Portada del relato Ojos Que Nunca Parpadean
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Fragmento:


En este mundo, la vigilancia extrema no es un acto de violencia, es una forma de cariño corrosivo. Todo nace de la promesa de seguridad. La ciudad nunca duerme, los delitos han caído hasta cifras ínfimas —según El Oído—, pero nadie puede decir cuántos pensamientos peligrosos han nacido bajo el influjo de esas lámparas azules, esa luz de hospital que aplana todas las cosas, incluso los sueños.

Duración: 08:37

Ojos Que Nunca Parpadean
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Texto de ajuste de pausa.

Este es un lugar donde mil ojos flotan en el aire, como luciérnagas metálicas, y ninguna sombra dura más que un parpadeo. Los edificios aquí son tan transparentes como la memoria; las calles, enteramente recorridas por cables y redes invisibles. Caminas y sientes —sí, lo sientes— el leve hormigueo de las cámaras microdérmicas que inspeccionan tu piel mientras el asfalto bajo tus pies memoriza cada paso. ¿Cómo te llamas, realmente, cuando todo lo que eres ya lo saben mejor que tú?

Ayer volví demasiado tarde al apartamento. Mis zapatos —siempre limpios, pese al polvo de la ciudad, gracias al incansable zumbido de los robots de limpieza— llevaban el barro de las Afueras. El sistema lo detectó: cambio de pH en el material del calzado, huellas inusuales. Inmediatamente, la voz neutra me habló desde el techo:

—Vecino 4382, su ruta habitual se ha visto alterada. Describa el motivo.

No respondí. Uno aprende rápido a no contestar a las máquinas; la vigilancia sólo se inquieta cuando percibe emociones humanas. Ingresé el código en la puerta, me jalé del cuello la chaqueta y aspiré el olor a ozono y cables quemados. Los espejos no reflejan ya una imagen, sino un resumen: "Estresado, fatiga hormonal, picor en el ojo izquierdo".

Me llamo Elías. O eso digo cuando me lo preguntan las pocas personas con las que interactúo fuera del MetroVerbo, ese foro obligado de debates y confesiones públicas, donde cada opinión será juzgada y ponderada para ajustar tu puntuación de civismo. Vivo solo en la torre treinta y cinco, piso veintisiete, sección norte, apartamento 4382, datos que cualquiera puede obtener cruzando los archivos. Todo lo que tengo es prestado: la cama, el reloj, hasta los pensamientos parecen propiedad de la Administración, a la que llaman, con reverente ironía, “El Oído”.

A veces, recuerdo los cuentos que mi abuelo solía contarme, llenos de héroes que podían desaparecer en la multitud, ocultarse en la penumbra o huir por autopistas solitarias, sin dejar rastro. Recuerdo cómo reía, su carcajada gruesa, y cómo apagaba todas las luces para contar sus historias, dejando fuera, por un instante, a ese monstruo omnipresente que todo lo ve. Ahora, sólo queda el resplandor incesante de los drones, el brillo de los sensores en los rincones más insospechados, esos ojos que nunca parpadean.

Hoy el día empezó como cualquier otro. Me había torcido el pie bajando las escaleras mecánicas —el sensor de peso emitió un registro anormal—, y la Inteligencia de la torre emitió una alerta médica. El ascensor se detuvo frente a la clínica: “Elías Roslán, revise su tobillo”. El doctor dijo poco, casi robotizado. “Reposo. Analgésicos.” Afuera, vi a Marissa, la vecina del apartamento 4572. Ella también tiene la mirada de quien prefiere el anonimato, pero finge. El anonimato aquí es traición; aprender a disimular es sobrevivir.

En este mundo, la vigilancia extrema no es un acto de violencia, es una forma de cariño corrosivo. Todo nace de la promesa de seguridad. La ciudad nunca duerme, los delitos han caído hasta cifras ínfimas —según El Oído—, pero nadie puede decir cuántos pensamientos peligrosos han nacido bajo el influjo de esas lámparas azules, esa luz de hospital que aplana todas las cosas, incluso los sueños.

Por la tarde, una notificación: “Se ha detectado interacción reiterada con la vecina Marissa Valtiner. Se recomienda mantener conversaciones de interés público”. Abro la ventana, sólo unos centímetros —el límite permitido— y le lanzo una mirada a Marissa, que aparece reflejada en el vidrio como si formara parte de la ciudad, un espectro adherido al circuito.

