Fragmento:
Toqué la superficie y sentí toda mi sangre fluir hacia atrás, hacia una infancia y un amor perdido. Pero el viaje del tiempo no se parece al de los libros: no hay túneles de luz, sino una disolución de certezas, un calambre en el alma. Me encontré mirando mi propio nacimiento, saboreando la viscosidad de los años sin nombre.
Duración: 07:56
El tiempo siempre ha sido un río: así lo aprendí de niño, sentado sobre la piedra negra mientras mi madre tejía historias y el sol se hundía tras el horizonte de la ciudad de Circos. Con los años, aprendí que el río no solo lo cruzamos, sino que a veces se dobla para tragarnos, y es allí donde empiezan las verdaderas historias. Yo soy Kendar, y si lees esto, habrás sobrevivido a la tentación de cambiar tu pasado.
La primera llave me llegó envuelta en seda negra, como un ojo que pestañea entre sombras. Su portadora, Lyria, tenía los labios afilados y una memoria cargada de confesiones ajenas. “El Espejo de Ónfalos te busca”, dijo aquella noche, mientras los mercaderes del Alba aún gritaban ofertas. Y antes de que preguntara cómo o por qué, el talismán desató su lengua:
— Hay un corte en el río, una hendidura donde los nombres flotan hacia atrás. Solo los que han perdido más de lo que pueden nombrar pueden cruzarlo.
La ciudad, lo supe desde entonces, era una carcasa de eras superpuestas, una cebolla de eones por pelar. Pero Lyria insistía en el Espejo, y así fuimos al Templo Desierto, donde los vigilantes nunca parpadean y hay música semienterrada en el polvo. Las puertas —piedras sin tallar, frías aún bajo la luna— temblaron cuando la tocó con su llave.
Cruzamos el umbral, no como ladrones, sino como cronomantes con sed de culpa. Adentro, los muros estaban cubiertos de pequeños espejos, pero solo uno relucía con una fulguración irreal, como si reflejase un incendio que aún no ha sucedido. Lyria se detuvo ante él y murmuró:
— Este fue forjado por el primer humano que lamentó. Si buscas atrás, Kendar, recuerda que los ríos devuelven, nunca regalan.
Toqué la superficie y sentí toda mi sangre fluir hacia atrás, hacia una infancia y un amor perdido. Pero el viaje del tiempo no se parece al de los libros: no hay túneles de luz, sino una disolución de certezas, un calambre en el alma. Me encontré mirando mi propio nacimiento, saboreando la viscosidad de los años sin nombre.
En ese no-lugar, las reglas se doblan. Vi a mi madre joven, antes de que supiera de mí, tejía una alfombra con símbolos que no reconocía, coaxando un futuro que no había llegado. Vi a mi padre, un forastero con olor a pino y derrota, dejar una carta sellada bajo el tapiz: “Kendar, perdóname por el invierno.” Las lágrimas me ardieron como ácido. Yo nunca supe de esa carta en mi primer pasar, y ese secreto, esa omisión, me pesó de forma nueva.
La tentación era grande: cambiar la mano de mi entonces padre, robarle el sello, impedir la huida que desolaría a mi madre los años por venir. Los viajeros en el tiempo desean ser dioses, pero el río castiga la arrogancia. Cuando extendí el brazo, el niño-Kendar me miró, los ojos llenos de presentimientos. Supe, con exactitud, que si tocaba el pasado, uno de nosotros habría de desvanecerse.
Escapé de la escena con un grito mudo. Los espejos me devolvieron a Lyria, que esperaba con el corazón latiendo demasiado fuerte.
— No se puede robar el dolor, Kendar. Si pudieras, perderías también la memoria de quién fuiste.
Circos, en mi regreso, olía a hierro y a jade viejo. Se dice que una vez que uno viaja atrás, la ciudad nunca se le aparece igual. Algunos cronistas creen que eso es locura; yo sé que es lealtad a la experiencia. Los días se hinchaban y colapsaban como pulmones enfermos. Lyria comenzó a palidecer, envejeciendo en las comisuras de los labios.
— ¿Lo intentaste? —me preguntó una noche, las antorchas lanzando monstruosidad en nuestras sombras.
— Sí. Vi la raíz de mi dolor, pero no rompí el hilo.
— No todos conservan tal fortaleza. Algunos cruzan tantas veces que se vacían.
