿Cómo estás?”

“No recuerdo qué debía sentir,” responde, y deja el cadáver sobre la mesa sin mirarlo.

Quizá soy una monstruo, pero los monstruos también necesitan dormir. Al cerrar el taller, guardo el cuerpo sintético en el receptáculo de reciclaje y abro el canal privado de Lian en mi interfaz cerebral. Solo para comprobar que, al menos esta vez, el vacío no se convierta en abismo.

Las noches son largas en la Cadera. Las calles-nube se conectan y desconectan a intervalos aleatorios y nunca es seguro caminar solo. Sin embargo, esa madrugada escucho el rumor: un accidente en la clínica. El doctor Iluzian ha desaparecido y en su consultorio, dicen, hallaron docenas de identidades trasplantadas en bruto, apenas integradas en cuerpos experimentales. Dejo que la noticia me atraviese: cada vez hay menos límites. El cuerpo es software, sí, pero la identidad—esa costura bicéfala entre la carne y la memoria—es materia prima para un mercado negro feroz.

Yo tampoco tengo credenciales. Cada noche arriesgo que una revisión estatal me delate o que un cliente insatisfecho me venda al primer cazador de recompensas de la ley Terráquea de Integridad Humana, esa ficción precaria que prohíbe operar con recuerdos no autorizados. El Estado no tolera artesanos. Solo quieren técnicos que repitan algoritmos de fábrica.

Pero los transhumanos auténticos no pedimos permiso. Somos hibridaciones, remiendos. Cogemos lo que hay: trozos de vida, luto, ilusión, fragmentos de software vintage y parches de hardware que hace una generación serían considerados basura.

Vuelvo al taller y me siento frente al ventanal, mirando las luces distorsionadas bajo el agua ácida. Recuerdo un sueño: mi madre me cosiendo una pequeña manta, antes de que sus dedos se llenaran de implantes de administración de insulina virtual. La memoria es suya o es mía o es solo eco de un backup ajeno. No importa. La costurera de almas debe saber perder, incluso olvidar, para seguir siendo útil.

Una semana después, Lian regresa. No trae el perro. Pero sus ojos tienen una turbiedad extraña, aguas revueltas tras una tormenta.

“Katya,” admite, “sigo buscando a alguien que no existe. ¿Fue un error?”

“No existen los errores en este trabajo,” miento. “Solo existen los vacíos que uno aprende a ocupar.”

“¿Con qué?”

“Con lo que quede. Porque nadie sale indemne de ser muchas, de ser menos que humano y también más.”

Nos miramos un momento: dos cuerpos poco fiables, demasiados recuerdos negociados. Lian extiende su mano. La acepto y, en ese gesto, reconfiguramos otra pauta de apego, otro remiendo válido. No es amor, ni amistad, ni siquiera piedad. Es—simplemente—la persistencia de quienes aprendimos a habitar la carne y el vacío, la certeza de que el único futuro posible es aquel que se teje con restos y cicatrices.

Al día siguiente, la Ciudad de la Cadera canta por los altavoces: “Actualización de software vital. Reinicie su sistema central.” Sé que muchos obedecerán, temiendo perder lo poco que aún reconocen como propio. Yo, en cambio, apago la consola y afilo mi bisturí: afuera siempre espera alguien más, dispuesto a pagar lo necesario con tal de reescribirse de nuevo. En esta era de cuerpos reensamblados y almas segmentadas, la única costura que importa es la que aún late bajo la piel, tangible, errática, innegociable.

Tal vez, en otra vida, fui solo una remendadora de ropa. Ahora, en este mundo fracturado, soy la última artesana del olvido. Y mientras existan quienes busquen llorar, reír o simplemente arrancar una memoria incómoda de sus circuitos, seguiré cosiendo, una neurona, un recuerdo, una posibilidad a la vez. La carne, dicen, ya no importa. Pero yo sé que nada se siente tan real como una herida que aprende a cerrarse.

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