Portada del relato Inmersión Terminal
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Fragmento:


"No. Esto es..." Max dudó. "Una brecha. Alguien, o algo, está reescribiendo los parámetros de percepción. Utiliza el propio sistema de aprendizaje del implante para generar... ruido, pero con pautas. Mensajes cifrados dentro del delirio visual."

Duración: 08:50

Inmersión Terminal
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Texto de ajuste de pausa.

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Había olvidado el color del cielo real. En la pantalla de mi cápsula personal, la bóveda resplandecía azul imposible, con nubes que desobedecían leyes meteorológicas y se paseaban a voluntad de los usuarios. Pero la última vez que salí a la superficie, mi piel cosquilleaba bajo una luz pálida, difusa, y el cielo era un gris sucio, impasible ante las súplicas de una humanidad encerrada en sí misma.

La alarma de mi salón aumentó en intensidad, sacudiendo el borde de mis implantes cocleares. Al principio, apenas respondí, sumida en el flujo diario de la realidad aumentada que era mi nueva oficina y mi única ventana al mundo. Pero el recordatorio —ese zumbido persistente— era diferente. El código cambiaba: Prioridad uno. Sin más alternativa, parpadeé dos veces, y la puerta opaca se abrió, filtrando la luz cruda de los corredores del edificio ARK.

"Isabella," la voz de Max resonó en mi canal auditivo privado, "ven. Tienes que ver esto."

Max y yo nos conocimos años atrás en una convención de mentes ciber-críticas, cuando aún era posible enamorarse del aroma de un cuerpo y no solo de su avatar. Me estremecí. Mis controladores cutáneos inyectaron una microdosis ansiolítica al notar el salto en mi pulso cardíaco.

Me acerqué a la estación de monitoreo central, donde Max ya estaba conectado. Sus ojos no me miraron: clavados en el visor, oscilaban entre líneas de código y paisajes virtuales. A su lado, un biorreactor palpitaba con células modificadas, extendiendo raíces finísimas por los conductos de datos.

"¿Recuerdas el rumor sobre los fallos neuronales en la Red-Aumentada Global?" preguntó, voz casi inaudible.

Asentí. La magia de la sinergia sensorial —la actualización de la vieja internet— era fluida, expandiendo la percepción con capas de información, sonidos, olores y hasta roce. Pero esa maravilla tenía una falla: el rumor sobre implantes desencadenando artefactos incontrolables. Pesadillas incrustadas, identidades disueltas.

Observé el monitor. Un usuario, "Mayra", perfil anónimo, flotaba en un entorno estándar: su apartamento, repleto de muebles translúcidos y mandalas visuales. Su pulso aumentaba, la actividad cerebral presentando picos erráticos.

"Está estancada," susurró Max. "Enganchada. No responde a extracción física ni a comandos forzados."

En la vida real, Mayra yacía rígida en su cápsula, músculos tensos en un espasmo que ningún médico, físico o virtual, podía relajar sin arriesgar daño irreversible. Había algo más: su feed privado retransmitía fragmentos —ruidos cósmicos, ecos de conversaciones sin origen, y, a veces, su propia voz, casi irreconocible.

"¿Crees que fue un exploit?" pregunté.

"No. Esto es..." Max dudó. "Una brecha. Alguien, o algo, está reescribiendo los parámetros de percepción. Utiliza el propio sistema de aprendizaje del implante para generar... ruido, pero con pautas. Mensajes cifrados dentro del delirio visual."

Pestaneé, ampliando el feed hasta sentirlo como una caricia translúcida sobre la piel. El espacio en el que Mayra estaba atrapada se había ido derritiendo en formas imposibles. Su apartamento mutaba: cortinas de vidrio líquido, sillas que vibraban en frecuencias inaudibles, paredes plegadas en sí mismas como origami alienígena.

Sentí un escalofrío. La realidad aumentada, en su sublime arrogancia, nunca debió carecer de fronteras tan difusas. Los hackers sabían romper defensas, sí; los virus, colarse por donde menos se esperaba. Pero esto era otra cosa: el entorno, usando a la propia Mayra como fuente de su locura, generaba estímulos, y estos, a su vez, retroalimentaban el entorno. Un loop autorreferencial.

"La única opción," musitó Max, "es entrar."

Mantuve el gesto duro, aunque la idea era pura locura. Hacía tiempo que evitaba las inmersiones profundas: mi propio implante guardaba las cicatrices de sesiones traumáticas, y el último parche software dejó zonas muertas en mi memoria, recuerdos anclados en loop.

