Fragmento:
Los orbes parecían enmudecer si alguien hablaba cerca, lo que dificultaba el trabajo cuando los mineros, por instinto, llenaban el silencio con chascarrillos y maldiciones. Esa noche, Natalia salió sola, sólo el zumbido de su respirador y el zambullido de cada paso la acompañaban. Desenterró otro orbe y lo sostuvo entre sus manos enguantadas. Su superficie tembló, como si algo dentro quisiera tocar la luz de la linterna. Por un segundo, juró ver una mancha azulada revolverse bajo la capa translúcida, igual que un feto.
Duración: 09:10
El sudor se le había pegado a la frente, un residuo salino bajo el brillo plomizo de las luces de trabajo. Natalia Elizondo logró controlar la respiración antes de apretar el gatillo de su lanza-holares, una corriente vibrante de energía que fragmentó la superficie del orbe. El líquido interno chisporroteó un instante antes de solidificarse en estalactitas minúsculas. Los orbes, esas formaciones gelatinosas enterradas a varios metros bajo la tundra de Sundra IV, eran el motivo por el que la Tierra los había enviado aquí. El informe decía "recurso bioluminiscente de origen desconocido", pero cuando Natalia se agachó para extraer uno, supo que eran algo que la Humanidad no había terminado de comprender.
Salió de la zanja, su traje de protección burbujeando por la diferencia de presión en la bahía. El humo de las naves cargueras les ponía una sombra opaca sobre el campamento. Detrás, Mario santillana revisaba el scanner subterráneo una y otra vez, como un rosario de los viejos. Nadie decía nada sobre el rumor que corría entre los técnicos: que algunas noches se oía el llanto de los orbes. Que ciertas figuras altas, delgadas, de piel de coral y ojos abisales aparecían sin dejar huella en los drones de vigilancia, salvo por un pixelado inquietante que dejaba una estela, como si la propia realidad no consiguiera retener suforma.
Natalia no creía en fantasmas, pero sí en cosas que acechan a los mineros en planetas sin historia humana. Ella lo había visto antes, en Cygnus Prime, donde el mercurio viviente devoraba las sondas. Aquí, era diferente: era más íntimo, menos hostil. Era tristeza.
Dejó el orbe en la bandeja de cuarzo templado y observó cómo el supervisor automatizado le aplicaba el extractor. Era como observar una autopsia. Un tentáculo robótico introducía la aguja blanca y succionaba el núcleo. Al otro lado del panel antiexplosiones, la computadora procesaba el compuesto: energía, bioluminiscencia, catalizadores. Todo por lo que la Tierra estaba dispuesta a pagar millones de creditos.
Nat se quitó el casco. El aire olía dulzón, como el perfume de una fruta demasiado madura.
--No creo que sean piedras --dijo Mario a su lado, mirando fijamente el extractor--. ¿Tú qué piensas?
--No les llamaría piedras. Tienen... estructuras. Como células.
--Escuchaste lo de anoche, ¿no?
Natalia asintió. No quería hablar de ello. Pero lo que de verdad le inquietaba no era el rumor de los técnicos. Era el informe privado de la sonda biológica que, por error, llegó a su tablet la noche anterior. Estructura de ARN desconocida. Actividad eléctrica. Membrana reacciona a ruidos súbitos, como si... escucha.
La transmisión encriptada de la Base Avanzada llegó poco después de medianoche. Quedan 12 días para completar el cupo, urgencia máxima. Coordinadas de nuevas vetas. Variaciones en la estabilidad, precaución aconsejada, caso necesario usar bloqueadores sónicos.
Los orbes parecían enmudecer si alguien hablaba cerca, lo que dificultaba el trabajo cuando los mineros, por instinto, llenaban el silencio con chascarrillos y maldiciones. Esa noche, Natalia salió sola, sólo el zumbido de su respirador y el zambullido de cada paso la acompañaban. Desenterró otro orbe y lo sostuvo entre sus manos enguantadas. Su superficie tembló, como si algo dentro quisiera tocar la luz de la linterna. Por un segundo, juró ver una mancha azulada revolverse bajo la capa translúcida, igual que un feto.
El comunicador crepitó. Unos segundos de estática, y al otro lado, una voz grave, afectada por la modulación de la frecuencia.
--¿Me copias, Nat? Es la Dra. Ulyanova --dijo la bióloga jefe del proyecto, casi un susurro--. ¿Tienes ese orbe? No lo ingreses en la línea automática, repórtate al laboratorio dos.
Nat asintió, aunque nadie la veía. Caminó de regreso, el orbe presionando contra su pecho como un corazón lento. Las linternas automáticas pestañearon en el perímetro. Ecos, sus propios pasos. Detrás, no se podía decir con certeza. Sólo el sonido.
En el laboratorio 2, la doctora tenía las manos cubiertas de una sustancia semilíquida, translúcida. Al recibir el orbe, lo sostuvo con una reverencia casi religiosa. Lo introdujo en una cámara estéril y ajustó los sensores. En la pantalla, una imagen termal reveló un patrón de filamentos girando en torno a una esfera central, pulsando suavemente.
