Portada del relato Cruce de Huéspedes
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Fragmento:


El reinicio de la misión se dio por consenso mudo. La promesa era explorar pero evitar el contacto, aunque la idea misma era absurda. Había algo en la atmósfera, quizá en nosotras mismas, que alteraba el paso del tiempo. Había momentos en los que Garret aparecía en dos lugares del corredor, reuniéndose consigo mismo con una mirada de fastidio y una advertencia rota antes de desintegrarse en una sola versión. Soliveres escribía notas que borraba y encontraba restauradas más tarde, pero en una caligrafía que no reconocía como propia. Marela, la doctora, diagnosticó fatiga espacial, hasta que vio al técnico Shu atravesar la sala de reactores con el rostro cubierto de delicadas marcas incandescentes, huellas que se desvanecieron cuando traté de tocarlas.

Duración: 09:41

Cruce de Huéspedes
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

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La nave cayó sobre el planeta sin nombre con el sigilo de un recuerdo, deslizándose entre capas de gases lilas y fracturas en el aire que se cerraron a su paso, como heridas curándose a sí mismas. No hubo luces de alarma, ni explosiones, ni anuncios melodramáticos desde la IA de abordo. Simplemente una aceptación: el viaje había llegado a su espontáneo final, a mitad de la nada prevista, en la encrucijada de un tiempo desconocido.

Éramos seis a bordo. Amigos, amantes, rivales, según el giro lento de las órbitas en la vida cerrada de largo viaje interestelar. El Capitán Garret, la geóloga Kendra, el xenolingüista andorrano Soliveres, la doctora Marela, el técnico de núcleo Shu y yo, Aran, una tripulante sin puesto claro—la que algunos llamarían "observadora" para evitar la carga de etiquetar a una exiliada. La misión original era puramente científica: atravesar el cúmulo de Xylo, registrar las curvaturas de fondo y, si algún milagro sucedía, recoger testimonios vivos de algo más antiguo que la memoria humana.

En cuanto el artificial atardecer de la nave se fundió en la luz porfiriana del planeta, comenzó la verdadera transformación. Al principio, detalles minúsculos: el relé de los filtros de aire modulaba un zumbido notoriamente afilado, los relojes internos ofrecían lecturas contradictorias, y la comida aparecía caliente o fría según ninguno de nuestros turnos podría explicar. Nadie lo verbalizó, claro. Pero los silencios comenzaban a hacerse púrpura y en toda la nave se respiraba una inquietud amniótica.

Garret y Kendra descendieron primero, enfundados en trajes que parecían de luto. Yo permanecí en la compuerta principal, observando desde el vidrio cómo se filtraba entre los guijarros una niebla con tendencia a negar las formas. El planeta carecía de vegetación. Su única vida visible era la repetición opaca del propio paisaje a través de reflejos en el horizonte, como si las montañas intentasen recordar haber sido otras cosas.

Los dos se desplazaron apenas unos pasos cuando la radio chirrió; la voz de Kendra se dividía entre frecuencias, como si hablara la versión de ella misma de la semana pasada y la de dentro de dos días. "Hay huellas", interpreto que dijo—palabras rotas, multiplicadas—"no son humanas, pero...".

El reinicio de la misión se dio por consenso mudo. La promesa era explorar pero evitar el contacto, aunque la idea misma era absurda. Había algo en la atmósfera, quizá en nosotras mismas, que alteraba el paso del tiempo. Había momentos en los que Garret aparecía en dos lugares del corredor, reuniéndose consigo mismo con una mirada de fastidio y una advertencia rota antes de desintegrarse en una sola versión. Soliveres escribía notas que borraba y encontraba restauradas más tarde, pero en una caligrafía que no reconocía como propia. Marela, la doctora, diagnosticó fatiga espacial, hasta que vio al técnico Shu atravesar la sala de reactores con el rostro cubierto de delicadas marcas incandescentes, huellas que se desvanecieron cuando traté de tocarlas.

Esa noche, los sueños fueron compartidos.

Lo notamos al despertar, cada uno relatando las mismas figuras. Un círculo de seres con cuerpos que se expandían hacia dentro, como si fueran túneles y no formas vivas; gesticulaban en fracciones de gesto, y sus voces nos llegaban como remolinos, cada frase su propio eco. En el sueño, nos preguntaban lo mismo una y otra vez. "¿Quién llevó la nieve al horizonte?" Pregunta absurda, sí, pero repetida con la misma gravedad de quien solicita memoria de un crimen antiguo.

Marela teorizó que era el resultado del estrés. Pero no era estrés. Era el contagio de presencias, como si el planeta mismo hubiese absorbido movimientos y tiempo, jugando a devolverlas en secuencias incomprensibles. "No estamos enfrentando alienígenas", musitó Soliveres, "sino a nuestros propios rastros dentro de este campo... este nodo de tiempos encimados".

El primer contacto ocurrió sin previo aviso. Kendra denunciaba el hallazgo de artefactos semienterrados—placas de cristal líquido con grabados que fluctuaban entre lenguas conocidas y otras imposibles—cuando una figura surgió de entre la bruma. Tenía la forma cargada de la inercia, distinguiendo apenas líneas y ángulos en movimiento, pero podía verse que era alta, mutable, su epidermis dispuesta como si tejiera progresivamente su tejido con el pasar de los segundos.

