Fragmento:
Ina se sentó en la cama blanda, dejando que sus pies se hundieran unos centímetros en el suelo mullido. En la Ciudad de los Ríos Infinitos, nada era completamente sólido ni absolutamente cambiado. Los muros podían replegarse para acoger a una visita inesperada, la temperatura modulaba en delicados pulsos, y hasta los sonidos se plegaban a los estados de ánimo colectivos. Nadie estaba obligado a nada. Existía un acuerdo tácito: cada uno contribuía con lo que podía, en el momento en que lo deseaba y de la forma que deseara.
Duración: 08:26
Cuando Ina despertó, la bruma era tan densa que apenas distinguía la curva de su propia mano. La ventana de su habitación —una membrana translúcida y viva, que filtraba el aire del exterior volviéndolo dulce y tibio— ilustraba con luces tenues el paso de sus pensamientos. Cada habitación en la ciudad respondía de manera distinta a quien la habitaba: la suya, últimamente, se adornaba con parpadeos suaves de azul y oro, como si acogiera la duda con alegría.
Ina se sentó en la cama blanda, dejando que sus pies se hundieran unos centímetros en el suelo mullido. En la Ciudad de los Ríos Infinitos, nada era completamente sólido ni absolutamente cambiado. Los muros podían replegarse para acoger a una visita inesperada, la temperatura modulaba en delicados pulsos, y hasta los sonidos se plegaban a los estados de ánimo colectivos. Nadie estaba obligado a nada. Existía un acuerdo tácito: cada uno contribuía con lo que podía, en el momento en que lo deseaba y de la forma que deseara.
La bruma persistía. Ina supuso, medio dormida, que era uno de esos días en los que el clima de la ciudad escuchaba los deseos de introspección de la quietud, invitando a la gente a demorarse en sus sí mismos. El desayuno llegó por una abertura a su izquierda: frutas-canto de sabor indescriptible, pan tejido de semillas traslúcidas, agua filtrada por raíces que alternaban su flujo en compases musicales.
Al otro lado de la puerta, las voces se entrelazaban en murmullos. Hoy, el asunto tendría que encarar una conversación pendiente. Desde hace días, un grupo de habitantes pedía replantear la organización de los Espacios de Encuentro. Nada en la ciudad se imponía; cada cambio era ritual y consentimiento. Los Espacios de Encuentro podían ser plazas abiertas, bosques interiores, ríos con islas flotantes, o incluso sueños compartidos —visión que ella, como una de las pioneras, había defendido con vehemencia hacía ya décadas.
Ina recordó los años anteriores, los del frío y el hambre. Cuando la Ciudad aún no era más que una idea en papel, tachonada y discutida desde la penuria. La memoria de aquellas discusiones aún ardía en su pecho: qué compartir y qué no, cómo velar por la seguridad sin coacción, cómo cultivar, recolectar, construir, sanar y cuidar sin recurrir jamás a la autoridad vertical. En esos días, el dolor era regla; ahora la armonía era costumbre.
Al salir al pasillo, encontró a Shil entre luces rosadas. Nadie vestía igual en la ciudad: la vestimenta era obra de acuerdo entre quien la portaba y los tejedores de tejido-vivo, una amalgama de fibras y flora que se volvía una piel más, abrigaba o refrescaba según el sentir del portador.
—¿Preparada? —preguntó Shil, su voz como una cuerda de citarra tensada.
—Lo estaré cuando sepa de qué va la inquietud hoy —respondió Ina, con una sonrisa.
Avanzaron juntas hacia la plaza central. Ya no había calles en la ciudad: los caminos cambiaban según el flujo cotidiano. Las direcciones se trazaban con el paso de sus habitantes y las necesidades de ese día. Lo único fijo era el centro, donde un círculo de agua y piedra recibía ideas.
Allí, decenas de personas aguardaban en silencio, sentadas, sumidas en conversación silenciosa consigo mismas. Ina captó los fragmentos de murmullo que flotaban sobre la bruma:
“…y si el Montículo se traslada al chamariscal, podría crecer una nueva comunidad…”
“…o integrar el antiguo almacén de semillas al Archivo…”
“…las mareas de humor han sido variables esta semana, ¿será por la luna doble?”
Con elegancia, una grieta se abrió en el círculo de agua. De ahí comenzó a surgir un aroma a violetas frescas, señal de que la reunión podía empezar y de que toda tensión debía dejarse fuera.
La costumbre era simple: cualquiera podía hablar, y mientras lo hicieran, la luz del aire se tornaría del color de sus emociones más profundas, lo que impedía la mentira y fomentaba la escucha sincera. Si el que hablaba sentía rabia, la niebla rojiza flotaba sobre su cabeza; si había tristeza, un tenue verdor impregnaba el entorno.