--¿Lo ves? --dijo Ulyanova en voz baja--. Son... estructuras nerviosas. O algo muy parecido. Creo que estos orbes piensan. O sueñan.
--¿Estamos seguros de que son nativos? --preguntó Nat, mirando el historial cultural del planeta.
--No hay registros: ningún animal, ningún fósil similar. Solo los orbes.
La doctora aumentó la resolución. Un pequeño punto, profundo en su interior, vibraba con una frecuencia diferente a la del resto del orbe: un "pulso" que la computadora identificó como idéntico al de la anomalía de comunicación registrada las noches previas. Era el mismo pulso que la noche anterior se había propagado por la tundra y que varios sensores habían interpretado equivocadamente como una tormenta sísmica.
Nat sintió un frío nuevo, no del planeta, sino de dentro. Los orbes escuchan. Y envían.
--¿El núcleo? --preguntó Nat, tragando saliva.
--Si lo extraemos, se apagan. No mueren, pero es como si abandonaran el mundo.
--¿Qué hacemos entonces?
--Eso no me toca a mí decidirlo --dijo Ulyanova, pero su voz temblaba.
La alarma para un cambio de turno sonó a lo lejos. Un runrún de motores mientras una nueva remesa de trabajadores descendía para seguir la cosecha. Nadie sabía de qué modo, pero todos sentían el temor creciente, el escalofrío ante la mirada de algo invisible.
Esa madrugada, las cámaras de seguridad detectaron tres figuras entre los respiraderos de vapor: altas, delgadas, con la piel de coral. Algunos técnicos, al revisar los archivos, rieron nerviosos y dijeron que era un glitch de la temperatura. Natalia supo al instante que no lo era.
Esa noche, le dieron el turno de vigilancia. El escáner de superficie repicaba cada veinte minutos; los faros rasgaban la capa de neblina hasta donde ya todo era sombra. En uno de esos barridos, divisó un movimiento: primero uno, luego dos, luego tres cuerpos casi transparentes.
No corrió. No gritó tampoco. Sólo dejó la linterna baja y permitió que el silencio llenara el aire. Al acercarse, los cuerpos parecían más hechos de agua que de hueso, de luz que de carne. Ningún rostro, ningún gesto hostil. Solo la quietud de alguien que espera.
Uno de ellos extendió una mano, larga y con dedos como raíces. Tocó el suelo, y a unos pocos metros de Natalia, la tierra vibró y un nuevo orbe emergió, recién formado. Algo tembló en el aire: podía sentirlo en los dientes.
Ella cerró los ojos. Recordó una oración de su infancia, de las de cuando el padre la bendecía en el hospital, pidiendo por los que no entendemos. Abrió los ojos, y los tres seres ya estaban un poco más lejos, difuminándose en la niebla.
Cuando volvió a la base, no lo contó. No esa noche. Pero a la mañana siguiente, los sistemas de control registraron la primera sequía de orbes en el sector este. Ninguno de los núcleos extraídos mantenía su energía. La Tierra pidió explicaciones: ¿por qué la producción había caído?
Nat encontró a la Dra. Ulyanova mirando fijamente el reporte del consejo corporativo.
--Han dicho que intensifiquemos la extracción. Que están enviando más brazos y un dirigible blindado --dijo la bióloga, los ojos hinchados de no dormir.
--Ellos vinieron a buscarlos --murmuró Natalia--. O a llevarse a los orbes antes que nosotros.
Al abrir la puerta del invernadero, donde el equipo almacenaba los orbes que aún no procesaban, encontraron el plástico pulverizado, como corrosión por dentro. Todos los orbes habían desaparecido.
Solo un mensaje quedó en la pantalla, imposible de rastrear. "Nada se cosecha sin su precio."
Lo que vino después fue evasivo, casi como el recuerdo de un sueño. Algunos técnicos declararon haber hablado con "los del coral" en la neblina. Otros juraron ver a los orbes girar en el aire, elevarse y cruzar la tormenta hacia un horizonte sólo suyo. El planeta cambió: la tundra cubriéndose de una aurora antes nunca vista, haciendo que la Tierra, por primera vez, decretara una cuarentena ambiental. Natalia recibió un permiso para regresar, pero no embarcó.
Sabía que había límites que la Humanidad sólo comprende cuando los cruza. Sundra IV, al final, fue declarado santuario. A los orbes, los codificadores los llamaron "Memorias". Nunca nadie volvió y, en los archivos, las figuras de coral solo aparecen como una advertencia: cosechar no es lo mismo que entender.
La noche que Natalia dejó el planeta, una aurora crepitó en el cielo. Por un instante, juró escuchar la voz de los orbes, no como llanto ni súplica, sino como una canción de regreso. El mismo canto que los seres de coral habían traído, latido tras latido, pidiendo tan solo ser escuchados.
Y en algún lugar, pensó Natalia, la Tierra también tendrá que aprender a oír.
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