Portada del relato Realidad Fragmentada
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Fragmento:


El contacto, cuyo alias es “Remediador”, la citó en un bar camuflado con la estética de los años 1990. Mesas de formica, sillas cromadas, una jukebox que selecciona hits de Nirvana. Detalles agregados con precisión obsesiva, porque quien controla el entorno controla la emoción, y aquí las emociones cuestan caro.

Duración: 08:28

Realidad Fragmentada
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Texto de ajuste de pausa.

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Stella ajusta el visor directamente sobre sus ojos, sintiendo el ligero bamboleo magnético que anuncia la conexión. El apartamento, de líneas limpias y benévolas irregularidades, se desmorona en esquirlas digitales. Lo real —o lo que antes era real— se disuelve, y la capilla del sueño virtual abre sus compuertas como un teatro interminable.

El espacio que la recibe está modelado para agradar, no para impresionar. Árboles sencillos, bancos confortables, los omnipresentes brillos difusos de una luz imposible entre la realidad y la ficción. Aquí el aire huele a memoria por encargo: un toque de infancia, un eco de caramelo y sudor atrapados en una tarde remota de verano. Los algoritmos han aprendido a domar los recuerdos, a catalogarlos y refinarlos para la venta.

Stella pulsa un menú de acceso en su interfaz háptica. Lo siente en la yema del pulgar, un zumbido más real que la madera de su escritorio físico, ahora perdido en ese otro mundo donde el cuerpo y el espacio se han vuelto inconvenientes, accesorios obsoletos.

La ciudad virtual se alza en el horizonte: altas torres, fachadas relucientes, flujos de avatar-humanoides en plena jornada. Algunos pasean, otros fluyen como datos por los bulevares. Ninguno es más o menos real que Stella, todos tan presentes dentro de este enclave particular de realidad aumentada avanzada, la Red de Realidades.

Oficialmente, todo es entretenimiento aquí, una expansión de la vida cotidiana. Pero Stella llegó hace meses buscando otra cosa: fragmentos de memoria auténticas, no digitalizadas, no artificialmente reconstruidas ni optimizadas mediante IA. Piezas crudas de pasado, injertos cada vez más cotizados en el mercado negro de la "verdad subjetiva".

El contacto, cuyo alias es “Remediador”, la citó en un bar camuflado con la estética de los años 1990. Mesas de formica, sillas cromadas, una jukebox que selecciona hits de Nirvana. Detalles agregados con precisión obsesiva, porque quien controla el entorno controla la emoción, y aquí las emociones cuestan caro.

Stella se sienta, su avatar ajusta la postura automáticamente. El Remediador aparece a su lado, disfrazado de hombre de aspecto genérico: barba discreta, ojeras, un jersey de lana verde. Sus ojos, sin embargo, cambian de color imperceptiblemente, como si estuvieran expuestos a una sinfonía de datos en tiempo real.

—Lo tienes? —pregunta Stella, encriptando la urgencia con un tono casual.

—Depende —responde el Remediador—. Cuánto puedes pagar por algo auténtico? Lo intuyes: no es solo nostalgia. El recuerdo que buscas tiene cicatrices, y esas no son baratas.

Stella activa la transferencia, siente el frío súbito de los créditos abandonándola. Confiar en alguien en este espacio es absurdo, pero poco importan ya los riesgos. Recibe una pequeña caja virtual, la abre. El objeto es sencillo: una llave antigua, de verdad oxidada, con marcas de haber sido usada. Nadie construiría una así en la Red, piensa.

—Cómo sé que sirve? —pregunta.

—Solo probando —responde el Remediador, sonriendo. Se levanta. La deja sola.

A solas con la llave, Stella inicia una rápida secuencia de análisis. Nada levemente inquietante: el objeto no está vinculado a ningún creator conocido. No es un archivo de origen comercial ni una pieza derivada de los bancos públicos de recuerdos. Es único. Privado. Prohibido, por la ley que desde hace cinco años intenta frenar el intercambio de recuerdos “no autenticados” como si fueran armas biológicas.

Nada bueno puede salir de poseer algo así, pero la resistencia lo exige. La resistencia: aquellos —pocos, radicales— que quieren rehacer y desmontar los fundamentos mismos de la Red, desarticulando el sistema de filtros y de optimización emocional. Gente cuerda, a ratos. Locos la mayoría del tiempo.