Bajamos juntos al mercado, entre puestos idénticos llenos de productos sin nombre, todos etiquetados con cifras y calorías. Compramos naranjas sin pulpa, pan que nunca se pone duro y pequeñas cápsulas de recuerdos auditivos, para cuando la soledad pesa. Al caminar juntos, los sensores detectan la mínima proximidad de nuestros cuerpos. Por eso hablamos de nada, sólo para darles algo que procesar: el clima, el fútbol, noticias sobre una tormenta solar en Saturno. No sé cómo aprendí a mentir mientras las cámaras lo ven todo. Marissa sí lo sabe. “Piensa en otra cosa cuando hablas,” me susurra, con los labios apenas moviéndose.

De noche, los sueños solían ser refugio. Ahora, incluso allí siento la presión de los algoritmos. “Actividad REM excesiva”, notifica el reloj antes de la alarma. La administración promueve sueños tranquilos, sin sobresaltos. Las pesadillas se consideran signo de estrés social; pueden reducir tu puntaje y, eventualmente, tu acceso a zonas de recreo. Así de sencillo.

Una madrugada, cansado de ser observado hasta en mi respiración, decido salir. Subo a la azotea —autorización temporal, monitoreada— y allí, en los bordes del edificio, Marissa ya está sentada. No necesita ocultarse; le han instalado, hace semanas, un parche en la sien, un neuromedidor. La observo y pienso que podría ser mi aliada, o mi delatora.

—¿Te imaginas cómo sería vivir un solo día sin que te vean? —pregunta, con voz entrecortada. Los ojos iluminados por la luz de un dron.

—No —susurro, sabiendo que el viento distorsionará mi voz, quizá lo suficiente para que el análisis de patrones no la rastree correctamente.

—Hay lugares —dice, y cuando pronuncia esas palabras el dron parece alejarse un poco, como si también quisiera escuchar—. Tú sólo tienes que querer desvanecerte.

Eso es lo que todos ansiamos: meternos en una grieta, entre los datos, envejecer en el olvido, hacer cosas pequeñas y terribles como habitar la penumbra, reír sin motivo aparente, amar sin que te lo cuenten como mérito.

Abrimos un compartimiento en la baranda; Marissa saca dos píldoras de anhídrido de memoria. Es ilegal, pero sólo si te descubren. “Borran seis horas”, dice. Duda. “No somos los únicos.”

Por primera vez, me doy cuenta de que la única privacidad que nos queda es la memoria, ese último reducto inexplorado por los sensores.

Decido no tomarla, aún. Bajo de la azotea y me escondo en el hueco de la lavandería comunal, donde la señal es débil. Allí dibujo con el dedo en el polvo: “QUIÉN ERES”. Nadie ve la pregunta, pero al día siguiente, alguien ha respondido debajo: “ALGO MÁS DE LO QUE ME HAN DICHO”. Tiemblan mis manos mientras toco las letras. Hay esperanza en el anonimato, hay revolución en cada gesto invisible.

Transcurren los días. La vigilancia se vuelve más densa; detectan comunicaciones inusuales, movimiento de píldoras, registros de sudor alterados al pasar junto a Marissa. Nos citan en la oficina del supervisor: una habitación blanca, fría, todo luz. Nos preguntan por qué buscamos penumbras, por qué evitamos los foros públicos, por qué nuestras conversaciones no generan reportes de felicidad. Marissa sonríe. “Tal vez no tenemos nada importante que decir.” Yo asiento, pensando en qué punto el silencio puede volverse subversivo. Nos despiden con cortesía, pero sé que no nos han creído.

Esa noche, la ciudad entera brilla como una pecera de neón. En mi sueño, camino descalzo entre árboles tan altos que tapan el cielo. Nadie me observa. La sensación es tan extraña que despierto con lágrimas secas en las mejillas. El reloj me alerta del exceso de REM. Pienso en apagarlo, pero no puedo; la batería está implantada bajo la piel.

Llega la noticia de que el gobierno amplía la vigilancia: ahora, escanearán los pensamientos en busca de insurrección. “No queremos lastimar a nadie”, dice la voz del boletín, “sólo queremos saber cuándo y por qué alguien está triste”. Observo a Marissa desde mi ventana. Levanta la mano, algo escondido en el puño cerrado. Es la píldora de anhídrido de memoria. Vuelvo a pensar: ¿Podré algún día imaginarme, siquiera en sueños, volverme invisible?

Así vivimos, entre la obsesión del control y el relámpago fugaz del anonimato, entre la claridad de la vigilancia y el refugio fugaz de una mente que se empeña en no ser conquistada. Pienso en mi abuelo y en sus cuentos de noches a oscuras. Me pregunto cuánto tiempo más lograré recordar, sin que lo sepan, la forma exacta de mi propio rostro. Y por un momento —sólo un momento—, mientras un sensor se apaga y otro aún no detecta el relevo, río, bajito, como recordando un chiste privado que ni siquiera yo acabo de entender.

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