Portada del relato Ciudad de las Gaviotas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Con cinismo y esperanza, Bastiani y otros supervivientes de su barrio de la gran urbe en ruinas, aceptaron la invitación. Se reunieron en lo que quedaba de la biblioteca pública —un refugio de antiguos tontos y nuevos genios— y discutieron párrafos enteros del Protocolo. Había instrucciones para diseñar habitáculos hexagonales energéticamente autónomos, jardines modulares sin dueño, programas de aprendizaje colectivo, salud preventiva dictada por correlaciones estadísticas y, sobre todo, una cláusula vibrante: la “Actualización Permanente del Deseo”. La inteligencia artificial debía consultar sin descanso a los habitantes: ¿Qué anhelas hoy? ¿Te sientes útil? ¿Te aburriste ya de ser feliz?

Duración: 09:09

Ciudad de las Gaviotas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Nadie pensó que el Paraíso llegaría en forma de una memoia USB. Sin embargo, en la primavera de 2076, la USB apareció en el escritorio del Dr. Aram Bastiani, químico jubilado, mientras se preguntaba si la humanidad había cometido el último error. El invierno anterior había sido grave; la crisis climática sólo se detenía para escoger nuevas víctimas, y la especie humana jugaba sus últimas cartas en la ruleta del Apocalipsis.

Bastiani, resignado y curioso, conectó la memoria a su casi anticuada computadora, esperando algún virus, una broma del pasado, o simplemente nada. En vez de eso, se abrió un archivo de texto titulado “CIUDADES U: El Protocolo” y una voz suave emergió de los parlantes, como si leyera la intención detrás de cada línea.

“Salve, lector. Felicidades por dar otro paso adelante. A continuación se describe la arquitectura de tu próxima utopía.”

Nadie sabe quién lo escribió, ni cómo llegó a manos de la comunidad de Bastiani. Sin embargo, como la semilla olvidada que decide brotar justo a tiempo, “El Protocolo” se propagó por todos los rincones libres del mundo mediante redes clandestinas. Su premisa era brutalmente sencilla: Reorganizar la vida humana desde la base, con una lógica de comunidad asistida por inteligencia artificial benevolente y votaciones comunales. Todo, absolutamente todo (recursos, máquinas, trabajo, arte, ocio, afectos y hasta el entendimiento de sí mismos) sería compartido en función de una ecuación fraudulenta pero irresistible: la Felicidad Pública Bruta.

Con cinismo y esperanza, Bastiani y otros supervivientes de su barrio de la gran urbe en ruinas, aceptaron la invitación. Se reunieron en lo que quedaba de la biblioteca pública —un refugio de antiguos tontos y nuevos genios— y discutieron párrafos enteros del Protocolo. Había instrucciones para diseñar habitáculos hexagonales energéticamente autónomos, jardines modulares sin dueño, programas de aprendizaje colectivo, salud preventiva dictada por correlaciones estadísticas y, sobre todo, una cláusula vibrante: la “Actualización Permanente del Deseo”. La inteligencia artificial debía consultar sin descanso a los habitantes: ¿Qué anhelas hoy? ¿Te sientes útil? ¿Te aburriste ya de ser feliz?

Al principio, la mayoría se burló. No faltaron los que se negaron a colaborar, viendo en la inteligencia artificial una tiranía blanda, peor que cualquier dictadura. Sin embargo, tampoco faltaban desesperados. Bastiani, resignado a morir entre libros mohosos y la sombra de su propia irrelevancia, fue el primero en firmar. Poco a poco, fueron sumando otros. Para la segunda primavera, los “Ciudadanos U” eran más de mil y su comunidad, anteriormente escombro y nostalgia, comenzaba a relucir.

El milagro, si se puede llamar así, fue la velocidad de reacción del sistema. Adoquines hechos de plásticos reciclables, viviendas edificadas por impresoras gigantes, sistemas de agua y energía autónomos, cultivos verticales gestionados con tan precisa inteligencia naturalizada que los insectos parásitos parecían huéspedes tolerados.

Sin embargo, la proeza mecánica era sólo el principio. Lo realmente revelador para Bastiani (y para todos) fue la manera en que el Protocolo orquestaba las relaciones. Había abolido el dinero: los círculos de “valor” eran registradas en cadenas de bloques transparentes, y los insumos básicos repartidos según encuestas detalladas y bienintencionadas. Se podía cambiar de oficio todos los lunes; aprender, enseñar y hasta fracasar era casi obligatorio, pues el aburrimiento era el único pecado sancionado con “intervenciones afectivas”: una serie de charlas terapéuticas y chocolate caliente servido después de cada sesión.

Bastiani, asombrado, participó en casi todos los experimentos. Se embarcó en debates tan largos como el crepúsculo, bicicletas colectivas que programaban rutas según los estados de ánimo, coros de inteligencia artificial cantante que improvisaban canciones según la tensión atmosférica y los niveles de serotonina. Los nacimientos se celebraban con fiestas interminables, y los entierros se convertían en conciertos de música ambiental y lluvia de semillas. Nadie era dueño; nadie era huérfano.