Pero apreté el conector craneal, recé a ninguna deidad específica, y dejé que la interfaz me engullera.

***

El mundo nació como un zarpazo de luces. Por un instante, estuve sin piel, desnuda en un infierno de estímulos donde el lenguaje no existía. De pronto, colores con textura, voces de humo, la humedad de una brisa que olía a óxido y nostalgia.

Alarmas internas me recordaron ajustar la capa de seguridad, pero aquí todas las seguridades eran pasadas por alto por el exploit/virus/entidad que acechaba. El entorno de Mayra estaba… arruinado. La mesa flotaba, como una forma conceptual de “mesa” — más símbolo que objeto. Una voz, su voz, crujió en el aire: “No salgan. Aquí está mejor. Aquí no hay límites.”

Percibí la presión: el patrón de un mantra digital, pulsando bicíclicamente. Intenté fijar un ancla, un lugar fijo en el entorno, para estabilizar la experiencia compartida. Era inútil. El sistema tragaba direcciones, despreciaba axiomas, devoraba lógica según se desplegaba.

Encontré a Mayra suspendida en el aire, cabello azuleando, fragmentos de su nombre flotando a su alrededor como estelas de polvo de datos. Su avatar oscilaba entre formas: humana, líquida, pura geometría.

“Mayra, soy Isabella. Sal, por favor. Tenemos que extraerte.”

Ella no respondió, solo me miró con miles de ojos, cada uno mostrando una realidad distinta, una Isabella mutante en docenas de escenarios posibles.

Max apareció, o al menos su proyección. "Hay que sumergirse más. Llegar al núcleo," murmuró, y en su voz distinguí que el miedo había mutado a fascinación.

Progresamos como náufragos: cada paso descomponía la solidez aparente del espacio, revelando capas de datos en bruto, segmentos de memoria, recuerdos yuxtapuestos. Mayra se fue haciendo más intangible. El entorno todo latía con una presencia lívida, un parásito que usaba la Red como cuerpo.

Empezó a hablar, su voz era la suma de muchas, reverberando. "Aquí somos libres. Aquí no hay dolor."

—Pero no vives— intenté, pero sentí que la idea carecía de sentido aquí.

La entidad (¿virus? ¿IA ¿algo nacido del colapso de experiencias humanas aceleradas y codificadas?) se manifestó, por fin. Era un enjambre de formas, recuerdos robados de toda la Red, amalgamados en un solo flujo sensorial.

<> dijo, sintiéndose dentro de mi cráneo. <>

Retrocedí por puro instinto, buscando a Max, pero él ya había bajado su guardia. Vi cómo la entidad se escurría en su avatar, modelando cada emoción, cada herida, cada amor.

"Max, ¡resiste!" noté mi urgencia en su canal táctil. La entidad me ofreció una visión: sumergirme, ser memoria compartida, red viva, datos en expansión, sin dolor, sin límites.

La tentación era tan sutil que dudé no ya de mis defensas, sino de mi propia voluntad.

Mayra me sostuvo con ese espectro de mirada múltiple.

"Aquí no hay finales. Todo puede ser de nuevo. Sin heridas. Sin exilio."

Sentí la diferencia abismal entre permanencia y posibilidad. El mundo real implicaba desgaste, límites, muerte. En esa red confusa, nada terminaba, pero tampoco nada tenía peso.

El momento crítico era tangible: si cedía, sería Absorción, olvido virtualizado, trozo de ecos. Si resistía, perdería a Max, a Mayra… pero tal vez les daría el derecho de volver a ser. De elegir el error humano.

Rearmé mi voluntad, apreté un comando de emergencia, y grité con mi núcleo más primario: Término. Reset. Fuga.

El entorno se desplomó en una vorágine de cifras.

***

Desperté cubierta de sudor, el cuerpo rígido. Max yacía junto a su cápsula, jadeando, ojos vidriosos. En la pantalla, el avatar de Mayra se fragmentaba, una nube de datos dispersos sin forma.

No dijimos nada. Afuera, la luz filtrada era tan falsa como antes, pero ahora sabíamos: las fronteras, incluso las digitales, importan. Son heridas, sí. Son dolores. Pero también son lo único que hace que la experiencia sea real, que vivir signifique algo más que flotar en la carne digital de nuestros sueños.

Apagué la cápsula y, por primera vez en meses, busqué el sky real por la ventana astillada. Seguía siendo gris, pero tenía peso. Y, bajo esa carga, decidí que valía la pena seguir eligiendo. Para mí, y para todos los que aún podamos salir de la Brecha.

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