Esos vacíos llenaban las tabernas del puerto. Eran viajeros que ya no recordaban ni por qué cruzaron. Uno, llamado Yost, podía invocar con la voz escenas de cien infancias distintas, sin saber cuál le pertenecía. Su mirada era la de un pozo sin fondo.
El Espejo, sin embargo, se inquietaba. Había tomado mi medida y ahora me llamaba en sueños: “Desciende más atrás, busca la raíz original.” Lyria, por una vez, pareció considerar el miedo mayor que su deseo de guía.
— Nadie ha ido más allá de su propio linaje. Si saltas al tiempo previo, podrías reescribir demasiado.
Pero la llamada era implacable. Decidí no consultarla. Tomé la llave en mitad de la noche y me enfrenté de nuevo al Espejo. Entrar la segunda vez fue diferente: el río estaba más turbio, lleno de residuos y fragmentos rotos. Los rostros de mis antepasados flotaban en la corriente: guerreros, pastores, parias. Cada uno sostenía una decisión que me daría forma siglos después.
Me detuve ante la figura de una mujer —una tal Mirenna— que iba a decidir si entregar o no un anillo maldito. Su elección sellaría la fortuna de mi linaje; si optaba distinto, yo dejaría de existir, y todo lo que fui sería reemplazado por el posible hijo de otro.
Comprendí entonces que todo viaje en el tiempo es un pacto fáustico. Puedes curar tu herida, pero al precio de tu autonegación. Para salvarla, para cambiar la decisión de Mirenna, tenía que aceptar mi propia extinción como precio.
El Espejo, claro, puso el señuelo. Un reflejo de mi vida sin dolor: madre y padre juntos, sin cartas hurtadas, una felicidad de folletín. Era tan apetecible como envenenado. Una instrucción clara, escondida entre las líneas. No toques lo que no puedes olvidar.
Extendí la mano, temblando. Pero retrocedí. No por nobleza, sino por terror al olvido. El río podría tragarse mis recuerdos y dejarme una vida prestada, un banco de arena sin mi nombre.
Cuando regresé, Circos ardía. La ciudad, tocada por mis crujidos temporales, había cambiado. La plaza donde creció mi madre exhibía ahora un santuario dedicado a Mirenna, y las peleas de gallos eran sustituidas por oráculos en trance. Lyria apareció, su pelo cano como la cera derretida, y me miró con la más terrible compasión.
— Cambiaste algo, aunque solo fuera la duda —susurró.
Todos los viajes dejan esquirlas. Empecé a soñar con infancias alternativas: a veces era leñador, otras, nadie. Mis recuerdos se superponían, como hojas transparentes. Mantenía la carta del invierno debajo del tapiz, leyéndola cada noche, sin atreverme a mostrarla a mi madre ni a buscar a mi padre. Lyria se fue, quizás saltando a un río menos traicionero.
Cierta noche, mientras observaba la luna hervir sobre Circos, me di cuenta de la broma trágica de los cronomantes. Nosotros no cambiamos el pasado: solo aprendemos a vivir con su peso. Los espejos del Templo son ventanas a posibilidades, sí, pero también son jaulas. El verdadero viaje es sobrevivir al regreso.
Pasaron los años. El Espejo fue sellado, el templo cubierto por las dunas. Circos sobrevivió a tiranos, plagas, y olvidos sucesivos. Y yo, cada vez que pasaba cerca de los muros caídos, recordaba lo que nunca sería, lo que insinúa el murmullo del agua bajo la piedra: que la tentación del tiempo es eterna, pero la paga es siempre la misma.
Ahora escribo esto para quien encuentre la llave. No temas mirar atrás, pero desconfía de los caminos que no permiten retorno. Algunos pasados son trampas disfrazadas de nostalgia. El peso de no cambiar es, después de todo, la forma menos brutal de misericordia.
El río del tiempo sigue fluyendo, y nosotros, humanos, apenas flotamos en su espuma, soñando con detener la corriente, sin nunca realmente soltar la roca del presente. Si lees esto en alguna era perdida, quizás te reconozas en el reflejo: intenta solo no olvidar quién eras cuando la tentación del espejo te toque.
En el fin, el tiempo no es un río, sino una herida. Y todos navegamos en sus bordes afilados, cortándonos con las posibilidades de lo que no fue.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.