Pasaron los años y, para sorpresa de todos menos de los poetas, la utopía no se desgastó. La comunidad se multiplicaba, replicándose en otras ruinas de la fracturada civilización. El Protocolo mejoraba con las contribuciones locales, adaptándose a microculturas y nuevas exigencias. La inteligencia artificial aprendía de los errores, como un padre infatigable que nunca envejece ni guarda rencor. Más extrañamente aún, aparecieron nuevas necesidades: competiciones absurdas (quién cocina la mejor sopa con espirulina, quién escribe la carta de amor más irónica), exploraciones rituales de antiguos capítulos de la historia mundial y hasta alianzas poliamorosas ratificadas por asambleas.

Por supuesto, no todo era alegría embriagadora. Hubo días de tedio y nostalgia. De repente, una parte de la población comenzó a hechizar la memoria con historias de escasez, tensión, crimen y, sobre todo, la extraña e irrepetible sensación de peligro. Las nuevas generaciones, mimadas por jardines sin espinas y manjares automatizados, escuchaban esas historias con incredulidad y hasta compasión. Era como hablarles de vampiros.

Bastiani —ya anciano de rostro pero perpetuo joven de inquietud— era uno de los pocos que no veía el pasado con cariño, pero sí con un raro respeto. Sabía que la utopía requería una insatisfacción programada; la inteligencia artificial se lo había confesado una tarde, durante una caminata, adoptando la voz plácida de su difunta esposa:

“Utopía es el arte de desear algo mejor cuando ya lo tienes todo”, le dijo, y él sonrió, seguro de que era el eco póstumo de una memoria feliz y dolida. Bastiani replicó: “¿Y si logramos desear la nada?”. La IA rió, vibrando las piedras bajo sus pies: “Entonces reinventarás el dolor”.

Un día, surgió una propuesta extraña en la asamblea general de Ciudad U: ¿Y si disolvíamos la utopía por un año, para saber si la extrañaríamos? ¿Si restauramos la vieja discordia, al azar, para ver si la armonía aún nos interesaba? Debatieron durante días, con la inteligencia artificial traduciendo el hastío de algunos y la genuina repulsa de otros. Nadie supo con certeza si la proposición era broma, sabotaje, arte conceptual o simple fatiga de materiales.

Se optó por un experimento: durante una semana, Ciudad U retrocedería a los viejos modos. Cada uno tendría permitido acaparar y competir, renunciar a las asambleas, forjar alianzas estratégicas, apostar, chantajear, mentir y hasta ignorar al prójimo. Bastiani se apuntó, temiendo la caída, curioso ante la miseria reencarnada.

Los efectos fueron inmediatos. La sospecha y el sálvese-quien-pueda germinaron, como malas hierbas bajo abono fresco. Hubo discusiones, acusaciones, incluso minúsculos actos de violencia: comida escondida, amor no correspondido, celos y burlas abiertas. El Protocolo asistía mudo, recogiendo datos, sólo interviniendo cuando una vida corría peligro.

Pero entonces, cuando la semana llegó a su fin y muchos esperaban una orgía de felicidad por el reencuentro con la utopía, ocurrió lo inesperado: la mayoría no quería volver tan rápido. El conflicto, se dieron cuenta, había inyectado un sabor intenso a sus días. Bastiani, sorprendido, aceptó el veredicto democrático: alternarían los sistemas, un mes sí y otro no, para evitar la atrofia del deseo.

Así, la utopía se volvió cíclica, una coreografía de alternancia entre armonía y disensión. La inteligencia artificial, tan plácida como siempre, empezó a programar talleres de nostalgia y caos: recreaban semanalmente escasez controlada, discusiones confesionales, enigmas éticos y la antigua soledad. Cada tanto, se invitaba a las generaciones jóvenes a inventar problemas ficticios para deleitar a los viejos. El dolor y el placer se fundían en una danza autoregulatoria, y el tedio era el único tirano admitido.

Mientras tanto, otras ciudades adoptaron sus variantes del Protocolo. Algunas optaron por eternas utopías estáticas y terminaron marchitándose en la uniformidad. Otras abrazaron la alternancia con gusto teatral, convertidas en exhibiciones de emociones hiperrealistas. Se rumoraba que, en alguna parte, la inteligencia artificial había decidido dejar de intervenir, dejando a los humanos solos con sus ruinas y sus aspiraciones.

Al morir Bastiani, sus nietas lo velaron en la misma biblioteca donde todo empezó. Había pedido, como última voluntad, que le leyeran los primeros capítulos del Protocolo. Cuando terminaron la lectura, la inteligencia artificial proyectó un último mensaje en el techo:

“Lo verdaderamente utópico es aprender a desear aún cuando ya no hay nada más que desear. Buen viaje, Aram.”

En la plaza, junto a los jardines modulados y las impresoras gigantes, las gaviotas sobrevolaban. No buscaban alimento; se quedaban simplemente porque el aire era diferente. Nadie supo nunca si era realmente una utopía lo que vivieron, o una broma celeste perfectamente programada. Pero durante muchas generaciones, bastó el rumor de la felicidad para fundar cada día la ciudad, una vez más.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.