No se acercó. Osciló, difusa, en la linde entre claro y sombra del suelo liso. Sus frases llegaban, como en los sueños, pero aquí eran dolorosamente nítidas.

—Celebran la coincidencia —dijo (pensamos que dijo, aunque tal vez sólo fue un sentimiento arrancado del fondo de un espejo)—. De haber caído aquí, en la intersección. Muchos han pasado, pocos regresan.

Garret intentó el inglés, el pictograma, el silencio. Cualquier idioma era un reflejo distorsionado. Marela propuso no responder, pero la entidad pareció entender más de la indecisión humana que del lenguaje: percibió, asumió, retroalimentó nuestras respuestas incluso antes de que surgieran.

—La nieve en el horizonte es la modulación —musitó el visitante—. Es la señal de cruce, el artefacto de todos los que han intentado pasar. Ustedes han pasado. Están aquí.

Pregunté en voz baja—más por romper el aturdimiento que por buscar explicación—qué había más allá de esta intersección.

—El viaje en el interior de sí mismos —respondió la presencia—. Donde todo suceso es recuperación y pérdida, nunca simultáneo. Donde cada huella se superpone a otra, y ustedes son sus propias derivaciones.

Soliveres estaba transfigurado, fascinado y perdido, intentando traducir una secuencia de símbolos que solo podía percibirse en la periferia de la visión. El visitante parecía observarle, aunque sin ojos, como si la propia atención bastase para definir la forma de Soliveres, su antes y su después.

No hubo amenaza, ni promesa de regreso. Solo el reconocimiento de una participación: éramos ahora parte de la incógnita. El planeta no era simplemente un punto en el espacio, sino una malla: una intersección donde el tiempo manufacturaba nuevas versiones y sus residuos—ecos de encuentros pasados, posibilidades descartadas, advertencias sin destinatario. Y la entidad, o las entidades, solamente fluctuaban entre ellas, incrementando su ser con cada paso de forasteros modelados por diferentes historias.

Poco a poco, notamos que la nave también se fragmentaba. No en materia, sino en historia. Había habitaciones a las que accedíamos llenos de un frío que rememoraba otro viaje, otra tripulación quizás. Las puertas abrían a pasillos recorridos por nuestras propias figuras envejecidas o jóvenes, ignorándose mutuamente, como si el destino de cada versión dependiera de su capacidad de evitar a la siguiente.

Kendra comenzó a hablar en frases que ninguno de nosotros había escuchado jamás, aunque a veces, un día después, descubríamos que las habíamos usado primero, como si nuestro tiempo estuviera siendo reescrito en pequeños gestos, diálogos enterrados.

Intentamos huir cuando comprendimos que el retorno era ya imposible. La nave arrancó, pero solo volvió a caer sobre el mismo horizonte fragmentario, donde la nieve—sí, la nieve—caía solo en la frontera del crepúsculo.

Marela murió, dicen que de un fallo en el corazón. Pero su sombra seguía apareciendo en la sala del centinela, discutiendo con Garret bajo la luz magenta y pidiéndonos con su voz de otra posibilidad: "No me despierten. Solo cierren la puerta". Su propia muerte fue el reflejo, una derivación no del cuerpo, sino de la memoria que dejaba palpable en cada rincón.

El visitante acudió una vez más. Para entonces, estábamos habituados a su presencia: no como savia hostil, sino como fondo sobre el que se tramaban todos nuestros recuerdos. Trajo consigo una pregunta, la última:

—¿Guardan ya la nieve en el horizonte?

Comprendí, entonces, que la nieve era la marca de lo irrepetible. La memoria, el temblor de saber que aquello que hemos pisado se funde justo cuando tratamos de regresar. Ni el planeta, ni los alienígenas, ni nosotros mismos éramos eternos. Solo los rastros, los residuos de posibilidades cruzadas en una red sin centro.

Quedamos atrapados, pero no encadenados. Garret envejeció y rejuveneció cada día. Shu dejó de aparecer en la cocina y, en su lugar, existía una versión suya colonizada por especulaciones acerca del futuro, mientras Soliveres finalmente escribía el poema que siempre había querido, pero en un idioma que ya no podría leerse en ningún otro lugar.

Quizá un día otra nave, otra tripulación, anden la senda de la intersección. Quizá escuchen la pregunta de la nieve, vean la silueta atrapada en el fondo de un pasillo, escuchen sus propias voces integradas y disipadas a la vez. Quizá aprendan, tarde o temprano, que la verdadera forma alienígena es el tiempo mismo, disolviéndose y recomponiéndose hasta que nadie reconozca su propio reflejo.

No sé si quedará algo para contar de nosotros. Solo las huellas confundidas, el eco de pasos repetidos en la nieve irreal, la memoria de haber intentado regresar antes de comprender que no hay regreso verdadero cuando el espacio-tiempo se ha vuelto tu única patria.

La nave descansa, y todos nosotros dentro, repitiendo escenas, inventando caminos para la salida. A veces, al caminar por un pasillo, susurro mi nombre y escucho que responde desde el final, siempre con la esperanza de que alguna versión conteste quizá la pregunta con la que todos llegamos aquí:

¿Dónde empieza de verdad el horizonte? ¿Quién lleva la nieve? Y ¿qué versión de nosotros decide olvidar primero?

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