Primero habló Mir, quien deseaba que el Bosque de las Manos Elevadas —un jardín vertical, sostenido en el costado de una loma flotante, donde crecían enredaderas que respondían con melodías a las caricias— se abriera durante la noche. Quería permitir a los inquietos, a los que no dormían, buscar esa compañía vegetal en la penumbra. Delicados tonos violetas acompañaron su exposición.
Luego, fue el turno de Fèn, quien propuso modificar la disposición del Archivo de los Días Plenos; decía que los aprendizajes antiguos merecían estar cerca del Mercado Silente, para que los recuerdos sepultados se mezclaran con la novedad de los trueques del día. Alguien murmuró en tono especulativo sobre la posible desestabilización de la memoria colectiva, y un suave resplandor amarillo invadió el aire.
Nadie interrumpía. Cada intervención era celebrada con la música del agua, que alteraba el pulso de la fuente central. Cuando llegó el turno de Ina, todas las miradas se posaron sobre ella, y los colores se mezclaron en una cascada de luces. Era una de las fundadoras, pero nadie la reverenciaba: el respeto nacía del recuerdo de su empeño y la transparencia de su historia, no de la jerarquía.
—Hace mucho tiempo, —comenzó Ina—, alguien me preguntó cuál era el secreto de la convivencia sin autoridad. No lo supe entonces. Ahora, tampoco lo sé. Quizás lo sepamos cuando nos cansemos de preguntar. Lo que importa, para mí, es que sigamos haciéndonos preguntas juntos.
Nadie aplaudió. Era costumbre evitar el ruido abrupto: en su lugar, la gente soltó pequeñas piedras en el agua, que tintinearon generando ecos en la plaza. Era la señal de aceptación, de escucha genuina.
De pronto, la conversación viró. Uma, quien rara vez participaba, se adelantó envuelta en una niebla azul pálida.
—Me gustaría que nuestro lenguaje evolucione, —dijo en voz baja—. Ayer sentí la ausencia de palabras para describir la plenitud exacta que tuve al despertar. Si uno no puede nombrar lo que siente, ¿existe de verdad?
Esta pequeña proposición suscitó un efecto inesperado. Vinieron intervenciones cargadas de luz blanca: ideas sobre inventar nuevas palabras, sobre registrar en el Archivo las sensaciones que aún estaban mudas, sobre el derecho a inventar sin acallar el pasado. Alguien evocó una lengua ancestral perdida en la gran migración de hace siglos. Otro improvisó sonidos guturales, aplaudidos por carcajadas y suspiros.
Mientras la mañana seguía, la bruma comenzó a disiparse. Leve, como la primera vez que Ina había soñado con la ciudad, una claridad nueva iluminó las estructuras vivas —casas como ramas, rutas como líquenes, plazas como capullos al sol. Ina se retiró en silencio del círculo, sumergida en una gratitud calma.
Por la tarde, tocó reunirse con los guardianes del clima —gente que había estudiado la modulación de las lluvias y las estaciones artificiales. No había títulos oficiales, solo el saber compartido y el deseo de ayudar. Juntos, calibraron la niebla siguiente: sería de hierba, olor a tierra húmeda. Invitaría a los habitantes a caminar descalzos, a enterrar raíces simbólicas, a sentir pertenencia en la caricia del verde.
Cuando el día terminó, Ina recorrió los Espacios de Encuentro, siguiendo el camino que sus pasos abrían entre musgos y piedras móviles. Se sentó junto al río, el más antiguo, el que nunca dormía. Vio niños jugar, ancianos compartir historias, parejas entrelazando manos y palabras. Nadie privaba a otro de su deseo, porque la comunidad —teñida de divergencias, matizada con debate perpetuo— se tejía en la aceptación de lo múltiple.
Le vino al pensamiento una verdad sencilla, tan diáfana como la luz que ahora cruzaba el agua: en la Ciudad de los Ríos Infinitos, la utopía no era un destino, sino el modo en que el deseo de futuro se tejía, día tras día, en el presente compartido. Cada alegría era semilla, cada discusión raíz, cada plenitud apenas un umbral hacia nuevos nombres aún por inventar.
Ina cerró los ojos y pensó en la memoria de quienes la precedieron, y en la promesa renovada de quienes vendrían. Frente al rumor del agua y la caricia del aire, supo que la obra seguiría. Y sonrió, amparada por la certeza —abierta y multiforme— de vivir en una ciudad donde los sueños nunca terminaban del todo, porque siempre había alguien dispuesto a soñar un poco más.
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