La llave brilla. Stella siente, absurdo y físico, el roce del metal frío. Hay un sabor a óxido en la boca, un temblor en los músculos. “Engaño sinestésico”, dictamina fríamente. Pero no es ella, es la Red devolviéndole la experiencia.

Por imagen residual, su cuerpo físico tiembla. Voces, rumores lejanos. Por un instante la pantalla de inicio se resquebraja y revela un espacio en penumbra, como un sótano lleno de niebla y ecos olvidados.

La llave mental encaja en una puerta invisible. Stella avanza paso a paso, hipnotizada. Interior de una casa suburbana: estanterías llenas de libros desgastados, alfombra color mostaza. Por la ventana, la luz tiene el tono sepia de un sol que nunca existió. Todo huele a humedad, a un invierno que pertenece a otro siglo.

Entiende entonces que lo que tiene en las manos es un fragmento de verdad robada a la vida de otro. No solo un objeto: una memoria entera, extraída a la fuerza, conservada en la gélida banca de un servidor insomne, esperando ser negociada en el mercado negro.

Las imágenes se solapan en su cabeza con la violencia de una tormenta: risas infantiles, una mujer tras una puerta, un perro ladrando al fondo. Todo se precipita hacia un punto invisible. Hay una sensación de dolor sordo que se filtra en su propio sistema emocional, un eco tan real que Stella parpadea y sudor realiza en su frente física, lejos de allí.

“Es lo que pediste”, susurra una voz —o un glitch— en el sistema.

La sobrecarga sensorial la tira al suelo de la Red con brutalidad. Reclama aire. Imposible: aquí el aire es un constructo, una simulación. Procura desconectar su avatar, pero el proceso no responde. El visor, en el mundo físico, se recalienta.

La primera ley de la Red es no perder el control. La segunda, no perderse a sí misma. Stella siente el peligro de ambas infringidas. Se arrastra por el pasillo de esa casa imposible. Al fondo, una figura imposible: un niño observa desde la sombra. Ojos demasiado grandes, una sonrisa tensa. Cuando se acerca, todo el entorno parpadea, tiembla.

El sensorio real —su cuerpo, su autopercepción— empieza a mezclarse con los datos del objeto ilegal. Pulso multiplicado, respiración apresurada, el mundo físico filtrándose en el digital y viceversa.

La luz de la sala se curva. El piso se hunde. Las paredes colapsan en líneas de código. Algo, o alguien, ha activado una alerta en la Red. Es probable que alguien la esté rastreando.

Stella hace un último esfuerzo por abandonar la casa, aferrándose a los pocos puntos de referencia en su memoria física: el olor a café de esa mañana, la textura de la sábana que dejó sin estirar. Recuerda: tiene que volver. Tiene que salir.

Entonces, el niño la toca. Un latigazo de emociones la fulmina: tristeza, pérdida, un amor devastadoramente real. Comprende —demasiado tarde— que el recuerdo robado está fijándose a su psique, que será parte de su consciencia para siempre. Es el precio de lo auténtico.

En el exterior, los rastreadores de la Red la identifican. Hay una alerta: “usuario en crisis sensorial.” Protocolo de emergencia se activa. Imágenes de paramédicos digitales, IA de apoyo psicológico. Demasiado tarde; una parte de Stella se pierde en el laberinto de la memoria de otro.

Cuando por fin logra quitarse el visor, la superficie del aparato está templada por su sudor, y su realidad física tiembla más que nunca. En el silencio de la habitación apenas iluminada, se pregunta quién era el niño, y por qué su pérdida le duele como si hubiera sido suya.

Fuera de la Red, la ciudad real murmura su rutina. Pero ahora todo tiene un borde difuso, como si las fronteras entre los mundos se hubieran adelgazado irremediablemente. El olor a óxido y la tristeza del niño se han filtrado en su percepción.

Sobre el escritorio, la caja virtual ya no existe. Pero Stella, descargada y exhausta, sabe que su psique fue modificada. Unos minutos antes de medianoche, escribe un informe para la resistencia: “Intercambio exitoso. No recomiendo repetir.”

En la Red de Realidades, cada trazo de memoria real vale su peso en dolor. Afuera, la vida corriente se le aparece a Stella como una breve, frágil, y tal vez defectuosa realidad aumentada. Pero sigue siendo suya. Y a veces, solo a veces, cree que eso basta.

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